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Roulette
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Escena III
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En esa clase, McGarden estuvo distinta.
Quiso culpar a la ausencia de Cheney porque la peli azul no podía concentrarse en lo que él hacía o decía para dar la clase, esquivaba sus miradas si la dirigía a ella, no participaba, comentaba sus dudas a otros compañeros que funcionaban como intermediarios entre él y la chica. Por mucho que quiso restarle importancia a la situación, comenzó a desquiciarlo.
Levy fue toda torpeza. Y él, con su resfriado, no tuvo la suficiente paciencia con ella.
— Señorita McGarden —sin perder atención de las tareas que revisaba, Gajeel supervisaba de reojo el trabajo de los alumnos—, le ruego que deje de interrumpir a sus compañeros con sus dudas y se dé prisa, si no termina esas uniones no podrá irse.
La chica dio un respingo soltando en el acto los tornillos con los que intentaba unir dos piezas metálicas.
— Pe… pe.. pero profesor, yo…—Gajeel fijó la vista en el rostro de su alumna por lo que ella bajó la mirada, con vergüenza—. Lo lamento, profesor Redfox.
En el momento que sonó la campana de salida, Levy seguía sin poder terminar su proyecto, con rostro de derrota sentada frente a su material.
Una vez que todos los demás abandonaron el aula, Gajeel se acercó con las manos en los bolsillos a donde estaba la chica.
— Entonces usted no había tomado las materias anteriores a esta, ¿es cierto?
Con los ojos anegados en lágrimas, Levy asintió con la cabeza.
— ¿Qué materia estudiaba anteriormente?
— El taller de redacción de cuentos.
Gajeel recordó a Levy con las gafas concentrada en lectura. Definitivamente ese era su elemento.
— Se nota, esto no es lo suyo —se pasó una mano por la espesa cabellera negra antes de seguir—. Como no quiero que siga retrasando a sus compañeros, la esperaré después de clase para darle instrucciones prácticas respecto a las materias anteriores y evitar que se atrase… más.
Levy parpadeó varias veces para asimilar la noticia. Se apresuró a contestar afirmativamente ante la propuesta de su profesor que ahora se mostraba mucho más amable de lo que fue al momento de conocerle.
Al salir del salón, le ofreció a Gajeel una grata sonrisa.
Evitó mirarla a los ojos todo el rato que hablaron para no sentir esa incomodidad que le causaba. Estando solo se dio cuenta que en realidad no quiería estar ahí, no le importaba cuidar de Juvia ni estar en Magnolia, simplemente no soportaba la perfección de McGarden y la protección de otros hacia ella que aseguraba su triunfo sobre cualquier eventualidad.
Estar en una clase distinta a lo que acostumbraba era, para Gajeel, una eventualidad. Y ahí estaba Makarov haciendo del mar agua dulce con tal de tenerla a salvo. Su espíritu militar no lo soportaba.
Sin embargo, ese "problema" resultaba para él un benificio con cierto grado de sacrificio.
Debía empezar por lo básico con McGarden.
Miró el reloj. Tomó su móvil para avisarle a Juvia que volvería tarde a casa.
Trabajo hasta tarde, nos vemos para cenar. Cuídate
Juvia detuvo la aspiradora para leer el mensaje de su hermano. Posó una mano sobre la cadera mientras con la otra sostenía el móvil y suspiró.
Gajeel era un buen hombre.
Cuando estuvo en el médico tres meses atrás, fue inevitable pensar en su hermano, con lo unidos que eran deseaba que pudiera abrazarla como consuelo en ese instante. En el momento que el médico confirmó 5 semanas de embarazo, lloró.
Simplemente no era el mejor momento de tener un bebé, apenas un par de días antes firmó el contrato con una compañía de danza muy reconocida, algo con lo que había soñado toda su vida, el fruto de años de trabajo en Crocus y justo una de las cláusulas principales les prohibía a las bailarinas embarazarse durante el tiempo de la gira.
Luego estaba su vida personal. No estaba segura si él quería un bebé en ese momento. Lo confirmó cuando, a la mañana siguiente de decírselo, sus cosas ya no estaban en el apartamento.
Sola, sin trabajo, con los gastos que involucraban un embarazo, buscó el único familiar que le quedaba en el mundo: Gajeel.
Su hermano llegó pese al odio que le tenía a Magnolia y en menos de dos días ya se estaban instalando en la casa de sus padres. Limpió todo, reparó algunos artefactos, puertas e instalaciones, compraron lo que hacía falta con el dinero que Gajeel ganó por vender su motocicleta y empezaron a vivir de los ahorros de Juvia, mientras él conseguía un trabajo para ayudarla.
Se llevó las manos al pecho sintiendo el agolpamiento de sus sentimientos, a punto del llanto. Bajó las manos por su cuerpo y las colocó sobre su vientre apenas abultado.
Su hermano estaba en el lugar que más odiaba trabajando en algo que odiaba y todo por ella. Por duro que fuera, ella sabía que seguía siendo un niño tierno.
— El arrabio se obtenía de la mezcla de hiero y coque, por lo que para obtener una tonelada se ocupaban 1,600 kilogramos de de mineral de hierro, 700 de coque, de piedra caliza…
Error, no era más que un error preguntarle a la chica sobre qué sabía acerca de la materia, se había puesto a hablar desde los inicios del metal. Como si hiciese falta recordarle su época estudiantil.
—… el más común de los laminados era el caliente y consistía en calentar una plancha que…
— ¿Sabe diferenciar entre un tornillo y un clavo?
Levy detuvo su parloteo, dejando paso a un gran gesto interrrogante que se apodoré de su rostro.
— Pues a un tornillo hay que girarlo para apretar y el clavo pues hay que…
— ¿Clavarlo?
— Iba a decir golpearlo.
El moreno levantó una ceja, incrédulo. Se volvió a su asiento y llevó a Levy un par de piezas de metal con unos cuantos tornillos que depositó frente a ella.
— Intente de nuevo realizar la unión, para empezar esto estará bien. Si lo termina, haremos el soldado hoy mismo.
Dejando que la peli azul se las arreglara para hacer su trabajo, Gajeel se dirigió a una mesa al fondo donde engrasaba las piezas de la podadora de la escuela. Para él, la mecánica era su vida, la razón de ser, la pasión por la que decidió abandonar el ejército para viajar por el mundo en su motocicleta.
Alguien se aclaró la garganta detrás de él. Levy portaba con orgullo la unión con tornillos.
— Muy bien, McGarden, creo que trabaja mejor en solitario —tomó el trabajo y desajustó con facilidad los tornillos—, la próxima vez ponga más fuerza en la unión, no querrá que su edificio se venga abajo.
— Sí profesor.
— Ahora tome dos varillas de hierro de las que están sobre mi escritorio y venga aquí —la chica corrió a buscar el material y lo extendió al profesor. Él hizo a un lado la podadora y colocó el equipo de soldadura, dio un paso atrás, tomó por los hombros a Levy y la llevó frente a él, dándole la espalda—. Va a tomar esta pieza así, regular los controles y colocarse la careta antes de comenzar…
Levy estuvo sumamente atenta a las explicaciones que le daba Gajeel. Cuando él dio la orden de hacerlo sola, las manos comenzaron a sudarle.
— Comience, McGarden.
Apenas comenzaron a salir las chispas del electrodo, el cable se le resbaló de las manos. Ninguno de los dos vio cómo sucedió, pero en un santiamén Levy estaba siendo arrojada al suelo y el electrodo marcándose hirviente sobre la mano de Gajeel.
— ¡Profesor Redfox!
Gajeel sostuvo con la mano izquierda su muñeca derecha como forma de mitigar el dolor. Levy se acercó arrastrándose por el suelo hasta el profesor.
— ¡Lo lamento tanto! —se puso de pie a prisa jalando por el brazo a Gajeel para levantarlo y llevarlo al grifo de agua. Todo el tiempo pasó apretando los dientes—. Tenemos que poner una venda.
Fue hasta el botiquín pero no había más que alcohol y banditas.
— Déjalo McGarden, voy a la enfermería.
— No, la enfermería la cierran a las 4 —miró el reloj para comprobar que había pasado ya una hora. Se quedó pensando un momento antes de tomar rumbo a su bolso, buscó dentro y sacó una banda de tele amarilla—. Esto servirá.
Humedeció el trapo para luego hacer un vendaje suave sobre la mano de Gajeel.
— Gracias —dijo algo avergonzado de mostrarse tan vulnerable.
— No hay de qué, pude haber sido yo —le sonrió—, creo que será mejor si lo dejamos por hoy para que vaya al hospital. El lunes podemos continuar.
Con la torpeza de utilizar la mano izquierda para abrir la puerta, Gajeel pudo entrar con esfuerzo a su casa.
— ¡Gajeel! Ya me tenías preocupada —su hermana se arrojó a abrazarlo, pudo notar las vendas en su mano— ¿Qué te pasó?
— Nada grave, una quemadura ligera. Vengo del hospital.
— ¿Estás bien? ¿Fue grave?
— Nada, Juvia —le acarició el pelo con la mano vendada—, voy a estar bien, solo quiero descansar.
Subió a su habitación. Entrando se quitó la camisa, dejándola caer en el cesto de ropa sucia. Él se tiró sobre la cama, con la mano herida sobre la frente.
Ella fue muy amable y tenía las manos especialmente suaves. Olía a duraznos, al igual que la banda que puso provisionalmente como remedio.
Se pilló justo en ese pensamiento. ¿Qué clase de…?
Fue a su maletín, sacó de él la banda que el médico le había devuelto y la puso en la cesta también. Volvió a su lugar en la cama dejando que el sueño lo venciera.
No había sido su día.
La primera en entrar al salón fue Levy. Fue al escritorio del profesor y dejó una caja azul pequeña sobre el escritorio aprovechando la distracción de Gajeel. De reojo, notó la venda en su mano y se alivió de saber que se atendió en el hospital. Cuando estuvo en su asiento, al querer dejar sus cosas en el cajón del escritorio, vio un paquete envuelto en celofán, con un libro dentro "Manual de soldadura", su bandana limpia y una nota sencilla que rezaba:
Primero la teoría, después la práctica.
Gracias, G.R.
Dispuesto a comenzar la clase volvió a su lugar. Se percató de la presencia de la caja azul sobre el escritorio, la abrió. Galletas de chocolate dulcemente acomodadas la llenaban, en la tapa de la caja había una nota en tinta púrpura:
Gracias por la paciencia. Espero que se recupere pronto.
-Levy
Sonrió. Levantó la vista hacia ella, chocando las miradas.
Y ambos se sonrieron.
Les agradezco que sigan leyendo. Intentará ir avanzando más deprisa con la historia.
Me encanta leer sus amables comentarios, me sentiré sumamente honrada de recibirlos.
