Roulette

Escena II


Iba de adelante a atrás, meciéndose sobre sus talones. Algunos de los que pasaban junto a ella la saludaban con amabilidad, ella se limitaba a sonreír y contestar de la misma forma. Cada vez se veía menos gente salir del edificio, logró distinguir unas ondas doradas manejadas por el viento que avanzaban hacia ella. Al ver su rostro, se correspondieron con sonrisas.

Lucy Heartfilia era más que la chica popular de la escuela sin importar que sus notas no fueran tan excelentes como su padre lo deseaba. Lo tenía todo en la vida: venía de una familia adinerada, se defendía como estudiante, su carácter era fuerte y bien definido, era preciosa, le agradaba a profesores y alumnos por igual...

En primer año de secundaria, mirando a la rubia chica nueva de su clase, jamás pensó que serían tan buenas amigas.

— Gracias por esperarme, Levy, debía ir a ver a Cana para quedar con ella para un trabajo —extendió a la peli azul un cuaderno—, aquí tienes tus apuntes.

— ¿De nuevo está en detención?

— Sí, por más que insistió con que alguien había plantado ese cigarro en su mochila, Scarlet no le creyó. Creo que de nuevo llamaron a su padre, pero ya me lo contará luego.

Levy caviló al respecto de por qué ellas eran sus mejores amigas: cuando Lucy entró a la escuela tuvo que darle las anotaciones de todo lo avanzado del curso, por lo que empezó a pasar tardes enteras en la mansión Heartfilia. A Cana nunca le había hablado a pesar de llevar tres años en el mismo grupo, pero su fama no era la mejor y Levy prefería alejarse de los problemas. Mas llegó el día en que Cana llamará "Rubita consentida" a Lucy y esta se fuera a golpes sobre la primera.

Ambas terminaron en detención, ofreciéndose disculpas y platicando las dos horas encerradas en el salón de castigos, tiempo suficiente para conocerse. Eran mayores para estar en ese curso, Lucy por ausencias escolares constantes y Cana por falta de créditos para aprobar, sus madres habían muerto y las dos sabían jugar cartas. Así, una cosa llevó a la otra y a pesar de que la mayoría de los comentarios de Cana hacía burla a su tamaño o lo tímida que era, a ambas las quería por igual.

Eran las hermanas que no tuvo.

Un Mustang '65 rojo aparcó frente a la escuela, con una mueca de desagrado de Lucy. El conductor y novio de la rubia, Natsu Dragneel, se inclinó a la ventanilla de copiloto para saludar.

— ¡Hey Levy! Último año, ¿no? Ya te veré en la universidad pronto.

— ¡No te decepcionaré, Natsu! —gritó la McGarden con una amplia sonrisa en el rostro.

— Como odio ese auto —masculló Lucy mientras besaba la mejilla de su amiga y subía al vehículo—, ¿Tampoco aceptas que te llevemos hoy?

— No, sabes que espero a Rogue, Lucy.

Antes que el moreno tocara su hombro por detrás, Levy miró el auto alejarse en dirección al centro de la ciudad

— Perdón por hacerte esperar.

— No me molesta, también esperé a Lucy.

Viviendo a poco más de un kilómetro de la escuela, su rutina diaria era caminar.

Desde que tenía uso de razón, Rogue había estado ahí. Los Cheney se mudaron a la casa junto a la suya al año que Levy naciera, con un niño de dos años. Las madres de ambos comenzaron a amigarse, haciendo que ellos pasaran la mayor parte del tiempo juntos. Iban a las mismas escuelas, leían los mismos libros, miraban las mismas películas, hasta comían los mismos dulces. Rogue era su mejor amigo y, para Lucy y Cana, el pagafantas más grande de Magnolia.

Y eso dolía.

— No sé tú, pero creo que ya pasó la tensión con el profesor Redfox.

Ella recordó las veces que sintió su mirada escarlata clavada en sus acciones.

— Es muy pronto para asegurarlo, además que no me siento cómoda en esa clase.

— ¿Has hablado con el director? Este incidente podría arruinar tu promedio para la universidad

Levy miró al cielo en busca de respuestas. Platicar con Rogue de vuelta a casa una bendición mas detestaba que se pusiera serio con aquello de la universidad. Pensar que debían separarse la aterraba.

— Le dije que podría hacerlo, me siento capaz. Ya veremos cómo nos va el viernes.

— Sobre eso —estaban ya frente a la caso McGarden y Rogue la miraba a los ojos—, ¿no has olvidado que este fin de semana lo pasaremos con mi abuela?

Demonios, sí lo olvidó. Se mordió la lengua.

— Nunca olvido lo que me dices —el moreno sonrió como gesto de aprobación—, solo que estaré muy sola en la clase, espero no olvidar nada que me perjudique.

No, ella no olvidaba las clases.

El problema era el profesor.


Quizás debió reportarse enfermo ese día.

No, demasiado tarde.

Al amanecer, Juvia tuvo que ir hasta su habitación para despertarlo. Tocó su brazo y estaba tibio, más de lo normal. Su frente ardía.

Cuando abrió los ojos con pereza, recibió el sermón de Juvia "casi mamá", acerca de cómo mojarse bajo la lluvia lo afectaba. No negaba el malestar que sentía ya mismo, pero sonrío al ver a su hermana tomar ese papel.

Casi mamá.

Siempre tuvo gran afecto por su hermana mayor, se esforzaba por protegerla y demostrar el cariño que le profesa, hasta que su padre lo envió a la preparatoria militar. Juvia, talentosa para el baile desde niña, se dedicó a su pasión estudiando danza contemporánea. Se mantuvo en contacto constante con él o podía ver en los diarios notas sobre la compañía de baile de la universidad en la que ella participaba.

Su hermana fue la única que respaldó su decisión de dejar la milicia. Ahora que estaba sola, sin trabajo y embarazada, él tenía que apoyarla.

Ni pienses que no iré a trabajar. Dame un antigripal que estaré mejor en un rato.

Bueno, no estaba mejor.

Sentía el palpitar de la sangre en sus sienes, le costaba mantener los ojos abiertos y cada minuto que pasaba su respiración se iba dificultando un poco más.

Te daré la pastilla si aceptas que te lleve en auto al trabajo porque tampoco te dejaré conducir arriesgando que te desmayes a medio camino.

De mala gana, aceptó.

Se apoyó en la puerta de las oficinas administrativas antes de empujarla para entrar, considerando si aún podía dar media vuelta y volver a la cama, pero por fin se decidió y entró.

— Buenos días, Mirajane.

— ¡Santo cielo, Gajeel! Te ves mal... ¿Seguro que vas a trabajar hoy?

— Solo espero que el medicamento haga efecto.

La albina frunció el ceño.

— El director Makarov quiere hablar contigo antes que te vayas y mientras tanto —se puso de pie y con las manos alisaba la falda de su vestido—, te prepararé un té que te ayude a mejorar.

Con una sonrisa el moreno le agradeció al tiempo que entraba a la oficina del director.

— ¡Gajeel Redfox! ¡Mi nuevo maestro favorito! —el viejo soltó una sonora carcajada, característica de él, para mostrarle Redfox dónde podía sentarse—. Y pareces con resaca, Gajeel.

— Es tan solo una gripe, estaré bien.

— Creeré en ti, Redfox. Pero te cité por otra cosa mucho más importante —le extendió sobre el escritorio una carpeta marrón—, este es el expediente de una de tus alumnas, Levy McGarden, ¿la ubicas?

Imposible no hacerlo. Asintió con la cabeza.

— Quiero que leas su información.

Abrió la carpeta y le dio una rápida ojeada. Club de oratoria, promedio perfecto, participante de gimnasia, presidenta del club de alumnos, la mejor de su generación con solo 16 años gracias a empezar el preescolar desde los dos años. La chica perfecta.

— Es espléndida —espetó Gajeel. Su mente lo llevó a recordar la clase anterior y la perfección con la que ella hacía todo.

— Precisamente. La señorita McGarden es nuestra mejor estudiante por lo que esperamos que acuda a una prestigiosa universidad de leyes el año próximo. Como bien sabes ese tipo de eventos ayudan a elevar el renombre de la escuela de procedencia del alumno, en este caso, nuestra institución.

— Lo entiendo bien, pero yo soy nuevo aquí, no sé de qué manera ayudar a esa chica.

— Resulta que este año hubo un desafortunado incidente con las inscripciones y la señorita McGarden salió afectada dejando de cursar el taller de escritura y redacción al que estaba normalmente inscrita y pasó al único taller con matrícula disponible…

Los mareos volvieron. Por alguna razón, no se sentía del todo cómodo con esa chica.

— El mío, mi taller.

— Efectivamente. Lo único que te pido es que accedas a apoyar a Levy en todo lo posible por el tiempo que sea necesario para que tenga una buena calificación.

— Podría sólo otorgársela y ya.

— Lo propuse a ella pero lo descartó con la premisa de que se enfrentaría al reto como una buena estudiante. Quiero que la ayudes por las tardes, en las mañanas, los fines de semana, ya te he dicho que el tiempo que ella necesite para dominar la materia. Te pagaremos extra por ello. Solo depende de tu aceptación.

Algo en ella lo hacía sentirse molesto consigo por su presencia.

Pero estaba Juvia y el bebé.

— Cuente con ello, profesor Makarov.

Al salir de las oficinas, olvidó el té que Mirajane preparó.


Les agradezco por leer y por sus amables comentarios.

No soy la mejor escritora ni mucho menos, sé que puede ser confusa la forma en que cuento la historia mas así fue como la concebí. Espero recibir más de sus comentarios al respecto y poder aclarar sus dudas.

Siempre Gracias.