Yuuri no se quita los lentes de montura en esta ocasión, cosa rara. Aunque sí que lleva el cabello peinado hacia atrás.
No lo veía de este modo desde hacía años.
Recordar al viejo Yuuri me pone nostálgica y mi olor me delata, porque estamos en el pasillo y ya los inhibidores no ocultan nada.
—Lo sé —nos detenemos frente al elevador a esperar a que se abra—, el yo de quince años era mejor.
—No —salto, frunciendo el ceño—, no mejor, Yuuri. Esa no es en absoluto la palabra correcta.
Tensa la mandíbula y traga saliva.
—¿Entonces cuál es la palabra?
No lo dudo.
—Inocente.
Yuuri se ríe y lo siento relajarse.
Su olor a chocolate me tranquiliza y nos adentramos en el elevador apenas llega.
Solo nosotros dos.
