Como Caballitos en Carrusel

IX

Miyako se quedaba a dormir. Despertábamos pegadas en posturas que parecían incomodísimas. Tiene gracia, porque mis padres nunca hubiesen dejado que Koushiro se quedase, pero a sus ojos ella era mi mejor amiga. Creo que todavía no saben hasta qué nivel era la mejor. Aún me preguntan por ella.

Miyako se ponía tierna cuando le daba besos por el cuello. Juntas hacíamos cosas que nunca hubiese hecho con mi ex, como contar las nubes. Columpiarnos, mancharnos de nata. Cantar canciones en inglés, desconociendo la letra. Inventarnos constelaciones.

―Esa es la tuya, Hikari. Se llama luz de mi vida.

Luz. A veces olvido la luz. Ayer por la noche busqué a luz de mi vida pero creo que hasta ella se apagó. Daisuke me lo preguntó, «¿qué estás mirando?» yo le dije «nada, ya se ha ido».

Lleva noches sin aparecer.

Algún día alguien contará la historia de luz de mi vida y la única mujer. Puede que yo lo haga. Una historia de múltiples versiones, llena de sombras y mentiras. A nadie va a interesarle.

Miyako me preguntaba qué me gustaba de ella y yo nunca sabía qué decirle.

A veces le decía «eres mi mejor amiga», la miraba a los ojos intentando hacerle entender que esas palabras solo significaban una pequeña parte de todo. Decirle que había elevado tanto ese concepto que su significado era distinto.

―¿Por qué yo?

―No sé. ―No le podía decir mucho más.

―Pero tiene qué ser por algo.

Trataba de darle la respuesta que merecía.

―No sé.

―¿Te has enamorado de alguna otra mujer?

Y ahí se lo volvía a repetir, cómo le gustaba oírlo. No sabía si era vanidosa o insegura, nunca sabía qué pensar.

―Eres la única y siempre lo serás.

Por eso, aún ahora, a pesar de que creo que ya me olvidó, intento relacionarme solo con chicos. Siempre nos quedará esa verdad, esas palabras que nadie cumple nunca. Yo creo que no es tan fácil despreciar que para alguien eres la única.

Ya no seré más Hikari la buena. Seré la luz que no está.

Cuando pienso eso duele un poco menos. Debería ser feliz, ocurrió.

X

Me apoyo en la verja de un parque solo con una mano, soy la típica colgada con ropas de club nocturno un domingo por la mañana a la que nadie necesita y miran con mezcla de asco y lástima. Da igual. En unas horas cambiaré mis ropas y nadie se acordará nunca de lo perdida que era la mirada de esa chica con el pelo mojado.

Veo parejas que se quieren, o que lo fingen. Parejas que necesitaron salir de casa y cambiar el ambiente creyendo así alejar las discusiones. Nosotras fuimos de las felices, en ese columpio, un tiempo. No debería seguir viniendo aquí. Dicen que el olvido dura el doble de lo que duró una relación. No lo tengo muy claro, ¿cómo miden eso? ¿Cuentan los días felices o los minutos de ansiedad? ¿La resta? ¿La suma? ¿Las veces que necesitabas acordarte de respirar?

Olvidé pronto a Koushiro, mucho antes del doble del tiempo que pasamos juntos. El sistema de medida es inútil. Solo me acuerdo de que pasó, pasó y ya nunca más volverá a ocurrir. Koushiro estaba siempre, no digo que me hiciese mucho caso, pero no se iba cuando menos lo esperabas. Miyako aparecía sin ser llamada y se iba cuando tenía la certeza de que la echaría de menos.

Ni cuando dormía en su casa podía estar segura de que estaría ahí al despertar.

Miyako solía desesperarse sola. Hace un tiempo traté de preguntarle qué hice mal, por qué no funcionó, por qué me dejó la primera vez, todavía espero la respuesta. Algunas veces la oí esquiva, la oí intentando entenderse a sí misma «porque no tenía que funcionar, porque solo era una etapa, porque no nos queríamos realmente, porque las dudas no vienen solas, porque no hay culpables solo historias que duelen…»

Argumentos vacíos. Mentiras. Cuando Miyako no tiene palabras no dice no sé.

Sé que acabó mucho antes de que él entrase en nuestras vidas. Todo ocurrió tan rápido que no tuve el tiempo suficiente para pensar en ello. Por eso, desde hace unos meses, no hago más que dar vueltas por la ciudad disfrutando de todos los sitios en los que nunca estuvimos.

Es posible que si escribo los hechos cronológicamente años más tarde recapacite y crea que no puedo dejarme marcar por algo que no duró ni cinco meses. Tarde o temprano algo que los adultos llaman vida real nos hace menospreciar a nuestra versión juvenil.

XI

Me meto por una calle estrecha sin vida. Es una calle hecha para la noche, adecuada para mis ropas.

Takeru se distanció de mí cuando empecé a salir con Koushiro. Me dijo que no era mi culpa pero que no podía ser como antes. Se distanció aún más cuando descubrió que me veía con Ken. Lo perdí por completo el día que me vio besándome con Miyako aquí. Fue la primera y última vez que lo hicimos en público.

Un par de cervezas, un sitio poco habitual en nuestras noches. Un día de fiesta para casi todo el mundo. Ken estudiando en su casa. Yo sola, por ahí, que me diera un poco el aire.

Y ella, con el vestido que le regalé la primera vez que fuimos de compras. Benditos probadores.

―Lo siento.

Fueron varios «lo siento».

Lo siento, lo siento. Yo aún lo sigo sintiendo.

Quería decírselo, «ya es demasiado tarde. Te sigo queriendo, solo que quiero a alguien más. Y creo que él también me quiere». Quería dejárselo muy claro, pero no podía hacerlo cuando sus ojos lagrimeaban. Nunca soporté sus llantos.

Intenté consolarla recordándole que siempre iba a ser la única.

Hasta tenía la disculpa «no estabas». Una vez más, yo era la víctima. Nadie podía juzgarme por amar a otra persona. Pero no se lo dije, la dejé hablar. Escuché sus mentiras o sus verdades, escuché lo que necesitaba oír, que me quería aunque la razón me gritase lo contrario.

―Necesito otra oportunidad, sigues siendo mi luz. Ahora sé cómo de importante para mí eres. Se lo diré a mis padres, a todo el mundo. No me importa si piensan que está mal.

Y no estaba mal, pero era difícil. Había que tenerlo muy claro para pasar por ello.

Colocó sus manos en los lóbulos de mis orejas y me besó, al principio con fuerza, presionando mi labio con sus dientes, unos segundos después terminó convirtiéndose en la mejor caricia. Ignoramos los silbidos de los desconocidos.

―No puedes decirme que no me quieres ―decía entre besos―. Párame si no me quieres.

Y no lo hice.

XII

Nunca volvió a ser como al principio, ni cuando contábamos las nubes o nos hacíamos cosquillas con la boca, porque yo pensaba en alguien más. Se enfadó cuando lo supo, normal, la mayoría de la gente no comprende cómo puedes empezar a querer a alguien en una semana o cómo puedes estar enamorada de dos personas al mismo tiempo. Y yo, antes, tampoco lo entendía.

Aunque Ken siempre pareció entenderlo todo. Casi. No comprendió el motivo de mis lágrimas.

―No deberías llorar por él, cualquier chico querría estar contigo.

Sonreí. Yo ya sabía con quien quería estar y Ken se equivocaba al señalar a Koushiro como el culpable de mis penas.

Nos alejamos de aquella puerta desde la que Miyako y Koushiro -mis dos relaciones más recientes- daban clases de informática.

Me acompañó hasta casa. No podía ni imaginar lo mucho que iba a complicarme la vida su amabilidad. A veces creo que me enamoro de cualquiera que me devuelva un poco.

Por el camino le vi reírse de forma muy discreta, una risa que había olvidado por completo.

―¿Qué te hace gracia? ―pregunté.

―No es nada, una tontería.

―Dime ―insistí, pocas veces me mata el silencio pero es insoportable cuando ocurre―. Venga, habla.

Ken se peinó el pelo con la mano.

―Estaba pensando en las ironías. Los chicos que envidian que las chicas quieran salir conmigo suelen desaprovechan las oportunidades. La gente pierde la vida por contemplar la de los demás. Hikari, si yo encontrase a alguien especial no dejaría que llorase nunca. No, porque si pudiendo evitarle un poco de sufrimiento no lo hago, creo que no merezco ser amado.

Los discursos serios de Daisuke no llegan ni a tonterías de Ken.

―Mira Hikari ―dijo haciéndome estremecer. Pronunciaba mi nombre subrayando cada sílaba―, lo único que intento decir es que no soporto verte sufrir. Siempre me has parecido inalcanzable. Y, al mismo tiempo, la única persona que parecía entenderme.

Me reí. Él era el chico misterioso e inaccesible, yo solo era débil y normal. Sin talento.

―¿Inalcanzable? Si todos dicen que soy demasiado buena.

―Nadie es demasiado bueno, Hikari.

―Tú lo sabes.

―No, intuyo. Nadie que pueda ver la maldad en otros es bueno.

Me detuve, mis piernas no respondían.

―Creo que confundes bondad con inocencia ―señalé.

―¿Tú crees? ¿Cuándo fue la última vez que te sentiste inocente?

Un aire frío recorrió mis hombros.

―Ahora mismo así me siento. ―Quién más quería me había hecho daño y ya lo estaba olvidando.

Ken se acercó despacio, mirándome con curiosidad y sin dudar. Me sujetó la mano y comenzó a besarme la muñeca, nunca le pregunté cuánto tiempo llevaba queriendo hacer eso.

XIII

La primera vez que Ken y yo tuvimos relaciones no nos miramos a la cara. Fue un imprevisto, lo habíamos intentado antes y no fuimos capaces. Creo que el problema era ese, no podíamos mirarnos. Si lo hacíamos, él me descubría a mí y yo a él, y ambos nos descubríamos a nosotros mismos. Cuando eso ocurría las ganas se iban.

Se acercó mientras me lavaba las manos y la cara. Me besó por la oreja y el cuello, siguió por los hombros y me quitó la ropa. Miré mis pechos en el espejo, cuando él los sujetaba no me parecían feos. Ken no paró de acariciarlos hasta que yo le ordené continuar más abajo. Si nos mirábamos en el espejo podíamos ser un espía invitado, incapaz de descubrir más allá de la combinación de las pieles.

Podía haber ido bien. Despacio, pero bien. Algo sólido, seguro. Después de lo de Miyako creí que iba a ser imposible.

Pero se torció. Takeru sabía lo de Ken, al parecer él mismo se lo contó.

Takeru no tardó mucho en confesarle que me besé con Miyako en aquel bar. Debí hacerlo yo misma, debí pedirle tiempo para pensar, para descubrir quién me amaba de verdad. Pero no me atreví, porque si me preguntaban a quién prefería no iba a saber contestar.

El resto fue lógico y natural.

XIV

A Ken le gustaría ser el caballito negro, ese al que los niños temen subirse. El contemplativo y sombrío caballito, pero no estoy segura de que sea así. Solo lo era desde el espejo.

A Ken tampoco le gustaba ir a la feria, nunca me contó por qué, pero siempre pensé que tenía que ver con su hermano.

Ahora va con otra. Algunos buscan una relación en la que no les pidan cambiar, otros desean hacerlo y se apoyan en otra persona para ello. Yo no hubiese podido ser su apoyo, ni él el mío.

No sé por qué me extraña, alguien diría que es pura lógica.

Todo está pensado para las parejas. Las barcas del lago, los asientos en el autobús, las mesas de los cafés, las camas dobles, los envases de los supermercados.

Aún hoy, imaginándoles como una de esas parejas del parque, de la mano o comiéndose a besos en el columpio, sigo sin saber a quién quería más. Ken dijo que yo quería más a Miyako, de otro modo no le hubiera traicionado besándome con ella. Me recordó varias veces que cuando quieres a alguien le evitas el sufrimiento. Miyako opina que siempre me fueron más los hombres, que por algo ella era la única.

Y yo entiendo a ambos, porque el día que Ken quiso disculparse conmigo también creí que lo nuestro fue una mentira.

―No te puedo explicar por qué, pero la quiero. Estoy loco por ella ―sentenció con una boba sonrisa desconocida para mí.

Y el día que Miyako me lo confesó no necesité más que unas pocas palabras para comprenderlo. Lo comprendía más que ella misma.

―Me he enamorado, no quería, pero pasó.

No podían esperar por mi decisión. No querían escucharla.

Dicen que yo los uní. El Ken que conocí diría que es irónico. Takeru lo llamaría karma. Koushiro apelaría a la lógica, consecuencia de la traición. Mimi diría que es demasiado triste. Yo veo fotos de Koushiro en Nueva York o a Ken disfrutando en la feria y opino que tengo un don.

XV

No ha pasado ni un mes desde que despertamos juntos y Daisuke ya me vuelve a hablar. Siempre que me ve dice lo mismo, con una sonrisa escondida, como si temiera que me dejasen de hacer gracia sus impertinencias.

―Prefieres hablar o follamos.

Luego se encoge de hombros. Tenía que intentarlo otra vez.

―Nada de eso, vamos a la feria ―susurro.

―¿Por qué? Creí que no te gustaban las ferias.

Daisuke nunca me entenderá.

―Puedo cambiar. ―Ken lo ha hecho. Miyako también―. Y puede que mañana… igual ya no está ahí para mí.

Daisuke no pregunta.

Vemos a Takeru y Ken en la parada del autobús, se suben en el 304 y Ken nos saluda agitando la mano, parece alegrarse de que aparentemente haya aprovechado mi oportunidad, una de ellas. Takeru inclina la cabeza. Daisuke les silba, les grita porque le parece muy gracioso decirles que se lo pasen bien en su cita.

Y lo es, cuando es él quien lo hace.

―Algún día me lo vas a contar ―vuelve a decir. No pasa día sin que no lo haga.

―Tú tampoco me lo has contado.

―¿Qué quieres que te cuente? Solo me dijo que necesitabas a un amigo y que él no podía ser. Eso es todo. Tú y Takeru siempre tenéis muchos secretitos… Ahora te toca.

―¿Seguro que quieres saberlo? Es una historia muy larga y aburrida.

Dice que puede esperar a que saquen la película.

Se lo repito, «venga, vamos a la feria». Se lo digo como si fuésemos todos los días.

XVI

―¿En cuál nos montamos? ―me pregunta. No lo sé, hace tiempo que ningún caballito me identifica.

Intenta subirme en el blanco pero está demasiado alto para mí. Incluso aunque él me ayude. Incluso aunque él crea que puedo hacerlo.

―Mejor sentémonos en la carroza, así vamos juntos ―digo, los caballos no me quieren.

La música empieza. Me pasa el brazo por el hombro. Veo los caballitos subir y bajar. El dorado, el rosa, el blanco, el negro, todos suben y bajan, se mueven, se adelantan y vuelven a su posición inicial. Compiten por llegar a ningún sitio. Y me duele en el pecho, me ahogo, como si fuese a estar para siempre en el carrusel, como si me fuese a convertir en un caballito inexpresivo.

Daisuke grita de placer, le encanta hacer el loco, dar vueltas.