PARTE 18 El Último Vuelo

PARTE 18 "EL ÚLTIMO VUELO"

El viaje era el mismo que ya habían recorrido una vez antes de subir al avión, pero ahora se sentía doblemente más largo que antes.

Había sido toda una suerte que consiguieran dos de los cinco asientos vacíos de último momento de ese vuelo en plena madrugada. Habían dejado el auto en un depósito público cerca del aeropuerto y en ese momento manejaban uno rentado, o al menos Michiru lo hacía, no quería que Haruka acelerara demasiado debido a la cada vez más corta distancia de regreso a su ciudad natal.

Luego de un rato de viaje, Haruka ahora lucía un gesto serio y en apariencia tranquilo, pero Michiru sabía que a su pareja se la estaban comiendo las ansias, incluso más que antes. Le había tomado más de una hora recuperar el color del rostro, pero solo eso. Mantenía la quijada tensa, los puños apretados, la vista algo torva observando el tablero del auto como si tuviera grabado algo de demasiado interés.

No había hecho sonido alguno desde que salieron, solo un par de suspiros bien disimulados, pero no lo suficiente como para que pasaran desapercibidos para Michiru.

Sin embargo, no había necesidad de hablar.

Lo que fuera que se encontraran llegando a casa lo afrontarían juntas. Michiru no iba a dejar a Haruka sola en ese momento, aunque la idea de reencontrarse con sus padres la tenía un poco nerviosa. Un nuevo suspiro de Haruka la devolvió a la realidad, la que debía estar pasándola muy mal era su pareja, ella era la que tenía que lidiar con la idea de perder a su amado padre en la cama de un hospital. Tener a ambos padres vivos, en su caso, era el cielo a pesar de que estos habían rechazado abiertamente su relación con Haruka. Aun los tenía y eso era algo de agradecer.

Quizá era un buen momento para platicar con ellos de nuevo, sin importar en qué terminara la plática, tenía que aprovechar que aun los tenía ahí. Eran contados momentos como ese donde se daba cuenta que no todo era eterno. El primero fue el fin de su idílica vida en la ciudad hacia donde se dirigían, algo que siempre creyó eterno y en su momento se imaginaba en una casa en esa tan linda ciudad viviendo con Haruka, incluso siendo vecinas aun y viéndose por las ventanas y tocando en las fiestas familiares, viendo las estrellas en los jardines y pasándola bien en compañía de sus padres. Había sido difícil comenzar de nuevo y juntas lo habían logrado hasta llegar al punto donde estaban ahora.

Ese momento por el que estaban por pasar tampoco debía ser distinto. Saldrían adelante juntas, como pareja, apoyándose mutuamente. Así debía ser. Un poco más segura de sus propios pensamientos, Michiru se animó a pisar el acelerador hasta llegar a los ciento y tantos kilómetros por hora. Tenían que llegar lo más pronto posible sin el riesgo de accidentarse en el camino.

Unas horas más pasaron y el sol se asomó por el horizonte.

Haruka sintió el sol en su costado y suspiró más hondamente, esperando que el Sol le diera un poco más de energía a su tenso cuerpo y algo de descanso a sus atribulados pensamientos. No que estuviera pensando mucho, más bien estaba en una especie de bloqueo que no le dejaba concentrarse en una sola idea. Lo único que tenía en mente era la urgente necesidad de llegar al lado de su padre. No pensaba en nada más, solo en estar con él.

Estaban por llegar a uno de los descansos en la autopista cuando Haruka por fin dijo algo.

- Vamos a estirarnos un poco, debes estar cansada por conducir toda la madrugada luego del vuelo - dijo con un tono dulce y su mirada tranquila, una no muy propia de ella y que provocó una sonrisa no del todo alegre en Michiru.

- De acuerdo, creo que necesito un café - respondió la violinista y comenzó a desacelerar.

- Yo también - suspiró la rubia no tan animada.

- Debiste aprovechar para tratar de dormir un poco - la vio sonreír con apagado gesto - pero aun tenemos varias horas de camino, trata de descansar.

- No prometo nada...

Se detuvieron en el descanso y Haruka se ofreció a ir por un par de tazas de café y algunos bocados. Ambas estaban hambrientas y la rubia lo sabía. Pese a la temprana hora encontró la tienda del descanso con bastante gente, y hasta ese momento pareció despertar un poco más y notar que había varios autos en el sitio. Se quedó en la fila más tiempo del que tenía planeado, pero no que tuviera muchas opciones en ese momento.

Michiru aprovechó la ausencia de Haruka para tomar su móvil y hacer una llamada a la primera persona en su agenda: Ami. Sabía que ella siempre despertaba temprano así que marcó sin temor alguno a despertarla o importunarla de alguna manera. Solo hubo dos o tres timbres de marcado y de inmediato escuchó la suave voz de la chica.

- Hola, Michiru, buenos días - fue el amable saludo de siempre, aunque con un tono francamente sorprendido porque Michiru no salía hablarle tan seguido y menos a esa hora. Eran mensajes de texto en su mayoría.

- Buenos días, Ami - fue el casual saludo, pero internamente la violinista buscaba las palabras adecuadas para poder informarle de todo lo necesario.

- ¿Qué pasa, Michiru? - fue la siguiente pregunta. De fondo escuchó los ruidos de autos y algunos sonoros claxon de autos, eso la confundió un poco más. - ¿Dónde están?

- Ami, necesito contarte algunas cosas, cuento contigo para que informes a Setsuna y a las chicas de todo - escuchó un sonido afirmativo al otro lado de la línea y continuó - Vamos camino a ver al padre de Haruka, se puso grave y está en el hospital. Ahora mismo estamos en una parada de la autopista cerca de nuestra ciudad natal y creo que viajaremos unas dos horas más. Estaremos fuera de casa algunos días, pero ignoro cuánto tiempo.

- D-de acuerdo - trastabilló un poco sus palabras, su tono era claramente agravado - Yo les aviso a las demás. ¿Cómo está Haruka? - preguntó enseguida, detonando una voz aun más apurada.

- Algo alterada, pero no te preocupes, la que está al volante soy yo, llegaremos enteras - rió un poco, sin animarse del todo aun - Si no fuera mucha molestia, ¿podrías avisar al colegio? Ahora mismo no tengo el teléfono de la oficina de ahí y... bueno...

- Nosotras nos encargamos de todo, tranquila, Michiru. ¿Necesitan algo más?

- Si pudieran revisar la casa - suspiró - Salimos tan aprisa que olvidé por completo si cerré bien la puerta, creo que algunas ventanas se quedaron abiertas. ¿Podrían revisar? Si necesitan entrar hay una llave de repuesto en el jardín, debajo de la maceta que nos regaló Makoto, esa que hizo a mano.

- De acuerdo. Pueden ir tranquilas. Saliendo de clases llamaré a las chicas e iremos a su casa, le diremos todo a Setsuna y en cuanto pueda iré a su colegio a avisar.

- Gracias, Ami, les debemos una.

- No agradezcas nada, para eso estamos las amigas. Mejor cuida de Haruka y... - suspiró - espero que todo salga bien con su padre. ¿Sabes en qué hospital está?

- Imagino que estará en el Hospital Militar de la ciudad, es el único donde se ha estado atendiendo y haciendo sus revisiones médicas.

- De acuerdo, gracias por el dato. ¿Y dónde está Haruka ahora?

- Fue por un par de cafés y algo para comer, salimos a media madrugada, ignoro a qué hora.

Un fuerte suspiro salió de la chica genio.

- Cuida mucho a Haruka, por favor.

- Siempre.

Con esas últimas palabras se despidieron, y justo a tiempo, Haruka iba de regreso al auto y con las manos bastante ocupadas con su modesto desayuno. Michiru fue a ayudarle y pronto ambas comían recargadas en el cofre del auto, todo en perfecto silencio. El único gesto de apoyo que Michiru pudo hacer en ese momento fue un silencioso beso y una pequeña caricia en una mejilla, se conformó con la pequeña sonrisa de Haruka como respuesta y en poco tiempo luego del desayuno ya estaba de vuelta en el camino.

- ¿A quién llamabas? - preguntó Haruka unos diez minutos después de retomar el viaje.

- A Ami, le pedí que le avisara a Setsuna que nos ausentaríamos unos días. Ella y las chicas se encargarán de todo - respondió Michiru con una sonrisa pequeña.

- Me alegra, no quiero que Setsuna nos despida, ya me encariñé con ese empleó - rió un poco, provocando una divertida mueca en Michiru que por unos minutos quitó lo tenso del ambiente.

Fue el último comentario que hicieron antes de seguir el camino nuevamente en silencio.

Ya pasaba de mediodía cuando por fin entraron a esa ciudad cargada de sus mejores recuerdos. Haruka no evitó un profundo suspiro de nerviosismo, Michiru solo apretaba el volante a momentos. No sabía que les esperaba y eso comenzaba a tensarla un poco.

Fueron directo al Hospital Militar, no que hubieran ido alguna vez antes, pero sabían dónde se encontraba. Y cada metro que se acercaban al sitio, más fuerte latía el corazón de Haruka y más fuerte se aferraba Michiru al volante. Estacionaron el auto y luego de un profundo respiro de parte de ambas, fueron de la mano a la recepción del hospital.

Nunca habían entrado a uno a decir verdad y el ambiente ahí las sobrepasó un poco: pálidas paredes, personal médico andando de un lado a otro a una permanente alta velocidad, un aroma a medicina impregnado en el aire que golpeaba directo en el estómago, pacientes de varias edades yendo y viniendo por una amplia variedad de casos, visitas y familiares en la sala de espera... y justo en una de esas sillas de la sala, sentada de la manera más propia que la silla permitía, estaba la madre de Michiru. La noble Dama con las manos sobre sus piernas, sosteniendo un bolso de mano elegante y mirando al frente, perdida en sus pensamientos al parecer.

Michiru tragó saliva, Haruka apretó un poco más la mano de Michiru antes de acercarse a la Dama.

- Mamá... - fue el seguro aunque no del todo firme llamado de la violinista, mientras tomaba a la mujer por el hombro.

La dama miró al par con sorpresa antes de ponerse de pie rápidamente y darle un abrazo a ambas. Su gesto se había suavizado un poco más que antes, quizá por el tiempo y la distancia, quizá por la situación del momento, pero el cambio era bastante notorio. El cálido abrazo atacó a la pareja de inmediato y no fue difícil revivir el cariño y la vida en rosa que habían tenido en esa su ciudad natal. Era un sentimiento que sobrepasaba a ambas, aunque en distintas maneras.

Michiru revivía el amor que su madre le aprendió a dar con los años, Haruka recordaba lo mucho que había significado esa mujer para ella, siempre fue la madre que nunca tuvo.

- ¿Cómo está papá? - preguntó Haruka apenas se despegó un poco del abrazo de la Dama.

Aquella pregunta entristeció visiblemente el gesto de la mujer, intensificando el agarre que ésta tenía en un hombro de la rubia.

- Ve a verlo, está en el tercer piso, cuarto 308, mi esposo está ahí - dijo la Dama mirando a la pareja de su hija con un tono extrañamente suave y dulce.

Haruka no esperó siquiera el ascensor, luego de asentir a las indicaciones de la mujer salió corriendo en dirección a las escaleras, haciendo caso omiso de los regaños y advertencias sobre no correr en los pasillos. Madre e hija contemplaron a la rubia hasta que se perdió en el cubo de la escalera. La Dama volvió a tomar asiento, Michiru se quedó frente a ella de pie y sin saber qué decir de momento.

Hubo silencio por unos segundos. Salvo la tristeza en sus ojos, el gesto de la Dama era indescifrable en ese momento, Michiru miró el suelo sin saber cómo iniciar la conversación. Aunque no hubo necesidad de esto último.

- Me alegra que llegaran pronto - dijo la Dama apenas levantó la mirada para ver a su hija.

- ¿Está muy mal? - preguntó la joven violinista, sin destensarse del todo ante ese encuentro no planeado.

- No lo sé, pero el médico por algo nos dijo que mandáramos a llamar a su familia cercana. La veces pasadas no había pasado a más y...

- ¿Veces pasadas? - le interrumpió Michiru sin querer, para luego disculparse por su rudeza con un gesto apenado.

- Sí. En éste último año se estuvo sometiendo a un tratamiento para combatir la enfermedad - explicó la mujer, invitando a Michiru a sentarse en la silla a su lado.

Michiru se sentó más por educación que por cansancio. Haber manejado todo el camino le había entumecido el cuerpo y a decir verdad necesitaba caminar, pero debían quedarse en la sala de espera por si Haruka o el Teniente necesitaban algo. Ignorando la molestia de su cuerpo, miró a su madre esperando a que terminara de contarle todo.

- No sabemos con exactitud qué pasó, solo lo trajimos al hospital luego de verlo tirado - suspiró - Le darán el informe completo a Haruka, no tarda en pasar el médico a la ronda de ésta hora.

La violinista abrió un poco los ojos tratando de pensar en todo el tiempo que debían llevar ahí como para que su madre hablará con esa naturalidad y seguridad. La Dama adivinó el gesto de Michiru de inmediato y le dirigió un gesto suave.

- Él no quería que las llamáramos, se la pasó diciendo que solo era una decaída y que estaría en casa en poco tiempo. Nosotros solo hicimos caso al médico, así que él no espera que Haruka entre a su cuarto de un momento a otro. Se va a molestar mucho con tu padre y conmigo - finalmente rió un poco y de manera poco visible, mientras una lágrima fugitiva se hizo camino por el temple de piedra de la Dama.

Michiru solo atinó a recargarse en el regazo de su madre tratando de calmar el nudo en su garganta, pero no pudo hacerlo al sentir la madre de su mano entre su cabello. El cálido toque de esa mano no se le había olvidado en ningún momento. Solo apretó la falda de la mujer tratando de controlarse.

- ¿Cómo van las cosas en su nueva ciudad? - preguntó la dama con su vista en el techo, permitiéndose consentir un poco a su única hija.

La pregunta hizo sonreír a Michiru mientras lograba contener un poco mejor su llanto. Se sentía totalmente sobrepasada en esos momentos por culpa de todas esas sensaciones que creía perdidas. Las caricias en su cabello no se detuvieron, la otra mano de su madre se posó en su espalda y eso la hizo suspirar de alivio. El sentimiento de seguridad y el sentirse protegida era tan palpable que no tardó el relajarse por completo y sentir un alivio general en todo su cuerpo.

- Seguimos en la casa que nos dio el Teniente, tenemos trabajo de medio tiempo en un restaurante muy hermoso llamado "Moon Castle" donde tocamos para los comensales... aunque empezamos como meseras - sonrió, enlistando sus pequeños logros - entramos a la escuela de Artes y no tiene mucho que nos dieron una beca - sonrió aun más, dándose cuenta nuevamente de lo mucho que se había superado ambas.

La Dama no dijo ni preguntó más al respecto, como si eso fuera lo único que necesitara saber de momento.

El resto de la espera la pasaron en silencio. A pesar de que había decenas de personas pasando frente a ellas en todas las direcciones, fue el sonido de unas pisadas en particular lo que hizo que madre e hija dirigieran su vista hacia el pasillo. Se trataba del Caballero. Siendo el hombre serio y de temple endurecido de siempre, apenas vio a su esposa e hija mantuvo un gesto de inalterable calma. Michiru recordó, no sin cierta culpa, que la única vez que lo había visto alterado fue cuando habían descubierto que Haruka y ella estaban en una relación romántica.

- Justo como dijiste, apenas la vio entrar me miró de muy mala manera - dijo el Caballero a su esposa con una mueca casi divertida que hizo sonreír a ésta.

Michiru inhaló de manera muy profunda antes de sentarse bien y ponerse de pie para saludar a su padre como era debido, el Caballero le miró de manera estoica.

- Hola, padre - le saludó Michiru con una pequeña sonrisa.

Silencio.

Michiru tragó saliva.

En un gesto inesperado para Michiru, el Caballero sencillamente le dio un breve pero firme abrazo, uno que no era necesario alargar tanto y los tres ahí presentes lo sabían. Michiru solo le dirigió una sonrisa a su padre y ambos se sentaron, cada uno a un lado de la Dama.

- ¿Cómo está? - preguntó la Dama luego de tres segundos de silencio. Y con esa pregunta no se refería al evidente enfado del Teniente por haber llamado a las chicas.

La larga mirada con la que el Caballero respondió la pregunta fue suficiente para que la Dama entendiera todo.

Michiru también entendió.

Mientras, en el cuarto, el Teniente refunfuñaba porque ese hombre malvado que se decía su amigo no había hecho caso a sus palabras de no llamar a Haruka y Michiru. Y Haruka, ni bien había entrado al cuarto, sintió una tranquilidad inmensa rara en el pecho. No podía explicar porqué en ese momento su corazón había dejado de latir como loco y la pesadez que la había embargado todo el viaje había dejado de torturar su mente.

- ¿Ya vas a dejar tu berrinche? - preguntó Haruka con una sonrisa.

- No, aun no, primero debo planear lo que le haré a ese mal amigo apenas salga de ésta endemoniada cama - le sonrió el Teniente con un tono más bien cansado que luchaba por ser divertido.

Fue entonces cuando Haruka pudo darle un mejor vistazo a su padre y darse cuenta de todo.

Su semblante era pálido, su mirada no brillaba de entusiasmo como antes, sus manos habían adelgazado tanto que podía adivinar cada falange bajo la piel, su sonrisa había perdido energía y, sobretodo, la poderosa presencia que ella conocía de toda la vida se había ido a algún lado... uno muy lejano desde luego, porque verlo así ya no le dio seguridad de antaño, no. Solo sintió su corazón estrujarse por completo ante el sobrecogedor sentimiento de la pérdida de algo que siempre admiró de su padre: su fortaleza.

- Los chicos no lloran - murmuró el Teniente entre risas más apagadas que divertidas.

- ¡Soy una chica! - alegó la rubia mirando a otro lado.

Silencio.

- Lo decía por mi - agregó el Teniente con lágrimas en los ojos. Su hija parecía haber crecido muchísimo en ese tiempo de ausencia. Era el vivo reflejo de su madre... aunque más varonil y de cabello corto. Se veía más fuerte, su andar era seguro, casi altanero. Si bien siempre se había sentido orgulloso de ella, en ese momento lo estaba más. Su hija era todo lo que quería ser.

Estaba feliz y conforme con eso.

Por su lado, cuando Haruka vio las lágrimas de su padre, no pudo contener las suyas y de inmediato corrió a su lado. Tomó aquellas grandes manos que en ese momento eran como un par de costales de piel y huesos. Ya no tenían fuerzas. Su cuerpo estaba rodeado de agujas, sondas y cables que lo tenían conectados a complicados aparatos. Su mirada antes poderosa estaba hundida, sus labios estaban secos, sus mejillas habían perdido color, hasta su cuello que antes era cual poderoso tronco, parecía una frágil rama a punto de ceder por un gran peso.

La imagen completa la devastó, haciéndola llorar como niña pequeña en su regazo, como nunca en su vida lo había hecho.

Antes de darse cuenta ya estaba aferrada a las sábanas de la cama, mientras el Teniente acariciaba su cabello sin decir más. No había mucho por decir, no en ese momento, no lo que restó del día.

Pasó un largo tiempo, muchas horas probablemente. Los médicos y enfermeras tomaban su turno, Haruka no escuchó los informes que daban los decanos y en ningún momento se separó de él. No que fuera necesario que ella supiera lo que podía adivinar en el cuerpo de su padre. No se quitó de su lado, simplemente no lo hizo.

Pasaba el atardecer cuando por fin el Teniente intentó que Haruka levantara el rostro, pero la fuerza en las manos le falló y no pudo lograrlo. Ella entendió lo que el débil empuje en sus mejillas quería decir y miró a los ojos a su padre.

- Haruka.

- Papá...

- ¿Eres feliz con lo que eres ahora? - preguntó con un tono ya no tan cansado.

La rubia frunció un poco el ceño.

- ¿De qué hablas, papá? Lo importante ahora es que... - pero él la interrumpió con un nada amable toque en su frente.

- Solo responde - su sonrisa, por un momento, parecía haber recuperado el brillo de antaño.

Haruka no pensó la respuesta. Estaba con la persona que amaba, tenía trabajo, colegio, amistades y todo lo había logrado con su propia fuerza, el apoyo incondicional de su pareja y el respaldo de ese poderoso hombre frente a ella. ¿Que si era feliz? ¡Claro que lo era!

- Sí - fue la firme respuesta, acompañada de un porte seguro y una mirada intensa.

- Entonces no hay más por decir - su sonrisa se amplió y le dio un cariño en el cabello - Solo sigue adelante, Haruka, siempre sigue tu corazón...

La sonrisa quedó en los labios del Teniente, pero sus ojos se cerraron ni bien terminó de dar su mensaje. La mano en los rebeldes mechones de Haruka perdió fuerza y cayó a la cama. Los aparatos soltaron un intenso sonido de alarma que bloqueó los sentidos de la chica.

- Papá... - fue lo único que pudo decir antes de ceder a un silencioso llanto, mirando con ausencia el cuerpo ahora sin vida de su padre.

Continuará...

Continuará...