PARTE 10 El Primer Amanecer de un Nuevo Día
Cuando su padre dijo "algo poco ostentoso" era lo que ellas esperaban: algo poco ostentoso y suficiente para dos personas. Pero al ver la foto de su nueva casa temporal simplemente quedaron sin palabras. Parecía más bien un hogar hecho para una familia pequeña, tenía dos cuartos, un patio con muchas flores y una cerca blanca alrededor. En la parte trasera estaba la lavadora y lazos para tener la ropa.
- A veces no sé qué decir en su defensa cuando hace esto – murmuró Haruka mirando la fotografía.
- Yo creo que es linda, además es justo como la dibujé cuando era niña – dijo Michiru con una sonrisa discreta pero visiblemente alegre. – Siempre soñé con una casa así.
Haruka no dijo más, siguió manejando a velocidad moderada. Llegarían a la nueva ciudad al amanecer, habían salido a medianoche a tomar un vuelo y luego rentaron un auto y no porque lo hubieran planeado así, sino que algo más grande las obligó a dar ese viaje antes del tiempo planeado.
Un breve silencio hizo que la rubia mirara a su acompañante de reojo. Tenía la mirada perdida en las fotos de su nueva casa, había un destello de tristeza que se adivinaba entre su sonrisa y el pálido color de sus mejillas. Suspiró y no la sacó de sus pensamientos, sabía que debía esperar a que Michiru se tranquilizara más. Después de todo, los sucesos del día anterior no eran algo que ni ella podría ignorar como si nada hubiese pasado.
Luego de la Graduación de Preparatoria, la celebración y los planes a futuro que ambas familias tenían para las chicas se dedicaron a disfrutar las vacaciones de verano. Era el último tiempo que tendrían con ellas antes de que partieran al extranjero para ir a su nueva Universidad. Ya todo estaba listo. Las habían aceptado, las primeras colegiaturas estaban pagadas, el Teniente ya tenía preparada su pequeña casa de con tiempo y ya muchas de sus cosas estaban ahí esperando. Todo iba muy bien, todo tenía que salir muy bien.
La Dama y el Caballero se enteraron de boca de Michiru sobre la enfermedad del Teniente, prometieron cuidar de él en caso de cualquier cosa mientras ellas estuvieran fuera.
Todo estaba bien y en orden, todo tenía que seguir así. Todo tenía que ser la felicidad que estaban disfrutando a pesar de la situación del padre de Haruka.
Una tarde luego de una comida, en la que ambas familias la pasaron en un restaurante popular de la ciudad, Haruka y Michiru se disculparon un momento para ir a ver el acuario interior que tenía el establecimiento como nueva atracción. Era una construcción reciente y tenían en exhibición peces tropicales importados. Varios de ellos comestibles y que los mismos clientes podrían elegir. Claro estaba que Michiru no planeaba comer pescado ese día, aunque Haruka no paraba de señalar en lo delicioso que sabría tal o cual pez a las brazas a sabiendas que eran los peces favoritos de su novia.
De nueva cuenta, y gracias a su apariencia varonil Haruka podía andar con Michiru del brazo sin levantar demasiadas sospechas, pero esa ocasión buscaron algo más de distancia debido a la presencia de los padres de Michiru. Ellos aun no sabían nada de su relación y esperarían el momento adecuado para contarles todo. La joven artista sabía que su madre no miraba con muy buenos ojos el verlas tan cerca una de la otra, más cuando Haruka se comportaba más como chico que como la chica que era.
Estaba planeado que el Teniente les apoyara, siempre y cuando ellas se decidieran a decirlo de frente y como era debido.
Todo tenía que salir bien. Pero no fue así.
Luego de salir del Restaurante fueron a casa de los Kaiou, donde los mayores platicaban de una y mil cosas, Haruka y Michiru estaban en el estudio tocando un poco para ellos, pero fuera de la vista de sus padres. Solo sirvieron la música de fondo para terminar de aderezar esa tarde perfecta y la noche maravillosa que se acercaba.
No podían estar más felices en ese momento. Tan así era el sentimiento en ellas que en un pequeño arranque de cariño, Haruka besó a Michiru de manera breve pero apasionada, sin dejar de tocar sus instrumentos ninguna de las dos ni acercarse demasiado. Solo fue un pequeño beso, nada grave, pero eso no fue lo que pensó la Dama al presenciar el gesto amoroso entre su amada hija y la hija del Teniente.
- ¡¿Pero qué es lo que está pasando aquí? – fue el grito aterrado y fuera de sí de la Dama, que olvidó que lo único que había ido a pedirles era que tocaran una canción nueva.
El grito heló la sangre de las chicas, asustó al Caballero e hizo suspirar al Teniente, quien ya sabía de la tormenta que estaba por desatarse sobre ellas y de la que él sólo podría servir de salvavidas si ellas lograban resistir la tempestad. Respondería por ellas y las apoyaría con todo, sí, pero las chicas tenían que hablar por sí mismas y defender su propio amor.
Haruka se puso de pie de golpe y se separó del piano, pero no así de Michiru, a quien le sostuvo la mano con fuerza y firmeza. La Dama se acercó a ellas, casi lanzándosele encima, y lo primero que hizo fue darles una bofetada a cada una.
- ¡¿Qué significa esto? – preguntó de nuevo y aun alterada.
El Cabellero y el Teniente hicieron acto de presencia en el estudio y vieron a las chicas de la mano frente a una enfurecida madre.
- ¡Se besaron! – gritó la Dama. – ¡Se dieron un beso en la boca ustedes dos! ¡¿Eso qué quiere decir?
- Que Haruka es mi pareja, mamá. Es mi novia – respondió Michiru con voz firme más no desafiante.
- Y yo amo a Michiru con toda mi alma – completó Haruka con el mismo tono de voz seguro que su compañera.
La ira, el horror, el descontento, la decepción, la tristeza y la confusión se revolvieron en la cara de la Dama y el Caballero. Ellos solo esperaban un buen esposo para su hija, que ésta se graduara y se casara con alguien que la mereciera, con un hombre bueno, noble y trabajador, con una pareja que le asegurara una familia feliz a su hija y un futuro con hermosos hijos que serían la alegría del hogar.
Pero sus planes de ese futuro hermoso se vinieron abajo con la súbita confesión. Ver a Michiru atada de la mano de Haruka por propia voluntad era demasiado. El Teniente permaneció en expectante silencio, tenía que ver la reacción siguiente de los padres de Michiru antes de decidir su intervención.
Las chicas no bajaban la mirada, pero tampoco retaban del todo a la confundida madre.
- ¿Desde cuándo? – logró preguntar el Caballero, que tuvo que sostenerse de la pared para no perder el equilibrio.
- Un par de años – fue la respuesta de Michiru.
- ¡Tú no puedes hacernos esto! – exclamó la Dama entre lágrimas hechas de una mezcla de amargas emociones. – ¡Tú tienes que casarte con un buen hombre, tener hijos y vivir feliz con una familia normal!
- Estoy feliz con ella, mamá – dijo Michiru con lentitud, a sabiendas que levantar la voz alteraría más a su madre.
- Y yo daría mi vida por ella de ser necesario, señora – comentó Haruka en un arranque de valor, mismo que le costó una mirada asesina de la mujer embravecida.
- ¡A ti te consideré como una hija más, tú misma me lo decías, que fui la madre que no tenías, que me querías como si lo fuera! – siguió la Dama, tomando a Haruka por el cuello de su camisa. – ¡¿Y así es como me pagas, quitándome a mi hija, privándola de una familia normal y un futuro estable, haciéndola el hazmerreír por salir contigo, con una chica?
Haruka tragó saliva, las lagrimas y los reclamos razonables de la Dama le estaban desmoronando la defensa y el temple. Miró a su padre de reojo y vio que éste asentía con la cabeza. Tenía que ser fuerte, ese era el mensaje en los ojos serenos del Teniente. Apretó un poco más la mano de Michiru y encaró a la Dama con recobrada energía.
- A usted la sigo queriendo, y siempre la querré como la madre que no tuve – dijo con tono un poco más alto, el suficiente para que ella pudiera escucharla con claridad pero sin que parecieran gritos. – A usted y a su esposo que también me criaron junto con papá, nunca tendré palabras ni la manera de agradecer todo lo que han hecho hasta ahora por mí. Pero sepan que amo a Michiru por sobre todo, haría lo que fuera por ella, la amo con todo mi corazón y nunca la dejaré.
El Teniente sonrió ante aquellas palabras. Michiru sintió una chispa de energía y alegría ante la fiera confesión de amor de Haruka, gracias a eso tuvo la fortaleza de volver a levantar la mirada hacia su madre y su padre.
El Caballero seguía perplejo, la Dama estaba fuera de sí aun y sin saber cómo reaccionar. Entendía las palabras de Haruka, veía en la mirada de mar de su hija que todo eso era en serio y no una mala broma. Pero eso no estaba bien, solo hombres con mujeres podrían armar una familia estable, feliz, conforme las reglas, con hijos como la ley de la vida mandaba, con progenie que siguiera la sangre y perpetuara la sangre de la familia. Así es como debían ser las cosas, así es como tenían que ser las cosas. No quería una relación en la que su hija sería malmirada por todos.
Y entre exclamaciones con menos volumen y lágrimas amargas la Dama le hizo saber a su hija eso mismo, que no quería que ella viviera esa vida fuera de regla, que quería para ella una familia feliz y un futuro estable.
- La gente dirá cosas horribles de ustedes, serán la burla a donde vayan y anuncien que son pareja, incluso las podrían lastimar – decía la Dama, recordando las varias menciones en las noticias donde parejas gay eran atacadas. – ¡No puedo consentir esa relación!
- No estoy pidiendo permiso, mamá – fueron las lentas palabras de Michiru, ahora con un dejo de reto en su voz. – Estaré con Haruka sin importarme nada.
- ¡Piensa en lo que dirán los demás, jovencita!
- No me interesa lo que diga la gente, mamá.
- ¿Y lo que pensemos nosotros, hija? – fue la pregunta del Caballero.
Michiru tardó en responder esa última pregunta. Entendía el dolor y la decepción por la que estaba haciendo pasar a sus padres. Esa pareja que con el tiempo aprendió a quererla más, a ser más cariñosos, a ser como padres normales para ella y a ser personas más humildes.
- Yo… – la voz de la chica estaba fallando de nuevo.
Se hizo un silencio sepulcral.
- Pues a mi no me importa – dijo de pronto la voz seria e imponente del Teniente. – Si mi hija es feliz con su hija, entonces no me queda más que darles una bendición.
Aquellas palabras tan simples hicieron que la Dama y el Caballero le miraran con extrañeza y cierto horror.
- Prefiero que Haruka esté con la persona que ama, y no con alguien que la hará sentir miserable el resto de su vida. Tal vez en nuestros tiempos las cosas eran así, casarnos, tener hijos, una familia, casa… Y no creo que a ustedes les guste visitar a su hija muchos años después y verla infeliz con una pareja y con hijos que no pidió, ¿o sí?
Haruka y Michiru sintieron un gran alivio ante el discurso firme y a la vez razonable del Teniente.
- Al menos a mi no me gustaría saber que mi hija está con un hombre al que no ama, que vive en un engaño solo por guardar las apariencias… eso no me gustaría en lo absoluto. No sé ustedes, pero mientras ellas no hagan daño a nadie con ese amor que se tienen, mientras sean sinceras en su corazón y esto no sea un simple juego, por mí que hagan lo que quieran.
Nuevamente el silencio reinó en el Estudio, la dama soltaba amargas y silenciosas lágrimas, el caballero parecía un muñeco sin vida solo recargado en la pared, Haruka y Michiru se mantenían tan firmes como era posible, pero el silencio amenazaba con debilitar el temple que les queda. Al parecer el Teniente era el único ser calmado ahí, claro que no podía agitarse demasiado, sería malo para su salud.
- Has lo que quieras – dijo de pronto la Dama. – Has lo que quieras, pero no quiero volver a verte, ni a ti ni a Haruka.
- Mamá…
- ¡Largo!
Sin mediar una sola palabra más la Dama se retiró del Estudio. El Caballero tardó un poco más en reaccionar, miró a Michiru, pero fue solo por dos segundos y sus ojos estaban vacíos en ese momento. Miró a Haruka y soltó un suspiro para recobrar su porte.
- Aun así veremos por tu padre cuando no estén, eso fue una promesa y algo como… esto – la palabra fue dicha con algo de despecho – no tiene porqué hacernos romper esa promesa. Con su permiso – se despidió del Teniente solamente y también se retiró.
Michiru se soltó a llorar en silencio.
No tenía porqué ser así, las cosas no tenían que haber salido de esa manera, pero sucedió. No había marcha atrás. Sintió un reconfortante abrazo, pero ella sabía que ese abrazo no era de Haruka, era del Teniente. Sin aguantar demasiado se aferró a la espalda del hombre y lloró más, pero sin hacer demasiado escándalo. Haruka también estaba incluida en el abrazo, pero ésta no lloró.
- Es hora de volar, chicas – fueron las palabras del Teniente. – Aprendieron a amar con libertad, ahora sean completamente libres para amarse…
Esa misma noche hicieron las maletas con las cosas que no planeaban empacar sino hasta unas semanas después. Se despidieron de aquel lugar que vio nacer su amistad y su amor, de esos patios que tenían bellos recuerdos en cada esquina, de las muñecas en el estante, de los Estudios con los instrumentos que tanto gustaban tocar, de aquellas cosas que tenían que dejar atrás, del lugar que fue su hogar por más de diez años.
No sabían si volverían o no, no estaban seguras si alguna vez la Dama y el Caballero podrían superar ese amargo episodio de sus vidas, no sabían cuántos años más tendría de vida el Teniente ni tampoco cómo superarían los obstáculos que tuvieran adelante; pero sí estaban seguras de algo: se quedarían juntas y unidas por ese fuerte amor.
El Teniente solo le dio algo de dinero a Haruka para que pudieran sostenerse una temporada hasta que encontraran trabajo, le enviaría la motocicleta por paquetería después. Tenían que volar con sus propias alas, eran fuertes y el Teniente estaba seguro que lo lograrían, así mismo sabía que sus vecinos pronto encontrarían consuelo en la felicidad futura de su hija.
Haruka y Michiru seguían en la carretera camino a su nuevo hogar. Su padre, como regalo de despedida, les compró la casa que solo planeaban rentar y la dejó a su nombre, para que tuvieran dónde vivir y no quedaran al desamparo. Lo demás tendría que conseguirlo ella con sus propias manos, ese era el estilo de los Tenou.
- Hoy será un lindo día – murmuró Michiru viendo el amanecer por la ventana, ya calmada y tranquila sabiendo que lo peor había pasado.
- Cualquier día será bueno si amanezco a tu lado – dijo Haruka sin apartar la mirada del camino.
- Veo que te sale lo poeta solo cuando sale el sol, creo que puedo abusar de eso – rió Michiru, mostrando que su humor normal comenzaba a regresar.
- No te acostumbres.
Compartieron una risa. Comenzaba un nuevo día e iban a aprovechar ese y todos los amaneceres que tuvieran.
Continuará…
