No me gusta un ápice la forma en que un par de omegas me miran.

No estoy gordo. Ya no.

Me sometí a una rigurosa dieta tan pronto como pisé suelo norteamericano y mi peso apenas si ha variado desde entonces.

Pero las miradas de los omegas no son de aprecio y eso me molesta.

Mari consigue que lo ignore, lanzándoles una mirada fría a los desconocidos y logrando de ese modo que se agazapen juntos.

Contengo la risa apenas y dejo que mi hermana me rodee con un brazo por los hombros.

Llegamos al último piso y mi buen ánimo se esfuma tan pronto como el inconfundible olor de Nikiforov me golpea la nariz.

Claro que Mari solo no me deja ir.