Capítulo 8 El inframundo

Esa noche Meg se levanto con cuidado sin despertar a Hércules y salió de la casa en silencio en dirección a los establos donde estaba Pegaso.

Era una noche fría, cada vez estaba más cercano el invierno. Al abrir la puerta Pegas levantó la cabeza y la miró con curiosidad.

Pegaso, chico, tenemos que irnos. Tengo que ir a Delfos, Hércules está muy enfermo y me temo que solo el consejo a la Profetisa sea capaz de salvarlo.

Pegaso asintió con la cabeza y acaricio con su hocico la mejilla de Meg.

El viaje no fue sencillo, pese a la destreza de Pegaso el viento de frío se le calaba en los huesos, pero tenía que seguir adelante. Tras unas horas de vuelo llegaron hasta la alta meseta del parnaso, un poco más allá se hallaba el asiento de Delfos. Un lugar montañoso próximo al mar.

Ascendieron por la montaña y divisaron un majestuoso templo, habían llegado a su destino, el Templo del Oráculo.

Descendieron a la puerta y se internaron en su interior. Toda la estancia estaba inundada por unos vapores y había muy poca iluminación, solo algunos pebeteros iluminaban toda estancia. Al fondo pudo observar el reflejo de una mujer sentada, tenía los ojos cerrados.

Meg fue acercándose hasta quedar enfrente de la mujer, entonces se arrodillo en frente de ella.

De repente una voz resonó por toda la estancia:

Bienvenida a al templo de los oráculos Meg.

Meg se estremeció, aunque no debía sorprenderse. Eran los videntes más famosos de toda Grecia.

Gracias… quería preguntar …

Sabemos lo que quieres preguntar Meg. Tienes que saber que lo que buscas tiene sus riesgos...

Correré ese riesgo si hace falta. – Contesto Meg con valentía

Un vapor surgió del suelo bajo la profetisa y se introdujo por su nariz. De repente, como si algo la poseyera, empezó a sacudirse como si estuviera luchando con algo… Tiraba de sus prendas, gritaba… y de repente se calmo. Adopto una postura majestuosa y, con los ojos en blanco, empezó a recitar unas palabras proféticas con voz grave:

Allí donde acaba la luz y solo queda oscuridad… donde los ríos fluyen de muerte y dolor, donde no hay esperanza… es donde la salvación encontraras…

La mujer bajo la cabeza y cayó sobre el asiento, cuando volvió a levantar la cara su mirada era normal y ya no había rastro del humo ni de la voz.

Meg, estaba blanca, asustada. Trato de componerse y se acerco a la mujer. La costumbre dictaba que había que entregar una ofrenda al templo. Cuando acerco la mano con la bolsa de monedas la mujer la agarró de repente…

Meg pudo ver algo, sangre, dolor, gritos, llantos de bebé… imágenes borrosas que pasaban rápidamente sobre sus ojos. El oráculo compartía una visión, pero era demasiado, muchas imágenes, mucha información, mucho dolor… todo se fundió en una negrura…

Meg despertó en el suelo. Sola. No había rastro de la profetisa. Recogió sus cosas se dirigió al exterior tan rápido como pudo ¿Que era aquello que la profetisa le habría mostrado?

Pegaso la estaba esperando y la recibió con un relincho. La mente de Meg volvió a lo dicho en la profecía:

"Donde acaba la luz y solo queda oscuridad…"

"Donde los ríos fluyen de muerte y dolor"

Donde acaba la luz ... – Dijo Meg mirando a Pegaso – Bajo tierra, claro está.

Pegaso dio un silbido de aprobación y luego empezó hacer señas como si quisiera decir algo.

¿Qué dices Pegaso?– Meg intento interpretar lo que el animal quería decirle. - Bajo tierra… muerto… más despacio… El… ¿el inframundo? ¡Claro! "Allí donde los ríos fluyen de muerte y dolor"

En ese momento se quedo helada al comprender lo que significaba esto. Ir al inframundo… otra vez. Revivir todo el sufrimiento pasado a las órdenes de Hades.

Noto como Pegaso le tocaba con el hocico el hombro para reconfortarla…

Si tengo que salvar a Hércules, Pegaso, voy a tener que hacerlo… esta vez tengo que salvarle yo a él...

Cogió fuerzas, dio un largo suspiro y subió a lomos de Pegaso – Pegaso, llévame al inframundo…

Mientras Pegaso se elevaba alguien salió de unos matorrales y sonrió. No había percatado su presencia, pero les había estado observando desde que habían llegado…

En la villa.

Hércules se despertó sobresaltado. Había tenido una pesadilla horrible. Cuando se dio la vuelta para abrazar a Meg vio que no había nadie.

Las hierbas del doctor habían calmado la fiebre, pero aún así se sentía agotado. Llamó a Meg pero no obtuvo respuesta. Se levantó como pudo sin utilizar su brazo derecho, que le colgaba inmóvil y cada vez más negro.

Con cuidado se fue poniendo la túnica, el cinturón y la capa y salió de la habitación para bajar a las escaleras que conducían a la sala, volvió a llamar, pero seguía sin respuesta, todo estaba tranquilo. En ese momento escucho un batir de alas que provenía de fuera y unos relinchos provenientes de Pegaso. ¿Estaría Meg fuera?

Fue tan rápido como pudo hacia la puerta, la abrió, y vio a su amigo dando vueltas, alterado.

Pegaso, ¿Qué pasa? ¿Donde esta Meg?

Pegaso hizo un gesto serio y, estirándole de la capa, le indicó que subiera.

Meg… ¿Está en peligro?

El caballo relincho afirmativamente. Hércules no dudo, subió usando las pocas fuerzas que le quedaban a Pegaso y ambos se elevaron en busca de Meg.

En el inframundo.

Meg estaba agotada, le dolían los pies y tenia mareos y nauseas.

Meg intentó moverse, pero unas cadenas le sujetaban todo el cuerpo. Cuanto más se movía más le apretaban. Cuando comenzó a sentir una fuerte presión en el abdomen se detuvo, no quería lastimar al bebé, lo mejor era intentar quedarse mas quieta posible…

Adonis entró en la habitación y, sin decir palabra, se acerco y la puso entre sus brazos. Meg no pudo reprimir su repugnancia cuando Adonis empezó a darle besos sudorosos en la barbilla…en la mejilla… dándole suaves mordiscos en el lóbulo de la oreja…

Suéltame cerdo…

Adonis la soltó con rabia. Meg no podía decir cuánto había durando esto… ni cuánto tiempo más podría durar…

Pronto aprenderás a no decir que no cielo, pronto me suplicaras. – Dijo Adonis con una sonrisa…

Nunca te suplicare. Antes muerta que suplicarte– Dijo Meg alzando la mirada desafiante.

Adonis le dio una bofetada con rabia.

Veo que aún no sabes escoger tus enemigos. Ten mucho cuidado con quien te enfrentas cariño. No te conviene enfadarme, sabes que la vida de ese bastardo esta en tus manos.

Se fue de la sala, dejando a Meg sola otra vez…

– Fortachón…ojala estuvieras aquí, ojala…– Dijo mientras unas gruesas lagrimas recorrían su rostro y se precipitaban al suelo.

A las puertas del Inframundo

Pegaso descendió delante de las puertas del infierno, el Inframundo… así que sus temores podían ser ciertos. No había vuelto a pensar en este lugar desde hacía años…

Hércules cruzo las puertas, bajo por las largas escaleras y llegó hasta rio Estigia. Las almas se retorcían y chillaban mientras lo miraban. Todo estaba como lo recordaba, recordaba vívidamente el día que tuvo que rescatar a Meg del rio de almas. Nunca pensó que tendría que regresar…

El ruido de un gruñido de madera sobre las aguas le sacó de sus pensamientos, notó como el agua se iba moviendo provocando ondas y vio acercarse una balsa Talladas en su madera había cientos de siluetas, gente sufriendo, agonizando. Era el barco de Caronte, encargado de transportar las sombras errantes de los difuntos de un lado a otro.

Caronte se dirigió a Hércules con voz áspera.

Vaya, vaya… Pero si es el mismísimo hijo de Zeus.

Hércules hizo una mueca de dolor. El viaje estaba pasándole factura. Se encaró al barquero con una expresión amenazante

– Caronte, no tengo tiempo para discutir ¿Donde está?

¿Dónde está quien?

No te hagas el tonto conmigo Caronte, sabes a quien me refiero.

Caronte le sostuvo la mirada.

Mortal, tu lugar no está aquí. No diré nada, a mi señor no le gustaría…

Si no me lo dices… tendré que buscar otras formas de hacerte hablar– Diciendo esto Hércules cogió el mascaron de la balsa y fue elevándola lentamente. – Si no me lo dices… caerás al mar de almas hasta las y te arrastrara hasta las entrañas del infierno.

¡No puedes hacer eso! Mi señor se enfadara contigo. Habrías firmado tu perdición– dijo Caronte.

¿Tú crees?– dijo Hércules con una burla– Acabé con Hades hace tiempo.

Ja ja ja, los mortales sois tan ingenuos, ¿Cómo vas a destruir al dios del Inframundo? Un dios cuyos poderes escapan a la imaginación de los meros mortales…- Caronte volvió a reír, Hércules no daba crédito a lo que oía...

Es imposible... Pero no importa. Meg. Dime… donde… esta… ahora…– Dijo Hércules, utilizando toda su fuerza para zarandear la balsa.

¡Iluso! Piensas que puedes zarandearme como si fuera una alfombra. – Caronte despareció y se materializó detrás de Hércules. Quizás le había subestimado, Caronte podía ser un rival más temible de lo que pensaba.

Hércules dejo la balsa y se preparó para el combate…

Dime donde esta y te dejare en paz, no quiero pelear contigo – Dijo Hércules

Oye oye… ¿Quien ha dicho nada de combate? Ay madre, los mortales de hoy en día... ¿Cómo se te ocurre venir al Inframundo sin saber las normas? Ni aunque seas hijo de Zeus puedo dejar pasar a nadie… sin pagar… ¿Entiendes? Paga tu pasaje o vete por dónde has venido-

Entonces, si te pago, prometes que me llevaras hacia ella– Dijo Hércules desconfiado.

Pagas tu pasaje al otro lado, y el pasaje de vuelta para los dos… si la encuentras… no puedo ofrecerte más.

Hércules suspiro, cogió la bolsa que tenia en el cinturón de la túnica, y sin perder de vista a Caronte le dio tres monedas de oro…- ¿Suficiente?

Caronte lo miro, cogió las monedas desapareció de su vista, apareciendo nuevamente en su sitio dentro de la balsa.

Hércules se subió, haciendo que la balsa tambaleara un poco y se sentó frente a Caronte, que empezó a remar por las aguas infernales… en dirección al interior del Inframundo…

Espero que os este gustando la historia je je Tengo tantas ideas en la cabeza que no sé ni como empezar XD"