Observo a mi hermanito cabecear por largos minutos hasta que por fin cede y se entrega a brazos de Morfeo.
Acaricio su mejilla con mi pulgar y le quito el teléfono celular antes de que lo deje caer.
Yuuri puede llegar a ser terriblemente descuidado con respecto a su salud, siempre que se fija una meta no para hasta alcanzarla, le cueste los desvelos y la mala alimentación que le cueste.
No puedo evitar pensar que, si llegase a quedar embarazado, mi padre, Viktor y yo tendríamos que esconder todo su equipo de trabajo hasta que diera a luz, quizá incluso hasta tendríamos que encerrarlo en su habitación, aún si toda su ira recaería sobre nosotros eventualmente.
Confío en que Viktor podría calmarlo.
Yuuri no es un omega, así que esa es justo la palabra a emplear: calmar.
No "someterlo", no "controlarlo" ni nada semejante. Solo calmarlo, tranquilizarlo.
No sé nada de los embarazos en betas, ni masculinos ni femeninos, salvo que son tan raros como un alfa presidente.
Mi madre es una alfa y mi padre un beta. Ellos decidieron que mamá tendría a los cachorros desde un inicio y así se dio.
Yo, al haber sido la primera, era muy propensa a despertar como una alfa. Ellos me explicaron desde muy chica las razones del rechazo hacia ese segundo género.
Lo entendí, me enfadé, deseé despertar como omega para que me facilitara el gritar en contra de toda aquella injusticia... Y salté de júbilo cuando resulté siendo una alfa de todos modos.
Jamás me he avergonzado de mi naturaleza, muy por el contrario.
Sin embargo, cuando Yuuri llegó al mundo, oré mucho porque él no despertara con mi misma condición.
El alivio nos cubrió con su manto en el cumpleaños número doce de mi hermanito.
Celebramos, comimos pastel y mucho katsudon: tazón de cerdo, el platillo favorito de Yuuri desde siempre.
El mismo platillo que se juró no volver a probar hasta conseguir su cometido.
Estamos cada vez más cerca.
Debemos tener éxito.
