Capitulo 31 Segunda parte (La liberación)

Había pasado una larga jornada harta que los Romanos decidieron hacer un alto y acampar. Meg estaba cansada, le dolía la tripa y la espalda. Montar a caballo no ayudaba nada para su embarazo.

Dejaron los caballos atados a un árbol e hicieron un fuego en el centro del campamento, preparándose para pasar la noche antes de continuar a primera hora del alba.

Ortos, se acerco a Meg y le ato las muñecas a un árbol.

– Y ahora quietecita sin hacer ruido. Si no te pondré una mordaza. ¿Entendido?

– ¿Es que serviría de algo que gritase?

– No creo. – dijo Ortos con mala manera– Pero estas advertida, no te busques problemas.

Pasaron las horas. Los romanos habían formado un grupo junto al fuego donde reían y bebían sin hacer caso a la prisionera. Un plan comenzó a formarse en la cabeza de Meg, si esperaba un poco más a que bebiesen podría manipularlos fácilmente.

Ortos reía con un compañero mientras la bebida caía por su rostro sudoroso y mugriento, al verle Meg sintió arcadas… vio que uno de los soldados se levantaba y se dirigía a las letrinas… Meg se decidió a actuar.

– ¡Eeeh! ¡Tengo que ir hacer mis necesidades...! ¡eeeh! ¿Hola?

Uno de los romanos se giro

– ¿Qué quieres mujer?

– Lo que quiero es ir a hacer mis necesidades. Estando atada es un poco complicado, ¿no crees romano?

– Aguántate mujer…

… ¿Qué? Oye tú... Necesito urgentemente ir. ¡Estoy embarazada! ¡Y hace horas que estoy aquí atada ir!

– Acompáñala Orto… y que se calle. – dijo el capitán Lucio.

– Pero señor….

– Haz lo que te digo Orto– dijo el general levantando el tono.

Orto suspiro y se acerco a Meg

– Vamos deprisa – Dijo Ortos sujetándola de un brazo y levantándola con brusquedad.

– ¡Eh despacio!

Ortos la desato y la acompaño fuera de la vista de los soldados.

– Espabila mujer, no tengo toda la noche.

Meg lo miro con arrogancia

– Date la vuelta romano.

– ¿Y qué te escapes? Ni hablar.

– No pienso hacer nada mientras un asqueroso romano me esta observando.

Orto murmuro una maldición y se dio la vuelta.

– Date prisa mujer. No me pagan lo suficiente para aguantar a una embarazada toda l... – Pero no termino, sintió un fuerte golpe en la cabeza y se desplomo.

– Así aprenderás a tratar a una mujer con respeto– Dijo Meg tirando la rama con la que había golpeado a Ortos. – Y a no fiarte de una débil embarazada.– Dijo con ironía.

Meg registro al romano todo lo rápido que pudo. Los demás no tardarían en notar su falta y era probable que vinieran pronto. Encontró una pequeña daga en el cinturón que pudo utilizar para librarse de las ataduras de sus muñecas.

Una vez libre, con la daga en la mano, corrió lo que le permitía su estado para alejarse del campamento lo antes posible.

– Hace rato que Ortos no aparece – comento uno de los guardias.

– Seguramente se lo estará pasando bien, ¡Ya sabes cómo es él!

– ¿Con una embarazada? – Dijo uno con cara atónita.

– A saber…

Ortos apareció, aguantándose con una mano ensangrentada en su cabeza.

– Dioses Ortos... ¿Que a pasado? – pregunto un compañero.

– ¿Y la chica? – Bramó Lució con ira.

– Se… señor, creo que sea escapado.

– ¿Qué crees que se...?

– Escapado… – Repitió

– MALDITO IMBECIL, ¿NI ESO PUEDES HACE? ¡TE DIJE QUE LA VIGILARAS! ¿COMO HA PODIDO DRIBLARTE UNA MUJER EMBARAZADA?

– Lo… lo siento señor, ella me dijo que necesitaba intimidad y…

– Serás… – Lucio levanto el puño en el aire, pero luego se controló, respiró hondo y se toco la sien con los dedos– Bien… no habrá ido muy lejos. Dividamos los hombres en cuadrillas, un grupo conmigo y los demás por el otro lado del bosque, debemos peinar la zona. Y TÚ…

Ortos se tenso.

– Tú, quédate aquí y ya hablaremos. ¿Entendiste soldado?

– S.. Si, si señor…

Los soldados romanos se movilizaron y en pocos momentos habían partido dejando a un solitario Ortos… en el campamento.

Mientras….

Meg corría todo lo que podía… pero no era suficiente, frecuentemente tenía que parar para coger aire. No había pasado demasiado tiempo cuando escucho las voces de algunos soldados cercanos por su lado derecho, quizás solo a unos pocos pasos.

Meg busco refugio, había un tronco grande en el suelo su interior estaba hueco… sería un buen escondite. Se puso de cuclillas y se escondió en su interior, esperando que los guardias pasaran de largo.

Oyó como se iban acercando, cada vez más cerca, notaba como sus pies hacían crujir las ramas. Se esforzó en controlar su respiración… notaba como el vello de la nuca se le erizaba…

Cada vez mas cerca…

– Nada… aquí no hay nada. Había unas huellas pero he perdido el rastro. – Dijo uno de ellos

– Vayamos hacia abajo, es probable que haya cogido ese sendero de allá.

Meg escucho los pasos justo al lado del tronco. Notaba el retumbar de los pies al tocar el suelo. Estaba tan nerviosa que apenas había respirado. Cuando notó que los guardias se estaban alejando Meg dejo una bocanada de aire. Espero un rato y empezó a salir por el tronco a cuatro patas.

– Vaya, ¡Mira a quien tenemos aquí! ¡Pero si es la muchachita que intenta escapar!

– ¡La habían engañado! ¡Habían podido seguir sus huellas todo el tiempo!

– ¿Crees que nos podías engañar querida? Nosotros no somos Ortos, somos rastreadores del imperio Romano.

– Pues claro– Meg contesto al soldado.

– Mírala ella, salió lista la chica.

– Eso ni lo dudes Romano – Dijo Meg

– Anda tira mujer, no tenemos todo el día.

Cuando uno de ellos le quiso coger del brazo Meg se movió repentinamente y le propino tal patada en la entrepierna que el hombre cayó dolorido.

– ¿Que crees soldado? ¿Que una embarazada no puede luchar?

Y diciendo esto intento zafarse de los otros guardias que aún estaban anonadados al ver su compañero en el suelo. Meg comenzó a correr cuando estos reaccionaron y la persiguieron.

Pero por desgracia Meg tropezó con una rama escondida entre la tierra cayó al suelo, rodando colina abajo.

– Ya la tenemos… - dijo uno de los soldados riéndose

Meg pensaba que todo se había terminado. Pero de repente el silencio inundo el bosque. Dejo de oír a los soldados acercándose…

Meg levanto la cabeza e intento moverse, pero no pudo.

– Estáte quieta… o será peor. Te has dado un buen golpe.

Esa voz…

– ¿Cas… Casandra?

– Ahora no es momento de hablar. Estamos ocultas, pero esto idiotas aún siguen buscándote.

– Pero, pero…

La mujer tenía el rostro cubierto con un velo. Con un suave movimiento le tapo la boca y le ayudo a levantarse con cuidado. Meg se fijo que ya no estaban en el bosque, si no en una pequeña cueva… ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado hasta ahí?

La mujer hizo que Meg se estirara en una cama hecha de hojas y paja.

– Ahora estáte tranquila. Nadie podrá lastimarte.

– ¿Pero quien eres? Creí que eras una amiga…

– Anda toma esto. Te sentirás mucho mejor– Le interrumpió la mujer dándole un bol de madera que contenía caldo.

Meg lo cogió de sus manos sin apartar la mirada de la misteriosa mujer que le había rescatado.

– ¿Quien es usted? ¿Donde estoy?

– Estas en un sitio seguro. Aquí nadie puede hacerte daño. Son mis dominios.

– ¿Su… sus dominios? ¿Es una especie de amazona?

– No. Ahora descansa. Te diste un buen golpe. Podrías haber perdido el bebé… si no hubieras caído en esas hojas… Quédate aquí, volveré pronto.

– Espera… Dime cómo te llamas, si es que puedo llamarte por algún nombre…

– Algunos me llaman señora de Éfeso, los romanos me suelen llamar Diana. Pero tu pueblo me llama Artemisa…

Sin decir nada más salía de la cueva.

Meg se quedo atónita, la diosa Artemisa. Diosa de la caza, la protectora de los bosques…

Estaba demasiado cansada y prefirió estirarse. Ya le preguntaría por la mañana.

Athan estaba con sus hombres escondido cerca de las puertas de Roma, llevaban un par de días preparando el terreno.

– Yo entrare con algunos hombres. Intentaremos infiltrarnos y liberar a Hércules con discreción. Debéis estar preparados para intervenir, las cosas pueden ponerse muy feas en un momento.

El grupo de Athan se puso en marcha y se dirigió a la salida de las alcantarillas que salían por la muralla de la ciudad.

Habían estudiado el movimiento de las criaturas que patrullaban la zona, la alcantarilla normalmente era vigilada por una sola criatura, y por los planos que poseían de la red subterránea desde allí podrían llegar al coliseo sin ser vistos.

El vigilante cayó abatido por una flecha certera, los hombres de Athan se introdujeron por la alcantarilla y recorríeron los serpenteantes caminos del alcantarillado hasta llegar cerca del coliseo. Al fondo localizaron dos criaturas de las hordas de Hades aguardando una puerta.

Atacaron rápidamente, con un certero golpe, la espada de Athan arrancó la cabeza de un ser lupino mientras sus hombres acababan rápidamente con la vida del otro.

– Perfecto, comienza la segunda fase. Os pondréis el traje de estos dos y vigilareis, ¿entendido?

– Entendido– Dijeron dos hombres

– Los demás seguidme.

Al otro lado de las puertas unas escaleras que ascendían, según los planos daban directamente a las cárceles del coliseo.

Subieron lentamente por el angosto pasillo. Llegaron a un corredor iluminado pobremente por una lámpara de brea. Habían comprobado que todo estuviera despejado y se adentraban en el corredor cuando oyeron un grupo de soldados acercándose. No era aún momento de pelear, por lo que los hombres de Athan se resguardaron en la oscuridad mientras el grupo de enemigos pasaba de largo…

Poco después llegaron a una estancia lúgubre, el olor a sangre impregnaba el lugar. Parece ser que era donde se "divertían" con los prisioneros. Las celdas estaban cerca, al otro lado de un pasillo.

Al girar la esquina vieron dos guardias vigilando la entrada a la mazmorra. ¡Uno de ellos, una extraña criatura con cabeza de serpiente, grito y señalo en su dirección!

– ¡Se acabó el sigilo! El grupo de Athan ataco a los guardias con presteza. La lanza de uno de ellos atravesó a uno de sus compañeros, que cayó muerto antes de poder reaccionar. Athan degolló a la criatura con un rápido movimiento de su espada. El otro guardia, un ser humanoide de grandes colmillos, intentó huir, pero fue abatido por una daga lanzada por uno de los incursores.

– Por poco… – dijo Athan cogiendo la lanza de la criatura muerta. Miro el cuerpo del soldado caído. – Descansa en paz, Flabro. – dijo cerrándole los ojos a su compañero.

– Señor, se habrán dado cuenta de los ruidos. Tenemos que darnos prisa.

– Vosotros vigilad la entrada, yo iré a sacar a Hercules. – Dijo Athan cogiendo las llaves de la cintura.

– Señor iré con usted. Puede que aún queden enemigos en la zona de celdas.

– No, tú quédate aquí con los demás. Yo me ocupo.

Athan entro en el pasadizo de celdas, mientras pasaba vio que muchas de ellas estaban vacías, otras tenían cuerpos sin vida colgando de cadenas. Al fondo llegó a una celda donde había un griego encadenado… ¡Hércules!

Athan se extraño ¿Dónde estaban los guardias? Pero la alegría peso más que la razón y rápidamente abrió la puerta y se dirigió a su amigo. El corazón le dio un vuelco al ver que su amigo estaba en las peores condiciones.

– Dioses, Hércules… Hércules despierta, soy Athan.

Hércules, al escuchar la voz, abrió lentamente los ojos. Al ver a Athan sonrió.

– Athan, creí que estabas buscando los huevos.

– Sí… bueno, ya habrá tiempo para ponernos al día. Tenemos que salir de aquí, los guardias llegaran de un momento a otro.

Intento levantar a Hércules, que estaba débil.

– Vamos amigo, tu puedes.

– Es… espera Athan…

– ¿Que, que pasa Hércules? – Dijo Athan cogiendo su amigo por el brazo.

– Tenemos que sacar a la niña…

– Niña, ¿que niña?

Hercules levanto un brazo y señalo la celda contigua donde acurrucada había una pequeña criatura.

– Hércules, no hay tiempo, no podemos…

– No pienso dejarla morir aquí- dijo Hercules decidido

– Pero... – Athan miro a la criatura y luego a su amigo – Ufff esta bien – Cogió a Hércules y lo apoyó en la pared mientras se dirigía a la otra celda.

Al verle la niña se sobresaltó – Tranquila pequeña, nos vamos de aquí.

– ¿Que… donde nos vamos y Hercules?

– Tranquila pequeña, estoy aquí – Dijo Hercules para que la niña se tranquilizara.

La niña acepto la mano del soldado, cogió a la niña y se dirigió a donde estaba Hércules – ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Deprisa! No hay tiempo.

– Bien, tranquilo puedo yo – Dijo Hercules

Athan y Hercules y la niña salieron de la zona de celdas, donde esperaban los soldados de Athan… pero al llegar… no quedaba ninguno con vida…

– ¡Dioses! – Dijo Athan – Esto no tendría que haber pasado…

– Tenemos que salir de aquí, quien hizo esto estará por aquí cerca.

Corrieron todo lo que pudieron, oyeron un cuerno sonar a lo lejos… se había dado la alarma. Su única oportunidad era ocultarse por las profundidades del coliseo…

– ¿Athan sabes donde se encuentra la salida? – Pregunto Hercules

– Esta abajo, vamos.

Caminaban lo más de prisa que podían cuando la niña tropezó con un hierro…

– Ay… mi pie me duele el pie– dijo la niña llorando copiosamente

– Hercules dile que calle… – dijo Athan con desesperación

Hercules agarro a la pequeña y la puso en su espalda haciendo que ella se sujetara en sus hombros…pero era demasiado tarde, los guardias habían escuchado los lloros de la niña y se dirigían a ellos rápidamente

– ¡Corred! – Athan y Hércules, con la cría en su espalda, empezaron a corre todo lo que podían.

Pasados unos pasillos Athan gritó

– Hércules, esa es la puerta.

Cruzaron la puerta de madera, Hércules cogió la lámpara de la pared y la lanzó hacia los guardias, haciendo que todo el aceite prendiera en una gigantesca llamarada. Esto los freno lo suficiente para que Athan pudiera cerrar la puerta y atrancarla con un trozo de madera.

– Esto les mantendrá ocupados un rato.

Bajaron las escaleras con cuidado

– Mira Hércules, esta es la alcantarilla por donde hemos venido. Nos conducirá hacia fuera

En lo alto de las escaleras se escucho un buen golpe – Creo que tiraron la puerta abajo

– Hércules, ves tirando con la niña, yo les entretendré.

– ¿Qué? No, no pienso dejarte solo.

– Hércules, por favor.

Hércules intento insistir pero Athan no escucho – Hércules, tengo soldados apostados fuera. Ve y consigue ayuda… - cogió a Hércules del hombro – y si no… si no regresara… dile... dile a Casandra que la quiero.

Hercules se quedo atónito, pero no había tiempo. Los guardias estaban muy cerca, Hercules apretó el brazo de su amigo para decirle que seria así…

Ufff Este me ha costado de escribir jeje Espero que lo disfrutéis Gracias de nuevo por vuestros ánimos ;) Veremos qué pasa en el siguiente capitulo…