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Roulette

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Escena XII

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Sus labios depositaron un beso en su nuca y otro en su clavícula. Ella ladeó la cabeza para permitirle continuar, cerró los ojos y se concentró en la calidez del agua. Con delicadeza, él le indicó que debían separarse. Natsu salió de la tina y de inmediato envolvió su cintura con una toalla.

— Odio que estos momentos terminen —dijo Lucy, haciendo un mohín de desagrado. Ladeó un poco su cuerpo, dejó los brazos colgando en la orilla de la bañera—. ¿No nos podemos quedar otro rato?

— Cambiaste el desayuno con tus amigas por estar conmigo —ocupó una toalla para sacudir el exceso de agua en su cabello—. Y yo tengo clase en 20 minutos.

Un mohín más. Lucy miraba cómo una gota de agua se deslizaba por la unión entre las baldosas grisáceas del suelo del baño.

— ¿Te vas a vestir o te quedarás desnuda en la tina?

Se levantó aún dentro de la tina, dejando que el agua serpenteara a través de su piel desnuda y blanquecina. Sus pechos firmes lucían como dos frutos de verano bañados del rocío matutino. Su cuerpo entero se apreciaba ligeramente enrojecido debido al calor del agua. Natsu le otorgó una toalla para que pudiera cubrirse.

— ¿Ahora te molesta mi desnudez?

Natsu se mofó, tirando la toalla al suelo, se acercó a Lucy. La rodeó con sus brazos, colocó ambas manos sobre sus caderas y la besó. Lentamente fue deslizando sus manos por la piel húmeda de las nalgas de Lucy. De un impulso, la levantó haciendo chocar sus caderas. Ella se encargó se asirse con fuerza a él con sus piernas y de rodear su cuello con los brazos. Natsu dio la vuelta y se encaminó a la habitación, dejando caer la toalla que lo cubría bajo la cintura.

Depositó su níveo cuerpo sobre las sábanas de su cama. Su boca entonces cambió de destino, para ir a regar besos a través de su cuello por aquel camino terso que iba por entre sus pechos, rodeando su ombligo.

Arrodillándose sobre el alfombrado tibio depositó un beso más, justo en lo bajo de su vientre. Antes de que sus labios pudieran descender más por el cuerpo de Lucy, sonó el teléfono.

La rubia maldijo.

— ¿En serio debes contestar? —se incorporó sobre sus codos, mirando a Natsu caminar hacia el buró a por el móvil— ¿A caso hoy día las personas no saben respetar la intimidad?

El pelirrosa se encogió de hombros con una sonrisa en los labios. Tomó el teléfono. Al leer el mensaje su semblante cambió para algo más serio y, en seguida, volvió a la sonrisa.

— Bien, me ha confirmado el padrino del novio —Lucy empezaba a caminar alrededor de la cama recogiendo prendas y vistiéndose. Cuando se giró para ver a su novio, él la imitaba—. Será un poco gracioso ver a los hermanos McGarden como padrinos de boda.

— Claro. Exceptuando que no son "los hermanos McGarden". Son la familia quisquillosa y exquisita que selecciona a los hijos por apellidos —casi por la fuerza, Lucy introducía sus pies en los botines—. Y ¡Oh, cómo olvidarlo! ¡Él es un obsesivo!

Natsu abrochaba sus pantalones. No pudo evitar reír con el comentario.

— Es el hermano de tu mejor amiga. Y, te recuerdo, que gracias a él nos conocemos.

— Es el idiota que ve en Rogue al heredero del imperio de purpurina y papel kraft que conoce como hermana. Tremenda decepción se llevará.

La miró, parpadeó un par de veces antes de acabar de colocarse la camisa. Gateó por sobre la cama hasta quedar pegado a Lucy.

— ¿Sabes algo respecto a eso? ¿Cana ganó la apuesta y Levy ya se deshizo del insistente amor de Rogue?

Lucy se alejó de inmediato.

— Lo que sepa o no, no saldrá de mi boca. Podrías ir a contárselo a tu "padrino de bodas"—pronunció lo último con una entonación bobalicona. Tomó su bolso—. ¿Nos vamos? Sin afán de recriminar, no he desayunado y aún tengo clase.

Natsu corrió a abrir la puerta del dormitorio. Tomó su abrigo y las llaves del auto para salir tras ella.


Ya que lo meditaba más, no era tan buena idea.

— ¿Juvia Redfox?

La enfermera la nombró, esperando que alguien reaccionara al nombre en la salita. Cuando ella lo escuchó, apretó la mano de Gray dentro de la suya. El moreno reaccionó de inmediato.

— ¿Estás bien? Es tu turno.

— ¿Juvia? —insistió la chica de blanco. La peliazul levantó la mano y de inmediato se puso de pie. Gray la acompañó.

Junto al aparato de ultrasonido había una silla pegadita a la camilla. La pantalla que les daría imagen se encontraba apagada. La enfermera que anteriormente les permitió entrar, extendió a Juvia una bata desechable.

— Detrás del biombo puede cambiarse. Su esposo puede tomar asiento, enseguida llega la doctora —de inmediato la enfermera salió, dejando a Gray y Juvia solos en la habitación.

— Supongo que entonces debo cambiarme. Tardaré un momento.

— Sí, claro.

Pausa incómoda. Intercambiaron miradas, callados y sin saberlo, compartiendo la impresión de que no deberían estar ahí.

La chica se dio la vuelta. Gray la miró desaparecer tras la mampara de lona, con tremendo desasosiego en el pecho. Querer a Juvia era una cosa, ella era sumamente adorable, amable, bella, encantadora. Una cosa era enamorarse de una mujer increíble y otra…

¿Realmente valía la pena? ¿Esto era lo que quería?

Ninguno de los dos medía las consecuencias de los besos, las caricias, las palabras noveleras que causaban efervescencia en el corazón. Juvia venía de una relación seria, con más de un año de respaldo, desmoronada por la inmadurez del chico que la dejó sola y embarazada. Él nunca tuvo ese deseo de ir en serio con alguien.

Hasta ahora.

Ahí estaba, esperando a una mujer, esperando un ultrasonido. Esperando ver por primera vez a aquel que, de salir todo bien, sería su hijo.

— ¿Seguro que quieres estar aquí?

— ¡Hola, hola! ¡Pero si es mi paciente favorita! ¡Con un nuevo acompañante! —antes de que Gray pudiera contestar, una mujer rubia ataviada con una bata blanca y ropa de quirófano rosa, entró con prisa al cuarto acompañada de más palabras de las que el cerebro humano pudiera procesar—. No eres el hermano así que, ¿eres?

Le extendió la mano. Por un momento continuó aturdido antes de responder al saludo.

— Gray Fullbuster.

— Mi novio —Juvia se adelantó a explicar mientras comenzaba a subirse en la camilla.

— ¡Ay, pero qué encanto! Bien, soy Jenny, la doctora de Juvia y hoy sabremos el sexo de esta adorable criaturita que lleva dentro —la doctora atrajo hacia ella un banquito con ruedas para sentarse y comenzó a preparar el equipo de la ecografía. Gray tomó asiento en la silla que se hallaba a un lado de la camilla donde estaba Juvia, con las manos entrelazadas sobre la barriga— ¿Lista, lindura?

La peli azul asintió con la cabeza antes que la doctora levantara su bata por sobre su vientre y vertiera una jalea incolora y fría sobre el mismo. De inmediato, colocó un pequeño aparato en su barriga y comenzó a deslizarlo.

— Falta muy poco tiempo, Juvia. ¿En qué fecha veremos los ojitos de este bebé abrirse?

— En marzo. Dos meses más.

— ¿Todo ha estado bien? ¿Te has sentido bien?

Juvia de nuevo asintió con la cabeza. A pesar de no ser algo nuevo, no podía evitar perderse en la imagen oscura de la pantalla, cada vez que lo veía le parecía increíble el milagro de ver crecer un bebé en ella.

— ¡Y ahí está nuestro amiguito!

Lo que primero era un ruido molesto, poco a poco fue descubriéndose como un rítmico latido. La pantalla les mostraba cada detalle de lo que era ya la columna vertebral del niño. Gray, por impulso tomó la mano de Juvia. Ella, como cada vez que se sometía a una ecografía, tenía los ojos totalmente llenos de lágrimas.

— ¿Listos para saber el sexo?

— No doctora, yo… no estoy segura de querer saberlo —Gray la miró de inmediato. Juvia lo notó—, ¿hay forma de decírselo a Gray sin que yo lo sepa?

Jenny sonrió.

— De acuerdo, cerrarás muy bien los ojos y Gray, uno significa niño y dos niña, ¿bien?

Asintió. Juvia cerró los ojos.

— Bien, aquí vamos. Este precioso bebé será…

Levantó la mano para hacer el anuncio. En cuanto lo supo, Gray estrechó con más fuerza la mano de Juvia.

Ella, el bebé. Todo esto valía la pena.


Cada que caminaba hacia ella era…

Siempre lo miraba. O casi siempre. Solo lo evitaba cuando él clavaba sus ojos de fuego en su piel, el sus muecas en su ser. Y ella se convertía en un éter que viajaba fácilmente por cada recoveco del cuarto, quería ser embebida en su mirada.

Cada vez que caminaba hacia ella, se partía en dos.

En la fuerte, la independiente, la que de ninguna forma imaginó anhelar tanto una presencia. La que no era la doncella en apuros, sino el dragón. Y en la otra, la chica romántica que en secreto esperaba un príncipe azul con rosas blancas, de lustrosa armadura.

Porque cada vez que él fijaba en ella su destino era…

— Levy, ¿podemos hablar después de clase?

— O sea, ¿ahora? ¿O después de que revise mis trabajos?

— Desde que hablamos el otro día no hemos tenido oportunidad de poner en marcha el plan —Levy bajó un poco la mirada: mucha de la culpa la tenía ella. Luego que estipularon hablar durante las tardes para conocerse mejor, ella se envolvió en su caparazón de sobrevivencia y trató de evitarlo en lo posible—, así que, ¿puedo acompañarte a tu casa?

Ella talló las mangas de su suéter entre ellas, pensante.

— ¿No crees que se verá raro?

Él se encogió de hombros.

— ¿Raro? Al terminar la clase está oscuro, mi responsabilidad de profesor es acompañarte a tu casa —ese comentario hizo reír un poco a Levy—, además creo que Cheney ya no te espera.

— Ah sí —ahora halaba de la manga del suéter—, es que tuvimos unas diferencias, son…

— No tienes que explicarme nada —comenzó a alejarse con rumbo a su escritorio—. Ahora, ¿qué te parece si te apresuras con esas soldaduras, Enana? Tampoco hay que exagerar con eso de irse tarde.

De un respingó se puso en marcha.


— ¿A ti quién bolas te dio mi número?

Del otro lado de la línea, se escuchó una risa divertida.

— Natsu, quién más.

Frunció el ceño. Miraba a través de las persianas en su habitación cómo su padre arrancaba la unidad con rumbo a la estación de policía.

— Bueno, ya lo tienes, ¿qué es lo que quieres?

— Saber cómo estás, si llegaste a salvo a tu casa ya que rechazaste el aventón del otro día —Cana escuchó algunos pitidos, por lo que supuso que iba manejando—, tal vez invitarte a salir, aunque nuestros encuentros siempre se ven frustrados.

Mientras llevaba el teléfono sostenido entre la oreja y el hombro, Cana empezaba a calzarse los botines.

— Entonces, ¿dónde te puedo ver?

— ¿Conoces el parque que está cerca de casa de Lucy? Pues llegas, detrás de los arbustos hay unos columpios, te sientas ahí y te entretienes, que nadie ha aceptado verte, Bacchus.

De nuevo, él rio. Ella aguantó un poco, que también le causaba gracia. Bajó los escalones dispuesta a salir, abrió la puerta y se encontró con el auto de Bacchus estacionado a la puerta de su casa. Lo vio en el asiento del conductor, se acercó a la ventanilla y colgó la llamada.

— ¿De casualidad Natsu, además de darte mi número y mi dirección, no te habrá dado mi talla de sostén?

Él se estiró para abrirle la puerta. Sin hacer mucho alboroto, ella subió al auto. Arrancaron.

— ¿Es información que él debería saber?

Cana se sonrojó, aunque mantuvo el humor.

— ¿Cómo estás, hija del jefe de policía, talla… —entrecerró un poco los ojos, mirando el pecho de la castaña— ¿34 C?

Está vez, Cana estalló en carcajadas.

— ¿Qué tanto te dijo Natsu?

— ¡Bah!, ese zoquete con un par de copas te diría cuál es la posición favorita de la rubia.

De nuevo se sonrojó aunque él no lo notó. Cana sabía esa información. Dudosa aún, se abrochó el cinturón.

— ¿Puedes al menos decirme a dónde me llevas?

Doblaron a la izquierda antes de tomar la avenida principal. Bacchus recorrió con la mirada el cuerpo de Cana, algo que ella tomó desapercibido.

— ¿Conoces el parque que está detrás de casa de Lucy?

Coincidieron sus miradas. Mordiéndose el labio, Cana sonrió.


Cada parte de su cuerpo, estaba hecho de porcelana.

Veía sus dedos frotarse entre ellos, moverse y tamborilear en los puños, como ligeras plumas de una hermosa garza.

Aunque Levy era como un gorrión, de voz cantarina, pequeño y valioso.

— Gracias por traerme a casa, Gajeel —la miró recoger sus cosas dispuesta a bajar del auto—. Nos vemos el lunes.

— ¡Espera! Ya sé que no es correcto que salgamos, pero me preguntaba si no quieres acompañarme al partido de inicio de temporada en la Universidad. Flare me invitó.

Notó que, al mencionarla, los nudillos de Levy se tornaron aún más blancos.

— ¿No le molestará si voy?

— ¿Te molesta ir?

Levy sostuvo en su mano derecha la manija de la puerta.

— Me iré con Lucy, ella siempre va. Nos veremos allá, ¿de acuerdo?

Una llama en el pecho de Gajeel se encendió, sin que su rostro diera muestra alguna de ello.

— De acuerdo.

— Y de nuevo, gracias.

Antes que cualquiera de los dos pudiera anticiparlo, Levy se giró para besarle la mejilla y de inmediato, salió corriendo con rumbo a su casa. Gajeel se quedó pasmado ahí por un instante antes de arrancar el auto.

Cuando Levy se giró, con el rostro bermellón por la vergüenza, el auto estaba doblando la calle.


Les agradezco por leer, espero sus amables comentarios.