Roulette

Escena I


Lucy iba tarareando una canción, haciendo girar el pase de permiso que le dio su profesor mientras caminaba por los pasillos vacíos de la escuela. Detuvo su marcha cuando vio un punto azul —tratando de pasar desapercibido— en una banca en el patio de la escuela.

— ¿Levy McGarden ha faltado a una clase?— soltó una carcajada justo al llegar frente a la aludida. Cuando Levy levantó la mirada, Lucy dejó de reír. Sus ojos estaban irritados, deshechos en lágrimas.

— ¡Ay no! ¿Quién se ha burlado de ti ahora? —Lucy se sentó a su lado, estirando los brazos para acariciar el cabello de su amiga—. Llamaré a Cana, quién haya sido recibirá la tunda de su vida.

Con esas palabras la peli azul no pudo contenerse más, dejando que sonoros sollozos escaparan de su garganta. Lucy miró a todos lados, con el manto de la vergüenza cubriéndole, antes de sujetar por los hombros a la McGarden.

— Oye, si no me dices qué pasa no puedo ayudarte.

Llorosa, la miró profundamente, pasó la manga derecha de su abrigo por su nariz para limpiarla y aspiro profundamente antes de hablar.

— Me han dejado fuera de clase.

Quiso reírse, pero el semblante de Levy, sombrío, le indicó que no era él momento.

— ¿El profesor te dejó fuera? ¿Te dejaron fuera a ti del taller de escritura?

— Ese es el problema, no pude inscribirse en mi taller sino en otro— cerró los ojos para confesar el que ahora era su más horrible secreto—: llevaré estructuras metálicas.

Lucy parpadeó varias veces por la sorpresa, la risa de nuevo quería escapar de su boca. No lo contuvo más.

— ¡No te rías, Lucy! Ese "profesor" cree que una chica no puede estar en esa clase por ser... Pues, una chica.

— ¡Ah! Cana ha dicho que el profesor no está "tan mal", ¿es cierto?

— No me importa el físico del nuevo maestro, únicamente fu actitud.

— Bueno, tan solo te digo lo que he oído, no es pecado mirar a los chicos— Levy frunció el ceño—, pero claro que no todas somos tú, con un chico siguiéndonos los pasos mientras nos encerramos en nuestra burbuja de castidad y pureza.

Levy le sonrió de mala gana, suspiró y se quedó mirando hacia donde se encontraba el salón al que no pudo entrar.

— Es solo un amigo, Lucy.

— Sí, siempre lo dices, pero dime ¿acaso nunca piensas enamorarte?

Por un momento pareció que quiso perforar el cielo con su mirada de avellana.

— Supongo que sí, solo no ha llegado ni el momento ni la persona.


Cuando Gajeel entró a casa, fue directo a la cocina. En la mesa había un Traste lleno de pastel de carne con una velita en medio.

—¡Sorpresa! —Juvia levantó ambas manos cubiertas con guantes de cocina— ¡Feliz primer día de trabajo!

Desconcertado, el primer pensamiento de Gajeel fue reclamarle a Juvia esa actitud innecesaria pero ella no lo hacía con mala intención. Juvia estaba feliz de tenerlo ahí, de poder estar juntos de nuevo y que él hubiera cambiado su vida para ayudarla.

— ¿Qué tal tu primer día, profesor Redfox? ¡Ah!, siéntate, ahora te sirvo.

Mientras Juvia iba por un plato, Gajeel dejó su chaqueta en el respaldo de una silla, donde se sentó. Al volver con los platos, su hermana se sentó junto a él.

— Te dije que debiste llevarte el auto, estoy segura que terminaste empapado.

— Tú lo necesitas más que yo, puedo caminar y el agua no hace daño.

Con una mueca de inconformidad, Juvia dejó la comida frente a él. Pastel de carne y puré de calabaza con puerro, receta de su madre.

— Puedo tomar un taxi o caminar, no nos hace mal, además vendiste tu motocicleta para ayudarme, es lo justo.

— Eres mi hermana, tengo que ayudarte ahora que lo necesitas.

— Sigues siendo un nene tierno —Juvia le sonrió casi llorando—; pero no me has contestado, ¿qué tal tu día?

— Bien, los alumnos son bastante comprensivos, responsables, excepto por una chica que llegó tarde e importunó la clase.

— ¿Una chica? ¿En tu clase?

— No es raro. Dijo algo de no inscribirse a tiempo, pero no me importó. No me agradó.

— Es tu alumna, debiste escucharla —tomó la servilleta y la posó ligeramente sobre sus labios—, piensa que tal vez esa chica no quería tomar tu clase, no tuvo elección y encima la dejas fuera.

El moreno dejó el tenedor en su plato para mirar a su hermana.

— Tal vez, aunque no por eso me agrada ni me disculparé.

— Es tu clase, no lo hagas si no quieres.


Creando una rutina, Gajeel se reportó en la oficina administrativa antes de dirigirse a su clase. Siempre atenta, Mirajane le hizo entrega de una nueva lista de asistencia que incluía a Levy McGarden como su alumna. No es que le importara tener una chica en clase, pero ella en especial lo molestaba en sobremanera.

¿Creía que tenía el derecho de importunar y arruinar así su primer día de trabajo?

Las palabras de su hermana lo inquietaban. Pedir disculpas no era agravante, hasta consideró hacerlo luego de la mirada de reproche que recibió de uno de los chicos que sí estuvieron en clase. Porque él sólo era el profesor, por lejos el mejor. Y tampoco fue un buen estudiante.

Obligado por su padre a asistir a una preparatoria militarizada, Gajeel endureció aún más su carácter, poco le importaron los castigos, sanciones o demás reprendas. Su capacidad para ignorar las órdenes de los superiores, aunado a su falta de tacto al dirigirse a ellos, le logró una mala reputación en esa época. Sin embargo destacaba como estudiante en ciertas materias, por lo que sus profesores decidieron mantenerlo en la escuela con la esperanza que sus arranques de coraje terminaran por formar un espléndido militar como era su padre. Pudo terminar la preparatoria y tener opción de estudiar la universidad dentro de la milicia, pero...

Junto a la puerta del taller, sobre el césped, estaba McGarden. Aún faltaba una hora para comenzar la clase.

Se incorporó de golpe apenas lo vio venir. Llevaba el uniforme del diario y lentes de pasta carmín.

— Buenos días. Profesor Redfox.

— Buenos días, McGarden. Veo que esta vez está decidida a llegar a tiempo a la clase ¿no es así?

Con sorpresa bajó la mirada, sonrojada.

— Lamento lo que ocurrió la ocasión anterior, no pude llegar antes.

— No importa, señorita, supongo que son cosas que suceden —giró la llave en el cerrojo y le cedió el paso a la peli azul—; tan solo espero que esté preparada para esta clase.

Entró inspeccionando el lugar, oprimiendo los libros contra su pecho hasta ubicar un lugar donde se acomodó. Durante ese instante Gajeel no apartó su vista de ella: para ser preparatoriana y en comparación a sus compañeras, era más pequeña o tal vez era esos centímetros bajo la rodilla que cubría su falda.

Ella era lo que definían como empollón.

Empollón. Quiso reír ante la ocurrencia.

Fue hasta su escritorio para dejar sus cosas y comenzar a estudiar lo referente a la clase. Un tarareo agudo hacía eco en la habitación, su alumna, concentrada en la lectura, empezó a entonar suavemente una melodía.

Él la conocía. Su madre la cantaba.

— ¿Le molesta, profesor? —parecía haber notado su incomodidad, él dirigió la mirada a otro extremo del salón—. Disculpe si he sido impertinente.

No le respondió, lo tomó como un asentimiento y siguió con la lectura.

Gajeel hizo lo mismo.

Pero pasó el tiempo pensando en esa canción y el odio que sentía por Magnolia. No quería volver aun cuando supo lo de Juvia se resistió a hacerlo.

Es su hermana y lo necesitaba.

En el momento que entró el resto de los estudiantes, reaccionó.

— La clase anterior hemos visto los aceros estructurales y sus características, para revisaremos el ensayo de tracción, espero que todos hayan traído el material solicitado.

Los jóvenes comenzaron a sacar de sus mochilas barras de metal, de distintos tamaños. Levy miró a los lados, luego al reloj y después a la puerta. Alguien abrió de golpe.

— Buenos días profesor —fue hasta el lugar de Levy, dejó un paquete frente a ella.

— Por poco, señor Cheney —Gajeel observó las sonrisas que intercambiaron el aludido y McGarden. Él había llevado el material de la chica.

— Un pequeño retraso profesor, pero dentro de lo establecido.

Él fue quien le reprochó con la mirada el desplante hacia Levy, la clase anterior. Ahora era obvio que entre ellos existía una relación.

— Colóquense sus equipos de seguridad, pasemos al ala este para comenzar con las pruebas. Sin equipo pueden salir de clase, sin excusa.

De reojo, advirtió que el paquete intercambiado contenía todo lo que ocuparían en esa clase. Cheney se acercó a ella para mostrarle la forma de usar la bata de trabajo y los googles. Ella sintió la mirada, observó a su profesor y se sonrojó.

Se enfocó en dar la clase sin olvidar el rubor en sus mejillas.


Gracias por leer. Me encantaría conocer sus comentarios al respecto de este capítulo.