El vacío dejado por un ser querido que partía era algo para lo que uno nunca estaba listo, nadie podía lidiar con ello, y todos trataban de hacerlo a su propia manera. Haruka estaba en ello, aun no entendía la profundidad de todo por lo que acababa de pasar, se sentía como recién despierta luego de un largo sueño, desorientada, adormilada aun y sin saber si seguía dormida o no. Pero aquello no fue un sueño, tampoco una pesadilla propiamente dicho a pesar de recordar más de una vez al día que no tenía mucho de haber enterrado a su padre. Se permitió a sí misma, junto con Michiru, unos días para poder procesar todo. Ya no había más pendientes ahí, la Dama y el Caballero se encargaron del papeleo en su totalidad, ya todo estaba a nombre de Haruka, única heredera del Teniente, dueña de esa enorme casa, del terreno y de la pensión de su padre al ser su única hija, hija soltera, estudiante aun, por ley le tocaban todos esos beneficios. Su padre se encargó de dejar todo en orden, así Haruka estaría aun después de su ausencia. Tendrían menos problemas de dinero a partir de ese día, al menos podrían contar mes a mes con el pago de la pensión.
Una almohada donde caer, un sitio al cuál llegar si las cosas se ponían duras, dinero que podría servirles para una emergencia o para ahorro. Su padre dejó todo eso, pero lo que más pesaba era su ausencia. Haruka ya no lloraba por él, pero ahora estaba inmersa en un mar de nostalgia, de extraña incertidumbre donde no sabía qué iba a pasar a partir de ese momento. El vacío era enorme. A veces la pasaba largo rato mirando el guardarropa de su padre, sus trajes planchados, su viejo uniforme del ejército, su ropa deportiva, sus corbatas, todo estaba limpio y cualquiera que viera eso diría sin temor a equivocarse que el dueño de esa ropa entraría en cualquier momento a cambiarse de ropa. Todo olía a limpio, todo olía a él.
Michiru, por su parte, le daba a Haruka esos espacios, le dejaba terminar de digerir todo el asunto, hacerse a la idea de que ya no habría más llamadas, más mensajes o consejos por teléfono. Haruka no era débil, Nichiru lo sabía, estaría para ella cuando la necesitara, lo estaba en ese momento, pero había batallas que se debías pelear por uno mismo. Michiru no necesitaba que nadie le dijera que esa batalla era de Haruka. Aprovechó esos momentos donde su pareja necesitaba estar sola para poder platicar con sus padres, limar asperezas, recuperar algo del tiempo perdido y volver a sonreír por los recuerdos de su más tierna infancia, su niñez. Recordaban al Teniente con sonrisas pero no faltaba momento donde la Dama arrugara la nariz y se pusiera roja mientras sus ojos se tornaban cristalinos. El Caballero, por su lado, no volvió a soltar lágrima alguna, pero su voz parecía cambiar de tono cuando mencionaba los buenos momentos con su amigo. La familia de tres pasaba las tardes en el jardín de su casa, ese jardín tan cargado de recuerdos como de flores. Michiru a momentos se perdía viendo el jardín.
Muchos recuerdos, muchas imágenes de una muy feliz época de su vida y, sí, en muchas de esas imágenes estaba el Teniente con aquella sonrisa de niño y su ánimo incansable. Las personas mueren cuando se les olvida, eso se suele decir, bueno, entonces podría decirse que Ichiro Tenou viviría mucho tiempo aun, pero muchos le recordaban por muchas muy buenas razones.
En una de aquellas tardes, la violinista llamó a sus amigas para avisarles que ya sus asuntos habían finalizado ahí, pero que Haruka necesitaría tiempo aun para poder retomar su rutina, las chicas reiteraron sus condolencias y les dijeron que tenían todo cubierto, que iban constantemente a su casa a evitar que las plantas se murieran y a sacudir un poco, su trabajo estaba asegurado de momento, pero Setsuna mandó a decir que no iban a esperarlas por siempre, no podían tener los instrumentos abandonados por siempre. Y Setsuna no lo mandaba a decir de mala manera, Michiru entendía muy bien el mensaje que mandaba a dar con sus frías pero sinceras palabras: Tenían que seguir adelante, solo eso y nada más. Seguir viviendo, el mundo seguía girando.
Haruka tenía eso en mente por igual.
—Haruka, tenemos que ir a comer, ya es hora —dijo Michiru apenas vio a Haruka recostada en la cama de su padre, miraba el techo pero no se le veía tan atribulada como los primeros días—. ¿Cómo te sientes?
La rubia se tomó un momento para responder, no se movió, seguía pensando, seguía organizando sus ideas. Tenía todo claro pero le faltaba a momentos la fuerza para llevar todo eso acabo. Michiru no le dijo más pero tampoco la perdió de vista. Su Haruka tenía que volver a levantarse, Michiru estaría para ella, pero Haruka era la que debía poner de su parte. Un enorme suspiro rompió el silencio en el cuarto y al momento Haruka se levantó como impulsada por un resorte. Caminó a la puerta del cuarto y besó la mejilla de Michiru antes de buscar entre la ropa de su padre. Lo que sacó fue su ropa y zapatillas deportivas. Michiru le miró con atención justo antes de saber lo que quería hacer. No hizo más, simplemente se fue, dejando a Haruka hacer lo que debía hacer.
La rubia se percató que la ropa de su padre era un poco grande para ella, aunque el calzado no le quedó tan mal. Con un hondo respiro salió corriendo del cuarto, salió corriendo de la casa y salió corriendo del patio frontal. No lo notó, pero los padres de Michiru alcanzaron a verla por la ventana y, tampoco lo sabría, pero ambos sintieron su pecho hecho ovillo al ver que tras de si el viento parecía haberse levantado y hecho volar algunas hojas del jardín. De espaldas, Haruka se parecía mucho a su padre. La Dama lloró un poco, el Caballero no pero sí estrechó la mano de su esposa.
Haruka corrió el mismo camino que de niña seguía con su padre, siempre mirando su espalda, siguiéndolo a su velocidad, viendo sus miradas y su sonrisa y saludar a aquellos que se cruzaban en su camino, pero sin dejar de correr. Siempre corriendo como el viento, sin obstáculos, sin nada más en la mente que seguir adelante aunque los músculos de sus piernas se quejaran, aunque el sudor empapara sus pieles. Haruka corría de nuevo, Haruka ahora corría por sí misma, así debía ser.
Regresó alrededor de una hora después, corrió hasta que sus piernas se quejaron, hasta que llegó más lejos incluso que en los recorridos que hacía con su padre. Sí, así debía ser. Llegando a casa, agitada y sudorosa, se tumbó en el sofá ante la atenta mirada de Michiru, que había estado leyendo solamente. La violinista sonrió al ver a Haruka así.
—¿Mejor? —preguntó, dejando su libro a un lado.
—Mucho mejor —respondió la rubia con una sonrisa quizá no tan amplia pero sí suave, se notaba su tranquilidad—. Vamos a comer, ya decidí lo que voy a hacer con ésta casa —aquella noticia hizo que Michiru ganara toda la atención de Haruka—. Te lo platicó en la comida. ¿Estarán tus padres?
—No, mi padre tuvo que ir a una junta urgente y madre tenía que asistir a una reunión que estuvo postergando bastante —aquello hizo sonreír a Haruka, los padres de Michiru que su momento quisieron negarse a su relación, les apoyaron en todo lo posible. Haruka tenía mucho qué agradecerles, si su ayuda, Haruka seguiría perdida en papeleos y demás menesteres burocráticos.
La rubia se levantó de la cama y siguió a Michiru, saldrían a comer, ninguna de las dos tenía muchas ganas de cocinar algo. Tenían que volver pronto a casa, su casa, claro, y seguir trabajando. No las esperarían por siempre, ya suficiente era contar con el apoyo de la gerente del restaurante y el apoyo de sus más jóvenes amigas. Viajaron en moto hasta el centro donde encontraron un restaurante pequeño, de ambiente más casual y a la mitad de su capacidad. Encontraron una mesa y pidieron la recomendación del día. Entre bocados, Haruka retomó la conversación que dejaron pendiente.
—Nosotras ya tenemos una casa, Michiru, y un nuevo hogar —dijo la rubia entre pequeños bocados, miraba su comida mientras terminaba de acomodar los planes en su cabeza—. Rentaré la casa, sería bueno que fuera a una familia grande, la casa necesita ruido de nuevo, ¿no lo crees?
Michiru sonrió.
—Sí, seguramente tu padre se hacía escuchar a pesar de ya no estar nosotras ahí. Sí, tienes razón —mención aparte, tendrían una facilidad monetaria adicional que les ayudaría a estar con una preocupación menos cada final de mes—. Es tu casa ahora, Haruka, puedes hacer de ella lo que quieras, y si deseas rentarla, adelante.
—Solo quiero recuperar el piano y algunas cosas... Los trajes de mi padre, sus cosas —dijo un suspiro, sintió un pequeño nudo contra el cuál luchó—... Sus amigos más cercanos, seguramente les gustará tener un recuerdo de él. No pensé que tuviera tantos amigos...
—Tu padre fue un gran hombre, Haruka —dio un suspiro—. Se hará como digas.
Y guardaron silencio. No había más qué planear, al menos no de momento. Por la noche comentarían la idea con la Dama y el Caballero y ellos sabrían ayudarles con los detalles que quizá estaban dejando pasar en ese momento.
Y efectivamente así fue, cuando la pareja mayor escuchó de los planes de Haruka, les pareció muy sensato. La casa era grande, era espaciosa, podía, sin problema, alojar a al menos diez personas cómodamente distribuidas. Un gran patio, mención aparte que la propiedad estaba en una zona lujosa. El Caballero se ofreció a ayudar a despejar la casa apenas Haruka tomara lo que quisiera. Haruka se lo seguía repitiendo a sí misma, el mundo seguía girando. Extrañaba a su viejo y nadie la culparía por seguir llorando por él en algún momento, pero debía seguir para honrar su memoria de la mejor manera.
El viento no debía dejar de soplar, para eso había nacido, para recorrer el mundo, para levantar las hojas secas a su paso. Y eso hizo el viento, un par de días después, Haruka y Michiru volvieron a su propia casa, con sus amigas, con su trabajo y su estudios.
Era hora de seguir.
CONTINUARÁ...
