Capítulo 2

Se volvió cuando sintió que la puerta de la cabaña se abría, y vio que Haruka dejaba un montón de bolsas apiladas en el suelo antes de quitarse el abrigo y colgarlo en una percha que había junto a la entrada.

Estaba tan delgada como había supuesto por su cara, y aunque debía de medir poco menos de un metro ochenta, gracias a su complexión fuerte y poderosa parecía mucho más alta. Mientras veía cómo se sacudía la nieve de las botas, pensó que tenía más pinta de corredora de auto que de artista, que aquella mujer parecía encajar mejor al aire libre que en suntuosas mansiones.

A pesar de la ascendencia aristocrática que sabía que ella tenía, la ropa de franela y pana que llevaba conjuntaba a la perfección con aquella rústica cabaña. Ella provenía de un ambiente mucho más modesto, y sin embargo se sentía fuera de lugar en su voluminoso jersey de punto irlandés y su falda de lana hecha a medida.

—Haruka Tenoh —dijo, mientras señalaba con un gesto las paredes—. El golpe debe de haberme dejado confundida antes, porque no he hecho la conexión hasta ahora. Me encanta su trabajo.

—Gracias —dijo ella, antes de levantar dos de las bolsas que había entrado en la casa.

—Deje que le ayu…

—No.

Haruka fue a la cocina sin añadir nada más, y ella se quedó mordiéndose el labio. Sabía que ella no estaba precisamente encantada de tener compañía, pero no había nada que ella pudiera hacer al respecto, y se iría en cuanto fuera razonablemente seguro hacerlo. Hasta entonces... bueno, hasta entonces Haruka Tenoh, la artista más importante de la década, tendría que aguantarse.

Estuvo tentada de sentarse y mantenerse apartada de su camino pasivamente, y en el pasado eso era lo que habría hecho, pero las circunstancias la habían cambiado. La siguió hasta la cocina, que era tan diminuta que pareció quedar abarrotada.

—Al menos deje que le prepare algo para beber —la vieja cocina con dos fogones no parecía demasiado fiable, pero Michiru estaba decidida a ser útil.

Haruka se volvió, y cuando el movimiento hizo que rozara el abultado vientre de la mujer, se sorprendió por la oleada de incomodidad que la recorrió... y por la punzada de fascinación que sintió.

—Aquí tiene el café —masculló, mientras le daba un paquete aún sin empezar.

—¿Tiene una cafetera?

La jarra de cristal estaba en el fregadero, que estaba llena de un agua que en su momento había sido espumosa. Lo había dejado en remojo, para intentar quitar las manchas que habían quedado la última vez que la había usado. Fue a sacarla, pero al volver a toparse con Michiru retrocedió un paso.

—¿Por qué no deja que me ocupe yo? —sugirió ella—. Colocaré la compra y pondré la cafetera, y mientras usted puede llamar para que venga alguien a remolcar mi coche.

—Vale. También hay leche fresca.

—Supongo que no tiene té, ¿no? —sonrió ella.

—No.

—Entonces tomaré un poco de leche, gracias.

Cuando ella salió de la habitación, Michiru empezó a colocar la comida. El espacio era muy reducido, así que no tuvo problemas para decidir dónde iba cada cosa; de hecho, pudo utilizar su propio sistema de organización, ya que al parecer Haruka no tenía ninguno.

Ella apareció en la puerta cuando sólo había vaciado una de las bolsas, y comentó:

—No hay teléfono.

—¿Qué?

—No hay línea, suele pasar cuando hay tormenta.

—Vaya. ¿Suele tardar mucho en arreglarse? —dijo ella, que se había quedado inmóvil con una lata de sopa en la mano.

—Depende. A veces tarda horas, y a veces una semana.

Michiru enarcó una ceja, pero entonces se dio cuenta de que ella estaba hablando en serio.

—Supongo que eso me deja en sus manos, señorita Tenoh.

Ella metió los pulgares en los bolsillos delanteros de sus pantalones, y dijo con calma:

—Entonces, será mejor que me llames Haruka.

Michiru frunció el ceño y bajó la mirada hacia la lata que seguía sosteniendo; cuando las cosas se torcían, uno tenía que intentar mirar el lado positivo.

—¿Quieres un poco de sopa?

—Sí. Iré a... dejar tus cosas en el dormitorio.

Aquella mujer era de armas tomar, decidió Haru mientras llevaba la maleta de ella a su habitación. Aunque ella no era ninguna experta había notado que ella ni siquiera había parpadeado al saber que no había teléfono y que se había quedado incomunicada del resto del mundo junto a ella.

Haruka se miró en el espejo que había sobre su viejo tocador. Que ella supiera, nadie la había considerado inofensiva hasta ese momento. Esbozó una sonrisa traviesa; de hecho, no siempre había sido exactamente inofensiva.

Pero aquella situación era por completo diferente, claro.

Bajo otras circunstancias, seguramente habría disfrutado de algunas saludables fantasías sobre su inesperada invitada. Aquella cara... había algo especial e indefinible en su increíble belleza, sin embargo, aunque no hubiera estado embarazada, las fantasías no habrían ido más allá. Nunca había sido mujer de aventuras ni de líos de una noche, y en ese momento no estaba preparada para tener una relación. Se había mantenido célibe durante los últimos meses, ya que el deseo de pintar la había vuelto a seducir por fin y no necesitaba nada más.

Pero desde un punto de vista práctico, lo cierto era que tenía una invitada, una mujer sola y embarazada, además de muy enigmática. No se le había escapado el hecho de que no había mencionado su apellido, ni le había dado información alguna sobre su identidad o las razones por las que viajaba. Como dudaba que hubiera atracado un banco o que fuera una espía internacional, decidió no presionarla demasiado de momento para conseguir información.

Pero teniendo en cuenta la virulencia de la tormenta y lo aislada que estaba la cabaña, lo más probable era que tuvieran que pasar varios días juntas, así que se prometió descubrir más cosas sobre la serena y misteriosa Michiru.

Mientras contemplaba su propio reflejo difuso en el plato que sostenía en la mano, Michiru se preguntó de nuevo qué iba a hacer en aquellas circunstancias. Estaba atrapada sin poder llegar a Tokio, Chiba o a alguna enorme ciudad lo suficientemente lejos de Kioto donde poder desaparecer. Si no hubiera sentido la necesidad imperiosa de ponerse en marcha esa mañana, si se hubiera quedado en la habitación de aquel pequeño motel otro día más, quizás a esas horas seguiría teniendo algo de control sobre la situación.

Pero no había sido así, y en ese momento se encontraba en aquella cabaña, con una perfecta desconocida. Y además no era una mujer cualquiera, sino Haruka Tenoh, una artista adinerada y respetada que provenía de una familia igualmente adinerada y respetada. Estaba segura de que no la había reconocido, al menos de momento, y se preguntó lo que pasaría cuando Haruka se diera cuenta de quién era ella, y de quién estaba huyendo. Era posible que los Kuo fueran amigos de los Tenoh, y la sola idea hizo que su mano se posara sobre su vientre en un gesto instintivo y protector.

No le quitarían a su hijo. Sin importar el dinero que tuvieran ni lo poderosos que fueran, no iban a poder arrebatárselo, y si estaba en sus manos, jamás lograrían encontrarlos, ni a ella ni a su bebé.

Michiru dejó el plato y se volvió hacia la ventana. Era extraño mirar hacia fuera y no ver nada, y la reconfortaba la idea de que nadie pudiera verla desde el exterior. Estaba escondida tras una cortina de nieve del mundo entero... o casi, se corrigió al pensar de nuevo en Haruka.

Siempre prefería buscar el lado bueno de las cosas cuando no le quedaba otro remedio, así que le dio vueltas a la idea de que a lo mejor la tormenta había sido una bendición. Nadie podría seguirle la pista con aquel tiempo, y dudaba que a alguien se le pasara por la cabeza buscarla en una pequeña cabaña perdida en medio de las montañas. Allí podía sentirse más o menos segura, y decidió aferrarse a ello.

Oyó a Haruka moverse en la habitación de al lado, el ruido de sus pasos en el suelo de madera, y el sonido de un tronco en la chimenea. Después de tantos meses de soledad, incluso el mero sonido de otro ser humano la reconfortaba.

—Señorita Tenoh... ¿Haruka? —se asomó por la puerta, y la vio colocando bien la pantalla protectora que había delante del fuego—. ¿Podrías despejar una mesa?

—¿Para qué?

—Para que podamos comer... sentadas.

—Ah, sí.

Ella volvió a meterse en la cocina, mientras Haruka intentaba pensar en lo que iba a hacer con las pinturas, los pinceles y demás artilugios que cubrían en total desorden la mesa que en su día se había utilizado para comer. Irritada por tener que renunciar a su espacio, fue dejando las cosas por la habitación.

—También he preparado unos bocadillos —dijo Michiru, al volver de la cocina con platos, vasos y cubiertos sobre una bandeja metálica de horno un poco torcida.

Avergonzada y algo nerviosa, Haruka fue hacia ella y se la quitó de las manos.

—No deberías cargar tanto peso —dijo con tono brusco.

Ella enarcó las cejas. Primero sintió sorpresa, ya que nadie la había mimado nunca, y aunque su vida nunca había sido fácil, en los últimos siete meses se había vuelto bastante dura. Después sintió gratitud, y la miró con una sonrisa.

—Gracias, pero soy muy cuidadosa.

—Si eso fuera verdad, estarías en tu cama con las piernas en alto, y no atrapada en la nieve conmigo.

—Es importante hacer ejercicio —dijo, aunque se sentó y dejó que ella pusiera la mesa—.Y también lo es comer —cerró los ojos, y disfrutó del aroma simple y fortificante de la comida—. Espero no haber gastado demasiadas cosas, pero una vez que he empezado, no he podido parar.

—No pasa nada —dijo ella, al agarrar medio bocadillo de queso, beicon y rodajas de tomate. La verdad era que se había acostumbrado a comer de pie en la cocina, y aquella comida caliente preparada sin prisas; sé saboreaba más sentada y con un plato.

—Quiero pagarte por la comida y el alojamiento.

—No hace falta —Haruka tomó una cucharada de sopa de pescado mientras la observaba. La forma en que ella levantaba la barbilla revelaba su orgullo y su fuerza de voluntad, y creaba un interesante contraste con su piel cremosa y su cuello esbelto.

—Te lo agradezco, pero prefiero pagar por lo que recibo.

—Esto no es el Hilton —Haruka se dio cuenta de que ella no llevaba ninguna joya, ni siquiera un anillo—.Tú has cocinado, así que estamos en paz.

Michiru quiso protestar, su orgullo se lo exigía, pero lo cierto era que tenía poco dinero, aparte de los ahorros para el cuidado del bebé que había guardado en el forro de la maleta.

—Muchas gracias —tomó un sorbo de leche, aunque no le gustaba nada, mientras inhalaba el delicioso y prohibido aroma del café—. ¿Llevas mucho tiempo aquí, en Hokkaido?

—Unos seis meses... no, siete.

Aquello le dio algo de esperanza. Por el aspecto de la cabaña, no creía que ella pasara demasiado tiempo leyendo el periódico, y no había visto ninguna televisión.

—Debe de ser un sitio fantástico para pintar.

—De momento sí.

—Cuando he entrado no podía creerlo, he reconocido tu trabajo enseguida. Siempre lo he admirado, de hecho mi… un conocido mío compró varias obras tuyas. Una de ellas era una enorme selva, parecía como si uno pudiera perderse en ella y estar completamente solo.

Haruka recordaba el cuadro, y por extraño que pareciera, le había transmitido la misma sensación. No estaba segura, pero creía que lo había comprado alguien del oeste... de Nara o Kyoto, quizás de Osaka. Si la curiosidad que sentía por aquella mujer no se desvanecía, una simple llamada a su agente bastaría para refrescarle la memoria.

—No has mencionado de dónde vienes.

—No —se limitó a contestar ella.

Aunque su apetito había desaparecido, siguió comiendo. ¿Cómo había podido ser tan tonta como para describirle el cuadro? El comprador había sido Seiya, que simplemente había chasqueado los dedos y había hecho que sus abogados lo compraran en su nombre, porque a ella le había gustado.

—Llevo un tiempo en Sapporo —admitió al fin.

Había vivido allí dos meses, hasta que se había enterado de que los detectives contratados por los Kou estaban investigando discretamente sobre su paradero.

—No pareces de allá —comentó él.

—No, supongo que no. Debe de ser porque he vivido por todo el país —aquello era cierto, y Michiru consiguió sonreír de nuevo—.Tú no eres de Hokkaido.

—Tokio.

—Sí, recuerdo haberlo leído en un artículo sobre tu trabajo y tu vida —decidió hablar sobre ella. Por experiencia, sabía que los mujeres se distraían fácilmente si eran el centro de la conversación—. Siempre he querido visitar Tokio, parece un sitio precioso con la bahía, las casas de la era Edo y la famosa Torre de Tokio... —soltó un grito sofocado, y se tocó el vientre.

—¿Qué pasa?.

—Nada, el niño está un poco inquieto.

Aunque ella volvió a sonreír, Haruka notó que sus ojos tenían sombras de cansancio y que había palidecido otra vez.

—Mira, no tengo ni idea de embarazos, pero el sentido común me dice que deberías estar tumbada.

—La verdad es que estoy cansada. Si no te importa, me gustaría estirarme un rato.

—La cama está allí —Haru se levantó, y como no sabía si ella podría hacerlo por sí sola, le ofreció una mano.

—Lavaré los platos después, si... —su voz se apagó cuando le flaquearon las piernas.

—Espera —Haruka la rodeó con los brazos, y experimentó la extraña y apabullante sensación de notar cómo el bebé se movía contra ella.

—Lo siento. Ha sido un día muy largo, y supongo que me he excedido un poco —Michiru sabía que debería apartarse de ella, pero había algo delicioso en poder apoyarse en el suave y a la vez sólido cuerpo de esa mujer—. Estaré bien después de una siesta.

No se rompió en mil pedazos, como ella había creído al principio, pero parecía tan suave y delicada que Haruka se la imaginó disolviéndose en sus manos. Habría querido reconfortarla, seguir abrazándola y sentirla apoyada contra ella, confiando en ella, necesitándola. Se dijo que era una tonta por pensar así, y la alzó en brazos.

Michiru empezó a protestar, pero se sintió aliviada al poder descansar los pies.

—Debo de pesar una tonelada.

—Eso esperaba, pero la verdad es que no.

Ella se echó a reír, a pesar de lo exhausta que estaba.

—Eres toda una galán, Haruka.

Ella sintió que su incomodidad se iba desvaneciendo mientras la llevaba al dormitorio.

—No suelo flirtear con mujeres embarazadas.

—No te preocupes, te has redimido al salvar a ésta de una tormenta de nieve —con los ojos cerrados, Michiru sintió que la dejaba sobre una cama. Quizás no fuera más que un colchón y una sábana arrugada, pero se sintió en el paraíso—. Haruka, muchas gracias.

—Estás diciendo eso cada cinco minutos —la cubrió con un edredón que había visto tiempos mejores, y añadió—: si de verdad quieres darme las gracias, duérmete y no te pongas de parto.

—Vale. ¿Haru...?

—¿Qué?

—¿Seguirás comprobando si ha vuelto la línea del teléfono?

—Sí —ella estaba casi dormida, y Haruka sintió una punzada de culpabilidad por presionarla estando tan vulnerable, ya que en ese momento no parecía capaz ni de espantar a una mosca, pero aun así no pudo evitar preguntarle—: ¿quieres que llame a alguien por ti?, ¿a tu marido?

Michiru abrió los ojos. Aunque estaban nublados de cansancio, la miró con expresión seria y ella se dio cuenta de que aún seguía más que alerta.

—No estoy casada —dijo ella con claridad diáfana—. No hay nadie a quien llamar.


Nota de la Autora:

Bueno, otro capitulo que espero les guste. Recibo todo tipo de comentarios excepto propuestas de matrimonio pues ya tengo a mi novia con quien me casare pronto, asi que espero algunas palabras de ustedes.

Un beso a todos y pronto con otro capitulo.

Me despido con mi espada y mi alma