PARTE 3 "Conociéndonos"
La apatía de las mañanas parecía haberse ido, las muñecas habían perdido aquella mueca triste y burlona a la vez y, ahora, parecían apurarla a hacer lo que tenía que hacer para ver a su vecina una vez más. De la misma forma, la vecina se apuraba en sus deberes, sólo que en el caso de la pequeña rubia, su prisa se debía a que su padre la iba a llevar a pescar. Era día de descanso y Haruka estaba impaciente por irse. Además, quería ver si existía la posibilidad de invitar a Michiru al paseo.
Puedes ir a preguntar, Haruka, pero ve rápido, porque saldremos en diez minutos – le advirtió Ichiro, más entretenido en acomodar sus cañas que en otra cosa.
¡Sí!
Corrió cuál bólido hasta la blanca puerta de la casa de los Kaiou y tocó el timbre, aún sin borrar su entusiasta sonrisa. Una sirvienta le abrió y no tardó en llevarla en presencia de la Dama, que estaba leyendo una revista de sociales en compañía de un té. La Dama le esbozó una mecánica sonrisa al verla, casi sin desatender su lectura.
Señora... yo... quería pedirle permiso para... – de pronto pareció apenada – Papá y yo saldremos de paseo y quería saber si... si... ¿le daría permiso a Michiru de venir?
La Dama no mostró gran sorpresa, sino que ahora le esbozó una sonrisa de revista, ablandando un poco más su gesto.
Por supuesto, ve por ella – contestó, haciendo que la pequeña rubia sonriera – pero... la próxima vez avísame un día antes para que no vengas con tantas prisas... – agregó a modo de reprimenda.
Entendido... – musitó en respuesta, apenada.
Anda, ve, está leyendo en su cuarto...
¡Sí!... con su permiso, gracias...
En cuestión de segundos ya estaba ante la puerta de la pequeña. Tocó la puerta.
¿Quién? – la voz de Michiru sonó extrañada, era raro que alguien la interrumpiese a esa hora de la mañana, enseguida, dejó de lado su libro de ilustraciones y corrió a abrir la puerta.
Era normal que Michiru se quedara todo el día en su habitación leyendo, dibujando o bien practicando violín y escribiendo partituras para éste. Pero, para su sorpresa, abrió la puerta y vio el sonriente y apurado rostro de Haruka.
¿Sucede algo? – preguntó, aún extrañada, pero visiblemente contenta de verle.
¡No preguntes, anda, apresúrate o papá se enojara! – le apuró, aún sonriente.
¿De qué hablas? – su rostro era un gracioso signo de interrogación.
Tu mamá te dejó ir con papá y conmigo de paseo, anda, ponte algo más cómodo y vamos – explicó con urgencia.
El rostro de Michiru se iluminó tanto como el sol al escuchar aquello. Sin perder tiempo, se puso un precioso conjunto veraniego de falda amplia, sandalias, una blusa de tirantes y su gran sombrero de encajes claros. Tomó su violín en su cuidado estuche de cuero, una pequeña mochila con su equipo de dibujo y le sonrió a Haruka, lista para irse.
¡Anda, vamos! – exclamó, tomando a Michiru de la mano y jalándola consigo.
Michiru, con un gracioso rostro, se dejó llevar por la pequeña rubia hasta la planta baja. La Dama le esperaba en mitad del pie de la escalera con un rostro un cuanto indescriptible... seguía con su sonrisa de revista, pero su mirada estaba un tanto suavizada. Michiru estaba algo sorprendida por aquel gesto, pero no dijo nada. Haruka no se percató del poco usual gesto y miró a la Dama.
Prometo que estará aquí para el anochecer – dijo Haruka de manera graciosa, sin soltar la mano de Michiru y aún adivinándose prisa en su rostro.
Bien, vayan con cuidado... – dijo ella con tono indiferente – te encargo que la cuides, Haruka.
Sí, señora.
Michiru, obedece al Teniente en lo que te diga...
Sí, mamá...
Ichiro vio al par de pequeñas llegar a toda prisa, para ese entonces, el teniente acaba de ajustar unas cajas en la parte superior del auto. Sonrió al ver a Michiru y le recibió con una paternal caricia en la cabeza. La pequeña de cabellos marinos se sonrojó ligeramente y bajó el rostro. El gesto duró poco e Ichiro abrió el auto para que ambas entraran. La pequeñas se sentaron atrás para poder observar el trayecto y poder platicar más a gusto.
En cuestión de minutos, la ciudad se perdió de vista y se abrieron paso los reverdecidos árboles. Haruka asomaba la cabeza por una ventana para sentir aquel fresco viento contra la cara. Michiru, que no salía mucho por sitios así, estaba tan embelesada viendo que, al igual que Haruka, no notó que Ichiro les mirada por el espejo retrovisor.
¿Te gusta la vista, Michiru? – preguntó el Teniente con una media sonrisa, sin desatender la vista en el camino.
Sí... es muy hermoso...
Puedes venir con nosotros la próxima vez.
Haruka por fin se dignó a meter la cabeza dentro de la seguridad del auto. Miró a Michiru con una sonrisa y los mechones despeinados. La pequeña de cabellos marinos negó con la cabeza y, con sus dedos, comenzó a alaciar los rubios mechones.
Eres un desastre – murmuró con fingida dureza mientras trataba de peinar aquellos cabellos.
¡Oye!... yo no me meto con tu cabello, así que deja en paz el mío – alegó la rubia, tratando de evadir las manos de Michiru.
Sólo lo dejaré tal como estaba, no pienso peinarte bien – rió elegantemente – me gustan tus mechones despeinados, pero no tanto.
De acuerdo...
Ichiro rió ligeramente al ver que Haruka se dejaba peinar por fin, ya que, por lo general, Haruka era poco llevadera; pero la pequeña Michiru parecía haberle encontrado el modo.
Llegaremos en una hora, así que encuentren en qué entretenerse – advirtió Ichiro, encendiendo la radio.
Michiru sacó una cuaderno con bocetos de la mochila que llevaba. Haruka, sin tanta pena, se acercó a ver lo que había en la libreta de Michiru. Esta no parecía recia a mostrarle sus bocetos, así que extendió la libreta entre ambas.
Puedes verlos – dijo Michiru con una sonrisa.
Gracias.
Haruka hojeó el cuaderno, observando detenidamente cada ilustración. Había borradores de paisajes, dibujos de estatuas, de las muñecas, del mar... todos muy bien hechos para haber sido hechos por una niña. Pero, el común denominador en aquellos dibujos eran los tonos tristes, independientemente de que estuviesen hechos a lápiz de grafito o con lápiz azul.
Pronto notó uno más reciente y que, aún hecho a lápiz y estando a medio terminar, daba un aspecto más positivo. Era el dibujo del patio donde ella y Michiru jugaban.
Voy a terminar ese – dijo Michiru al ver que Haruka se había detenido más tiempo observando ese dibujo. Amablemente le quitó la libreta, con el lápiz preparado en la mano, y comenzó a trazar lo que faltaba.
De principio, Haruka se contentó con mirarle, pero fueron minutos los que tomaron para que la pequeña rubia fuese hipnotizada con el ágil movimiento de aquella blanca mano. Michiru no parecía haberse dado cuenta, el Teniente sí lo vio y esbozó una graciosa sonrisa. Decidió concentrarse al cien por ciento en el camino ya que ambas niñas estaban tranquilas.
Michiru sentía que sus manos se movían solas. El auto no vibraba, lo que le ayudó a hacer limpios los trazos. Se sentía bien... el viento entrando desde la ventana del conductor, el suave perfume paternal en el aire y esa cálida sensación que desde hacía días le inundaba el corazón. Pensó que sería buena idea dibujarlas a Haruka y a ella, a manera de completar el cuadro. No sería mala idea. Y mientras pensaba en cómo hacer las poses de ambas en la hoja, sintió un súbito peso en uno de sus hombros.
¿Uh? – volteó y descubrió a Haruka durmiendo sobre su hombro.
Tal fue la sorpresa que no supo qué hacer al momento, sin embargo, pronto la asaltó un súbito deseo de reír, del cuál se abstuvo para no despertar a la rubia durmiente. Lucía tan relajada así, que nadie creería que "velocidad" era su segundo nombre.
Ichiro vio aquello y también quiso soltar la carcajada. Michiru y el Teniente compartieron una mirada y se sonrieron en complicidad, mientras Haruka estaba en brazos de Morfeo.
¡Eh, Haruka¿piensas dormir en el auto toda el día? – le llamó Ichiro una vez llegado a su destino: en precioso lago rodeado por árboles frutales, peras en su mayoría.
Michiru permaneció quieta y observó el lento despertar de la rubia. Haruka se frotó los ojos y pronto se percató de que ya habían llegado. Pareció sorprendida, tanto, que miró a Michiru con un leve sonrojo, a la vez que se quitaba del cómodo hombro vestido de lino.
Lo siento... – musitó, ligeramente apenada y aún ruborizada.
No te preocupes – le dijo Michiru con una amable sonrisa, pero, enseguida, puso un gesto de reproche – ¿Tan aburrido es verme dibujar, que por eso te dormiste? – preguntó sin abandonar su gesto.
¡No, no, nada de eso! – alegó de graciosa manera mientras hacía ademanes con las manos.
Michiru liberó su risa frustrada, haciendo que Haruka dibujara una mueca de disgusto. El Teniente hizo lo propio con una sonora carcajada mientras bajaba su equipo del auto. Al ver la risa cómplice de su padre, Haruka se cruzó de brazos y bajó de auto con aparente indignación. Michiru le siguió a los pocos instantes, una vez controlada su risa, y respiró aquel delicioso aire.
¿Comemos primero o quieren pescar algo conmigo? – preguntó Ichiro.
¡Yo quiero pescar! – contestó Haruka con entusiasmo.
¿Puedo nadar un poco? – cuestionó algo apenada.
Claro, pequeña, pero, no trajiste ropa extra.
Puedo nadar sólo con el fondo, al fin que voy a secarme y mi ropa seguirá limpia – dijo enseguida con una amplia sonrisa.
Bien, hazlo, las traje aquí para que se divirtieran.
Pronto, Michiru quedó sólo en el fino fondo y con sus graciosas pantaletas de encaje. Haruka ya estaba peleándose con un pequeño pez que le había robado la carnada y no vio cuando la pequeña de cabellos marinos entraba al agua con un ágil movimiento.
No vayas a asustar a los peces – le advirtió Haruka fingiendo seriedad en cuanto la pequeña se detuvo cerca de ella.
Eres tú lo que no sabe pescar – reprochó Michiru con graciosa sonrisa.
No es cierto.
También estoy nadando cerca del Teniente y, mira – señaló la cubeta a espaldas de Ichiro – ya tiene cuatro peces ahí.
Haruka no supo qué decir, lo que provocó una risa en Michiru.
Una hora más tarde ya estaban comiendo los pescados del Teniente. Haruka no sintió tan mal después de capturar su primer y único pez, ya que era mucho más grande de lo que había pensado. Ichiro parecía orgulloso de eso y Michiru le felicitaba una y otra vez.
La próxima vez pescaré uno más grande aún – dijo Haruka con una amplia sonrisa, justo antes de darle una gran mordida a su filete.
Que sean dos, para que me des uno – rió Michiru.
Pesca el tuyo, porque el otro será mío.
No seas egoísta...
Pues no seas holgazana...
Ichiro estaba divertido a más no poder, cosa que demostraba con una amenaza de carcajada. Pensaba dormir un rato antes de ver qué más hacer antes de regresar.
Terminada la hora de la comida, el Teniente se tumbó a la sombra de un árbol echándose un sombrero de paja a la cara. Se durmió casi al instante. Haruka observaba los árboles, buscaba algún fruto maduro para bajarlo, pero no encontraba ninguno aún. Michiru se dedicó a terminar su dibujo mientras pasaba la hora reglamentaria antes de poder regresar al agua.
¿Ya casi acabas? – preguntó Haruka, acuclillándose frente a ella y mirando el dibujo, pero, antes de que Michiru contestara, la pequeña rubia vio que ésta le dibujaba corriendo, aparentemente huyendo de algo – ¿Soy yo?
Sí, espero que hayas quedado bien – musitó Michiru sin dejar de pintar.
Bueno – sonrió Haruka, yo siempre me veo bien... – rió ahora.
Eso es modestia...
Lo sé...
Compartieron una divertida mirada y Haruka regresó a su búsqueda de frutos.
Haruka...
¿Mmm?
Gracias por invitarme.
Sin acercarse, la pequeña rubia miró a Michiru con un gesto amable y dulce, aunque éste no le mirara.
Olvida eso... mejor apúrate a terminarme, quiero verme – contestó con aparente desinterés, volviendo su atención a los árboles.
Puedo dibujarte con falda si quieres... – dijo de maliciosa manera.
Haruka puso un gesto de disgusto y fingió no haber escuchado nada. Michiru sonrió, adivinó aquel gesto en ella sin necesidad de mirarle.
Ya entrada la tarde, los tres regresaban a casa. Ichiro lucía de lo más relajado, mientras que era Michiru quien ahora dormía en el hombro de la pequeña Haruka... ésta se contentaba con mirarle a ella y al paisaje de manera alternada.
Continuará...
