EL EBANISTA DEL MILLÓN DE LIBRAS

-o-

Este fic pertenece a la sexta actividad de los festejos celebrados por el

primer aniversario del foro I'm Sherlocked.

-o-

Capítulo II Ni las sorpresas que te depare

—Pero es una obra maestra. Mira el corte, es limpio, ¿dónde estará el resto?

Y por resto se refería a la cabeza. Tendido en el piso un cuerpo inerte sin cabeza se hallaba. Estaba en perfecto estado, demasiado para estar muerto. Pero por la información del otro ebanista y el estado del local, todo indicaba que no había muerto el día anterior ni el anterior. El detective tendría que analizarlo para comprobarlo, pero estaba seguro de que algo raro pasaba. Y ese olor...

—¿Hueles eso, John? —exclamó observando el cuerpo de cerca.

—Formol —contestó John. Sherlock sonrió a la contestación.

—Exacto. ¿Pero para qué?

—¿No sería más práctico buscar la cabeza? —dijo Lestrade.

—Pues ya sabes —contestó Sherlock mientras seguía mirando el cuerpo. —Bien vestido, manos de trabajador manual, complexión media, unos 50 años..., definitivamente el ebanista desaparecido. ¿Con qué habrá sido? —dijo mirando a su alrededor. —Tiene que ser muy afilado, como una sierra. Pero no tiene marcas de sierra. ¿Por qué llevarse el instrumento y no el cuerpo? Tiene que estar por aquí, ¿qué hay aquí? Instrumentos, eso es; tiene que ser un instrumento pero, ¿qué instrumento? Cuerda, uno de cuerda. A ver, violín —dijo acercándose a los instrumentos dispuestos en la pared buscando uno— no —se llevó las manos a la cabeza— demasiado pequeña para poder manejarla con guantes; John, apunta eso—. John lo apuntaba absolutamente todo.

—Hemos encontrado la cabeza —gritó Anderson desde la otra parte de la sala. Sherlock siguió con su retahíla sin prestarle atención.

—Una viola; no, el mismo problema. Un contrabajo, un arpa..., ¿qué?

—Un violonchelo —exclamó John señalando uno en concreto. Sherlock le miró y luego al instrumento, viendo la sangre en una de sus cuerdas. Y saltó de alegría.

—¡John, eres brillante! Lestrade —se volvió hacia el DI—, espero el cuerpo con la cabeza y ese violonchelo en Barts en menos de media hora. Los guantes no los encontrarás aquí. John, nos vamos —y salió del local. John se despidió de Lestrade y fue tras él con las anotaciones.

...

Tras esperar media hora en el depósito el cuerpo llegó y, tal como vinieron, los hombres de Yard se fueron.

Sherlock no perdió el tiempo y se puso enseguida con el cuerpo, analizando cada fibra, tejido y célula al microscopio. John daba vueltas por la sala, acercándose sólo cuando el detective necesitaba que le diera algo.

—¿Quieres dejar de dar vueltas? Me estás mareando—. El doctor frenó la marcha en seco. —Gracias.

—¿No sientes nada por ellos? —preguntó el mayor.

—Pinzas —pidió— ¿por quién?

—Por los muertos de los casos.

—No. ¿Por qué? No tengo nada que ver con ellos. Bisturí.

—¿Y si fuera yo? —Sherlock levantó la vista hacia él— ¿y si yo fuera uno de ellos?

—Eso no pasará. Nunca —y devolvió la mirada al cadáver. —Ve a dar una vuelta.

—Pero Sherlock...

—Que me dejes solo. Por favor—. John obedeció y salió a dar una vuelta a la manzana. El aire fresco le vendría bien.

—Estúpido John distrayéndome con sus estúpidos sentimientos —mascullaba mientras diseccionaba parte del cuello de la víctima.

Llevaba tres horas, tres, y aún seguía dándole vueltas al caso. Estaba solo, nadie estaba ya en Barts a esas horas, no encontraba la solución y se estaba volviendo loco.

—Te traigo un café, pero creo que mejor te lo cambio por una tila —dijo John al entrar al laboratorio y verle con el pelo alborotado y dando vueltas de acá para allá. Sherlock no contestó. —¿Has descubierto ya el porqué?

—¿Quién quiere saber el porqué? —contestó con desagrado.

—Quizá te lleve al qué.

—Vale, no tengo nada que perder, salvo mi tiempo, pero daremos una oportunidad a esas ideas que surgen de vez en cuando de esa cabecita rubia —John puso su boca en posición "morros" y dio un sorbo al café, que sabía, Sherlock no se tomaría. —Tenemos a un ebanista de mediana edad, aparentemente sin problemas económicos dado el estado de su taller, la cantidad de trabajo realizado, por realizar y en espera, sí, miré las hojas de pedidos. Luego le tenemos a él; con buen aspecto físico, no dado a las adicciones, soltero; no tiene anillo ni la camisa por fuera, lo primero en lo que se fijan las parejas.

—¿Según quién?

—Según yo.

—¿Con qué pareja?

—Con ninguna. Se te escapa el pajarito bajo la que tienes debajo del jersey, por cierto —rio. John descendió la vista y vio la cremallera bajada. Murió de vergüenza, dejó el café en la mesa y se dio la vuelta para subírsela con Sherlock riendo por lo bajo.

—Quizá le robaron —dijo el mayor aclarándose la voz mientras se daba la vuelta.

—Es posible. ¿Pero qué? Allí no faltaba nada..., o puede que nunca estuviese. ¿Y si no pasó de sus manos? ¿Y si fue una compra-venta? —ahora estaba agitando al doctor sin contemplación.

—¿Y qué compró?

—La pregunta es a quién, John, pero para eso tenemos que saber el qué. O puede que no —y volvió a examinar el cuerpo.

Lo miró de arriba abajo de nuevo con la lupa, quedándose en el bolsillo interior de su chaqueta. Estaba vacío, como la primera vez que lo había examinado. Entonces se le ocurrió algo. ¿Y si hubiera algo que no podía ver desde fuera? Pasó el dedo enguantado por dentro y lo sacó con algo pegado a él, algo brillante.

—¿Es oro? —preguntó John a corta distancia. Sherlock puso directamente el dedo bajo el microscopio para ver su configuración.

—En efecto, es oro. Oro antiguo y de buena calidad. ¿Qué podemos deducir, John?

—Que no está en el mercado ordinario.

—Exacto. Y que es el anillo de la familia Chute desaparecido hace dos meses del Museo Británico.

—¿Lo robó?

—No, no le veo yo robando en el Museo Británico. Puede que lo comprara en el mercado negro. O... —volvió a caminar por la habitación— tal vez lo compró de un intermediario. Pero trabaja con madera, ¿por qué comprar un anillo si no es para ponérselo?

—Para venderlo.

—No John, trabaja con madera, no con oro, no digas tonterías.

—En el taller había objetos de madera con detalles dorados. Tal vez hiciera lo contrario y recubriera el anillo con algo parecido a la madera—. A Sherlock pareció gustarle la idea.

—Brillante, John, eres brillante. Eres el mejor conductor de luz —le besó efusivo en los labios y siguió saltando. John sabía que ese beso no era más que exaltación por el caso y que no significaba nada, pero aun así disfrutaría de él. Uno no besa a Sherlock Holmes todos los días.

—¿Pero cómo llegó a morir por él? —preguntó el doctor.

—Ahí entras tú, amigo mío. Ilústrame, oh, conocedor de las emociones —exclamó Sherlock retrepándose en el filo de la mesa— ¿para qué fin se puede usar un anillo?

...