Yuuri me dice que me verá para la cena y no necesito de más explicaciones.
Tomamos taxis distintos y cada uno de dirige a su destino.
Al llegar a casa, anuncio mi llegada y papá aparece poco después, lanzándose a mis brazos mientras me da la bienvenida y lo abrazo con fuerza de regreso.
Mientras empiezo a contarle lo bien que nos fue, imagino a Yuuri llegando al hospital central, saludando con una pequeña sonrisa a las enfermeras que lo conocen desde pequeño, a los doctores, a los pacientes que ve por los pasillos, todo para que la diminuta expresión se quiebre en cuanto sus ojos se posen sobre nuestra madre, postrada en una camilla desde hace casi una década.
En coma por culpa de unos omegas.
.
.
.
.
.
.
.
Fin de la primera parte
