Capítulo 03
Le dejó tres frutas y verduras más sobre el borde y apartó el carro. Aquella herida cada vez se pondría peor pero él no volvería a comentarlo. Cuando el sireno no pudiera más acabaría cediendo y pidiendo ayuda y Sherlock ya tenía algo pensado para ese momento. Salió de la sala mirándole por última vez.
Montgomery se había quedado medio dormido en la silla, pero cuando oyó la puerta abrirse se despertó de un brinco.
—Doctor Holmes —dijo frotándose los ojos —. Hoy parece que ha sido más difícil...
— Por supuesto que ha sido más difícil. Le he obligado a estar rodeado de humanos haciendo ruidos y molestando. Y, al entender el inglés, también ha escuchado los maravillosos comentarios de los operarios— le fulminó con la mirada—. El tener agua de mar le ha tranquilizado y contentado, pero aún tengo que curarle el brazo... Bueno, por hoy hemos hecho bastantes avances.
—¿Como pretende acercarse a curarle sin que le muerda?
— Tiene el hombro infectado y ha perdido parte de movilidad en el brazo por eso. El agua de mar le sentará bien pero la herida se pondrá peor, tarde o temprano sabrá que la única opción de sobrevivir es con mi ayuda.
—Está muy seguro de sí mismo Doctor Holmes...
— Usted me llamó porque soy la única persona que puede ayudarle con esta criatura, así que déjeme trabajar como yo quiera. Si me muerde es mi problema— se cruzó de brazos enfadándose.
—Señor esa criatura es muy peligrosa, ha matado a dos personas y no puede fiarse completamente de ella. Solo estoy preocupado por seguridad.
— Y me lo dice usted que es tan incompetente que han muerto dos personas y otras tantas han resultado heridas bajo sus órdenes. Yo trabajo a mi manera. Le mandaré el informe esta noche— se giró y salió del laboratorio indignado.
¿Cómo se atrevía a darle consejos? ¿A Sherlock Holmes? Llegó al piso enfadado y se fumó un paquete entero para relajarse recordando todo lo ocurrido durante el día.
El sireno le entendía y sabía hacerse entender pero ¿sabría él hablar? Aunque se entendían con gestos, todo tenía un límite. Llegaría un momento en el que no entendería lo que la criatura le quería decir. Lo que no se sacaba de la cabeza era el tacto de la aleta de su cola. Aun podía sentirla en la mano, tan escurridiza pero suave a la vez. Aquello solo le incrementó el deseo de tocar sus escamas, la piel de sus brazos, ¿sería rasposa, dura?
Escribió el informe por la tarde. Pronto le dejaría acercarse a él y eso solo le hacía ponerse nervioso y sentir un cosquilleo en su estómago.
El estado de ánimo del sireno mejoró enormemente gracias la nueva agua que le habían puesto. Había nadado y comido lo que Sherlock le había dejado en el borde. Durante la noche, se salió completamente del agua y se tumbó cuan largo era en el borde a dormir. Se sentía incómodo. Casi parecía que había tenido un poco de fiebre a causa de la herida, pero intento no hacerle caso. Por la mañana se tendió bocarriba mirando el techo. Anhelaba los rayos del sol. Sentirse cálido. Metió la mano derecha en el agua y la comenzó a mover con cuidado. Mirando las luces. Quería salir de allí, regresar a casa. Quizás unirse al resto. Suspiró y se acarició el vientre lentamente con la mano izquierda. Las articulaciones de la muñeca comenzaban a dolerle.
Sherlock pasó el chequeo rutinario y corrió hacia la puerta. Cuando entró sin hacer ruido se encontró al sireno descansando en el borde del tanque pero siempre con alguna parte de su cuerpo metida en el agua, esta vez la mano.
Carraspeó ligeramente para que notara su presencia, aún lejos de él para que no se asustara.
El sireno abrió los ojos y le miro. Emitió un suave chillido para darle a entender de qué lo había visto y que le parecía bien que estuviera allí. No cambio la posición, pero no dejo de mirarle. Vigilándole.
Sherlock se acercó lentamente. Empezaba a distinguir los distintos tipos de chillidos que daba, a veces enfadados y amenazantes y otras veces suaves simplemente para responderle. El hombro no tenía mejor estado que el día anterior. Vio que se había comido todo y que había dejado los huesos y cáscaras sobre el borde. Se terminó de acercar y los cogió dejándolas en el carro de comida ya vacío junto a otro nuevo que estaba lleno.
El sireno chillo suavemente para captar la atención de Sherlock y luego señaló al techo con su mano derecha antes de meterla en el agua de nuevo.
Sherlock le entendió al instante.
— Sé que quieres tener luz natural, el Sol, pero no puedo concederte ese deseo. Aquí estás seguro, si alguien te viera irían a por ti. Puedo instalar lámparas que te den calor pero nada más.
La criatura bufó y se encogió de hombros antes dejarse caer a la piscina. Si podía obtener calor aunque fuera de esa manera... Algo era algo. Miro a Sherlock desde debajo del agua y asintió.
Sherlock sonrió. Poco a poco iban cogiendo confianza el uno del otro.
Sherlock miró su hombro de cerca y frunció el ceño visiblemente para que el sireno lo notara.
En su respuesta la criatura le enseño los dientes y se alejó. No iba a dejar que humano le tocara. Era peligroso.
El biólogo suspiró y se alejó de la piscina. Se sentó en una de las sillas y sacó un cuaderno y un lápiz de su maletín. No había mesas así que se tuvo que apoyar en las rodillas. Comenzó a escribir rápidamente y a hacer pequeños bocetos de las diferentes partes del cuerpo del sireno, tomando notas de cada mínimo detalle que había visto en él.
El sireno se quedó mirándole largo rato. Su rostro anguloso y con los pómulos tan marcados eran perfectos. Sus ojos claros parecían dar frialdad y superioridad, pero también escondía aquella fascinación que tenían todos por su trabajo. Su delgadez no parecía deliberada, era su constitución. Sus largos dedos apretaban el bolígrafo que se movía por el papel. Sonrió. Era igual que los otros humanos pero a su vez parecía diferente a ellos... Se mantuvo bajo el agua en el centro del estanque. Bocabajo, mirándole.
Sherlock levantó la vista y se cruzó con la de la criatura. Cada vez que ocurría aquello tenía que controlarse por no sonreír estúpidamente.
Los ojos del sireno eran de un azul oscuro y parecían amables cuando no tenía una expresión amenazante. Se preguntó cuántos años tendría, cuantos años podía vivir un ser como él, si habría otros como él o si era el último que quedaba con vida. Tenía tantas preguntas...
Se quedó mirando como la cola se movía de lado a lado detrás de él para mantenerse en el agua. Le había visto saltar de la piscina pequeña al agua por lo que tendría que tener una fuerza descomunal en ella.
El sireno sonrió y dejo escapar de sus labios una onda que reboto contra el cristal haciéndolo vibrar.
El doctor le miró sorprendido y dejó el cuaderno en el suelo. Se acercó hasta el cristal y puso la palma de la mano sobre este sin dejar de mirarle.
El sireno se acercó a él y se sentó en el fondo. Mirándole fijamente. Miro sus dedos y alzo la mano, abrió la palma y la apoyó contra el cristal, frente a la de Sherlock. Un calor se extendió desde su mano hasta el cristal, calor que estaba provocando la criatura. Ladeo lentamente la cabeza conforme el calor se hacía más intenso.
Sherlock se sorprendió y alarmó cuando notó como el cristal aumentaba de temperatura. ¿Qué clase de poderes poseía la criatura? Retiró la mano siseando porque finalmente se había quemado.
El sireno aparto la mano y le dirigió una sonrisita antes de apartarse de allí.
Sherlock se frotó la mano varias veces para tratar de calmarla. Le miró con ojos asustados sin comprender que acababa de pasar. Le vio alejarse y no pudo leer nada en el que le dijera que estaba pasando. Sin duda alguna, el sireno sabía lo que pasaba, le había hecho algo a Sherlock y este no sabía el qué. Recogió sus cosas y tras dejarle comida como hacía habitualmente, salió poniendo su expresión neutra, no le contaría a Montgomery nada sobre que la criatura podría poseer algún poder.
El sireno se sentó en el fondo y miro su mano. La acaricio cuidadosamente. Solo sabía algo de ese hombre. Su nombre. Montgomery estaba hablando por teléfono cuando Sherlock salió.
—Vale. Muchas Gracias. Adiós —susurro y colgó, se froto los ojos y miro a Sherlock —. ¿Cómo fue hoy?
— Echa de menos el Sol, hay que colocar lámparas que le den algo de calor— contestó con el tono de voz que utilizaba con todo el mundo.
—No creo que eso sea buena idea. Si se le cruzan los cables puede provocar un cortocircuito...
— Las lámparas están alejadas del agua. Le explicaré los riesgos que hay en tocarlas. Mire, estoy a punto de conseguir que confíe en mí. Cuanto más cómodo se sienta, más podré acercarme a él— le habló como si fuera a un niño.
—Tiene que avanzar, nos está costando millones y vidas humanas y no hemos obtenido nada —le dijo mientras apuntaba en un papel lo que necesitaba.
— No es mi culpa si le está costando tanto tiempo en confiar en un humano. Le recuerdo que ha sido usted el que le ha asustado, Montgomery.
El nombrado soltó un bufido.
—Mañana estarán las lámparas. Yo no mañana no estaré aquí, ¿podrá apañárselas con los ayudantes?
— He tratado con operarios más incompetentes, no será un problema. Pero como se les ocurra volver a insultarle, les tiro yo mismos al agua.
—Nunca hemos visto una criatura así, todo es diferente... —dijo Montgomery —. ¿Cómo le llamamos? ¿Criatura? ¿Sireno? ¿Le ponemos nombre?
— No hay que ponerle ningún nombre. No es una mascota, es un espécimen a estudiar— le cortó Sherlock.
—Está bien... Mañana tendrá las lámparas —le dijo y se fue de la sala colándose por otra puerta que daba a una pequeña salita en la que había varios becarios.
Sherlock regresó a su piso. Ese informe fue corto y conciso, expresando solo el sentimiento de querer estar bajo el sol del sireno y el empeoramiento de su hombro. No comentó nada de lo que pasó después.
Estuvo toda la noche pensando en eso, en el calor que salió de cuerpo y que atravesó el cristal. Buscó información en internet pero, por supuesto, solo había cuentos y leyendas falsas. Montgomery también tenía razón, no podía seguir llamándole 'sireno' o 'criatura'. Llamarle por un nombre haría las cosas mucho más íntimas pero ¿qué nombre ponerle? Quizá él ya tenía uno, al día siguiente probaría suerte.
Para aquel ser, la noche no mejoro su situación. Su rostro comenzó a ponerse pálido y sus labios temblaban ligeramente. La fiebre era alta y el brazo seguía doliéndole cada vez más. No podía cerrar el puño y a penas mover los dedos de la mano. Solo comió un poco de lo que le habían dejado y se había sentado en una esquina en el fondo. Apoyado contra el cristal. Si iba a morir, quería hacerlo ya. Quizás pudieran trasladar su cadáver al mar y pudrirse allí.
Sherlock prefirió pasar solo antes de que entrara el personal para comprobar que todo iba bien. Sintió como su estómago se contrajo al verle hecho un ovillo en el final del tanque. Tenía que curarle y tenía que hacerlo ya. Dejó pasar a los operarios gritándoles que fueran lo más rápidos y silenciosos posibles. Además de las lámparas montaron un pequeño andamio para que Sherlock pudiera subir hasta la superficie del agua.
Cuando las lámparas estuvieron instaladas algo alejadas del agua para evitar problemas, las encendió. Subió hasta arriba del todo y se sentó extendió un brazo hacia el aire sintiendo como el calor que emanaba de las luces hacía efecto.
— Mira, sal del agua, hace calor— sonrió amablemente al sireno que seguía en el fondo del tanque.
El sireno no se movió, ni presto atención a lo que hacían. Se acarició la aleta del brazo izquierdo que se estaba poniendo pálida. Al ver la repentina claridad del agua alzo la cabeza y miro las lámparas.
— Ven, se está caliente. No es como los rayos del Sol pero se está bien— metió una mano en el agua haciendo pequeñas ondas para tranquilizar al híbrido.
El sireno se movió con dificultad. Nado hasta la superficie y asomo la cabeza. Miro directamente a la luz y cerró los ojos.
— Tienes que tener cuidado. No se pueden mojar ni tocar, ¿entiendes? Podría ser muy peligroso si eso pasara— siguió moviendo la mano dentro del agua dibujando eses y sin apartar la vista de él.
La criatura se tendió y floto en el agua bajo las luces. La sensación era cálida. Giro lentamente la cabeza y miro a Sherlock.
Sherlock ladeó la cabeza para mirarle mejor. Ahora podía ver su cuerpo a la perfección. Las escamas húmedas reflejaban la luz y casi parecía que brillaban. Claramente la criatura estaba sufriendo, su hombro estaba tan mal que no entendía cómo podía seguir sin aceptar su ayuda.
El sireno frunció el entrecejo y abrió la boca.
—Sherlock —fue lo único que le dijo antes de volver a cerrarla.
