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Roulette

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Escenas IX

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— ¿Ahora dormirás eventualmente con Flare?

Juvia le servía café a Gajeel. Era el primer día de clases luego de las vacaciones y no había tenido la oportunidad de indagar al respecto.

— Solo somos amigos.

— Ah —tomó una uva del frutero y se la echó a la boca—, pues es una amiga que dice mucho tu nombre entre gemidos en la madrugada.

Gajeel se sonrojó, estando a punto de escupir el café.

— Me voy, que ya es tarde. Nos vemos en la noche.

Salió al patio, subió al auto arrancando con rumbo a la escuela. Flare resultó ser una buena amiga y a pesar de la confianza que tenía con su hermana, no se atrevía a contarle los tratos con la pelirroja. Aquella noche, en año nuevo, el vínculo que tenían se fortaleció.

"— ¿Sabes que llegué hace un par de años a Magnolia? Conseguí que mi tío me transfiriera desde la universidad de Pueblo del Sol de donde soy. Me enamoré como idiota de un alumno, que para el colmo era menor de edad. Sus padres se enteraron, en la escuela se enteraron, pensé que mi carrera se acaba ahí. Cuando te vi en la barra del bar, Gajeel tú realmente me gustas, estábamos ebrios y el sexo contigo es bueno. Solo que mencionaras a Levy Mcgarden…"

Desahoga tu frustración conmigo, había dicho ella.

Ambos eran adultos conscientes que el trato se limitaba a lo sexual. Obviamente se sentía culpable de utilizar a Flare, a pesar de que ella no demostrara la mínima molestia por el asunto.

Cada momento que pasó con Flare, imaginó a Levy en sus brazos.

Llegaba a la escuela y la miró entrando al edificio. Luego de dos semanas, volvería a verla a los ojos.


Jamás en toda su vida estudiantil odió con tantas ganas la escuela. Quiso faltar al primer día con la inútil escusa de tener fiebre, al instante su madre le tomó la temperatura, le dio un analgésico previniendo cualquier cosa y la dejó en la puerta de la escuela antes de ir a su guardia en el hospital.

Ahí estaba, evitando dormirse en clase mientras su profesor de estadística hablaba de una insana relación de un chico con la cantidad de helado que comió durante el último año. Lo único que ocupaba su cabeza era el tiempo que corría rápidamente, lo pronto que pasaría el medio día, lo veloz que llegaría el momento de ir al taller.

— ¿Sabes la respuesta?

— ¿Ah?

— Quiero la respuesta.

— No la sé.

— Levy, la necesito para que nos deje salir, si tardo un minuto más moriré de inanición y aburrimiento.

Miró el pizarrón un instante, comprobó números en la calculadora.

— Es 6.

— ¿Segura?

— ¿De cuándo a acá te preocupa que me equivoque, Cana?

— Desde que estás enamorada.

Ambas escribieron la respuesta en sus libros, tomaron sus cosas y fueron donde el profesor.

— No lo estoy.

— Claro que sí, ¿crees que no noté la cara de decepción que pusiste cuando te mostré la foto de Flare?

El maestro firmo ambos libros y les autorizó salir del aula. Levy guardó su libro en la mochila, donde notó que no traía la carpeta con su proyecto de fin de año.

— ¡Mierda!

— ¡Hasta dices malas palabras! ¿Qué te pasó?

— Olvidé mi proyecto del taller en casa.

— Pídele a tu madre que lo traiga antes de ir a trabajar.

— Tomó el turno de la mañana para que no pase las noches sola. Ahora resulta que es una buena madre.

— Entonces ponle ojitos tiernos a tu maestro para que no se moleste.

Levy puso los ojos en blanco. A veces le costaba aceptar lo superficial en Cana.

— Oye, no pongas esa cara, que casi gritas que te gusta el profesor— Cana sacó una galleta de su bolso y comenzó a comerla—, ¿en serio te gusta?

La peliazul ignoró la pregunta. Quiso cambiar de dirección, antes se dio vuelta y se dirigió a Cana.

— Me gusta. Por favor no le cuentes a nadie.

Cana se quedó a cuadros.


Sonó su teléfono. Un mensaje. Al abrirlo apareció una foto de Flare haciendo un símbolo hippie con la mano, donde el escote de su blusa ocupaba la mayor parte de la imagen, con el equipo de porristas al fondo. Tan infantil, pensó. Lo cierto es que le causo gracia y ayudó a librar un poco la tensión provocada por el estrés de saber que en unos minutos más tendría a Levy a tan solo un par de metros.

La misma Levy en cuyos labios no había podido evitar pensar. Y ojalá sus labios fueran lo único en lo que pensó.

Cierto era que muchos hombres hubieran matado por estar en su lugar: pasar noches enteras, con una mujer como Flare desnuda junto a él, sin ningún vínculo emocional. A pesar de esto, Levy ejercía una presión fuerte en su pecho y, luego de aquél beso, en sus pantalones. Al escuchar el timbre que marcaba el inicio a su clase, se puso de pie dando la espalda al grupo que comenzaba a entrar. Se limitaba a contestar los saludos mientras esperaba que la sangre le volviera a su sitio.

— ¿Profesor?

Demonios. Todo se fue al caño cuando la escuchó. Continuó fingiendo que observaba con atención una lámina con ecuaciones en la pared.

— ¿Sí, McGarden?

— Quiero hablar con usted sobre mi proyecto. Verá, sí lo completé pero esta mañana salí muy a prisa de casa y pues —estaba apenada, su voz tenía un tono especial y nada de esto mejoraría si ella no se callaba y se alejaba—, quiero saber si puedo traerlo mañana o más tarde o si quiere…

— McGarden —se movió a prisa, sin verla apenas, para sentarse y acomodarse en su escritorio—, se queda después de clase, por favor.

— ¿Levy? —detrás de ella, Rogue cerraba la puerta—, ¿estás bien?

— Sí. Vamos, la clase va a empezar.

Gajeel los miró alejarse rumbo a su escritorio de costumbre. Concentrándose en ella, ladeó la cabeza un poco como si eso le aclarara la cuestión.

¿Era idea suya o su falda estaba más corta?


— ¡No me puedes dejar así!

Cana corrió tras de la peliazul apenas escuchó su confesión. Ni toda la obviedad del mundo sustituía las palabras saliendo de la boca de Levy.

— ¿Así cómo?

— Eso, finge demencia, finge que no aceptaste que te gusta Redfox.

Levy se detuvo, la miró y continuó rumbo a los baños de mujeres cerca del taller. Siendo la única mujer ahí, sabía de sobre que siempre estaban vacíos. Empujó con fuerza la puerta, entró, Cana la seguía. Dejó sus cosas en el lavabo y se quedó con la mirada fija en el espejo, a través del cual también veía a Cana.

— ¿Estás consciente que no puedo ir por ahí gritando que me gusta mi profesor?

— Es muy normal, Redfox no está para nada mal.

— Cana, por favor, estoy en un taller donde soy la única mujer y que curiosamente, le gusta el profesor, ¿cómo me pone esto ante mis compañeros? ¿Ante mis demás profesores? ¡Mis padres!

Levy dejó los codos sobre el lavabo, cubriéndose la cara con ambas manos.

— ¡Drá-ma-ti-ca! No es como si se hubieran acostado— Cana notó que Levy se descubría el rostro y la miraba con cara de culpa—, ¿o sí? ¿Acaso esta dulce princesita le entregó si virtud al dragón?

— ¡Por Dios, no! Tan solo lo besé en la fiesta de Lucy, pero no pasó a más.

— ¡Oh cielos, Levy! ¿Qué tal estuvo? —notó por la mirada de Levy que ella no quería continuar con el tema— ¿Crees que él haya querido continuar?

La sobriedad le había dado a Levy tiempo para pensar en ello. Viéndolo con claridad, fue él quien la besó, recordó sentir cómo la tomaba de la cintura para levantarla. Y él también fue quien detuvo el beso.

Se sonrojó

— ¿Qué es lo peor que puede pasar?

También eso estuvo en sus pensamientos, podría simplemente ser un romance tierno de escuela, algo que la ayude a escribir sus novelas y demás.

— De acuerdo, dame pegamento y súbete al lavabo —Cana le extendió la mano. Desconocía el rumbo que esto tomaría, pero era divertido—, deja de ser el empollón de la clase y diviértete un poco.

Más tarde, cuando se sentaba en clase, leyó el mensaje de Cana.

¿Qué tal?

Dijo que nos veríamos al final de la clase.

Suerte!

Guardó el teléfono en la mochila y discretamente levantó el borde de su falda. Jamás había pegado la bastilla de su ropa con pegamento escolar ni mucho menos usó uniformes tan cortos.


Se miraron el uno al otro por largo rato. No eran niños, sin embargo ella no podía dejar de sentir el desazón en el pecho, ese que le marcaba que estaba haciendo algo malo, una travesura a escondidas.

De Gajeel.

No es que debiera informar de cada paso que diera, todo era obvio, aunque seguro él deseaba ser informado de primera mano. Después de todo, es su hermano.

— Si no te gustó la comida, puedes pedir otra cosa.

— Estoy bien, gracias, no es que no agradezca tu amabilidad pero quisiera irme a casa, no me siento bien.

Él levantó la mano, haciendo una seña al mesero y pedir la cuenta. Pagó, salieron del restaurante, yendo directo al estacionamiento, donde ella abordó del lado del copiloto.

— ¿No prefieres ir a un hospital?

— No, solo es incomodidad.

— ¿Preferirías no estar conmigo?

— Preferiría estar en mi casa.

Arrancó. Tomó la carretera principal con rumbo a Magnolia, dobló sobre una calle empedrada y salió justo frente a la preparatoria de Magnolia. Condujo hasta el residencial donde vivía ella y aparcó justo frente a su garaje. Apagó el motor, ambos se quedaron en silencio. A esas alturas ella podía escuchar los latidos de su corazón, que le retumbaban en los tímpanos, inhaló y exhaló con calma. Supo entonces qué le molestaba tanto.

Era él. Quería adherirse a su piel, a su olor. A él.

— Será mejor que me baje.

— Juvia, espera—la tomó del brazo antes que pudiera sujetar la manija de la puerta— no quise hacerte sentir mal…

Ella posó la mano en su mejilla, se acercó a sus labios y lo besó.

—Gray, tan solo estoy embarazada. Mi vida es incómoda.

Sonrió, entre la gracia y la confusión, aún con los labios manchados de su labial. Se acercó a ella y la besó.

Juvia se alejó un poco, más no se retiró. Todo estaba sucediendo muy aprisa, con Gray invitándola a comer, estar a solas en la casa, que él preguntara nervioso si el sexo estaba permitido a esta altura de su embarazo, era como si le hubiera leído la mente.

Hacía tanto que no tenía una cita, que instintivamente, se vistió con linda ropa interior de encaje que ahora ahogaba sus caderas.

— Esto no está bien.

Se distanciaron.

— ¿Por qué?

— Pues tú… Juvia, me gustas. Te conozco hace poco pero en serio quiero tener algo contigo y sin afán de ofenderte, ese algo incluye algo más físico y tu embarazo es… complicado.

— Estoy embarazada, no discapacitada.

— Entiendo, solo no quiero que te sientas forzada a nada.

— ¿Qué me sienta forzada? Gray, me preguntaste a medio almuerzo si con mi avance podía tener sexo.

— No es lo único que quiero, Juvia. Espero pasar tiempo contigo y so pena de apresurarme, también quisiera pasar tiempo con tu bebé.

Una lágrima quiso escapar se sus ojos, mas la contuvo con todas sus fuerzas. Hace apenas unos meses antes, hubiera dado el universo porque quien engendró el niño que cargaba en su vientre dijera las mismas palabras.

Lo besó de nuevo. Bajó del auto y apenas entró a su casa, se despojó de la ropa interior.

Los encajes la mataban.


Rogue levantó sus materiales mientras aún había compañeros suyos en la zona de trabajo, esperando a que Levy se acercara a él.

— ¿Te molesta si me voy antes? Haré unas compras antes de ir a casa.

Guardaba los guantes en su maletín cuando giró para saber dónde estaba Gajeel.

— Me pidió que lo esperara, tuve un problema con mi proyecto.

Rogué puso los ojos en blanco mientras Levy le daba una sonrisa cansada, terminando de guardar su equipo, él levantó los hombros y con la mano se despidió mientras ella se quitaba la bata.

Solo quedaba un chico más en el taller junto a ella. Apenas salió del aula, Levy caminó despacio hacia el escritorio, sin apartar la vista de sus zapatos, siguiendo sus tímidos pasos hasta no poder avanzar más. Gajeel seguía en el área de trabajo, ordenando las herramientas que ocuparon durante la tarde. Escuchó como todo terminaba y se acercaba al otro lado del escritorio.

Tum, tum, tum.

Sus pasos acercándose.

Tum, tum, tum.

No, eran sus latidos.

Tum, tum, tum.

¡Dios! ¡Cómo le gustaba mirarlo con el pelo recogido y los anteojos!

— Puede enviarme su trabajo por correo electrónico esta noche. Lo espero hasta las 11.

¡Qué! ¿Eso es todo? ¿Eso es…

Levy se dio la vuelta para volver por sus cosas sin levantar la mirada. Algo en su interior le gritaba que no girara, que diera por terminado todo pero ahora mismo no mandaba su cerebro.

— Perdón por mi comportamiento —Gajeel la miró fijo, aunque ella seguía clavada en el suelo—, sé que le envié un texto, pero no contestó y quiero saber que todo está bien entre nosotros, digo, no es que haya un nosotros, aunque sí, porque es mi profesor y yo soy su alumna y obviamente habrá un nosotros aunque se limite a lo escolar y yo…

Instinto de sobrevivencia, no parar de hablar.

— McGarden, basta —por fin levantó la mirada, Gajeel miró sus mejillas sonrosadas y sus ojos cristalizados de lágrimas—, ese es un tema que esperaba no volver a tocar con usted. Sólo sé que nada estará bien entre nosotros en adelante.

La primera lágrima huyó de sus ojos avellana y se deslizó hasta su barbilla.

Ella solo quería contenerse y no explotar. No gritar, no reclamar. No arruinarlo más.

— ¿Por qué me besaste, Gajeel Redfox?

— Fue inapropiado, las disculpas debí pedirlas yo.

Levy parecía retarlo con la mirada. Gajeel rodeó el escritorio hasta estar frente a la peliazul, le extendió la mano.

— ¿Amigos?

Dudó un poco antes de ceder.

— Nada estará bien entre nosotros en adelante, ¿no?

Fruncía el ceño, lo que le causaba a Gajeel una enorme gracia. Por mucho que se esforzara no parecía realmente molesta, tan solo quería volver a besarla. Llevó su otra mano hasta la barbilla de ella y la levantó para poder observar mejor cada uno de los zurcos de su piel mientras arrugaba la nariz en su gesto de enojo.

— Nada, Levy.

Tum, tum, tum.

Su nombre se escuchaba tan dulce en su voz. Los latidos empezaron a tamborilear en sus oídos, su percepción del espacio cambió al grado de sentir que Gajeel se acercaba a ella.

— ¿Qué? ¿Ahora vas a besarme de nuevo?— Dijo, apenas como un susurro.


Todo estaba pasando por su mente. Ponía en juego tantos aspectos de su vida por una adolescente.

— Si no quieres solo tienes que apartarte.

Mas ella no se apartaba.

Posó los labios sobre los suyos, esperando por si algo cambiara. Había cerrado los ojos, él por el contrario los mantenía abiertos, atento a cada movimiento, cada cambio que pudiera darse. Abrió un poco los labios para apresar el labio inferior de ella. Soltó la mano que mantenían sujetada, sintió como Levy dio un paso atrás, pensó que todo acabaría entonces, pero ella envolvió su cuello con sus delicados brazos.

Olía a duraznos y flores. Y él quería embriagarse de ello.

Entonces acarició sus mechones azules, acarició cada uno de sus cabellos. Quería apresar su alma en ese beso, el mundo podría terminarse en ese instante y nadie podría arrebatarle jamás el dulce sabor de sus labios.

Y entonces él, cerró los ojos.


Como siempre, gracias por leer. Espero sus amables comentarios.