Yuuri y yo comemos en silencio.

Él no me mira ni una vez, reviso muchas veces.

Parece ausente, pero come sin problemas y ni una pizca de comida acaba fuera de su boca. Casi parece un robot en lugar de un ser humano.

Un androide. Eso.

—¿Ocurre algo?

Me erizo. Su voz es suave y tiene el toque preciso de interrogante.

Entrecierro los ojos y me animo a pellizcarlo.

Me mira, sorprendido.

Esos no son los ojos de un robot.

—¿Por qué hiciste eso?

—¿Por qué no lo hiciste tú?

—No se responden las preguntas con otras preguntas.

Sonrío.

—Acabo de hacerlo.

Chasquea la lengua.

No respondo a su pregunta ni él a la mía.