En cuanto abro la puerta de mi departamento, mi perro me salta encima, entusiasmado, contento y vigoroso pese a su ya avanzada edad.

Me acuclillo para abrazarlo y permito que me llene el rostro de húmedos besos, sacudiendo sus orejas con amor.

—Bienvenido de vuelta a casa, Viktor.

Elevo la mirada y sonrío a la mujer pelirroja de ojos azules.

—Mila, gracias por cuidar tan bien de Makkachin.

Mila Babicheva tiene dieciocho años, y es alfa al igual que yo. La conozco desde que era una pequeña niña de tan solo nueve años. Ella también es patinadora artística profesional, buena amiga de Yuri Plisetsky y la segunda mejor patinadora femenina a nivel mundial. Además, ama a los animales, mucho más que a la gran mayoría de personas, como ella misma suele decir.

—Ya sabes que es un placer —se acerca y me tiende una mano para que me levante—, tu departamento es ridículamente acogedor, incluso cuando apesta a ti.

Suelto una risotada y ella sonríe más.

—Y, bueno... —enarco una ceja, sabiendo lo que dirá—, no solo a ti. ~

Me toca sonreír de medio lado.

—Así que finalmente lo encontraste.

—¡Lo sabía! —los ojos de Mila brillan, hambrientos de información—, ¡cuéntamelo todo!

—¿Incluso los detalles sucios?

—¿¡Te acostaste con ella!?

Me río como loco.

—¿Y quién dijo que era una ella?

Mila tira de mí con violencia hacia el sofá, Makkachin tras de nosotros.

—¡Los detalles sucios son vitales!

Niego con la cabeza, más divertido imposible.

Siempre olvido que esta chica es una pequeña pervertida.