Octava razón


Chocolate líquido

San Valentín


El viento soplaba libremente por la calle vacía en una de las colonias de Sano. Rin se aferró a su bufanda, tapándose la boca y la nariz en un intento de mantener el calor. Sus manos, enfundadas en un par de guantes color vino, se restregaban una contra otra mientras caminaba a paso apresurado.

Sacó las llaves de su bolsillo y abrió la puerta nada más llegar. Una cabeza pelirroja se asomó desde el marco de la puerta que daba a la sala. La larga coleta de Gou se mecía de un lado a otro mientras la chica, que ya vestía el pijama, observaba con atención a Rin.

— ¿Qué haces aquí? —Preguntó tras ver a su hermano sacarse aquella enorme chaqueta negra que parecía ser su preferida.

—Tengo algunas preguntas. Sousuke también vendrá. Está en casa de sus padres, así que se lo puede permitir.

— ¿Tiene algo que ver con que mañana sea San Valentín? —Gou caminó hacia la cocina y tomó un bol junto a un mezclador manual. Rin entrecerró los ojos.

— ¿A quién diablos le haces chocolates? Nadie lo merece —masculló el pelirrojo, observando los ingredientes repartidos por toda la barra. La menor sonrió, llevándose un dedo a los labios.

—Es un se-cre-to. Si te lo digo, probablemente me irá mal.

—Gou...

—No uses ese tono de advertencia conmigo, oni-chan... —Rin chistó, dejándose caer en una silla— ¿Quieres chocolate caliente?

—Sí... ¿Vas a darle chocolates a...? —La puerta se abrió y fue cerrada rápidamente. No pasó mucho tiempo antes de que Sousuke apareciese en la cocina.

—Empezó a nevar... Rin, ¿para qué me llamaste? —El aludido recibió la taza caliente de su hermana y sopló sobre ella. Sousuke se sentó a su lado y tomó la taza que Gou ofreció— Gracias.

—Creo que tiene algo que ver con mañana —comentó Gou. Sousuke dirigió la mirada a la mesa y arqueó las cejas.

—Nadie merece un chocolate de Gou.

—Es lo que yo decía. Mi linda hermanita no debería utilizar sus delicadas manos para...

— ¡Ya está! Dinos a qué has venido, oni-chan —Rin soltó el aire y asintió.

—Es solo que... Dado a que en la relación que tengo con Haru soy yo quien... Ya saben...

—El que va abajo —se burló Sousuke. Rin quiso asesinarlo con la mirada, pero se limitó a asentir.

— ¿Creen que deba darle un chocolate? —Gou sonrió, emocionada.

— ¡Eso sería muy lindo! ¡Sí, sí! ¡Voto por que sí!

—Rin, que seas el de abajo no te hace una chica. Solo las chicas dan chocolates el catorce de febrero.

—Sí... Pero... Es decir... En Australia no era así.

—Vives en Japón.

—La parte más importante de mi vida la pasé en Australia.

—Solo cinco años, oni-chan.

—Sé que entienden a lo que me refiero.

El silencio cayó en la cocina. Ciertamente, no había mal alguno en que Rin preparase un chocolate a mano para Haru, pero esa no era la tradición. Además, el pelinegro solía ser muy desinteresado, así que probablemente olvidaría que debía regalar algo devuelta el catorce de marzo, el día blanco.

Rin era un romántico y, si dentro de un mes Haru no le daba nada, seguramente caería en depresión, o dejaría de celebrar aquellos días. Lo conocían bastante bien.

—Puedes no darle un chocolate de forma directa... —murmuró Gou, con las mejillas encendidas— Puedes simplemente... insinuarlo.

Haru acomodó su cama nuevamente. No era la primera vez en el día en que limpiaba su habitación, pues siempre había algo que parecía imperfecto. Normalmente eso le traía sin cuidado, no era del tipo desordenado, pero tampoco tenía todo en su lugar. Lo que sucedía, era que ese día, sábado catorce de febrero, Rin iría a pasar la noche. Y bien era sabido que éste poseía una gruesa, gruesa vena romántica.

Y un ambiente perfecto satisfacería a su amado novio.

Una deliciosa cena gourmet esperaba en la mesa cuando Rin llegó. Esa era una señal, pues significaba que, como ambos eran chicos, la tradición no aplicaría.

— ¿Te has traído un pijama? —Cuestionó Haru. Rin se encogió un poco. No realmente.

—Sí... Es decir... Siempre uso ropa tuya, así que ahora... Pensé que estar preparado sería mejor —respondió. El mayor asintió.

—Aunque mi ropa te va bien.

—La mía me va mejor.

Ahí. Ese pequeño sonrojo indicaba a Haru que había algo de qué avergonzarse. Algo oculto. Tomó una servilleta y limpió sus labios, sin quitarle la vista de encima a su pareja, quien se cohibió, sintiéndose cazado. Algo impropio de él.

— ¿Puedo saber por qué mierda estás mirándome así? —su voz salió algo brusca. Haru siguió inexpresivo, observándole.

— ¿Se puede saber que es lo que no estás diciéndome?

—Pues... —Rin suspiró— ¿Puedo darme un baño? Es que... —Los ojos de Haru brillaron.

—Te espero arriba.

Veinte minutos después, Rin salía del cuarto de baño con una toalla en la cabeza y un suéter largo. Suspiró, tomando su mochila y sacando un bote de chocolate líquido para helado. Gou estaba loca por proponerle a su propio hermano algo tan erótico.

Pero él lo estaba más por aceptar.