GLENN
-¡Lo siento!- exclamo a pesar de que el viento se tragaría sus palabras, el automóvil simplemente atravesó la carretera a una velocidad exagerada, dejando atrás humo y conductores enfadados, eso a Glenn Rhee poco le importaba... siempre y cuando no tuvieran su placa y la dirección de su domicilio. Su mayor y único interés en la vida era entregar su última pizza antes de que el límite de 30 minutos se terminara, una tarea difícil y que no cualquier repartidor de pizza podría llevar a cabo en la ciudad de Macon. No, aquella era una tarea para profesionales y por suerte, la adrenalina y él se llevaban bastante bien. -¡Woooho! ¡Woohoho!- como siempre, se dijo a si mismo que tomar la vía sin cámaras era una de las mejores partes de su trabajo, su pie apenas presionaba el freno antes de girar a izquierda y derecha, y si contaba con poco tiempo ya había aprendido de sobra que semáforos podía pasar en luz roja sin causar un accidente, conocimientos que obtuvo mucho antes de ser repartidor. Su época juvenil como ladrón de vehículos había dejado enseñanzas para el Glenn adulto, quien lo diría.
-Pedido de pizza- toco la puerta una y dos veces sin dejar de ver el reloj, faltaban minutos, casi segundos, pero la entrega estaba por realizarse y justo a tiempo. "Otro apasionante día en la vida del grandioso y bien parecido Glenn Rhee" pensó con la sonrisa de un hombre satisfecho y realizado dibujada en su rostro, era un repartidor de pizzas, sí, pero aquel semblante era el de un hombre que amaba lo que hacía y que tenía su vida solucionada. Su actual problema era que nadie abría la condenada puerta, toco de nuevo, de nuevo y cuando se dio cuenta ya habían pasado más de 10 minutos desde su llegada. El rechinar de la puerta fue molesto, pero no más que ver el rostro congestionado del hombre regordete que estaba al otro lado de la puerta. "Una puerta que necesita aceite y un apartamento tan feo como su dueño. Esto no me huele bien" el hombre tenía un chicle en su boca, que mascaba una y otra vez siendo tan ruidoso como la misma entrada de su domicilio, masco y masco, viendo a Glenn en silencio hasta que este lo encontró incomodo -pedido de pizza señor- continuo mascando, pero poco después hablo -llegas tarde. No te voy a pagar nada- había una muy buena razón para entregar las pizzas a tiempo, de fallarse el cliente no tendría que pagar nada, y gratis era una palabra prohibida para cualquier repartidor de pizzas que se respetara -por cierto, ¿eres chino?- los ojos de aquel hombre parecían apagados, desinteresados, Glenn solo quería darle un golpe en el centro del rostro y cobrar el dinero de la pizza, pero claro, existían fuerzas que derrotaban al pensamiento -¿qué? no, señor llevo golpeando desde hace más de diez minutos. Llegue a tiempo, ahora necesito cobrar por la pizza- las próximas palabras del hombre derrotarían a Glenn... -¿Tienes pruebas?-
Así que se encontró poco después en las calles nocturnas de la ciudad, con su frente puesta en el frió metal de su automóvil. Mientras las personas y los vehículos pasaban, él se había detenido a entablar una seria conversación con sus pensamientos. No tenía dinero para pagar esa pizza, diablos, no tenía dinero ni para tanquear el auto, y muy a su pesar, debería gastar parte de la poca gasolina que le quedaba para volver a la pizzería y encontrarse con el rostro furibundo del dueño, quien le había advertido que perder sus ganancias no era opción. Sin un trabajo, como pagaría su domicilio, el mantenimiento de su automóvil y todo el resto de su montaña de deudas, pero más importante aún, como conseguiría que su familia no le reprochara más enérgicamente el haber convertido el trabajo como repartidor en su profesión. No había mirado su celular desde que el día empezó, pero estaba bastante seguro de que entre esos mensajes encontraría a su padre exigiéndole aportar algo del dinero que él y su madre desperdiciaron dándole estudio. Se quitó su gorra verde y blanco varias veces antes de resolver que solo le quedaba pasar por todas sus desgracias lo antes posible.
-¡Ladrón! ¡Que alguien me ayude!- las vociferaciones consiguieron sacar a Glenn de su trance, se dio la vuelta y observo como el hombre regordete que no le había pagado la pizza estaba forcejando con otro hombre por una mochila en su espalda. Pronto entendió que aquel desgraciado estaba siendo asaltado, y aunque hasta hace unos minutos aquella zona de la ciudad estaba siendo transitada, ahora Glenn era el único espectador de la situación. -¡Ayúdame!- ambos, regordete y ladrón, habían soltado más de un alarido en medio de aquel forcejeo, se habían propinado varios golpes y al final, el ladrón consiguió lo que quería, derribar a su víctima y arrebatarle su mochila para después emprender la huida. -¿No vas a hacer nada?- pregunto exaltado y con los ojos ampliamente abiertos desde el suelo, pero Glenn seguía apoyado en su vehículo e incluso, se había cruzado de brazos -lo habría hecho por cinco dólares- Glenn se encogió de hombros e intento imitar la mirada de desinterés que antes había visto, y cuando el contrario se levantó para seguir enérgicamente los pasos del ladrón, Glenn se impulsó hacia adelante y camino hasta el lugar donde el había caído, miro a ambos lados como si fuera a cruzar una calle, se inclinó y recogió la billetera en la que seguramente estaban los 5 dólares que había tenido el descaro de no darle. Rápidamente se dirigió a su auto y una vez adentro finalmente se sintió mal por lo que acababa de hacer. "Pero la necesidad tiene cara de perro, o eso escuche en alguna película" en la billetera había más que suficiente para pagar la pizza, tanquear el vehículo y comprar algo de comer en la gasolinera. No estaba bien, pero parecía mas fácil reprenderse que seguir viendo como la crisis económica que atravesaba se hacía peor.
Tomo lo que necesitaba, arrojo la billetera por la ventana varias calles después y siguió con su vida, conduciendo al ritmo de los Red Hot Chili Peppers.
La pizzería estaba a medio cerrar cuando el llego, freno el auto y observo como Frankie, la cajera del establecimiento, bajaba una a una las cortinas metálicas. Esta misma se detuvo al notar que el había llegado, su rostro se movió hasta dar con un gesto no muy contento, pero Glenn asumió que aquello se debía a que el dinero de sus pizzas la obligaría a abrir de nuevo la caja registradora. Paro la música y se bajó del automóvil, pensando de antemano en decir algo inteligente frente a Frankie, estaba intentando algo con ella desde que llego a la pizzería semanas atrás. En la mente de Glenn eso no estaba saliendo muy bien, y por desgracia tenia razón. -Hola, lamento la tardanza. Como que quería llegar tarde para asegurarme de encontrarte aquí- "estúpido" a Frankie eso no pareció gustarle mucho, pero Glenn era ese tipo de persona que pensaba que lo que diría era perfecto... hasta que lo decía -lo que quiero decir es que quería verte. Lo has pillado, ¿verdad?- "eres un maldito imbécil" -sí, Glenn- la rubia de figura menuda y estatura mediana rodo sus ojos verdes con tanta perfección que Glenn se sintió intimidado por un segundo. -Ah... Bien... y dime... ¿Te gustaría que retomemos ese café que dejamos a medias?- se cruzó de brazos y la miro atentamente a los ojos, con un semblante seguro, tal y como había imaginado que sería durante todo el día. La postura de Glenn le dio a entender a Frankie que hablaba de mucho más que un café, eso consiguió hacerla reír -fue solo un café Glenn, y escucha, eres un chico muy lindo y tierno, me haces reír, pero no veo como conectamos tu y yo- "ahí va, la historia de mi vida, otra chica con la que no tengo nada en común" pensó el de inmediato, pero contrario a eso, se mostró seguro para responder, tanto como pudo -eso es muy importante, tienes razón. De hecho busco lo mismo y tú y yo como que... Bueno, a menos que quieras conocerme más y...- Frankie procuro detenerlo de inmediato -Glenn, no- el asiático decidió reírse de la situación, siguió cruzado de brazos mientras se apoyó en una de las cortinas que ya estaban bajadas, esta cedió ligeramente, lo que estuvo a punto de hacerlo caer. Se recuperó rápidamente y volvió a reír, pero Frankie no hizo lo mismo, de hecho, ya no lo miraba -por cierto, el jefe tiene que hablarte- el dueño del establecimiento, un sujeto alto, moreno y corpulento, normalmente imprudente pero amigable si veía un buen trabajo, apareció por arte de magia, como si hubiera planeado dejarse ver al ser mencionado. Glenn lo recibió con buen semblante, tenía su dinero, y recordaba como buena la última conversación que habían tenido pero además, no veía por ningún lado un rostro de desapruebo. Sin embargo, pronto detallo que había pena y consideración en su mirada, algo que no había visto hasta ese día. Por alguna razón, temió lo peor de inmediato... y minutos después maldeciría no haberse equivocado. -Lo siento- fue todo lo que el jefe pudo decirle a su empleado de años al darle su carta de despido -pero... por...- Glenn estaba lejos de dar crédito a lo que veía -recorte de personal Glenn. Lo siento, puedo recomendarte si lo necesitas- pero al muchacho se le habían ido las palabras hasta las profundidades del cuerpo, se sentía abochornado, enojado, triste, confundido, frustrado, pero fue totalmente incapaz de decir lo que pensaba, y la situación termino en una corta despedida inapropiada pero sobre todo injusta.
En solo una noche, Glenn Rhee se había convertido en un desempleado, rechazado, endeudado y lejos de sentirse bien consigo mismo. Su humilde auto probablemente estaría en venta pronto para darle una solución momentánea al hecho de no tener como pagar su domicilio, pero eso no eliminaba el inminente hecho de que tendría que buscarse un lugar más barato y un trabajo nuevo, por no hablar de que tendría que esconderse de su familia por un tiempo, hasta que se solucionara su situación y tal vez incluso después.
Esa noche, decidió que el poco dinero que le quedaba en los bolsillos lo usaría para emborracharse. Necesitaba un milagro.
