Resulta que mi habitación es la 307 mientras que la de Yuuri y su hermana es la 407. Es tan inesperado como bienvenido, por lo menos en mi caso.
Ver a Yuuri controlar tan bien a su hermana mayor, pese a ella encontrarse en el estado de descontrol en el que estaba, definitivamente fue el último ladrillo a la torre de interés que se empezó a formar a rápida construcción desde el minuto en que lo elegí como mi salida de emergencia.
Me quito el saco, me lavo la cara y subo al cuarto piso a ver en qué estado se encuentra la hermana de Yuuri.
Yuuri abre la puerta y me doy con la sorpresa de que ya se ha vendado la herida, y de que usa lentes: unas gafas de montura azul que le van bastante bien.
—Oh, eres tú.
Enarco las cejas.
—¿Disculpa? —no oculto la ofensa en mi voz, ni siquiera tengo que fingirla. Nunca nadie, además de Yuri... Oh, ahora conozco a dos Yuris. Uno rubio de ojos verdes y de dieciséis años. Y otro pelinegro, ojos cafés y... edad desconocida—. Nunca nadie me había hablado así —reniego—, y yo que me preocupo por tu hermana y por ti.
Yuuri se encoge un poco y se hace a un lado.
—Lo lamento, no quise decirlo así. Pedí unos analgésicos a recepción y pensé que era la persona encargada de traerlos.
Asiento. Y luego ingreso en la habitación.
Los inhibidores de olor que hay en cada habitación funcionan perfectamente. No hay ni rastro del olor de Mari, tampoco del de Yuuri.
Un bulto bajo las mantas que debe ser Mari Katsuki descansa inerte. Es bien sabido que ante una explosión repentina del control alfa las energías quedan prácticamente en cero y lo único que queda es dormir.
Nunca me ha pasado, pero he oído y leído sobre varios casos.
Es uno de los factores por los cuales nos tienen tanta desconfianza a los alfas.
