Abandono la habitación del alfa tras un largo baño de agua caliente.
El aroma de Viktor no me dejará tranquilo hasta que me aleje por lo menos durante un año, calculando por lo bajo.
Refunfuño bajo mi aliento por el ligero dolor de cadera. El tipo no es bruto, de hecho, a menos que se lo haga saber a través de acciones, se toma su tiempo; pero cuando lo presiono demasiado...
Mari bien me contó que los alfas mayormente actúan en base a provocaciones. El saltar a atacar solo porque sí es tan raro como que metan a un omega a prisión.
Mi hermana me recibe con una gran sonrisa, olfatea mi rostro y se echa a reír, porque he enrojecido y estoy consciente de ello.
—Ay, hermanito —niega con la cabeza y se ríe más fuerte—, podrás engañarlos a todos, pero no a mí —me mira fijamente a los ojos—, tu cuerpo lo necesita.
Frunzo el ceño.
No respondo.
—¿Te llenó mucho?
—Demasiado.
Mari ladea la cabeza.
—¿Sí estás tomando las pastillas del día siguiente?
Enarco una ceja en su dirección.
—¡Oye! —protesta ella—, después no te quejes si resultas preñado —parpadea—, aunque... ¿quién no querría tener un cachorro con ese hombre?
—Yo —ruedo los ojos—, ¿podemos cambiar de tema?
—Claro —Mari se muerde el pulgar—, ¿cómo fue la reunión?
Me relajo.
—De maravilla.
