PARTE 4 "Alma al aire"

¡Michiru, corre, que no quiero llegar tarde! – gritó la ya grave pero inconfundible voz de Haruka.

La susodicha terminaba de arreglar su cabello como si tuviese todo el tiempo del mundo para contemplarse en el espejo. Le dio unos últimos retoques al delicado listón que sostenía su cabello y, por fin, tomó su mochila y salió de su cuarto.

A Haruka le dará un ataque si no te apresuras, Michiru – le dijo la Dama en tono de broma en cuanto se topó con ella en la escalera.

Lo sé... – sonrió la joven de forma un tanto traviesa.

Anda, mejor sal de una vez o vendrá por ti y te llevará a rastras...

Michiru asintió obedientemente y salió de la casa a paso más rápido. Haruka le esperaba afuera, recargada en su bicicleta y con los brazos cruzados. Michiru no logró aprisionar una carcajada al ver a su amiga así. Haruka arqueó una ceja al verla y escuchar su risa, pero sin cambiar su posición en lo absoluto.

¿Porqué tanta risa, eh? – preguntó la rubia, suavizando un poco su tono de voz.

Por nada – dijo, callando la carcajada delicadamente con su palma – Anda, vamos... ¿no que tenías prisa?

Haruka dejó escapar un suspiro de resignación y montó la bicicleta. Michiru se subió en la parte trasera y se sostuvo con fuerza de la cintura de Haruka. Con veloz ritmo, el paisaje se movió y pronto se vieron avanzando entre la poca transitada calle camino al colegio. Era una escuela de paga, especialmente hecha para los jóvenes de esa comunidad. Para nivel preparatoria no eran necesarios maestros privados, así que todos asistían al mismo colegio. Había un par de becados, hijos de servidumbre, muchachos con buenas recomendaciones y con un gran futuro.

Ese era el primer día de clases del par y sólo Michiru estaba ligeramente nerviosa... Haruka, tan fresca como siempre. El uniforme era de tonalidades verdes muy al estilo militar, la falda era cuadriculada al igual que el pantalón y, ciertamente, Haruka era la que llevaba bien puestos los pantalones, pues ni de broma se pondría una falda. Michiru lucía muy bien en el uniforme, combinaba a la perfección con sus ojos y cabello. Haruka, sencillamente, lucía apuesto y varonil en esas ropas.

¿Y cuándo iremos a la escuela en tu motocicleta, eh? – preguntó Michiru al oído de Haruka.

Cuando papá la terminé – sonrió Haruka en respuesta. Ya sólo eran ajustes los que necesitaba, Ichiro quería que el vehículo fuera lo suficientemente seguro como para que alguien como Haruka pudiese andar en él sin preocupaciones. – Será dentro de muy poco...

Supongo que cuando tengas edad para conducir algo con motor – bromeó la joven.

Haruka soltó un pequeño gruñido ante la sonriente mirada de su acompañante.

No pasó mucho para que el imponente y conservador edificio de roca blanca se levantara ante ellas. Centenares de alumnos de ambos sexos se congregaban, algunos por primera vez, para seguir con la educación que desde la tierna edad se les había inculcado. Ahí se enseñaba arte, deportes, ciencias exactas y naturales, especialidades y todo tipo de actividades. Era una institución de lo más adecuada para jóvenes que estaban acostumbrados a trato de reyes.

Al ver semejante monstruo de roca, Michiru no pudo más que sostenerse de Haruka ante un repentino vértigo. El sitio era verdaderamente enorme. Haruka se sintió de la misma forma, pero pronto recuperó su confiada actitud y bajó de la bicicleta.

Anda, vamos... ya te dije que no me gusta llegar tarde... – le animó la rubia, estirándole la mano para bajar de la bicicleta.

Michiru miró la blanca y larga mano y pronto sonrió, sintiéndose más segura. Se sujetó de Haruka, dejando en claro su femenina delicadeza y bajó del vehículo. Haruka pareció satisfecha y, mientras Michiru acomodaba su cabello y ropa, acomodó su bicicleta en el lugar destinado para éstas.

Varias fueron las miradas que les fueron encima cuando entraron al recinto. A pesar de ser de nuevo ingreso, ambas eran muy altas, Haruka más que Michiru, pero altas a fin de cuentas. Daban la sensación de ser de grados superiores. Pronto parecieron apoderarse del pasillo y muchos de los estudiantes comenzaron a murmurar sobre lo bella que era Michiru o lo galante que era Haruka.

La rubia rió entre dientes al escuchar a la perfección los nada discretos comentarios. Michiru sencillamente sonrió con aquella elegancia natural; ya había recuperado su confianza, sólo era cuestión de adaptarse al medio.

Fueron al departamento de asistencia y les dieron sus horarios. Por suerte, compartirían todas las clases. En cuanto a actividades extracurriculares, Michiru optó por pintura y música, Haruka, por su lado, entró al club de atletismo a falta de uno que incluyera motores y cuatro, o por lo menos dos, ruedas para correr. La rubia pensó en hacer la propuesta de un club de motociclismo, sería el primer miembro, definitivamente;: además, sabía que muchos alumnos de ahí gustaban de competir por las tardes en carreras de motos poco legales en la periferia de aquella comunidad.

Bien, nuestro salón es por allá – murmuró Michiru, consultando la hoja de horarios y el mapa de la escuela – Aún tenemos diez minutos para encontrarlo, si es que no es por esa dirección – sonrió.

No creo que nos perdamos... ¿o sí? – bromeó Haruka, echándose su mochila al hombro de tal forma que, las chicas que estaban cerca, lanzaron al menos un suspiro. Y eso no lo había hecho a propósito.

Caminaron entre laberínticos pasillos hasta que, con sorpresa, se percataron que estaban en el teatro del instituto. Haruka chequeó su reloj y tenían treinta segundos para llegar al salón. Tomó la mano de Michiru y literalmente la llevó volando cual corbata al viento de regreso al recibidor principal.

¡Te dije que era a la izquierda! - le riñó entre apuradas sonrisas.

¡Me lo dijiste cuatro esquinas después! – contestó la joven con similar gesto.

Barriéndose, llegaron por delante del profesor al salón 1 – D del edificio 3. Michiru aterrizó en una banca junto a la ventana, cortesía de Haruka, y ésta quedó a su lado. Fue una suerte encontrar dos lugares vacíos y juntos. Ambas soltaron un suspiro cuando el profesor encaró al grupo y todos se pusieron de pie para saludarle como, según les inculcaron, era correcto.

En coro autómata sonó un "buenos días" y el profesor respondió el saludo con tono igual.

Soy Matsumoto Takeda, su profesor de Historia Moderna Universal – se presentó como por inercia el hombre de traje gris ante ellos. – Primero, quiero que todos se presenten ante sus compañeros. Digan su nombre, edad y qué les gusta hacer, a fin que todos comiencen a conocerse... Comenzaremos por acá – dijo, señalando a Michiru.

La joven de cabellos marinos asintió educadamente y se puso de pie. La gracilidad de sus movimientos hicieron que más de un chico le mirara con más atención, y una que otra chica frunciera el ceño con clara envidia. Haruka sólo sonrió y permaneció con su verde mirada atenta y sonriente.

Las palabras fluyeron de la boca de Michiru con gran seguridad y elegancia que, pese a haber hablado menos de treinta segundos, fue suficiente para ganarse al menos dos o tres admiradores. Pasaron otros pocos alumnos hasta que fue el turno de Haruka para hablar... dando una similar impresión, sólo que con los efectos contrarios: suspiros y admiradoras y ceños fruncidos por parte de los varones.

La clase transcurrió con la normalidad de cualquier otra y, al termino de ésta, varios alumnos planeaban tomar por asalto a la pareja, hasta que Haruka, en graciosa huída, tomó a Michiru del brazo y lograron salir del salón de forma discreta y natural.

Fue algo aburrido¿no lo crees? – preguntó Michiru a manera de abrir la conversación.

Haruka hizo más amplia su sonrisa y le miró con gracioso gesto.

Pero debemos pasar esa clase, no quiero ver a ese profesor en los exámenes de recuperación de verano – dijo – Por su voz, debería dedicarse a la comedia – agregó, bastante sonriente.

Michiru soltó una carcajada al recordar el autómata y a la vez aburrido tono de voz del profesor de historia. Haruka pareció satisfecha por aquella risa y pronto estuvieron frente al salón donde sería su segunda clase de ese lunes.

El rito de presentarse fue necesario pues, aunque era el mismo grupo, había muchos maestros y ante todos ellos debían presentarse. Los nombres que todos se grabaron muy bien fueron los de Michiru Kaiou y Haruka Tenou. Algunos no resistieron la tentación de un nuevo intento de comunicación con aquella pareja. La primera fue una chica de dorados cárieles que se acercó sin pena alguna a Haruka. Michiru puso una divertida sonrisa al ver cómo trataba Haruka a su "nueva amiga".

Hola, Haruka... Michiru – agregó con cierto sarcasmo – Soy Carol, seguramente escucharon mi nombre muchas veces – agregó, hasta que, tratando de ser discreta, dirigió toda la conversación a Haruka. – Debes vivir por el sur, nunca te había visto... y vaya que no vivimos en un lugar tan grande.

Haruka aguantó la risa y, antes de contestar, abrazó a Michiru por los hombros con un brazo, mientras con el otro sostenía unos libros. Carol vio eso con la nariz fruncida. Michiru sólo le sonrió amigablemente.

Exacto, linda, vivo por el sur, Michiru es mi vecina, por cierto – comentó con aquella galante sonrisa.

Sería agradable que algún día fueras a visitarnos – agregó Michiru con una sonrisa gemela a la de Haruka.

Uh, sí... a mi también me encantaría... – dijo ya sin evidente ánimo.

¿Nos concederías el honor de tu compañía en el almuerzo? – preguntó Haruka con el mismo tono galante.

Ah, muchas gracias, pero... no puedo, estoy con unas amigas... – dijo y, a manera de apresurada y forzada huída, se despidió con una sencilla seña.

Ambas se miraron y sonrieron y, soltándole, Haruka se inclinó cual caballero de armadura ante Michiru.

¿Me concedería el honor de su compañía en el almuerzo? – preguntó Haruka de forma muy graciosa.

Michiru cubrió su boca con una mano de manera delicada, a manera de acallar una repentina risa. De todos modos siguió el juego y miró a Haruka con fingido desencanto.

Muchas gracias, pero... no puedo... estoy con unas amigas – dijo, imitando el chillón tono de aquella chica de caireles.

Se miraron largamente, una suplicante y la otra desencantada, hasta que ya no pudieron más y ambas se soltaron en una divertida carcajada. Michiru sujetó a Haruka de la manga y la sacó al soleado patio del edificio.

No tenías porqué ser tan grosera – le riñó, sentándose primero en el reverdecido césped.

No fui grosera – reprochó la rubia, sentándose a su lado y abriendo su caja de almuerzo – Vaya, papá se lució con mi comida – murmuró en voz baja y descubrió su arroz y camarones fritos. – Además, ella fue la que se acercó – le dijo a su acompañante, llevándose un bocado de arroz.

Pero no tenías porqué desilusionarla de esa manera – agregó Michiru, comenzando con su almuerzo, también.

¿Desilusionarla? – preguntó con inocencia fingida.

No tenías porqué abrazarme...

¿Qué?... ¿Acaso no puedo?

Para esos momentos, se miraban con fingida pasión mezclada con reproche. Haruka fue la primera en romper el momento y soltarse en una divertida risa. Michiru sólo esbozó una sonrisa y siguió comiendo. En momentos así, Haruka se parecía tanto al Teniente. La misma risa, los mismos gestos y la misma actitud de niño pequeño.

Al menos, no recuerdo haberte dado permiso – respondió con los palillos recargados en su labio inferior.

Bueno, bueno... ¿me das permiso? – preguntó, fingiendo seriedad.

Deja lo pienso y después te digo – sonrió, continuando su alimento.

Haruka arqueó una ceja.

¿A qué hora me dirás?

Después...

Michiru siguió comiendo con normalidad. Haruka puso un gesto de enojo, fingido, por supuesto, y robó con veloz mano uno de los manjares de la caja de Michiru.

¡Hey!... ¿Qué el Teniente no te enseñó buenos modales?

No.

Se la pasaron todo el rato así hasta que llegaron las siguiente clases. La normalidad gobernó hasta las tres de la tarde que acabó la jornada escolar. El par salía del recinto camino a cualquier lugar antes de regresar a sus casas.

Primero, iremos al centro por más libretas¿qué dices? – propuso Michiru, ya sujeta de la fuerte espalda de Haruka.

Bien, y después veremos a dónde más ir – agregó Haruka, comenzando el rítmico pedaleo hasta el concurrido centro de la comunidad.

El viento les dio de frente todo el tiempo. Era ahí donde Michiru compartía la sensación de velocidad con Haruka. La libertad, la frescura, el saber que podía ir con ella a cualquier lado. Desde hacía años que compartían vueltas enteras sobre la bicicleta y compartían la misma sensación, siendo la rubia el motor de los viajes. Una que otra vez, Michiru era la que tomaba el control del manubrio, pero no lograba la misma velocidad que Haruka pese a tener también piernas largas y fuertes.

Compraron las libretas y un par de libros y pronto se internaron en la privacidad de una cafetería. Michiru pidió té y unas galletas. Haruka pidió un café, desde hacía tiempo que le estaba tomando gusto a esa bebida amarga... pero, nada que un par de cucharadas de azúcar no pudiera solucionar.

¿Quieres hacer la tarea en mi casa? – preguntó Michiru.

Mejor en el patio... no me gusta sentirme encerrada.

Bien, como quieras – sonrió.

Haruka correspondió el agradable gesto y el resto de su café lo pasó en silencio. Michiru se limitó a imitarle... era agradable estar así, calladas. Ya había aprendido a decirle muchas cosas con miradas... y sentía compenetrarse más con ella de esa manera.

Regresaron a casa alrededor de las cinco de la tarde. Haruka pasó a comer a su casa, ya que, quisiera admitirlo o no, amaba la comida que preparaba su papá. Michiru hizo lo propio en su casa y esperó a Haruka en el patio, tal cual lo acordado, para hacer la tarea.

Bajo la luz de una lámpara del patio y, recostadas en el césped, peleaban porque el viento no cambiara tan seguido las hojas de los libros.

Michiru... – le llamó Haruka entre las notas de la libreta.

Dime...

Haruka guardó unos segundos de silencio y pronto se cubrió con su libreta.

Nada...

Continuará...