.

Roulette

.

.

.

Escena X

.

.

.

Abrió los ojos. Se había dejado llevar.

Se separó con rapidez de Levy, giró de vuelta a su escritorio y se llevó ambas manos a la cabeza, mezclando los dedos con su cabello, dando pequeños tirones. Estaba arrepentido. Se volvió para mirar a Levy, seguía de pie en medio del salón, con los ojos anegados en llanto y las manos cubriendo temblorosas sus labios. De un respigo, cuando sus vistas se toparon, ella reaccionó para tomar su mochila y salir corriendo por la puerta.

Como si se tratara de una escena en cámara lenta, Levy miró sus pies hundirse entre la capa de nieve que se había creado durante la tarde sobre el pasto; sus pasos marcaban el camino rumbo a la salida del estacionamiento de la escuela, buscando la salida más próxima para llegar a su casa y ahogarse con una almohada.

Gajeel salió tras ella tan rápido cómo reaccionó: Ella corría desesperadamente, abrazada a su mochila, emitiendo sollozos completamente audibles en la soledad de la escuela. No hizo falta correr, simplemente apresuró el paso hasta donde estaba, alcanzarla sería fácil, aunque pareciera que Levy no quería que aquello sucediera.

— ¡McGarden! —antes de que pronunciara su nombre, sabía que se acercaba, pudo escuchar sus pisadas en la nieve— ¡Levy! Por favor detente, no quiero que te hagas daño —se detuvo, lo que le dio pie a Gajeel para cercarse y continuar hablando—. Aguarda un momento, te llevaré a casa.

Inhaló y exhaló entrecortado, aún con la mochila abrazada a su pecho. Sus zapatos comenzaron a humedecerse, nadie esperaba que continuara nevando a mediados de enero, este año comenzaba de lo más inusual. Un peso se agregó a su hombro, cálido, Gajeel ponía su mano sobre ella.

— Por favor.

Sin girarse, asintió.


— Entonces, ¿no viste a Levy el día de hoy?

Negó con la cabeza, aún hundida en la pantalla del móvil. Su compañera andaba del closet a la cama, haciendo una breve parada frente al espejo, posando con diversas prendas por delante.

— Ella no es de las que lleguen tarde —un vestido verde frente a ella provocó una mueca de desagrado, la prenda fue a dar a la cama para ser cambiada por un jersey negro—, tal vez le pasó algo. ¿Crees que esté bien?

Atendió a la respuesta de su amiga a través del reflejo en el espejo. Negativo.

— Supongo que aún continuará en su taller. Redfox la explota.

Lucy estaba sacándose la blusa para cambiarlo por el jersey negro. Soltó una carcajada.

— Pero no de la forma que ella quisiera, ¿no?

Cana la miró incrédula, antes de soltar una carcajada también. Lucy fue a acostarse en la cama con ella.

— ¿Crees que en realidad le guste? —Cana fingió no escuchar la pregunta, solo continuaba deslizando el dedo sobre la pantalla del celular—. Me cuesta trabajo pensar en Levy como la chica enamorada. Ella siembre ha estado tan comprometida con sus deberes de estudiante y es tan dulce. Digo, Rogue está ahí pero él es… pues Rogue.

— ¿Dices que Levy no podría estar con Redfox?

— Es menor de edad, no creo que a sus padres les agrade la idea y su hermano —Lucy se bajó de la cama, tomó unas botas del armario y las calzó—, no recuerdo que sea la familia más amorosa del mundo. Si Levy gusta de él y si él no lo toma como un juego, esto va a ser muy difícil.

— Pase lo que pase la vamos ayudar. Somos sus amigas.

Cana ya estaba de pie, así que Lucy se apresuró a llegar a ella, la tomó de las manos y las mantuvo cerca del pecho de ambas.

— Somos hermanas, Cana.

— ¿Siempre tienes que ser tan cursi, Heartfilia?

Salieron de la casa. Afuera se distinguía el auto de Natsu, estacionado del otro lado de la acera donde vivía Lucy.

— ¿Segura que no quieres que te llevemos?

— No, voy a caminar hasta la estación, el Jefe se quedó con mis llaves.

Lucy le besó en la mejilla antes de cruzar la calle. Natsu la vio, le saludó con la mano a lo que Cana respondió, puso las manos dentro de las bolsas del abrigo y comenzó a caminar calle abajo. Aún faltaban un par de horas antes de que su padre se desocupara del trabajo, así que tomó una especie de camino largo, rodeando la calle principal que dirigía al ayuntamiento, por los callejones que pasaban junto al río.

En alguna casa en el camino escuchaban la radio, la locutora mencionó la hora, pasaban de las 6, Levy debería estar saliendo de clases en ese momento. Se preguntó si le enviaría un texto para saber qué tal le había ido o si había hablado con Redfox.

— No pensé volver a verte.

Se sobresaltó. Un auto disminuyó su velocidad frente a ella y su conductor se asomaba por la ventanilla para hablarle.

— ¿Perdón?

— Supongo que estabas más ebria de lo que recuerdo esa noche, ¿no sabes quién soy?

El primo de Natsu, la oveja negra de su familia.

— Me refiero a por qué no pensabas volver a verme, ambos estaremos en la boda de Natsu y Lucy.

El chico en el auto rió. Cana observó, del otro lado del río, una sombra negra deslizarse en patineta.

— Los eventos familiares no son mi ocupación preferida —cambió la velocidad del auto de neutral a primera, tomó el volante con la mano izquierda y fijó la vista de nuevo en el camino—, la orfandad tiene sus ventajas, nadie que te obligue a ir de un lado a otro.

Poco a poco, empezaron a caer pequeños copos de nieve; los primeros se diluían en el suelo, los segundos se acumulaban sobre los restos grisáceos de nieve sucia.

— ¿Quieres que te lleve?

— ¿No tienes ninguna ocupación de chico rebelde que atender?

Sonó un clic seco. Había quitado los seguros del auto.


— ¿Quieres que hablemos de lo que pasó?

Se perdía en la vista de las calles de Magnolia, a través de la ventanilla del auto. No quería ser una niña ahora, aunque le daba miedo aclarar todo.

Él iba con la vista puesta en la calle, manejando muy despacio, como evitando llegar a su destino. Giró a la izquierda en lugar de ir a la derecha, con dirección al centro.

— Este no es el camino.

— ¿Vas a hablar conmigo? Podemos evitarlo si eso te satisface, pero nos seguiremos viendo.

— Deja de besarme, Gajeel Redfox.

Él sonrió de lado, esperando que ella no lo mirara. Parecía pedirle algo imposible, empezaba a hacerse adicto a esta situación.

Al peligro.

— Me gustas, Levy.

Dobló de golpe en una calle y frenó. Su pequeño corazón dio un vuelco, ella lo atribuyó al frenado brusco. La sangre teñía sus mejillas.

— No espero nada de esto, no estamos en la posición de… nada, eres apenas una niña.

— No soy una niña.

— Entonces no actúes como una, enana.

Clavó en él una mirada asesina. Nadie se metía con su altura.

— ¿Qué no esperas nada de esto? ¡Me gustas! ¡Me gusta mi profesor! —Gajeel se sorprendió un poco de aquella confesión—, ¿pretendes que ande por la calle gritándolo? No es como si todo el mundo reciba la noticia con los brazos abiertos.

— No es que quiera jugar a los novios con una niñita.

— Te repito que no lo soy.

Afuera, la nieve continuaba cayendo. Levy había dejado de sentir los dedos en sus pies por la humedad y el frío. Se reacomodó en el asiento y fijó la vista al frente. Las lágrimas corrieron a prisa, unas tras otras.

— No soy una niña —dijo entre sollozos—, todo el mundo intenta cuidar de mí como si fuese una muñeca de cristal, frágil. He llegado a creer que lo soy. Yo misma he cuidado de mí demasiado, ¡ni siquiera he tenido un novio! Y ahora llegas tú, me remueves por dentro tantas… ¡cosas! ¡Cosas que una chica no debería sentir hacia su profesor! ¡Mayor! ¡con novia! —se limpiaba las lágrimas con las mangas del suéter—, ¡no soy una niñita! ¡Y no quiero jugar a nada contigo, porque lo que se juega son mis sentimientos!

Arrancó de nueva cuenta el auto. Giró en el retorno más próximo, tomando rumbo a casa de Levy. Tardó apenas unos minutos en llegar y aparcó unos metros antes.

— No puedo ofrecerte nada, Levy.

Levantó sus cosas del suelo del auto. Bajó y corrió hasta su casa. Antes de irse, Gajeel llamó a Flare.

Estaba esperándolo en su casa.


— ¿Tan mal te trató Redfox? Tienes cara de derrota total.

Ver a Rogue en su cocina la reconfortó un poco. Podría imaginar que su mundo no estaba girando vertiginosamente.

— ¿Qué haces aquí? Pensé que tenías cosas que hacer.

— Las hice. Estaba llegando y tu mamá me invitó a cenar, hizo lasaña —se llevó un bocado a la boca antes de continuar su relato—, le hablaron del hospital y dijeron que el médico de urgencias no llegó, así que me dejó esperándote.

Levy le sonrió cansada.

— ¿No quemó nada?

— No eres la única que sabe cocinar en esta casa— Levy dejó sus cosas en una esquina de la cocina y fue a revisar el horno para servirse la cena. Llevó el plato hasta la barra donde cenaba Rogue y se sentó junto a él. Dejó caer la cabeza sobre su hombro—, ¿terminaste tus deberes?

Él continuó comiendo, ignorando lo que preguntó. Ella se incorporó para empezar a comer.

— Creo que no habíamos cenado así desde que el semestre inició.

Rogue asintió.

— Es nuestro último año, Levy, lo que me lleva a, ¿ya te contestaron las cartas de la universidad?

No era su día. Sucedieron muchas cosas durante el día, ahora la cereza del desagrado coronaba el pastel de sus tragedias.

— No las he enviado, tengo hasta abril.

— ¿Levy McGarden esperando a última hora? Estás cambiando mucho, pequeña— le acomodó el cabello por detrás de la oreja, mantuvo su mano en sus mejillas, acariciándole con el dorso—. Lo único que no cambia en ti es lo dulce que eres.

Se acercó despacio a Levy, deslizando su mano hasta su barbilla. Fijó sus labios como objetivo. Ella dejó el tenedor sobre el plato temiendo el encuentro. Puso su mano en los labios de Rogue y se quedaron así un momento, con los ojos cerrados.

— Rogue, por favor.

— ¿Cuál será tu excusa esta vez?

— Nunca son excusas, es la verdad. Te quiero, pero solo eres mi amigo.

Se apartaron. Él se levantó, llevó sus platos al fregadero y se dirigió a la puerta de la cocina. Antes de salir, giró para confrontar a Levy.

— ¿Has pensado alguna vez en darme una oportunidad?

—No es momento ahora, mi vida es algo confusa.

— ¿Entonces cuándo? ¿Habrá un momento?

— Rogue, necesito que entiendas esto: Eres mi mejor amigo, quisiera más que nunca que lo fueras ahora para poder hablarte de quien habita en mi corazón.

— Supongo entonces que ya no podré ser ni siquiera tu amigo.

Antes de que ella pudiera contestar, Rogue salió de su casa. Ella se puso de pie, recogió sus cosas y se encaminó a su cuarto. Había esperado llegar a su casa para poder descansar de lo ajetreado del día, lo último que necesitaba era Rogue en su cocina con sus exigencias sentimentales para convertir su día en el Armagedón.

Esta noche, tenía una cita con la almohada.


Espero que disfruten del capítulo. Les agradezco por leer y por sus ambles comentarios.