Mari gruñe cuando hago mención de nuestra única socia femenina.

—¿Qué? —pregunto.

Mi hermana resopla y me mira feo.

—Nada, es cosa de alfas.

La miro ofendido.

—Yuuri —gime, porque de verdad no desea explicarse. Pero no tengo más opción que presionarla.

Gruñe por segunda vez y se deja caer bocabajo sobre la cama, solo para girar a los segundos y sisear.

Me río y eso la ayuda a relajarse.

—Es una zorra —suelta al fin, para mi sorpresa—, no, una víbora—, parpadeo en su dirección—, no es peligrosa... Es normal que ninguno de ustedes, hombres, lo note, pero ella hiede—arruga la nariz—, siempre a una persona diferente.

Clavo mi mirada en mi muñeca derecha, en ese lugar en donde los colmillos ligeramente más grandes que el promedio de mi hermana dejaron marca y frunzo el ceño.

—No hablo de marcas o de lazos —explica ella—, tú y yo compartimos sangre. Es muy diferente si alguien, por ejemplo, Viktor —entrecierro los ojos en su dirección, pero ya lo ha dicho—, muerde cualquier parte de tu cuerpo con la fuerza suficiente para desgarrar la piel y su saliva entra en contacto con tu sangre. Si eso ocurriera...

—Sería como si me reclamara, incluso cuando no soy un omega —termino en su lugar—, me lo has repetido desde que tenía doce, Mari.

—Y jamás podías recordar cómo terminaba —sonríe ella—, estoy orgullosa de mi niño.

Enarco las cejas, esas últimas palabras golpeando mi lado sensible.

Mari lo nota y tira de mí para poder abrazarme.

Extraño a mamá.