Ellos lo están haciendo otra vez.
Siento la amargura en mi paladar producto del potente aroma que mi hermana despide, gracias a esas palabras desagradables.
Inspiro hondo, esforzándome por mantener la compostura, pero cuando escucho el claro adjetivo de "cosa", no puedo más.
Obviando el factor de que solo quedan dos personas para nuestro turno en la fila, rompo formación, mi hermana haciendo un vano y tardío intento por retenerme.
El grupito de personas no deja de parlotear incluso cuando me planto frente a ellos.
—Disculpen —empiezo, en inglés—, sus comentarios ponen nerviosa a mi hermana.
El cuarteto de sujetos me mira de arriba abajo, entrecerrando los ojos.
—Eres un beta— suelta el único castaño, en un ingles masticado.
—Esa es una observación aguda —declaro, irónico—, lo soy, del mismo modo que sucede con todos ustedes.
Uno de los dos rubios, el que tiene los ojos pardos, se adelanta.
—Yo soy omega —indica, frunciendo el ceño.
No necesito darle una segunda mirada para saber que miente.
—Eso es bastante extraño —informo—, ¿por casualidad habrás mezclado los supresores de olor reglamentarios con algún otro de marca privada? —enarco las cejas—, tu olor es tan débil que apenas si lo siento. Sería una lástima que un omega tan bonito sufriera complicaciones con la llegada de su segundo celo del año.
El falso omega se ha quedado helado. Mira a sus compañeros en busca de apoyo pero, por supuesto, ellos están tanto o más perdidos que el rubio de oscuros orbes.
—Mira —hablo una vez más—, sea quien sea que te dio ese consejo, no te aprecia—, extraigo una de mis tarjetas de presentación del interior de mi bolsillo derecho y se la tiendo—, siéntete libre de llamarme si acaso decidieras proseguir con esa mala elección y me aseguraré de que los irresponsables que te permitieron comprar supresores sin prescripción médica se refundan en la cárcel por al menos un par de décadas.
El castaño, el pelinegro y el otro rubio de ojos claros observan a su compañero dudar, solo para aceptar la tarjeta que le ofrezco.
—O —agrego, sonriendo—, pueden dejar de portarse como unos descerebrados e ir con su actitud pestilente a otro lugar, a menos que deseen ser ustedes quienes acaben en prisión—, me miran incrédulos, procesando mis palabras—, que tengan un buen día, caballeros —finalizo, girando sobre mis talones y volviendo junto a mi hermana mayor.
—Yuuri —Mari me lanza una mirada de reproche, pero toda ella está relajada y su aroma dulzón y levemente picante me deja saber que está contenta y ligeramente divertida—, ¿qué voy a hacer contigo, hermanito?
—Ayudarme a cargar las bolsas con las compras —le sonrío—por favor.
Nuestro turno acaba de llegar.
El cajero me mira con algo semejante a admiración y yo asiento en su dirección.
Ninguno de los cuatro hombres vuelven a molestar.
