Por fin tengo un capítulo! Siento haber estado todo el verano sin hacer nada, he estado muy ocupada. Además, he tenido problemas de inspiración. Durante estos días que tengo antes de empezar las clases de nuevo prometo escribir más.
Espero que os guste :)
8
Investigación
Volterra, Italia
20 de febrero de 2010
- Mi familia no lleva entrenando a niños con poderes mucho tiempo-empezó a hablar Aline. Rosalie se sentó junto a ella-. Cuando yo empecé a poder curar a la gente, mi padre no se sorprendió. Mis hermanos ya habían empezado antes. Me refiero a Alec y a Jane.
- Lo sé-dijo la chica. Escuchó a Emmett silbar, por lo que supuso que no había problema alguno fuera de la habitación.
- Pero yo no era como ellos. Mis hermanos siempre tuvieron mucho control sobre su poder. Alec nunca ha dejado a nadie sin sentidos por error, y nadie alrededor de Jane ha gritado de dolor a no ser que ella quisiera. Yo, en cambio, empezaba a curar a todo el mundo, sin querer. Podrías pensar que eso es bueno, pero tú sabes qué se siente al regenerarse de ese modo. Cuando mi hermana se cayó por las escaleras, no tuvo una simple lesión. Se le rompieron varias vértebras, pero yo, que estaba cerca, la curé sin querer. Mi hermana tiene problemas ahora porque se le ajustaron los huesos demasiado pronto, y tiene las astillas todavía. Todo fue mi culpa.
- No fue tu culpa-intervino el relato la rubia-. Tú no querías hacerlo. Y además, habrías querido curarla-terminó, a pesar de querer añadir algo: Jane se merecía aquello y bastante más.
- Lo sé. El caso es que mi padre, que conocía a los Cullen desde hacía tiempo, pidió ayuda al padre de Carlisle Cullen, que entrenaba a los que son como nosotras, para que me ayudara a mí. No aceptó. Dijo que mis hermanos y mis primos eran malvados, y que no podía arriesgarse a que me utilizaran como cebo para empezar una guerra. Pero todos ellos eran niños cuando mi padre pidió ayuda. Ellos no pudieron haber hecho nada malo, y si lo hicieron, no pudo haber sido a propósito-dijo la chica, y empezó a sollozar. Rosalie tomó una de sus manos con delicadeza-. Cullen podría habernos ayudado a todos, y ahora mi hermana no sería una psicópata.
- Tu hermana no…
- No soy tonta, Rose. Sé lo que veo. Mi hermana disfruta haciéndole daño a la gente. Y, te lo creas o no, Alec no es mejor que ella-Rosalie se tensó-. Cullen se negó a ayudarme, y ahora está convencido de que mi padre intenta conseguir un ejército para derrotarlo. Pero eso no es cierto. Mi padre empezó a ayudar a niños con poderes para aprender a ayudarme a mí. Y lo hizo, pero nadie parece capaz de verlo. Ahora lo tengo todo controlado, y no hago daño a nadie. Pero los Cullen sólo ven el daño que mi padre hace.
Rosalie se quedó en silencio. Tampoco es que pudiera decir nada. Había esperado, en el fondo, que la versión que Kate había dado fuera idéntica a la de la joven Vulturi. Pero creía a Aline, incluso cuando decía que Alec era tan psicópata como Jane.
Tal vez no estaban en el lugar equivocado. Tal vez aquel era el bando bueno.
Minutos después, Rosalie salió de la habitación, e ignorando a Emmett, se marchó, en busca de Alec.
Bull Run Mountains
Cuando Eleazar volvió a la casa, todos lo esperaban, incluida Carmen. Aun así, esta no le hizo caso, y agarró a Renata, llevándola de nuevo a la celda. No cometió el mismo error de la primera vez, y se quedó con ella, después de atarle una de sus manos a la cama. Mientras tanto, Eleazar contó a los demás lo ocurrido en New York. Les contó todo, incluso el golpe que le había dado. No quería tener más secretos con los Cullen, y menos con Carmen.
- No sé cómo escapó, pero sé que todos los Vulturi conocen el secreto.
- Se suponía que era infalible…-susurró Esme para sí misma.
- Y eso es lo que más me molesta-continuó Eleazar-. Que ellos lo sepan y nosotros no. Nosotros la creamos.
- Tendré que trabajar en ello-comentó la bruja, y se marchó de la habitación.
Bella se quedó pensando. Aquello no era lo que ella esperaba cuando decidió marcharse al otro lado del país con Esme. Ella sólo quería aprender a controlarse, para conseguir que su madre no la viera como un monstruo y que dejara de odiarla. Y en aquellos momentos, se veía inmersa en una lucha que no era suya, y deseaba haberse quedado en casa. Sin embargo, cuando miraba a Edward, se decía que era una tonta por siquiera pensar en eso. Si no hubiera accedido, no habría conocido al chico, ni a Alice o Jasper. Incluso quería a la pequeña Bree, que no paraba de llorar hasta que Edward la tomaba en brazos. Aquella niña era muy lista.
- Odio esto-dijo, cuando la sala estuvo casi vacía. Sólo Edward y Bree quedaban en la sala-. Yo sólo quería aprender a controlarme, pero todo este rollo con los Vulturi está sólo impidiendo que nosotros sirvamos para nada.
- No digas eso. Nosotros ayudamos.
- Ni siquiera usamos nuestros poderes para ayudarlos. Mira a Jasper, con el anillo. Somos inútiles.
- No digas eso-repitió Edward-. Podemos hacer algo. Podemos cuidar de nosotros, de la casa, de la niña,…
Bella se quedó en silencio. Miró a la niña, que miraba al chico con sus enormes ojos verdes y sonreía mientras agarraba con una de sus manos el dedo de Edward y con la otra el dedo de Bella. Negó con la cabeza, y cambió de tema por completo.
- ¿Cómo pudo la hermana de Jasper abandonar a esta niña? Para mí sería imposible.
- Te entiendo-dijo el chico-. Cuando mira así… pienso que parece mayor de lo que es.
- ¿Quién será el padre?
- No lo sé. Pero si ha abandonado a esta niña, es mejor no saberlo. No se la merece.
Volterra, Italia
El abrazo de la rubia sorprendió a Alec. Rosalie, aunque él no sabía cómo, había encontrado el camino a su habitación, y había entrado sin siquiera llamar. Emmett la había seguido, pero en cuanto vio que entraba en una habitación que no era la suya, sospechó que algo de lo que Aline había dicho le había hecho cambiar de opinión. Dio la vuelta y se marchó, intentando ignorar el nudo que se había formado en su estómago al ver a Rosalie ir a la habitación de Alec.
Cuando Alec apartó a Rosalie de su lado, ella se sentó en la cama de él, y observó su habitación. Era tan… simple. Las paredes eran blancas, y el suelo de madera clara. La cama ocupaba la mayor parte de la habitación, de madera oscura y con las sábanas blancas. La colcha era negra. Había un armario pegado contra la pared, al lado de una puerta que llevaba al baño. También había un escritorio, en el que había varios libros, así como dos fotos: una con su hermana y otra de Rosalie.
La rubia se levantó, y cogió su foto. El chico la debía haber sacado el día en que llegaron a Volterra. La chica sonreía, mientras que miraba por la ventana. Alec la había llevado a su habitación después de su conversación con Aro, y había estado más de dos horas con ella, sentado en la cama mientras que ella miraba la noche de Volterra por la ventana.
Alec no había querido que Rosalie viera la foto, pero en aquel momento no le importaba. Ya había escuchado a su padre y a los demás decir que Rosalie no era de fiar, que era demasiado inteligente y calculadora. Lo había ignorado, pero haberlos visto, a ella y a Emmett, en la celda de Kate, lo había hecho sospechar. Aun así, apreciaba a la chica, por lo que se había negado a desconfiar de ella.
- ¿Por qué tienes esta foto?-preguntó Rosalie, acercándose a Alec, que seguía cerca de la puerta.
- Entonces todavía no sabías como era mi familia. Eras feliz.
- Nunca he sido del todo feliz. Pero aquí vivo de manera diferente, por lo que estoy contenta.
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué de repente pareces tan tranquila?
- Ha habido… hechos-dijo la rubia, sin querer contarle todo al chico-, hechos que me han hecho dudar de las acciones de tu padre. Pero ahora confío en él. Confío en ambos.
- Has hablado con Aline.
Rosalie no sabía cómo el chico había podido descubrirlo. Asintió cabizbaja, sintiéndose repentinamente avergonzada. Había estado aprovechándose de su hermana pequeña para conseguir las respuestas que quería, y no le extrañaba que Alec estuviera enfadado con ella. Pero este simplemente suspiró y la agarró suavemente por los hombros.
- No me he enfadado. Comprendo tu inquietud, Rosalie. Es completamente normal. Pero podrías haberme preguntado a mí. Sabes que yo te habría contado la verdad.
- Sí, pero ella vivió la historia en primera persona. Por muy importante que tu hermana sea para ti, sólo lo viviste como espectador. Lo siento, Alec. De verdad.
Él la abrazó, suavemente. Pero Rosalie puso ambas manos sobre su pecho y lo apartó. Se puso de puntillas y lo besó, mientras que lo empujaba suavemente hacia la cama.
Seattle, Washington
25 de febrero de 2010
Tanya gritó. Llevaba casi media hora haciéndolo, y le sorprendía no haberse quedado afónica todavía. La habían estado torturando durante más de tres días, y ella no había podido parar de gritar. No podía moverse porque estaba atada a la camilla por unas esposas, que dejaban sus brazos y piernas totalmente inútiles. Nunca se había sentido tan indefensa.
- Esto no está bien, James-escuchó tras ella. Intentó girarse y ver quién estaba observando su tortura, pero no lo consiguió-. No debería doler tanto.
- Es mayor de lo que debería, eso es cierto. Y no recuerdo que a mí me doliera tanto. Pero ya estamos cerca de conseguirlo. Mira sus dientes. Son tan perfectos…
- Estás loco.
La chica oyó pasos, pero los ignoró. James se acercó entonces a ella, y la miró fijamente. Con suavidad, le acarició la mejilla. Tanya quiso apartarse, pero no pudo conseguirlo, pues su otra mano impedía que la chica moviera la cabeza, agarrando firmemente su barbilla, hasta llegar a doler. El hombre sonreía macabramente, y Tanya pensó que aquel era un hombre diferente, no el elegante abogado que había prometido ayudar a que Bella regresara de donde fuera que estuviera.
- Voy a contarte un pequeño secreto. Tu amiguita, Isabella Swan, ya ha pasado por esto. Pero no se acuerda. Fue rápido para ella, mucho más que para ti. Pero el resultado es peor. Ella duda, no sabe qué hacer con su don. Pero tú serás perfecta. Pronto lo verás.
- Estás loco-consiguió decir la chica, aprovechando el repentino cese del dolor, y repitiendo las palabras que el otro hombre había dicho poco antes.
- Puede ser. Pero también tengo poder. Y tú formas parte de él. Tú y yo, querida, seremos perfectos. Y estaremos juntos por toda la eternidad.
Bull Run Mountains
27 de febrero de 2010
Bree comenzó a llorar al escuchar el grito de Bella. Edward se debatió entre coger a la niña y calmarla o acudir al lugar en el que Bella se había desplomado, frente a la tele. Jasper le ahorró su debate interno, cogiendo a la niña y llevándosela del salón. Edward fue rápidamente hacia la televisión, donde anunciaban la desaparición de una chica llamada Tanya Denali. ¿Denali?
- Bells, ¿qué pasa?-preguntó el chico, arrodillándose junto a ella y tomándola de los hombros-. ¿Quién es ella?
- Tanya. Mi mejor amiga.
- Tanya Denali. Denali. Como Kate.
- Mi amiga sólo tiene una hermana, Irina. Y no tiene primas. Su padre era hijo único.
- ¿Sabes qué le ha pasado?-preguntó Edward cambiando de tema. Sabía que Denali no era un apellido común y que lo mejor sería hablar con Kate sobre el tema, pero decidió ignorarlo hasta que Bella estuviera totalmente calmada.
- No. Desapareció hace pocos días, y no han encontrado ninguna pista todavía. Va a haber un revuelo en el pueblo. Dos desapariciones en tan poco tiempo… Aunque no creo que mi familia haya denunciado la mía, dado que fue mi madre la que me echó de casa…
El semblante de Edward se volvió algo más sombrió, y abrazó a la chica, dejando que ella se apoyara en el hueco entre su cuello y su hombro, sollozando. El chico no sabía qué hacer; hacía demasiado tiempo desde la última vez que había tenido que consolar a alguien, y ese alguien había sido su madre. Aquello era incómodo.
Jasper llegó a la habitación poco después, aunque no supo si avanzar o no. El ruido que hizo al detenerse rápidamente alertó a Edward, que levantó la cabeza y negó con la cabeza. El rubio entendió que aquel era un momento privado de ambos, y que debía marcharse. Sin saber muy bien qué hacer, Jasper salió de la sala y cerró la puerta, sin poder evitar recordar la incómoda mirada en los ojos verdes de Edward.
Después de acompañar a una Bella agotada casi dormida a su habitación y de hacer prometer a Alice que la cuidaría, Edward fue al despacho de Carlisle, y le habló sobre la desaparición de Tanya Denali y sobre sus sospechas sobre la relación entre esta y Kate. El hombre rubio lo escuchó atentamente, y llamó a la chica en cuanto Edward terminó de narrar lo ocurrido. La chica llegó al despacho rápidamente.
- Veras, Kate-comenzó Carlisle-, en el pueblo de Bella ha habido otra desaparición, y creemos que la desaparecida puede estar relacionada contigo.
- ¿Por qué?-preguntó la chica. Parecía muy incómoda.
- Su nombre es Tanya Denali.
- Tanya…-susurró la chica, y ambos hombres supieron que habían dado en el clavo. El rubio hizo un gesto hacia Edward, y este se levantó y se marchó de la habitación, dejando que Carlisle y Kate hablaran a solas. Aquel no era su problema, y el hombre rubio era mucho más capaz de mantener una civilizada conversación con Kate-. Es mi hermana. Hace años que no la veo, desde que me marché. Ha crecido mucho, pero sigo reconociéndola. Es tan guapa como cuando era niña.
- ¿Tienes alguna sospecha sobre lo que puede haberle pasado?-preguntó Carlisle segundos después, cuando se aseguró de que la chica se había tranquilizado.
- No. Ella es una buena chica. O lo era, al menos. De nosotras tres, ella era la más formal y tranquila.
Un gran silencio inundó la sala. Kate quería ir en busca de su hermana, pero teniendo en cuenta el gran problema con los Vulturis y los dos chicos que tenían secuestrados, no se atrevía. No quería poner a Carlisle en un compromiso. Él sabía que, por el bien de todos, Kate debería quedarse en la casa y ayudar, dada su experiencia anterior con los italianos, pero también era lo suficientemente compasivo como para dejarla marchar. Por suerte, el hombre rubio ya había pensado en aquello, y había llegado a una conclusión.
- Bella es amiga de tu hermana. Quiero que ambas vayáis a Forks y busquéis pistas. No puedo daros mucho tiempo, pero creo que una semana será suficiente para descubrir que le ha ocurrido a Tanya.
Kate sonrió, con ganas de lanzarse sobre Carlisle y abrazarlo; sin embargo, no lo hizo. Ella no era una chica cariñosa o efusiva, por lo que siempre se negaba a sí misma aquellos gestos. Sólo Garrett se negaba a su frialdad, y no le permitía el rechazo. Pero su relación con Carlisle era diferente, y él la comprendía. Le sonrió en respuesta, e hizo un gesto indicándole que podía marcharse en busca de Bella.
- ¡Te dije que no eran hermanas! ¿Por qué no me hiciste caso?-gritó Bella cuando Edward le contó que había hablado con Carlisle sobre lo ocurrido.
- Porque estabas equivocada-contestó el chico, para nada nervioso. Sabía que Bella no estaba realmente enfadada, sólo nerviosa; era comprensible, después de todo lo que estaba pasando-. Kate la reconoció de inmediato, es su hermana pequeña. Ahora está hablando con Carlisle.
- Estaba-dijo una voz desde la puerta. Ambos se giraron y vieron a Kate apoyada en el marco con una sonrisa-. Ya he terminado de hablar con él. Me ha dejado que vaya a buscarla. Que vaya contigo.
Bella no sabía qué decir. Sabía que Carlisle era un hombre bueno, y que no le negaría aquello, pero no había esperado que fuera su iniciativa. Quería negarse, y centrarse en Renata, y en los Vulturis, pero no podía evitar estar preocupada por su amiga. Asintió, a pesar de sus dudas iniciales.
- No quiero que mi familia me vea. Tendremos cuidado, ¿verdad?
- Por supuesto. Además, por lo visto, Tanya había hecho un viaje a Seattle el día en el que desapareció, por lo que sólo pasaremos por su casa para investigar a dónde ha ido. Luego nos iremos a Seattle.
Bella asintió, totalmente convencida.
Volterra, Italia
28 de febrero de 2010
Aro observaba a Rosalie mientras que esta entrenaba. Estaba bien escondido; no había riesgo de que ella o Felix, el encargado de entrenarla, lo vieran. Estaba en otra habitación, una a la que sólo se podía acceder con una llave que él tenía. En la habitación sólo había una silla frente a la pared, en la que había una pequeña ranura, prácticamente invisible desde la otra habitación. Llevaba varios minutos sentado ahí, intentando descubrir qué era lo que realmente resultaba extraño en aquella chica.
Felix le estaba enseñando a utilizar armas de fuego. Para eso, habían deslizado un panel en el fondo de la habitación, tras el cual había aparecido una pared perfectamente acolchada, con varias dianas. Le había dado una pistola pequeña, fácil de utilizar, y había estado enseñándole a cargarla y a apuntar. Ella demostró no ser muy hábil con el arma, pero parecía muy dispuesta a ayudar y aprender.
- No la estás cogiendo bien, Rose. Ten cuidado. Puedes matar a tu querido si coges el arma así.
- Yo no tengo ningún querido, Felix. Y si no aprendo, será que no me estás enseñando bien. ¿Estás seguro de que estás cualificado?-preguntó la chica con maldad.
Consiguió el efecto esperado: enfadar a Felix. Este dejó la pistola a un lado y se lanzó sobre ella, con intención de golpearla. Todos sabían que el encargado del entrenamiento era bastante irascible, y que saltaba a la primera.
Sin embargo, y por el hecho de que Rosalie lo esperaba, su ataque no surtió efecto. La chica salió corriendo milésimas de segundo antes de que él se lanzara sobre ella. Se acercó al lugar en el que había dejado sus dagas antes, y se giró con dos de ellas en las manos. Felix detuvo su avance. La chica era realmente mortal con ellas, y no tenía ninguna intención de arriesgar su vida.
- ¿Te estás escaqueando de nuevo?-preguntó, descubriendo rápidamente lo que la chica intentaba.
No era la primera vez que lo hacía. Durante los últimos días, Rosalie había estado buscando cualquier excusa para no entrenar, y Felix le había permitido faltar. Era consciente de que la chica sólo era una adolescente, y que llevaba mucho tiempo encerrada en aquel manicomio, sin dejar de entrenar y aprender. Tenía que ser horrible.
- Estoy aburrida, Felix. Ayúdame-comentó la chica sonriendo. A pesar de aquella cara de niña buena, el chico era consciente de que Rosalie era tan mala como el demonio.
- Vete. Yo te cubro.
- Te quiero. Lo sabes, ¿verdad?
Rosalie salió de la habitación rápidamente. Se sorprendió de ver a Aro frente a ella, con ambas manos cruzadas y una sonrisa que dejaba ver que conocía sus horarios de entrenamiento. La chica también sonrió, pero se notaba que estaba nerviosa. No había esperado que Aro la encontrara durante una de sus "huídas". Tenía que pensar en alguna coartada. No se le ocurría ninguna.
- Rosalie-saludó el hombre, aparentando estar sorprendido. La chica no le creyó-. ¿Te vas tan pronto? Pensaba que todavía te faltaba media hora de entrenamiento.
- Últimamente estamos terminando algo antes-inventó la chica rápidamente. La situación era totalmente probable-. Mis huesos están algo resentidos, y me duele más que de costumbre. Felix ha sido lo suficientemente amable como para acortar los entrenamientos y dejar que me recupere.
- Totalmente comprensible. Estaba buscando a mi hijo. Últimamente siempre estaba contigo, por lo que esperaba encontrarlo aquí.
- No sé dónde está. Lo siento.
Aro le sonrió una última vez, le tocó el hombro provocando un escalofrío en Rosalie y se marchó a la sala de entrenamiento, en busca de Félix.
Rosalie suspiró, siendo consciente de las muchas mentiras que acababa de pronunciar.
Alec estaba sentado en el banco más alejado de los columpios, que estaban llenos a aquella hora de la tarde. Un niño se acercó al chico y le sonrió, y Alec le sonrió en respuesta, aunque distante. Estaba concentrado en las dos mujeres con las que se tenía que encontrar aquella tarde en el parque. Miró su reloj y vio que ambas llegaban tarde. Las conocía a ambas, y sabía que era lo normal en ellas. Pero daba igual. Esperaría.
Escuchó unos tacones repiqueteando detrás del banco, y no pudo evitar girarse. Una sonriente chica se encontraba detrás de ella, aunque no parecía para nada feliz. Tenía ojeras bajo los ojos, y varios arañazos en los brazos que apenas intentaba ocultar. Se acercó al banco y se sentó junto a Alec, aunque no lo tocó ni le dijo nada. Todavía no estaban los tres.
Rosalie no tardó mucho en llegar. Pero no parecía tranquila, como las demás veces en las que se habían encontrado, sino muy nerviosa. Sujetaba su bolso con ambas manos, y tenía el ceño fruncido. Se sentó junto a Alec, y le dio un beso en la mejilla; es lo que hacía cada vez que los veía en aquel banco. Pero no parecía para nada concentrada, sino distraída en cualquier otra cosa.
- ¿Qué pasa, rubia?-preguntó Heidi.
Alec y Rosalie se habían encontrado con ella desde poco después de que ella dejara escapar a Jacob, Rachel y Rebecca. Heidi parecía distinta. No llevaba sus acostumbrados vestidos o trajes de marca, ni sus tacones. Llevaba el pelo recogido en un moño bajo, e iba sin maquillaje. Los arañazos de sus brazos estaban mucho peor, y tenía muchos más en las piernas, en el estómago y en la cara.
Lo que los Vulturi le habían hecho la había destrozado. A pesar de llevar días desaparecida, los demás sólo habían pensado que se había ido por su propia cuenta, sin querer sentir la humillación. Lo habían dejado pasar. Hasta que ella se puso en contacto con ellos.
- Aro sabe que me he escapado del entrenamiento. No sabe nada de vosotros, pero puede sospecharlo. No creo que sea tonto.
- No lo es. Es demasiado inteligente para nuestro propio bien-comentó Heidi. Se llevó una larga uña a la barbilla y la arañó suavemente-. Tenemos que ser mucho más cuidadosos de ahora en adelante. No puedo encontrarme con ambos de día. Creo que sería mejor si sólo me encontrara contigo-propuso, señalando a Alec-. Eres su hijo, y confía en ti.
- ¡No!-exclamó Rosalie al oír la idea de Heidi-. Yo tengo preguntas, y tengo que hablar contigo.
- Lo entiendo. Hablaré contigo de noche. Sal con Emmett. Dijiste que era de confianza, ¿no?
- Lo es. Pero todavía no le he dicho nada. No sé cómo reaccionará. Necesito tiempo para contárselo.
- No te preocupes-intervino Alec con una sonrisa-. Mientras tanto, yo seré vuestro mensajero.
- Gracias, Alec-dijo Heidi.
- Eres el mejor-dijo Rosalie al mismo tiempo.
Forks, Washington
La casa de Tanya era mucho más grande que la de Bella, pero no era ni de lejos tan grande como la de Bull Run Mountains; por lo que a Kate no le pareció que fuera a costarles mucho trabajo investigarla. No sabía lo equivocada que estaba.
Para empezar, tuvieron que esperar hasta que los padres y la otra hermana, Irina, se marcharon de la casa. Y eran las tres de la mañana cuando llegaron. No tenían sueño, por lo que les pareció una estupidez alquilar una habitación. Por lo tanto, fueron a casa de Bella. Dado que era domingo, los padres de Bella estarían de viaje en Phoenix visitando a los padres de Renée. Entraron en la casa utilizando la llave que los Swan escondían al lado de un árbol, escondido en la tierra.
Bella suspiró en cuanto entró en su casa. La estaba echando de menos. Su casa olía como siempre: a las velas de lavanda que Renée Swan encendía todas las noches, en su propósito por ahorrar. Totalmente inútil, dado que ella era la primera en encender las luces.
Pero su repentino sentimiento de hogar se desvaneció en cuanto vio que todas las fotos en las que ella aparecía habían desaparecido. Algunas incluso estaban partidas por la mitad, de modo que sólo enseñaban a Charlie y Renée, o a los Black. Bella quiso llorar. Sin embargo, no lo hizo. Se mostró fuerte ante Kate, y subió directamente a su habitación.
A diferencia del resto de la casa, aquella habitación estaba llena de sus recuerdos: fotos, libros, su música… Todo estaba intacto. Bella cogió sus libros más preciados, y los guardó en el bolso que había traído. Los había echado mucho de menos, y estaba muy contenta de poder recuperarlos. También cogió algo, pensando en Kate: una foto de Tanya y su hermana Irina junto a Jacob Black en la playa de La Push. Bella había sacado la foto, y la guardaba desde entonces.
Bajó abajo, y encontró a Kate cómodamente repantigada en el sofá, bebiendo los restos de una cerveza que Charlie había dejado en la mesa de la sala de estar. Bella se la quitó de las manos, y la reprendió por no dejar todo como estaba.
- Mira quién habla. Yo no he robado, por lo menos.
- Esta es mi casa, Kate-repuso Bella-. Yo no robo. Es mío. Vámonos. Estoy harta de estar aquí.
Hacia las nueve de la mañana, los Denali se marcharon de su caso, preparados para dirigirse a Seattle a pasar un día en familia, intentando apartarse del drama de la desaparición de su otra hija. A Bella y Kate no podía parecerles una mejor idea.
Entrar en la casa fue el segundo motivo por el cual fue complicado investigar la casa de Tanya. Los Denali eran una familia mucho más adinerada que los Swan, por lo que su casa era mucho más segura. Sobre todo cuando no había nadie. Bella siempre encontraba la puerta abierta cuando visitaba a su amiga, y había pensado que sería más sencillo entrar. Como encontraron la puerta cerrada, tuvieron que ir a la parte de atrás, y trepar por un árbol hasta llegar a la valla que llevaba al jardín. No tuvieron muy buena suerte, ya que Bella se hizo daño con una rama y Kate se torció el tobillo. Eso las retrasó unos minutos.
Cuando consiguieron entrar a la casa, ambas se detuvieron durante varios segundos. Echaban mucho de menos a Tanya y a Irina, y ahora estaban en su casa. Kate suspiró, y Bella pestañeó varias veces para no llorar. Avanzó unos cuantos pasos más, pero se giró cuando vio que Kate no la estaba siguiendo. Se giró, y vio que ella se había detenido ante una foto. Era una foto de Irina, Tanya y ella, cuando las tres eran sólo bebés. Hasta hacía poco, Bella había pensado que la niña más mayor era una prima de las Denali. Ahora, el parecido con Kate era inconfundible.
- He cogido una foto de tus hermanas. Sé que no es lo mismo que una foto en la que salgáis las tres, pero no creo que podamos perder mucho tiempo-dijo la chica, sacando la foto del bolsillo. Kate la cogió y sonrió.
- Gracias, Bella. Sigamos buscando.
Subieron a la habitación de Tanya, que seguía estando como Bella la recordaba: perfectamente ordenada, con todas las fotos de ambas hermanas y Bella colgadas, y con la ropa desbordándose de los armarios. Sin embargo, no era ahí dónde había que mirar. Si había algo importante, Bella, como mejor amiga que era, sabía perfectamente dónde se encontraría. Se dirigió rápidamente a la pared al lado del armario. Allí, en un panel que escondía un pequeño armario secreto, estaba su diario. Bella lo cogió y lo abrió. Antes de empezar a leer, notó a Kate detrás suya.
"Sigo sin comprender a este hombre. Es tan frío. Ni siquiera parece nadie especial, pero da mucho miedo. Empiezo a pensar que todo esto ha sido un error. No debía haberlo buscado. Aunque pruebe que Renée echó a Bella de casa, eso no logrará nada. Nadie sabe dónde está Bella, y eso no va a cambiar.
Ayer me dijo que había encontrado pistas, y que quería encontrarse hoy conmigo en el restaurante de la empresa. Pero no estaba ahí. Cuando llegué (muy puntual, como siempre), la mesa estaba vacía, y había una copa de vino que me tomé. El camarero no me ofreció nada, y una hora después me marché. Estoy muy enfadada con él. Aunque no creo ser capaz de decirle nada.
No sé qué hacer. Creo que voy a terminar nuestro acuerdo. Todo esto ha sido un error".
- ¿Quién es ese hombre?-preguntó Kate. Bella negó con la cabeza, pero frunció el ceño al ver una pequeña tarjeta en el armario. La cogió, y leyó lo que ponía para ella-. James Anderson. Abogado. ¿Para qué necesitaría un abogado mi hermana?
- No lo sé-contestó Bella, pero se le ocurrió la idea incluso antes de terminar de hablar-. Para demostrar que no me había fugado. Para culpar a mi madre y hacerme volver.
- ¿Le contaste lo tuyo?-preguntó Kate repentinamente alarmada-. ¿Lo de la invisibilidad?
- No. Pero tu hermana siempre ha sido muy inteligente y perceptiva. Seguro que se dio cuenta ella sola de que algo no andaba bien.
- Bueno, por lo menos tenemos una pista que seguir. ¿Cuál es la manera más rápida de ir a Seattle?
Seattle, Washington
Tanya no podía parar de llorar. Llevaba dos días encerrada en aquella celda, y aunque no tenía las manos ni los pies atados, se sentía más encerrada que antes. Su actual situación sólo conseguía hacerle daño, y el dolor que sentía la estaba matando. Además, las constantes risas de James y las ridículas conversaciones que intentaba mantener con ella. Había decidido ignorarlas en cuanto apareció el dolor de cabeza.
Unos pasos que se acercaban a la puerta la alertaron, y Tanya se forzó a guardar silencio. James odiaba sus lloros, y se enfadaba realmente cuando la chica lo hacía, consiguiendo aterrorizarla todavía más. Tanya suspiró, y se encogió algo más cuando la puerta se abrió, dejando ver a James, vestido en un elegante traje y con una despreciable sonrisa. La chica giró la cabeza, aunque no pudo evitar ver la sonrisa del hombre al verle los ojos.
- Tanya, Tanya… Eres tan hermosa… No puedo esperar a que estés estable y podamos estar juntos. Dominando el mundo.
La chica no respondió. No había hablado en mucho tiempo, e incluso dudaba de que su voz fuera la misma. Temía que los cambios que James había realizado con ella hubieran influido en los aspectos más sencillos, como su voz o el tono de su piel. Llevaba sin mirarse a sí misma desde que cambió.
- Lo siento, querida, pero tengo que marcharme. Volveré más tarde. Y probaremos algo nuevo.
Bella se sentía muy extraña en aquel enorme edificio. Nadie podía verla, y sin embargo, ella siempre sentía que la estaban mirando. Además, dependía de ellos. Si, repentinamente, una puerta se abriera sin nadie alrededor, llamaría la atención de los trabajadores, y el plan se arruinaría. Por lo tanto, tenía que esperar a que alguien subiera al ascensor para poder subir hasta la planta en la que se encontraba el despacho de James Anderson, y esperar a que la secretaria del abogado fuera a entregar algún mensaje para colarse en la habitación. Fue un proceso tremendamente aburrido para la chica.
Y aun así, todavía no podía hacer nada.
También tuvo que esperar a que James se marchara de su despacho, para poder investigar sin que él lo descubriera. Y por lo visto, no iba a estar fuera por mucho tiempo. Se marchaba rápidamente para comprobar algo y volvería en un par de horas. Bella no tenía mucho tiempo que perder.
Empezó investigando el ordenador que, afortunadamente y gracias a que el abogado sólo se marchaba por poco tiempo, no tenía contraseña. Pero no encontró nada. Allí sólo había varias fichas de algunos clientes, pero desde luego, no todos. Después, investigó todos los cajones de su escritorio, donde no encontró casi nada, excepto varias fotos bastante inquietantes: manos, muchas manos. De hombres, de mujeres, de parejas y de grupos. Bella sacó varias fotos con su móvil, pensando que podrían ser útiles.
Por último, miró en las estanterías. Allí estaban los documentos importantes. La propiedad de una casa en Olympia, un almacén en Seattle no muy lejos del bloque de oficinas y una gran casa a las afueras, que parecía muy reciente. Y estaba a nombre del matrimonio Anderson, James y Victoria. Pero James no estaba casado. Kate lo había estado investigando antes de infiltrarse en el despacho.
Escuchó voces fuera del despacho, justo en el momento en el que descubrió la tabla suelta junto al sofá de cuero. Dado que parecía que la conversación duraría varios minutos, se lanzó sobre ella y descubrió el USB dentro. No tenía tiempo de investigarlo. Se acercó al ordenador, y copió todo en el que ella misma había traído, gracias al consejo de Kate. Estaba recolocando la tabla del suelo cuando la puerta se abrió. Se levantó rápidamente, y se movió hacia un lado del despacho en el que no había nada. Se quedó quieta, temerosa. Ni siquiera se atrevía a respirar, por lo que emitía pequeños y silenciosos suspiros. Cuando James Anderson se sentó y comenzó a trabajar con su ordenador, Bella se desplazó lentamente a la puerta, esperando a que alguien la abriera.
Afortunadamente, no tuvo que esperar mucho. La secretaria del abogado entró en el despacho pocos minutos después, y Bella pudo salir sin que nadie se diera cuenta. Se permitió suspirar, y decidió bajar por las escaleras, a pesar de estar muy alta. Necesitaba caminar tranquilamente, y pensó que aquella era la mejor manera de relajarse. Lo peor ya había pasado.
Volterra, Italia
2 de marzo de 2010
Heidi estaba de compras. Era lo único que lograba entretenerla desde que la habían echado de casa. Pero aquella no era la razón principal por la que había salido, por supuesto. Había quedado con Alec en el centro comercial, y ya iba tarde. Era lo normal, pero estaba muy nerviosa, y tenía que hablar con su primo antes de que fuera tarde.
Lo encontró en la cafetería en la que llevaba encontrándose con él los últimos días. Desde que había dejado de quedar con Rosalie, sus conversaciones eran mucho más frías, pero no le importaba. Sabía que Alec estaba de su lado, a pesar de intentar comprender lo que su padre y sus tíos habían hecho. Quería creer que no eran tan malos, que sus objetivos y sus medios eran los correctos.
- Hola, primo-saludó al sentarse, después de pedir un café-. ¿Qué tal está la rubia?
- Agobiada. Pero hoy va a hablar con Emmett. Va a contarle la verdad. Y tú a mí también.
- ¿A qué te refieres?-preguntó la chica, aparentando estar confusa. No lo estaba. Sabía perfectamente lo que su primo quería saber, y estaba dispuesta a contárselo.
- Ya sabes a qué me refiero. ¿Qué te hicieron?
- Me quitaron mi poder. Ahora soy una chica normal.
- Suena más fácil de lo que parece, después de ver tus… marcas.
- Es muy doloroso-confesó Heidi, y su mirada se oscureció durante un instante-. Creo que nunca podré olvidar aquellas horas. Fueron las peores de mi vida.
- Esto no debería ser así-comentó Alec minutos después de un tenso silencio. Heidi lo miró sin comprender.
- Tu padre no debería hacerte sufrir así. Ni siquiera tus tíos. Se supone que son gente que se preocupa por ti, y no por tu poder.
- ¿No lo entiendes?-preguntó Heidi, incrédula. Ella conocía la historia desde hacía mucho tiempo-. Ellos no son nuestros verdaderos padres. Somos adoptados, Alec.
A pesar de la espera, el capítulo ha sido bastante revelador, ¿no os parece? Por lo menos, está más currado, y es más largo.
Espero todo tipo de comentarios, sugerencias y cualquier cosa que queráis decirme.
Gracias por la paciencia.
Besos
