Observo sin disimulo a Mari Katsuki arrastrar a su hermano a la silla junto a la que dejé mi toalla, y obligarlo a detenerse.

Yuuri arruga la nariz, resopla y le dice cosas que no llego a escuchar y, aún si pudiera, no entendería nada. Apenas si sé japonés.

Sea como sea, Mari gana. Le arrebata la toalla a su hermano, la acomoda sobre el asiento, se quita el pareo amarrado a su cintura, los lentes, hace que su hermano se quite los de contacto por igual y tira de él hacia la piscina, lanzándolo en lugar de saltar junto a él.

Me río brevemente y me sumerjo, buceando hacia donde Yuuri ha caído.

Espero hasta que emerge del agua para rodearlo por las piernas, agitándome para que pierda el equilibrio y vuelva a sumergirse.

Mientras su hermana se lanza al agua a nuestro lado, saludo sonriente a mi socio bajo el agua y le guiño un ojo.

Yuuri pone mala cara y regresa a la superficie.

Comparto una mirada con Mari y ella me anima elevando los pulgares.

Asiento y ambos subimos por igual.