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Roulette

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Escena IV

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Con shorts, una playera blanca y las converse, ella no podía ser más que perfecta, Pero su sonrisa...

Esa sonrisa curaba toda enfermedad.

— Es muy temprano, Levy —tallaba uno de sus ojos para desperezarse—, es pecado madrugar en sábado.

— Te avisé que vendría, sabes que por la tarde no podré.

Suspiró comenzando a caminar con rumbo a la puerta de la cocina, por donde Levy había entrado momentos antes. Saludó con la mano a su madre que preparaba el desayuno y salieron al patio trasero.

Desde que sus madres eran amigas aprendieron que las respectivas puertas traseras de sus casas siempre permanecían abiertas, que no era necesario que tocaran o avisaran de su presencia. La casa de uno era la del otro.

Rogue fue bajo el cobertizo donde sacó el equipo de soldadura, lo colocó sobre la mesa de madera y le señaló a Levy el rincón donde guardaba tubos y piezas de metal para practicar. Ella eligió dos varillas de mediano tamaño, se colocó el equipo de seguridad y comenzó a practicar sus uniones con calor. Cuando Rogue escuchó a Levy pedirle practicar los fines de semana en su casa, supo que iba en serio y que no se quedaría sin aprender la materia.


— ¡Juvia! ¡Cerrarán todas las tiendas antes que estés lista!

— ¡Trata de subir 5 kilos y que tu ropa aún te quede!

Ver a su hermana gritarle desde el segundo piso en ropa interior, resultaba sumamente hilarante. Los últimos días la notó decaída, tan solo le daba el desayuno para luego encerrarse en su recámara donde dormía todo el día y ahí mismo la encontraba por las noches, al volver de la escuela. Al proponerle ir a comprar cosas para el bebé, su semblante cambió por completo.

Ahora estaba muy emocionada de tener un bebé.

— Vamos, Gajeel.

Llevó la mirada al pie de las escaleras, donde estaba Juvia. Usaba una bata azul tejida, con una cinta bajo los pechos que acentuaba la luna de su vientre, acompañado de un sombrero del mismo color.

— ¿Eso es…?

— Lo saqué de los arcones de mamá. Es bonito, ¿no lo crees? —puso ambas manos sobre su barriga—. Tú también estuviste bajo este vestido, hermanito.

Quizás era eso que dañaba a Juvia, los sentimientos que la invadían es su estado, tan indefensa. Cualquier mujer estaría feliz de compartir con sus madres la dicha de un embarazo.

Pero Juvia no podía.

Él borró de su memoria los recuerdos de la vida en Magnolia, la brusquedad con la que su padre le trató a lo largo de su infancia y juventud lo hicieron odiar cada momento que pasó ahí. Estando en la milicia, tuvo la fuerza de encarar a su padre para abandonar el ejército y viajar lejos de ahí. A pesar de todo, de saber de los maltratos, su madre nunca le apoyó. Por eso no le dio importancia a volver ahí.

No volvió a verlos hasta el día de su funeral.

Se mordió el labio para salir de su ensimismamiento, tomó a Juvia de la mano, la llevó hasta el auto y fueron hasta el centro comercial.


— ¡Pero si ya siento la aspereza de tus manos, Levy! Te imagino sudada, sucia del polvo y la grasa en ese taller.

— ¡Cana, qué desagradable!

La castaña se carcajeó al cansancio, disfrutaba de abochornar a Levy.

— Déjala Lucy, ya sé de qué van sus bromas. Alguien tiene que pagar las consecuencias del castigo de su padre.

Lucy se llevó a prisa la mano derecha a la boca para cubrirla, evitando escupir el batido que iba tomando, por la risa. Cana la acompañó con una sonrisa.

— La enana ya es más valiente, ¿no te lo parece, Lucy?

— Es esa clase, como ya pasa más tiempo cerca de su amiguito, ahora no se separan en ningún momento.

—De verdad, Levy ¿Rogue nunca ha querido pasar de amigos?

La peli azul evitó mirar a sus amigas, sonrojada, mientras se acercaban a las descendientes escaleras eléctricas de la plaza comercial. Tuvo un destello, un frágil recuerdo de la ocasión, dos años antes, en que Rogue le robó su primer beso durante una tarde de estudio. Pasaron semanas antes que volviera a hablarle como si nada.

Lucy notó lo incomodo de la situación y cambió de tema.

— Este batido sabe muy bueno, debiste comprarte uno, Cana.

— ¿Para qué? Si puedo beber del tuyo —le quitó el vaso de las manos y comenzó a sorber por la pajilla— ¡Pero mira qué lindura de trasero!

A las chicas no les extrañaba escuchar a Cana hacer ese tipo de comentarios, era común que ella alabara el físico de extraños cada que salían de paseo. Levy, como siempre, evitó hacer observaciones al respecto, prefirió concentrarse en la librería a su derecha; por el contrario Lucy siguió el juego de Cana para cooperar en el juicio.

— No está mal, aunque conozco mejores —Lucy ladeó la cabeza concentrada en las espaldas del hombre de pie junto a la entrada al sanitario.

— Natsu no cuenta, pajarillo enamorado —Cana pellizcó una mejilla de la rubia. Volvió la mirada al enjuiciado. Abrió aún más los ojos cuando lo distinguió de perfil— ¡Levy, pero si es tu querido profesor!

Olvidó los libros y giró para verlo, mordiéndose el labio inferior. Pudo notarlo, de pie con las manos en los bolsillos de los jeans y el cabello negro desatado, al contrario de los días de clase. Cuando parecía que iba a girar hacia donde caminaban ellas, del baño salió una mujer peli azul embarazada que inmediatamente se le colgó del brazo y empezaron a caminar.

Levy apretó con la mano la orilla de su blusa, las mejillas se le tiñeron de escarlata.

Cana y Lucy miraron inmediatamente a su amiga, desconcertadas.

— ¿El profesor Redfox está casado?

McGarden no contestó la pregunta de Cana.

Más adelante, Gajeel y Juvia entraron en una tienda de muebles para elegir la cuna del bebé. Las chicas pasaron a un lado evitando voltear hacia donde la pareja estaba.

— Levy —Lucy le tomó del brazo mientras su amiga iba cabizbaja—, te quedaste callada después de ver a tu profesor, pensé que iríamos a la librería.

— No importa.

— Déjala Lucy, debe ser duro saber que tu amor platónico está casado.

— ¡Cana! ¡Cállate, eres tan inoportuna! ¿Cómo se te ocurre pensar que Levy está…

Se había quedado dos pasos atrás. Lucy se dio vuelta fue con ella, la abrazó y le besó la frente. La llevó con Cana, las tres se tomaron de las manos en lo que para la castaña era un estúpido ritual infantil de Lucy.

— Es un secreto de amigas, aunque sea una confusión.

Levy sonrió.


Lo que antes era una bodega de polvo, se convirtió en una hermosa habitación. Gajeel la había pintado de blanco, ella se encargaría de decorar con cenefas en colores pastel. Ya la cuna estaba armada y compraron telas para que ella hiciera las cortinas.

Nunca pensó que lo que se vislumbraba tan mal, terminaría siendo este bello sueño en el que estaba ahora.

El teléfono de la casa comenzó a sonar. Corrió a descolgar el aparato en su habitación.

— ¿Diga?

— Juvia, es Gajeel. Olvidé mi carpeta de anotaciones, la necesito para la clase después del almuerzo, ¿podrías traerla? Aprovecharemos e iremos a almorzar juntos, hay un lugar cerca muy bonito.

— Claro que sí, estaré ahí puntual.

En sus rutinas de limpieza, Juvia había encontrado los lugares donde su madre, una mujer atada a los recuerdos, guardó toda su ropa de maternidad. Era una suerte que le fuera tan bien, porque su barriga era más prominente cada día y la ropa que usaba antes, de talla para una bailarina, dejaba de quedarle. Eligió un vestido marfil con flores rojas para ir al trabajo de su hermano.

Habían pasado casi 12 años desde que dejó la escuela preparatoria y todo seguía igual, los pasillos, los jardines, lo único que la hacía diferente era el color de las paredes y algunas de las puertas. Entró despacio llevando en las manos un pequeño bolso y los apuntes de Gajeel, caminando por el edificio principal buscando la oficina de administración y ahí preguntar dónde se encontraba su hermano. Hubiera sido más fácil marcarle pero su celular enviaba la llamada directo al buzón, por lo que supuso que estaría dando clases.

— ¿Busca a alguien? —absorta como iba en el celular marcando a Gajeel, no se percató de casi chocar con una pared. Un hombre moreno le llamó la atención, ella giró la vista.

— Lo lamento, yo…—estaba avergonzada, actuaba como una adolescente. Extendió la mano al hombre—. Soy Juvia Lock… Juvia Redfox.

Al empezar su carrera como bailarina profesional, decidió usar el nombre de soltera de su madre, ahora prefería llevar el mismo que Gajeel.

— Debe buscar a Gajeel Redfox —el hombre, que llevaba varias carpetas en una mano las pasó a la otra para poder corresponder al saludo de Juvia—. Soy Gray Fullbuster, profesor de deportes. Me encantaría llevarla con su esposo.

Juvia soltó una sonora carcajada con una mano sobre el pecho. Gray se sonrojó con el comentario, se sentía un idiota al haberlo hecho.

— Se equivoca, señor Fullbuster. Gajeel es mi hermano, yo soy…—puso la mano anteriormente en el pecho ahora en su barriga—, simplemente mamá.

Esta vez fue Gray quien rio, pero fue algo más de aprobación y complicidad con el comentario.

— Entonces, ¿la acompaño?

— Por favor —siguió el camino que señaló el Gray cruzando una puerta, más adelante él se aparejó junto a ella—. Perdone que le pregunte señor Fullbuster, pero no es de Magnolia ¿o sí? Esta ciudad es pequeña, prácticamente todo el mundo se conoce.

— Pues no. Antes daba clases en Hargeon pero mi hermana tuvo que tomar un trabajo aquí hace un año, por lo que decidimos mudarnos. Es mi único familiar.

— Eso es bastante curioso. Gajeel también es mi único familiar.

— Y el hijo que tendrá —se detuvo y le indicó un salón amplio frente a ellos— .Ese es el salón de Gajeel, deben faltar 5 o 10 minutos para que termine la clase.

— Muchas gracias, señor Fullbuster.

— Sólo Gray, me hace sentir muy viejo. Espero volver a verla pronto, futura mamá Juvia.

— Lo mismo espero. E igual, solo Juvia, por favor.

Lo vio alejarse. Su lado de madre pensó que era alguien confiable, su lado de mujer notó lo guapo que era y lo bien formado de su cuerpo. Vaya, que instruía deportes ¿no? Se sonrojó de tener esos pensamientos. Se paró junto a la puerta, bajo el caedizo del edificio para no estar bajo el sol mientras esperaba. Tan solo unos minutos después una campana indicó el momento del fin de clases y varios jóvenes comenzaron a salir del salón. Cuando vio que no salía nadie más, se acercó a la puerta y entró.

Hasta el momento no se había sentido tan orgullosa. Su hermano, su pequeño hermano, estaba detrás de un escritorio con los lentes puestos a pesar de lo mucho que los odiaba, revisando el trabajo de una chica frente a él. Cuando la muchacha prestó atención a su presencia dio un respingo y desvió la mirada, la reacción hizo que Gajeel girara la vista hacia donde estaba ella pero inmediatamente regresó a la revisión.

— Buenas tardes. Voy a esperarte por aquí —hizo señas con la mano en forma de círculo para marcar los asientos dentro del salón. Pudo ver que Gajeel le asintió con la cabeza.

Tras un momento más, la chica recogió sus cosas, el trabajo a revisar y salió del salón.

— ¿Ella es Levy?

De nuevo asintió con la cabeza.

— Es bonita, pero se ve muy frágil.

— Es muy frágil.

— Y eso te gusta.

Gajeel clavó la vista en ella a modo de reprenda, pero Juvia solo le sonrió como un niño que hace una travesura.

— Yo solo digo, soy tu hermana mayor y sé que te encanta proteger gente frágil e indefensa —tomó su bolso—. Pero ya vámonos que tu sobrino muere de hambre.


— ¿Puedo saber qué le pasa hoy, McGarden?

La mejora en sus clases había sido notoria en las últimas semanas, era claro que ella practicaba después de clase y los fines de semana. Pero hoy estaba torpe, sus trabajos tenían en exceso presión, calor o fragilidad.

— Nada, me he desvelado pero estoy bien.

— No me sirve de nada pasar toda la tarde aquí con usted si no va a trabajar como se debe. Puede hacerlo mejor que eso. Y ya sabe, no nos iremos hasta que terminemos.

Levy apretó los dientes. No quería estar ahí, le molestaba tener que repasar todo eso que ya dominaba y que por alguna razón, no podía hacer. Inhaló profundo y comenzó de nuevo.

— ¿Está satisfecho con eso?

Gajeel levantó la vista sorprendido de la forma que le habló.

— Quedó bastante bien aunque —miró el reloj en su muñeca—, después de tres horas.

Era cierto. Afuera estaba oscuro. Gajeel se levantó de su asiento, tomó sus cosas, ella hizo lo mismo y salieron al patio.

— Hasta luego, profesor.

— ¿A dónde cree que va? Mi auto está en el estacionamiento, la llevo a su casa —Levy se quedó congelada con la propuesta—. Rápido McGarden, no quiero que se haga más tarde.

Un Toyota Corolla azul eléctrico fue el auto donde Gajeel le abrió la puerta del copiloto. Levy corrió para subir. Dentro todo olía a jazmines, estaba pulcro, con pañuelos en el tablero y del espejo retrovisor colgaba una bailarina de brillante tutú rosa. En cuanto Gajeel abordó y se colocó el cinturón, emprendió la marcha.

— ¿Dónde vive?

— Bosque 17, sección cuarta. Derecho por esta calle, en la séptima cuadra a la derecha —se quedó mirando al frente por el camino. Luego giró hacia Gajeel— ¿Y usted?

Gajeel la miró de reojo, suspiró.

— Sección novena. Detrás de la iglesia, en dónde suelen ubicar a los militares.

— Oh, tengo un amigo que vive ahí, tal vez lo conozca. Se llama Natsu Dragneel.

— Sí, lo conozco. Su padre fue amigo de mi padre, aunque a él lo dejé de ver cuando tenía como quince años.

— Es novio de Lucy, mi mejor amiga —Gajeel no respondió a eso. Levy buscó otro tema de conversación— Y ¿usted tiene novia?

El moreno sonrió ante la pregunta.

— No y si lo pregunta por la mujer que fue al salón, es mi hermana. Se lo comento porque no quiero que haya habladurías al respecto por lo que usted y sus amigas vieron en la plaza el fin de semana.

Levy quiso hundirse en el asiento y que el auto la convirtiera en polvo. Se avergonzó tanto de su actitud aquél día y sobre todo de que su profesor hubiera notado su presencia. El auto se detuvo frente a una casa verde olivo, donde un chico con una guitarra estaba sentado en el porche.

— Cheney es un buen novio, la espera el tiempo necesario.

La chica se soltó el cinturón de seguridad y bajó del auto, irritada.

— Rogue no es mi novio. Hasta mañana, profesor.

— Hasta mañana, Levy.

Tal vez él no lo notó, pero ella se sintió sublimar cuando dijo su nombre y no su apellido para llamarla.

Manejó hasta su casa con una mueca que trataba de ser una sonrisa, pero él la contuvo con coraje. Obviamente, sí notó cómo la llamó al despedirse.


Les agradezco haber leído el capítulo anterior y me disculpo por la tardanza al escribir este. Espero que sea de su agrado.

Como siempre espero leer sus amables comentarios. Gracias por leer.