De entre todas las cosas, lo último que me espero es que Yakov me suelte la noticia de que Yuri, Yuri Plisetsky, fue quien despertó la noche anterior en el banquete.

Yuri Plisetsky es un omega, ni más ni menos.

Un. Omega.

Tuvo suerte.

Su club de fans celebrará alrededor del mundo.

Yuri Plisetsky resultó bendecido como un lindo omega. Y no como una bestia potencialmente peligrosa, no como un alfa inconsciente.

—Ya veo —declaro—, felicítalo de mi parte, por favor.

Yakov Feltsman, el hombre que ha sido mi entrenador desde mis más tiernos años hasta la actualidad, el hombre que se quebró cuando resulté siendo un alfa en lugar de un omega como se vaticinaba, el hombre que me consoló pese a que yo no veía nada de malo con mi condición, el hombre que me protegió de todo el odio que amenazó con aplastarme, el hombre gracias al que levanté muy en alto la cabeza y demostré que solo por ser un alfa no era menos disciplinado a la hora de competir, el hombre que celebró a viva voz todos y cada uno de mis triunfos, el mismo hombre al que quiero como a un segundo padre... asiente y me abraza.

Lo abrazo de regreso y, tras un largo suspiro, le digo junto al oído.

—Voy a tomarme un año fuera de las pistas—, su mirada asombrada me hace sonreír—, necesito reinventarme.

Espero el grito de protesta que no llega.

Me mira muy serio y asiente por segunda vez.

—No dejes de ejercitarte.

—No lo haré. Gracias, Yakov.

—Cuídate, Vitya.

Sonrío.

—Siempre.