PARTE 12 Lo que más amas
Las primeras dos semanas fueron particularmente pesadas.
Las clases en la escuela no tenían nada que ver con sus clases privadas o las lecciones de la Preparatoria. Era un nivel totalmente nuevo y en el que les costó un poco encajar. La teoría era la misma en parte, pero el enfoque totalmente distinto. Les hicieron sentir como si en realidad no supieran nada de música y artes a pesar de que su infancia había estado llega de eso.
Por si eso fuera poco, el trabajo de meseras igualmente fue complicado los primeros días. Acostumbradas a recibir pleitesías, ahora a ellas les tocaba bajar la cabeza y ser serviles ante todo tipo de gente, desde amables familias hasta groseros comensales. Más de una vez Haruka estuvo a punto de perder el piso, pero la rápida intervención de Michiru y los rescates de Minako, la mesera rubia, lograron que no pasara a más esos incidentes.
Haruka no estaba acostumbrada a bajar la cabeza y ahora tenía que hacerlo.
-De orgullo no se come – había dicho Minako con una sonrisa luego del último incidente. – Gracias al dinero de esas personas molestas nosotras estaremos bien, nada nos cuesta encarar todo con una sonrisa, ¿verdad?
Para media semana ya estaban al ritmo del restaurante, en la escuela les tomó la semana completa acostumbrarse y ponerse al nivel que pedían los profesores. De momento, actividades extracurriculares estaban fuera de discusión. Tenían que esperar a tener un fondo y el trabajo mejor organizado en horarios. Aunque eran flexibles con los estudiantes, a la hora de trabajar les exigían todo su esfuerzo y dedicación.
A pesar de todo eso, ya se habían encariñado con la ciudad, con su universidad y también con el restaurante.
Era viernes. Habían elegido los domingos como día de descanso. Llegaron de clases y de inmediato se dedicaron a hacer la tarea. Habían conseguido algunos libros usados de alumnos de cursos superiores con ayuda de las propinas de la semana. No se iban a quejar de eso, las propinas de los clientes, incluso de los groseros, eran bastante sustanciosas.
-Hay que apurarnos, Minako ayer mencionó algo de una fiesta y dice que nos irá bastante bien con las propinas – comentó Michiru, terminando de pasar algunas notas a su libreta.
-Apuesto a que puedo conseguir más propinas que tú – sonrió Haruka, leyendo una importante cantidad de fotocopias que el profesor de una de sus clases le había proporcionado.
-¿La que saque menos propinas invita la comida el domingo? – propuso su compañera con una sonrisa y sin desatender su tarea.
-Hecho.
Terminaron lo que tenían que hacer, se ducharon, tomaron sus cosas y salieron en bicicleta directo al Moon Castle. Agradecieron que la ciudad fuera segura y que el trabajo y la escuela les quedaran cerca. Viajar en bicicleta no solo era económico, si no seguro. Realmente no podían pedir nada más en ese aspecto. Si bien era un trabajo agotador, era más que reconfortante saber que tenían un trabajo seguro y agradable compañía. Era la primera vez en años que convivían con más gente de manera tan agradable. Ni en preparatoria habían hecho amistades, su compañía era sólo de ellas mismas y hasta ese momento nadie más había logrado pasar esa barrera de protección.
Todo cambio cuando varias de las chicas ignoraron por completo la barrera y se les acercaron sin chistar.
-¡Llegamos! – anunció Haruka apenas entró junto con Michiru a la zona de vestidores.
-Hola, chicas – saludó Michiru, sonriente.
Minako y Makoto estaban ahí, se cambiaban de ropa y parecían entretenidas platicando de algo. Al ver a las recién llegadas, ambas sonrieron. Cabía mencionar que luego de confundirla con un chico el primer día, ni saber que Haruka era mujer quitó los ánimos de la chef y la mesera. Apenas las vieron, ambas se lanzaron a abrazar a la alta chica. Y también bastaba señalar que ya todos sabían que ellas eran pareja, pero nadie dijo ni mencionó nada al respecto.
-¡Hoy me toca con ella! – reclamó Minako sujetándose del brazo derecho de Haruka.
Michiru contuvo las risas y caminó directo a su locker para sacar su uniforme. Haruka puso su mejor cara de galán.
-¡Ayer te tocó, mejor vete a trabajar! – alegó la chef, colgada del otro brazo de la chica.
-¡Ve a trabajar tú, tienes cocineros esperándote!
-¡Y tú tres mesas llenas! ¡Michiru, dile que me toca!
-¡No es cierto!
La violinista rió ya sin aguantar demasiado.
-¿Por qué no le preguntan a Haruka? – sugirió, acomodándose un poco el chaleco.
La aludida solo sonrió.
-Tengo para las dos – dijo enseguida con su mejor tono cariñoso y le dio un pequeño beso en la cabeza a Minako y otro a Makoto. – Ahora vamos a trabajar o Setsuna va a matarnos si seguimos haciendo el tonto aquí.
-Me dio el beso a mi primero – presumió Minako saliendo del cuarto.
-Otra de esas y no te tocará postre en la comida – amenazó la chef.
-¡Hey!
Haruka y Michiru rieron un poco más mientras terminaban de prepararse. A manera de ceremonia, antes de salir a atender a la gente, se tomaban de las manos y compartían un pequeño beso para darse fuerzas y ánimos. Luego de eso compartían una sonrisa y salían a la zona del comedor, listas para dar todo de sí.
Ese día no fue la excepción.
-Las traes locas – comentó Michiru con una divertida sonrisa mientras daba un vistazo rápido al menú antes de ir a atender las mesas.
-Aun me falta una – dijo Haruka con un gesto propio de un casanova, señalando con la mirada la pequeña oficina de finanzas.
-Ni se te ocurra, ella es mía – murmuró su compañera, tomó sus cosas y fue a atender una mesa.
Haruka sonrió ampliamente y fue a atender otra de las mesas con su mejor cara. Era una mesa llena de estudiantes de la universidad. Eso sonaba a una buena propina y más clientes frecuentes. Setsuna no se iba a quejar, desde que tenía a Haruka y a Michiru trabajando, la clientela había subido poco a poco, eran estudiantes femeninas y jóvenes hombres de negocio de los alrededores en su mayoría. Ya varios de estos habían intentado un poco de acercamiento en la pareja, en vano cuando descubrían que eran pareja. Solo los empleados sabían que Haruka era chica, pero nunca corrieron la voz con los clientes y no precisamente porque Setsuna diera la orden en alguna ocasión.
Cuando llegó su propia hora de comer, otros meseros las cubrieron y las chicas se juntaron en una esquina de la cocina que estaba dispuesta para ser el comedor de los empleados. Haruka, Michiru, Makoto y Minako comían entre comentarios de la escuela, lo bien que sabía la comida y que pronto cobrarían su semana.
La joven pareja no tardó mucho en conocer las historias de sus dos compañeras de trabajo. Después de todo eran ellas con las que más hablaban además de Setsuna. Como era su buena costumbre, no habían hecho amistades formales en la escuela, y no sentían necesitarlas a decir verdad. Les gustaba mucho la compañía de sus jóvenes compañeras de trabajo.
Makoto era una de esos empleados permanentes. Era huérfana, vivía sola en un pequeño departamento no muy lejos de ahí y era una gran cocinera, razón por la cual encontró un buen lugar en el Moon Castle. Sus amistades se limitaban a las del trabajo y, gracias a sus frecuentes comentarios al respecto, sabían que no le iba del todo bien en el amor. Varias ocasiones Makoto mencionó lo feliz que estaba de ver a una pareja tan amorosa como ellas.
Minako, por su lado, era más una niña que trataba de volar libre sin abandonar el nido aun. Solo tenía a su madre, la mujer era policía y casi nunca estaba en casa, lo que dejaba a la chica con libertad de hacer lo que quisiera siempre y cuando volviera a casa por la noche. Su sueño era cantar, pero seguía en preparatoria y por muchas razones extrañas no había logrado entrenar su voz. Quería entrar a la Universidad de Artes para tomar clases formales de música y canto. Era la mejor amiga de Makoto y eran como hermanas. Y al igual que la Chef, a Minako tampoco le iba bien en cuestiones amorosas.
A otra que también habían conocido era a la pequeña hija adoptiva de Setsuna: Hotaru. A veces solía colarse al restaurante a platicar con los empleados que encontraba descansando, o bien a hacer su tarea en la oficina con su madre. También le gustaba estar mucho con Ami. Era una niña dulce y muy bien portada, justo lo que se esperaría de alguien que estaba siendo criada por una persona tan ordenada como Setsuna.
-Iré a dejarle su comida a Ami, si no le recordamos que tiene que comer, no come – murmuró Makoto, poniéndose de pie y sirviendo una bandeja de comida.
-Yo se la llevo, tengo algunas cosas que comentarle – se ofreció Michiru de inmediato y se llevó la bandeja, aprovechando para poner ahí lo que le quedaba de comida, con la obvia intención de terminar de comer con ella.
Haruka se quedó con sus fans y Michiru fue a la pequeña oficina de Ami.
-Con permiso – dijo Michiru arreglándoselas para entrar a la oficina con la bandeja llena en las manos.
-¡Ah, déjame ayudarte! – exclamó enseguida la chica más joven, ayudándole a acomodar todo. – Muchas gracias – agradeció con un tono apenado que no tardó en agravarse. – Siempre hago que me traigan la comida, lo siento.
-No es molestia – sonrió Michiru. – Comamos, te acompaño.
-Gracias, Michiru.
A Michiru le encantaba ver la capacidad que tenía Ami de comer y seguir trabajando al mismo tiempo. Ya una vez le había comentado que, de tener más manos, haría más cosas a la vez. La única respuesta que obtuvo a ese comentario fue un profundo sonrojo.
-Por cierto, sobre lo de la computadora que me comentaste la otra vez – dijo Ami entre bocados, llamando la atención de la violinista.
-Sí, necesitamos al menos un equipo para hacer las tareas. Es algo incómodo entregar las cosas a mano cuando todo el grupo entrega sus tareas impresas – explicó Michiru con una sonrisa.
-Setsuna me dijo que podíamos financiarles equipos completos con sus salarios por adelantado, solo les pagaríamos lo mínimo hasta cubrir el pago de la computadora – dijo con un tono que seguía siendo apenado. – No sería la primera vez que hacemos eso por trabajadores que estudian, pero ésta vez me gustaría ayudarles – agregó, haciendo que Michiru le mirara con curiosidad. – Ah, tengo algunos equipos en casa, puedo armarles unas computadoras, tengo impresoras y cosas que no ocupo, mamá suele traer muchos equipos de su trabajo que a veces no necesitamos. Puedo darles algunos. No son equipos viejos ni nada así, y…
A cada palabra se sonrojaba más, provocando una sonrisa enorme en Michiru. Finalmente se quedó callada, enrojeciendo hasta las orejas.
-No que me moleste, en serio, Haruka y yo agradeceríamos mucho esa ayuda, pero ¿a qué se debe la ayuda, Ami? – preguntó la violinista con un tono dulce y curioso de voz.
-Yo… - balbuceó, mirándola con la cabeza gacha. – Ustedes de verdad quieren aprovechar sus estudios y seguir adelante, eso es algo que no suelo ver muy seguido. Yo solo pensé en… ayudar… es todo. Yo… he hecho lo mismo por Makoto y Minako, y… bueno…
Michiru logró callarla estirándose un poco y acariciando su cabeza. La violinista agradecía desde fondo de su corazón haberse encontrado con personas como ellas. Setsuna era toda una mujer de la cual Haruka y ella estaban aprendiendo mucho, tenía una hija, un trabajo serio y una vida cómoda y agradable que mantenía con su esfuerzo. Makoto seguía adelante a pesar de haber quedado por su propia cuenta desde una edad temprana y ahora estaba rodeada de gente que podía considerar como su familia. Minako era una chica también solitaria y no porque quisiera, si no que para su ocupada madre no existía. Ami trataba de abrirse al mundo y ayudar. Estaba feliz de haberlas conocido a todas ellas.
Estaba segura de que Haruka también quería mucho a su par de fans.
La joven violinista se dio cuenta que en realidad su vida anterior había sido muy cómoda y llena de felicidad. A pesar de sus formas de ser, sus padres estuvieron para ella en todo momento, sin dejarla, sin abandonarla a su suerte ni descuidarla; cosa que no sucedía con Minako. Y aunque en ese momento estaban lejos, la Dama y el Caballero seguían ahí para ella, para el momento en que pudieran sopesar sus preferencias; cosa que jamás sucedería con Makoto y sus padres fallecidos.
Sentía cierta empatía con Ami. Su madre trabajaba mucho, pero aun así no la descuidaba, no estaba del todo al tanto de su vida, pero la dejaba ser y estar donde deseara. Sabía que había veces que Ami se quedaba en otras casas debido a los viajes de improviso de la mujer. Esa noche era una de esas veces, se había enterado por comentarios al azar de Setsuna que Ami solía quedarse en un templo sintoísta a las orillas de la ciudad cuando su madre tenía que ausentarse hasta tres semanas, cerca de la zona frondosa que daba a un parque protegido.
-Si nos hicieras ese favor, te lo agradeceríamos mucho – dijo finalmente, sonriéndole. – Puedes venir el domingo, ese día estamos libres.
La chica asintió con una sonrisa.
-Solo necesito ayuda para cargar las cosas. Makoto normalmente me ayuda.
-Para eso tenemos a Haruka, tranquila – rió.
-De acuerdo, iré el domingo a su casa. Tengo la dirección.
-Muchas gracias, Ami.
Tocaron la puerta, Setsuna se asomó e indicó que era hora de la fiesta reservaba. Era hora de prepararse.
Michiru se despidió de Ami y la dejó seguir trabajando. Haruka se pondría contenta de saber que tendrían equipo nuevo. Normalmente esperaría que Haruka prefiriera conseguir las cosas con sus propias manos, pero en cuanto supiera que era Ami la que quería ayuda, no daría ninguna negativa. Sus primeros salarios y ahorros de las propinas se fueron para la línea telefónica y un refrigerador nuevo.
-Cuidado, Michiru, Setsuna está malhumorada, si se topa a alguien para desquitarse, está perdido – le advirtió Minako en cuanto se topó con ella.
-¿Por qué?
-Encargó músicos para la fiesta, se supone que tenían que llegar hace media hora, pero cancelaron de último momento. En éste momento se está peleando con la agencia por teléfono.
Minako no pudo decir más, se escuchó la voz tensa y molesta de Setsuna reclamando y maldiciendo de manera moderada. Minako escapó, Haruka pronto llegó junto a su compañera para sacarla del punto de mira de la gerente.
-No puede ser – murmuró Setsuna luego de colgar el teléfono. – Sin músicos estamos perdidos, el cliente lo pidió – dijo para sí misma y pronto miró al par de universitarias escapar lenta y silenciosamente. – ¡Haruka, Michiru!
Ante el llamado, ambas se congelaron en su sitio. Voltearon a verla, alertas.
-Quítense los chalecos y las corbatas, traten de no parecer meseras y vayan a tocar, son mi última esperanza – dijo enseguida, desesperada. – Le pediré a Ami que las cubra, también sabe servir mesas. Ustedes toquen, y toquen bien. Si todo sale bien, los puestos son suyos.
Esa era una petición nueva y no iban a defraudar a Setsuna. Se sonrieron en cuanto cruzaron las miradas e hicieron lo que ella les pidió.
Había una pequeña zona en desnivel con forma de media luna para los músicos. Solían tocar algunas noches a la semana, especialmente en eventos especiales como esa noche. Normalmente contrataban a los músicos de un estudio local para las presentaciones, pero algo sucedió que se encimaron fechas y le dieron prioridad al otro trabajo y no a su contrato con el Moon Palace. Cabía mencionar que sería la última vez que Setsuna contrataría a esa gente.
Había muchos instrumentos, entre estos el piano siempre en espera sobre la media luna y un violín que Michiru se apresuró a afinar. Al poco tiempo Ami apareció junto a Minako vistiendo de mesera. Makoto tenía a los cocineros apurados con la comida. Setsuna hizo lo propio haciendo las veces de anfitriona y recibiendo a sus importantes clientes. Con una muda señal la gerente les indicó a Haruka y Michiru iniciar con la música. La pareja se miró entre sí, asintió con decisión y comenzaron a tocar tal cual lo hacían en las fiestas familiares de su anterior vida. Ya antes habían escuchado a los otros músicos y sabían qué tipo de música tocar, no era algo nuevo para ellas.
Las amigas de la pareja quedaron encantadas con lo que escuchaban, la gerente parecía entre complacida y aliviada, los clientes estaban maravillados.
Ambas lo sabían.
La música era parte importante de sus vidas, era algo que amaban hacer y la razón por la que estaban en la Universidad de Artes. Al fin tenían la oportunidad de demostrar lo que eran capaces de hacer con instrumentos musicales. Se entregaron la una a la otra usando la música, hicieron a la gente bailar, a sus camaradas sonreír y a la gerente feliz por haber conseguido músicos de base para el restaurante.
A partir de esa noche dejaron de ser meseras para ser las encargadas de la música. Con un nuevo horario, mejor paga y algo más de tiempo libre, agradecieron la oportunidad que Setsuna les había dado. Ahora sí sentían que estaban escalando.
Si había algo que amaban más que a ellas mismas era a la música.
Sabían que a partir de ese momento más cosas interesantes sucederían en sus vidas nuevas.
Continuará…
