Solo por
LA PROFECÍA
Pero si el lunes había sido malo, el martes fue mucho peor. Sirius fue invitado a dejar el castillo y Harry apenas pudo contener su rabia. Dumbledore intentaba privarle de todo lo que le hacía feliz, ¿Qué mal le había hecho él al hombre? Y qué decir de Dolores? La mujer parecía rebosar de satisfacción al asignarle detención, por "no contestar a su nombre" cuando Ron pasó lista en la Biblioteca. ¿Es que no iba a acabar nunca? ¡Él era Harrison James Sirius Black-Potter!
Pero la gota que colmó el vaso para Dolores y Dumbledore fue la llegada de las lechuzas. Un número especial del Quisquilloso, con una entrevista con Sirius y Harry, y un reportaje completo del inesperado acontecimiento social de la fiesta de Fin de Año en Malfoy Manor. Harry estaba suscrito a la gaceta desde hacia tiempo, los Malfoy también, y Sirius había abonado una cuota especial para que todos los alumnos y profesores de Hogwarts recibiesen un ejemplar de este número. Así que cuando Flich entró corriendo en el comedor durante el almuerzo, gritando sobre que eran demasiadas y haciendo aspavientos, Harry y Draco intercambiaron una mirada de complicidad. Lechuzas y más lechuzas entraron ululando enfadadas, algunas incluso picoteando al celador, revoloteando alborotadamente y creando un gran pandemónium al aterrizar sobre las mesas, empujándose unas a otras, en su afán de entregar sus revistas.
Harry desató con cuidado el ejemplar con cubierta dura que su lechuza llevaba atado en la pata y le ofreció un trozo de bacón, recibiendo un afectuoso picotazo y un ululato agradecido del ave, que engulló la golosina en un par de gestos. Draco acarició a la suya, un pequeño mochuelo moteado, ofreciéndole un trozo de pollo de su ensalada césar. El ave devoró la comida y saltó para acercarse a su copa de zumo, estirándose para tomar unos largos tragos antes de reemprender el vuelo. Las mesas, invadidas por tantas aves, pronto perdieron toda resemblanza de orden, cuando las agitadas aves comenzaron a volcar copas y a saltar dentro de las fuentes, ante las vacilaciones de los alumnos en recoger las revistas.
En la mesa de profesores, el Director desataba con manos firmes la revista que una insistente lechuza le tendía en la pata. Dolores por el contrario, rechinaba los dientes mientras despedía con malos modos a su lechuza, que ululó indignada, y se lanzó contra su cabeza, chillando y aleteando, antes de alejarse tras dejar un "recuerdo" escurriéndose en el cabello escarolado de la mujer. Murmurando un hechizo para limpiarse, Dolores ojeó la revista, frunciendo el ceño y poniéndose cada vez mas rosa, hasta ser casi indistinguible de su horrible traje de tweed. Dumbledore, por el contrario, palideció conforme avanzaba en su lectura, y finalmente, sus ojos se clavaron en el origen de sus actuales problemas. Harry Potter.
Con los ojos fijos en él joven moreno, Dumbledore agitó su varita murmurando un encantamiento silenciador, como si pretendiera acallar el barullo reinante. Sin embargo, Harry reconoció el movimiento de varita y reforzó sus barreras mentales. No más sugestiones o compulsiones para él. ¡JAMÁS! La energía se disipó a su alrededor, pero Harry se llevó la mano a su cicatriz, fingiendo un dolor que no sentía. Con ojos triunfantes, Albus se levantó, acallando esta vez a los alumnos con su presencia, y proclamó que la recepción de prensa estaba prohibida para los alumnos de Hogwarts, convocando y atrayendo hacia él todos los ejemplares del Quisquilloso que se amontonaron en la mesa de profesores. Con semejante declaración, que llenó de murmullos y protestas el comedor, finalizó el almuerzo, y los alumnos fueron enviados a sus clases.
Que decir que Severus no estuvo nada contento con la noticia de la detención de Harry, y tras regañarle seriamente y pese a que no podía hacer nada por suspender o cancelar la detención, se presentó con Harry ante la "Suma Inquisidora" a la hora prefijada en la puerta de Dolores, su mano en el hombro del muchacho, los negros ojos insondables y el ceño levemente fruncido, ignorando a Ron y al resto de la Brigada Inquisitorial que habían ido a "escoltar" a Harry desde la mesa de la biblioteca hasta su detención, a guisa de pelotón de ejecución.
Tras una tensa discusión entre los dos profesores, en presencia de Dumbledore, que parecía complacido y miraba con ojos críticos a Harry, y con Dolores negándose a aceptar que ese era el nombre legal y real de Harry, desde hacía ya bastante tiempo y sin considerar su estatus como adulto tampoco, la retorcida mujer insistió en proseguir con el castigo como deseaba. La Pluma de Sangre fue vetada por Severus, después de todo su uso estaba estrictamente regulado, y aquel, no era ninguno de los admitidos por el Ministerio. Rechinando los dientes, y ante la mirada de furia y enojo de Dumbledore, Dolores optó por algo meramente físico. Produjo una fusta, larga y flexible, y la tendió a Ron, murmurando en su dulce e ilusoria voz de falsete:
-Para que no se le olvide responder a su nombre, un latigazo por cada letra será apropiado…
Con una sonrisa de suficiencia, Ron flexionó el elástico látigo y lo hizo cortar el aire, tentativamente, ante el rostro de total indiferencia de Harry, y la ira a duras penas contenida de Severus, aunque su rostro parecía aparentemente calmado. Harry se despojó de la túnica, la corbata y la camisa, y tras una última mirada a Severus, colocó las manos en la pared, preparándose mentalmente para el castigo. Su tío siempre había usado el cinturón, pero dudaba de que la fusta hiciese más daño que la pesada hebilla metálica… Ron comenzó a azotarle, a la cuenta de Dolores, marcando la piel de su espalda con sanguinolentos rastros, cada vez más intensos, hasta cortar la piel, entre gruñidos y jadeos de Harry. El moreno podía notar los ojos azules fijos en él, la ira emanando del Director y reforzó sus barreras mentales. Cuando llegó a once, Ron fue a soltar el látigo, pero el instrumento de tortura no se desprendió de su mano. Jadeando, el pelirrojo giró los ojos hacia Dolores y esta frunció el ceño, tirando de la fusta con sus rechonchas manos. Tras varios intentos fallidos, Dumbledore ordenó un nuevo latigazo. Encogiéndose de hombros, el pelirrojo lo administró. Cuando este dejó un nuevo rastro de sangre en la piel, Albus comenzó a reír histéricamente, una risa fría y cruel, que no le llegaba a los ojos y mirando atentamente al muchacho, el mago murmuró:
-Parece que después de todo, en realidad, su nombre es el que dice, querida Dolores. Me temo que Ron no podrá soltar el látigo hasta que haya recibido un latigazo por cada letra de su nombre completo…
Con los treinta latigazos administrados, sin un solo grito, Harry recogió su ropa y abandonó la sala con una mirada fría a Ron. Mientras Severus y Harry se apresuraban a las mazmorras, para encargarse de curar al muchacho, tras un breve paso por la enfermería para documentar las lesiones, en otro lugar del castillo, el Director se retiró a su despacho, rumiando furia y apretando entre las manos un ejemplar del maldito folletín que reposaba sobre su mesa. Sentándose en su escritorio, el hombre miró de nuevo el artículo y lanzó un par de maldiciones que hicieron abrir los ojos a la mayoría de los cuadros de los antiguos directores, sacando de su sueño real o fingido a sus residentes y haciendo chillar alarmado a Fawkes, que parecía haber decidido retornar a su percha, tras una ausencia de varios días.
-Harry Potter…
El murmullo fue venenoso y resentido, mientras el hombre enrojecía y arrugaba la revista con saña. Harry Potter. El maldito Chico Que Vivió. ¡Y que estaba demostrando temer más vidas que un kneazel! El mocoso no hacía sino dar guerra, desde que no era más que un tierno bebé. ¡Incluso antes! Su inesperada concepción le privó de la colaboración de dos valiosos miembros de la Orden, y redujo la efectividad de otros. Lily por supuesto se retiró de la lucha activa y James apenas se despegaba de su lado, completamente embobado con la feliz idea de un hijo. Albus se había opuesto "paternalmente" a la relación, no cabe que decir al matrimonio, aduciendo que eran muy jóvenes, que las circunstancias no eran propicias. Pero en realidad, lo que importaba es que James Potter era un purasangre y rico heredero y el hombre aspiraba a "convencerle" de contraer matrimonio con alguna bruja de buena familia, sin más aspiraciones que ser ama de casa, tonta, dócil y complaciente, que no tendría ni voz ni voto en los asuntos de su marido, y perfectamente leal a él. Lily Evans era todo lo contrario: nacida muggle, inteligente y voluntariosa, además de excelente bruja. La pareja se había fugado para casarse en secreto, en una ceremonia privada con tan solo Sirius y Remus como padrino y testigos.
La inesperada llegada de Harry –James no había recibido jamás una sorpresa mayor en su vida, porque Lily estaba usando hechizos anticonceptivos – había dado un enorme vuelco a sus vidas, apartándoles por completo de la lucha. Desde luego, ninguno de los dos planeaba tener hijos tan pronto y en plena guerra, de ahí los hechizos. Pero al parecer, los deseos de venir a este mundo de Harry eran tan fuertes como para hacer fallar las protecciones. Sirius se había reído a carcajadas cuando James, aun cubierto de polvo y pelusa tras haberse desmayado, y con los ojos brillantes, las gafas ladeadas y el rostro desencajado en una extraña mezcla de asombro, pánico y la más exultante alegría, le había llamado por la chimenea, convocándoles urgentemente y dado las nuevas. Lily quería emigrar, retirarse de la lucha y refugiarse en alguna de las propiedades de la familia Potter en el continente, lejos de todos, de Voldemort y de Dumbledore.
Alzándose para tomar su pensadero y tras colocarlo sobre el escritorio, Dumbledore hizo alzarse de este una figura espectralmente translucida, con enormes gafas y múltiples chales. Una voz rasposa y atonal murmuró, entreabriendo apenas los labios de Sybill:
«El único con poder de derrotar al Señor tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes...
El único con poder para derrotar al Señor tenebroso se acerca… Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes...
El único con poder de derrotar al Señor tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes...Y el señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce...
El único con poder para derrotar al Señor tenebroso se acerca... Nacido de los que lo han desafiado tres veces, vendrá al mundo al concluir el séptimo mes... Y el señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso no conoce...Y uno de los dos debe morir a manos del otro ya que ninguno puede vivir mientras el otro siga con vida»
La figura que repetía una y otra vez las mismas frases se hundió en la masa líquida plateada y arremolinada del pensadero antes de que la vidente pudiera enunciar de nuevo la profecía al completo. En el cuadro de Phineas Black, se produjo un pequeño movimiento oscilante en la cortina que adornaba el fondo, como si esta se agitase con una leve brisa y el fénix trinó apesadumbrado en su percha. Pero el mago ignoró todo esto, sumido en recuerdos y pensamientos del pasado.
La profecía…la profecía les había hecho reconsiderar semejante decisión. Al menos a James. Albus le había convencido de que alejarse tan solo señalaría a Harry como el elegido para derrotar a Voldemort, y a regañadientes, James había accedido a esconderse con su familia, bajo un encantamiento Fidelius. Muy hábilmente, el anciano se había asegurado de filtrar la parte que le interesaba de la misma, poniendo a Sybill bajo la maldición Imperius y cerciorándose de que Severus escuchase lo que le interesaba. Y colocado a Petigrew en el lugar y el momento justo para caer en las manos de los mortífagos. Oh sí, la profecía, la maldita profecía, no había sido más que una treta para atraer a Voldemort.
Con la falsa profecía en sus manos como arma y promesa de victoria, Dumbledore había acallado las protestas de algunos de sus aliados, convenciéndoles de seguir fielmente sus indicaciones. No había sido fácil, pero poco a poco, labró su plan. Inicialmente, Neville iba a ser el señalado, otro peón en su tablero de juego; pero Harry era más apetecible como cebo, la carnaza perfecta para cazar a su autentico objetivo, además de sacrificable y prescindible. Una herramienta más en volver a poner a James Potter bajo su control. O al menos su fortuna… El mago no había tenido el más mínimo reparo en emplear una oscura mezcla de maldiciones y rituales contra el bebé, asegurando la derrota de su enemigo…a costa de sacrificar la vida de un inocente, de un niño que apenas acababa de nacer. Además, no le interesaba lo más mínimo que James tuviera un heredero…necesitaba hacerse con el control sobre las propiedades y objetos mágicos de la familia, especialmente, la poderosa espada de Griffindor. Una guerra es cara de mantener, y Albus no iba a dilapidar su propia fortuna en ella…
Los ojos azules del anciano se giraron hacia la urna que contenía la mencionada espada, o mejor dicho, una réplica de la misma. La verdadera y maldita arma, se había desvanecido como humo de entre sus dedos cuando intentó usarla para acceder a las habitaciones privadas de Godric Griffindor en Hogwarts, dejándole furioso y de vuelta al inicio en su búsqueda de poder. Desde la época de los fundadores, ningún Director había tenido total control sobre el castillo. Los herederos de Ravenclaw, Hufflepuff, Slytherin y Griffindor conservaban el control sobre ciertas partes del mismo: las estancias privadas de sus ancestros, y los lugares creados por estos dentro del castillo para su solaz o para su adiestramiento mágico. La Cámara de los Secretos, además de su sala de entrenamiento, habían sido el refugio de Salazar, el lugar donde ocultarse a experimentar y elaborar pociones y donde criar a sus adorados basiliscos. Helga tenía una magnifica sala de estudio que ayudaba a concentrarse, además de un huerto donde la leyenda decía que se cultivaban verduras y frutales, más sabrosos que ningunos otros, a fecha de hoy solo accesible para los elfos domésticos. Rowena se relajaba en una sala de música y también tenía una librería, de la que se decía que cualquier cosa leída entre sus muros jamás se olvidaría. Godric solía pasar el tiempo libre entrenando con la espada, en una sala de duelos apta para combates físicos y mágicos. O creando nuevos hechizos. En cada generación, los jóvenes considerados por la magia herederos de los fundadores, descubrían estos lugares, y elegían de entre sus pares con quien compartirlo. Ravenclaw siempre mantenía abierto el acceso a la famosa librería, y todos los miembros de la casa se aseguraban de estudiar en ella. Con gesto de rabia, Albus lanzó un pisapapeles de cristal contra el hogar apagado de la chimenea exclamando lleno de ira mientras los trozos de vidrio estallaban y se esparcían por todos lados:
-¡PORQUE NO TE MUERES DE UNA JODIDA VEZ!
Una copa y unos libros siguieron al pisapapeles, incluso sus eternos caramelos de limón, mientras Dumbledore pateaba, gritaba y gritaba, completamente furioso.
-¡TENIA QUE HABER MUERTO HACE AÑOS, PERO NOOO, TIENE MAS VIDAS QUE UN GATO!
Fawkes chilló alarmado, aleteando y revoloteando hacia el techo de la habitación, completamente alterado por el comportamiento del director. Tras romper varios objetos más, y derribar una mesita de patas esqueléticas llena de artilugios mecánicos de plata que se desparramaron por el suelo, emitiendo silbidos, pitidos y chirridos, fragmentándose en pedazos, Albus finalmente, se calmó lo bastante como para volver a sentarse en su sillón, contemplado por los alarmados retratos de sus predecesores que murmuraban conspiratoriamente entre sí, a los que dedicó una mirada venenosa.
-¡CALLAOS! ¡Y dejadme pensar! O reduzco vuestros cuadros a cenizas con fuego maldito!
Los retratos enmudecieron, sus ojos llenos de espanto, y el anciano mago comenzó a retorcerse la punta de la barba, murmurando improperios y hablando consigo mismo.
-Algo ha fallado…los hechizos de control se han debilitado demasiado, es evidente, pero con Snape vigilándolo como una dragona celosa, ha sido imposible renovarlos…
El hombre comenzó a remover papeles, buscando un pergamino y con un gesto de su varita, comenzó a reparar los objetos rotos tirados por el suelo. Un par de los raros artilugios plateados no reanudaron su funcionamiento y Dumbledore los ignoró, enfrascándose en la lectura del documento que tenia entre las manos: una declaración de últimas voluntades y testamento a nombre de Harry Potter, nombrándole heredero universal a él, de todas sus propiedades. El mago asintió y murmuró calmadamente entre dientes:
-En cuanto logre que firme esto, me ocuparé personalmente del mocoso…como debí hacer la noche en que mate a sus padres.
Fawkes trinó casi inaudiblemente, con notas tristes cerca del techo, y revoloteando una vez más, desapareció en una silenciosa llamarada, mientras el mago miraba obsesivamente y con ojos ardientes el pergamino entre sus manos.
