2. Dos letras

Cuando alzó la mirada por enésima vez, tuvo que reconocer que la preocupación le había ganado a la ansiedad. No importaba cuantas veces mirara el reloj, las manecillas seguían moviéndose a la misma velocidad y Hermione seguía sin llegar. Si había vuelto, parecía muy determinada a no dejárselo saber, fuera de toda costumbre.

Se recordó a sí mismo en la estación, viendo como los pocos estudiantes que habían salido ese fin de semana bajaban de los vagones sin notar su presencia. La gryffindor no estaba entre ellos.

Su memoria no fallaba, esa era la hora. Pero ella no estaba allí. Y al no ser hombre que se quede dándole vueltas a ningún asunto, concluyó que probablemente se había atrasado al coger el tren, que llegaría más tarde.

Craso error.

Minuto tras minuto, la conversación que habían tenido antes de que se fuera se desenrollaba en su cabeza con bordes negros y matices que su mente exageraba. Conociéndola, la probabilidad de que les hubiese contado a sus padres era de un noventa y nueve por ciento. Habiendo evitado a toda costa imaginarse las consecuencias de ese acto, no se le había ocurrido, hasta ahora, la posibilidad de que los padres de Hermione quisieran retenerla en casa luego de enterarse de todo (dependiendo de lo que ella les había dado a entender por "todo").

Un sabor amargo le llenó la boca.


Ridículo.

Se preguntó si alguien había estado en esa situación antes. Una bruja adolescente encerrada en su habitación por sus padres muggles. Un bruja adolescente mayor de edad. Encerrada. Sin. Su. Varita.

Hundió el rostro en la almohada, ahogando un gemido. Por Merlín y los Cola de Cuerno Húngaro, cómo demonios iba a solucionar este lío.

La casa estaba relativamente tranquila. Si aguzaba el oído podía adivinar las palabras intercambiadas por sus padres, pisadas nerviosas sobre el suelo, la televisión encendida. Una lechuza entrando por la ventana.

Esa debía ser, de seguro, la respuesta de McGonagall a la carta de sus padres que Hermione había tenido que enviar, bajo coacción, la noche anterior. No había pensado siquiera en la posibilidad de negarse, no mientras su padre gritaba gesticulando exageradamente, con el rostro rojo, insultando a diestra y siniestra al bastardo que había abusado de su princesa, aprovechándose de su posición como educador. Tal cual.

En vano habían sido todos los intentos de convencerlo de lo contrario. Más bien, de hablar. Y el manojo de nervios en que había quedado convertida luego de que su madre le obligara a contarle todo a su padre, en un tono que no admitía replica, le hacía preguntarse cómo es que había sobrevivido a la guerra el año anterior, llegando a considerar que, quizás, su madre indignada resultaría más afectiva arma contra los dementores que un expecto patronum.

Desde afuera, abrieron su puerta, pero ella no se molestó en moverse un centímetro.

–Hermione, vamos a Hogwarts. Ahora.

Nunca, nunca había oído tal determinación por ir a un lugar mágico antes de la boca de su padre. Claro que eso no era algo de qué preocuparse ahora; su mente debería estar más bien evaluando el abanico de resultados que la inminente reunión con McGonagall podría tener. Ella había esperado, estúpidamente, que quizá la directora de Hogwarts estaría lo suficientemente ocupada como para no responder inmediatamente, lo que le dejaría con tiempo para pensar en algo, un plan, lo que fuese, y para avisarle a Snape. Oh, sobre todo para avisarle a Snape.

–No podemos ir ahora, papá –murmuró sin moverse, sintiendo los ojos hinchados. Ya no tenía ánimo para seguir discutiendo, no después de casi perder la voz la noche anterior, y esa mañana–. King Cross no…

–¿Quién habló de ir a King Cross?

Entonces sí hizo el esfuerzo de girar la cabeza. El señor Granger sostenía un reloj viejo en su mano derecha.

Oh, fantástico. Un teletransportador. Lo único que me faltaba.


No es que quisiera avanzar, pero tampoco quería ser vista por algún estudiante que se estuviese saltando clases. No llegando a Hogwarts acompañada por sus padres. No cuando ambos tenían semblante de funeral. Hagrid los recibió guardando la entrada de los terrenos del castillo, parloteando animadamente de todo y de nada con sus padres, quienes obviamente no entendían las diversas clasificaciones a las que se podían someter los dragones cuando habían cruces accidentales con otros tipos de su raza.

Cuando había perdido la cuenta de los suspiros malgastados, juntó suficiente fuerza de voluntad para concentrarse en el aquí y el ahora, notando que las puertas del hall de Hogwarts no estaban ya muy lejos. Su cuerpo se tensó cuando cruzaron en umbral y Hagrid los abandonó para volver a su rutina.

–Por aquí –murmuró con desánimo doblando a su derecha, mirando aprensivamente a diestra y siniestra a medida que la distancia entre sus padres y la oficina e McGonagall disminuía. Ignoró la sorpresa de sus padres ante los cuadros que se movían, las voces desvaneciéndose en el aire de los rincones y algunas figuras etéreas pasando casualmente por su lado (mereciendo un ahogado grito de la Señora Granger). Todo parecía ir como la seda; tan cerca estaban ya de llegar a las escaleras en forma de caracol, cuando una silueta que conocía demasiado bien apareció en su campo visual, viniendo aparentenmente desde el lugar que era su destino.

Hermione se congeló, un "no" silencioso reverberando en sus sienes, sin poder volver en sí ni siquiera cuando su padre le tomó el brazo preguntándole si acaso estaban en el camino correcto.

No fue la voz de su padre que la alcanzó.

Y nunca deseó con tanta fuerza que fuese posible desaparecer dentro de Hogwarts.

–¿Hermione? Qué…

Snape se cortó en seco, deteniéndose a unos metros de distancia. No necesitó más de un segundo para entender la situación. Como pocas veces pasaba, su mente se fue a blanco. Gracias a los cielos, Hermione experimentó completamente lo contrario. Se recordó que sus padres sabían su nombre y qué hacía, pero no tenían ningún rostro para asociar esa información.

–Profesor Wells –saludó, diciendo el primer nombre que vino a su cabeza, juntando las manos mientras rogaba por mantener la voz firme–. Lamento haberme ausentado de su clase. La directora le podrá explicar más tarde mis motivos; de hecho, ahora me dirijo con mis padres a hablar con ella.

Snape recuperó la compostura rápidamente, resistiendo la tentación de alzar una ceja y repetir, ¿Wells?, fijando su mirada penetrante en el rostro de Hermione.

–Por supuesto, seguramente ella podrá explicármelo después ¿verdad? –. La pregunta era doble, y ella lo entendía–. Me preocupó su retraso, señorita Granger. La impuntualidad no es propia de usted.

–Me fue imposible…

–Lo sé, lo sé, imaginé algo por el estilo.

Por unos segundos se extendió el silencio. Los padres de Hermione se habían movido a penas, poco acostumbrados a la fuerte presencia que Snape era capaz de imponer en el espacio con una sola mirada.

–Bien… si nos disculpa.

–Por supuesto.

Los pasaron por su lado. Snape, en cambio, no se movió un centímetro. McGonagall y él iban a tener una seria charla.


–¿Y?

–¿Y qué?

–¿Qué ocurrió para que tengas esa cara de funeral?

Hermione dirigió una lánguida mirada hacia la pelirroja. Ginny tomó un trozo de pastel y lo llevó a su boca.

–Mis padres vinieron a hablar con McGonagall sobre mi relación con Snape. Ya no soy más su asistente. Ya no soy más su… su nada. Supuestamente. Quisieran ellos.

Dejó caer la cabeza. Le dolía de tanto ahogarse una y otra vez en los mismos absurdos pensamientos. No comprendía como se había metido tan hasta el cuello en una situación sin pies ni cabeza ¿Cómo era posible que sus padres estuviesen controlando su vida amorosa mediante la actual directora de Hogwarts?

–Hermione –la voz de Ginny era un zumbido en sus oídos–, escúchame y se razonable, por favor. Ponte en el lugar de tus padres. No es solo que estés saliendo con un hombre… con un hombre mayor. Estás saliendo con un hombre mayor que es tu profesor. Créeme que el cuadro completo no se ve muy bien desde afuera, mirándolo con objetividad y sin conocer a Snape. De hecho, si lo conocieran y supieran algunos detalles sobre su vida…

–Ginny…

–No creo que la situación fuese a mejorar demasiado.

–¡Ginny! No estás ayudando –la reprimió amargamente, frunciendo los labios con frustración.

La chica se encogió de hombros, dejando que sus palabras calaran en la mente de su amiga.

Hermione, por su parte, tenía que reconocer que la pelirroja no estaba equivocada. Por el contrario. Era la postura más razonable ¿Cómo hacerles a entender entonces? Ya no veía su vida sin él. No recordaba cómo era, y no quería recordarlo.

–Me voy a dormir.

–¿No te parece que es muy tempra… Hermione?

Sin prestar demasiada atención fue a su dormitorio, se puso pijama y se metió bajó las colchas rogando silenciosamente por una noche sin sueños.

Era demasiado pedir, por supuesto.

A media noche estaba saliendo de la cama, tomando una capa y dejando atrás la sala común para caminar hasta sentir el familiar aire frío de las mazmorras. Necesitaba verle.

Se sintió extrañamente nerviosa cuando golpeó su puerta, sin decidirse a decir la contraseña y entrar sin más.

–Adelante.

Hermione empujó la madera con suavidad, entrando a la pieza iluminada únicamente por la chimenea. En unos segundos estaba abrazándolo, inclinada sobre el sofá cerca del fuego.

–¿Qué… Hermione…?

–Esto es ridículo. Ridículo.

–¿Qué cos…? ¿Podrías al menos…? Hey, mírame. Hermione por favor qué…

Finalmente alzó el rostro. Los ojos húmedos y ligeramente enrojecidos se encontraron con su mirada oscura. Con un suspiro, Snape la sentó en su regazo, secando las lágrimas con las yemas de sus dedos.

–No sabía que estaba tan encariñada con tu puesto de asistente.

–No digas estupideces.

Él casi sonrió.

–No se preocupe, señorita Granger, aun tendrá que verme en todas sus clases de pociones hasta terminar el año.

Hermione dejó caer la cabeza sobre su pecho, rindiéndose en un abrazo. Allí, acurrucada cómodamente cerca de él, se sentía segura. Pero al mismo tiempo, podía sentir algo inusual en la forma en que él la sostenía. Como si tuviese miedo de que ella se desvaneciera en el aire.

–No es justo.

–Quizás McGonagall pensó que tu natural inclinación por la lógica te ayudaría a entender que lo más inteligente en este caso es atenerse al reglamento de Hogwarts. Hoy se tomó la molestia de mostrarme en que parte está escrita la cláusula que prohíbe las relaciones… entre el alumnado y los profesores. De hecho dejó muy claro también que yo debería haber sido despedido en el momento en que se enteró de todo esto.

Hermione hizo un sonido que estaba entre un sollozo y un gruñido.

–Lo mismo pensé –murmuró él cerrando los ojos mientras apoyaba su mentón en la cabellera castaña de la chica–. Supongo que lo único que nos queda por hacer es esto.

–¿...Esto?

–¿No se supone que deberías estar en tu habitación en este momento?

–¿Sí…?

–¿No has estado ignorando las reglas de Hogwarts desde primer año?

–¿Qué? No yo no... ¿Qué estás sugiriendo exactamente?

No necesito oír la respuesta. Cuando alzo el rostro para seguir llenándolo de preguntas, quedó claro que él no tenía planeado hablar precisamente. Le tomó un segundo recuperarse de la sorpresa, cerrar los ojos y responder al beso.

Por supuesto ¿Desde cuándo se atenía tan escrupulosamente a las reglas?


Hermione apuró el paso, siguiendo a sus dos amigos de cerca. La repentina visita de Harry y Ron, aunque la alegraba, no dejaba de ponerla nerviosa. Aún estaba angustiada por todo lo ocurrido con sus padres y ya no sabía cómo separar esa sensación del resto de sus emociones.

–¿A dónde vamos exactamente? –preguntó mirando de reojo a Harry, a medida que se adentraban en una calle menor de Hogsmeade–. No lo tomen a mal, es bueno verlos, pero… ¿no estaban ocupados con su entrenamiento para aurores…?

–Sí, de hecho, lo estamos –respondió Harry entrando a un café que nunca había visto antes. Hermione se quedó de pie observando el letrero tallado en madera que colgaba frente a la entrada.

–Barbas de… ¿"Barbas de Merlín"? ¿Quién escogería ese nombre?

El café era ciertamente acogedor. Adentro se respiraba el aroma a bebidas calientes y otras delicias. Hermione pudo ver una variedad de pasteles en el mostrador y sintió como su boca se llenaba de agua. Recordó su falta de apetito durante el desayuno decidiendo al instante llenar su estómago con una tartaleta o pie.

La luz del interior era cálida y las mesitas redondas estaban distribuidas sin orden aparente dentro del local. De las paredes colgaban cuadros de Merlín –haciendo honor al nombre, supuso Hermione– junto a otros personajes que pudo reconocer de los libros de Historia Mágica.

–¿A qué se debe este cambio de ambiente? Ustedes… sobre todo tú, Ron, prefieres "Las siete escobas".

El pelirrojo asintió y respondió en un susurro.

–Estamos bajo órdenes de nuestros…

Harry se apresuró a darle un codazo mientras forzaba una sonrisa.

–Nos pidieron que si te contábamos, lo hiciésemos aquí. Este lugar abrió hace poco y el dueño es una persona de confianza de Litboot.

Hermione arrugó el entrecejo. No estaba segura de haber entendido bien. Litboot era el mago a cargo del entrenamiento de Harry y Ron. Por lo que le habían contado, era un mago hábil aunque no de mucho renombre –prefería mantener un bajo perfil, y con válidas razones–, había participado activamente en la guerra contra Voldemort poniendo su vida en riesgo en innumerables ocasiones. Se había ganado la confianza de Harry en poco tiempo y, considerando que Ron concordaba también en respetarlo a ojos cerrados, ella no podía hacer menos que confiar su palabra aun sin conocerlo.

–Espera, espera… ¿Qué Litboot dijo qué?

Harry suspiró, pasándose una mano por el cabello.

–¿Ordenemos primero? –sugirió Ron, alzando una mano para llamar la atención de la persona detrás del mostrador.

Un joven que rondaba los treinta años, de facciones andróginas, se acercó sonriendo a su mesa.

–Bienvenidos a las Barbas de Merlín. Harry Potter y Ronald Weasley, los aprendices de Litboot ¿verdad? –preguntó dirigiendo a ellos alternadamente con sus ojos violáceos, sacando del bolsillo de su sencillo uniforme negro una libreta y un lápiz.

–Oh… ¿Él…? Eh, bueno, sí, somos nosotros.

Hermione se quedó un momento mirando como esos pálidos dedos tomaban el bolígrafo a tinta dispuesto a escribir.

–¿Qué… un lápiz? –preguntó sin darse cuenta.

Él sonrío asintiendo.

–No importa cuanto lo intente, siempre será más cómodo que una pluma ¿Hermione Granger? –ella asintió– Un placer conocerlos finalmente. Mi nombre es Gregor, a su servicio ¿Qué les puedo ofrecer?

Hermione se quedó con la pregunta en la punta de lengua ¿Tenía origen Muggle?

–Um… un café y… algo del mostrador.

–¿Algo?

–Cualquier cosa que sea dulce. Muy dulce.

Gregor sonrió tomando nota.

–Entendido ¿Y ustedes?

–Lo mismo –dijo Harry.

–Que sean tres –agregó Ron arrellanándose cómodamente en la silla.

–Entendido. Volveré en breve.

Hermione se quedó prendada de su silueta unos minutos, con una duda bailando en la punta de su lengua.

–¿Hermione?

–¿Eh? Oh, lo siento, estaba… Um… ¿Lo conocen?

Harry frunció el ceño ligeramente, negando con la cabeza.

–No.

–Ni yo.

–Me parece haberlo visto antes. Sus ojos son…

–Hey, no vinimos a hablar del color de ojos un camarero –protestó Ron con un dejo de malhumor.

La chica lo fulminó con la mirada.

–No es necesario que seas tan despect…

–Ya, ya. Es verdad que no vinimos a perder el tiempo. –Los ojos verdes de su amigo se fijaron en ella con intensidad, y por un momento Hermione pudo ver en ellos claramente todo el peso que había cargado en su corta vida–. Tenemos algo importante que decirte. La semana pasada nos enteramos de algo que… Recordarás cuando el ministerio anunció que todos los mortífagos habían sido enviados a Azkaban asegurando que el mundo mágico se encontraba ya fuera de todo riesgo relacionado con Voldemort, ¿verdad?

Hermione sintió como todo su cuerpo se tensaba al instante.

–Por supuesto. Hace tiempo… Oh. Oh, no, no me digas qué…

–No ha resucitado ni nada por el estilo –la interrumpió rápidamente Ron–. Pero tres de sus más fieles seguidores aún no han sido capturados.

–¿Qué?

–Eso mismo. Cuando…

–¿Por qué el ministerio mentiría con algo tan importante? –dijo, alzando la voz inconscientemente.

Harry acomodó sus lentes, tomando una bocanada de aire.

–Lo mismo nos preguntábamos cuando negaban el regreso de Voldemort. La excusa era no fomentar el pánico pero… No sirve de nada lamentarlo ahora. Nosotros no lo supimos hasta hace poco.

–Dos de esos mortífagos ya están arrinconados por un equipo elite de aurores –agregó Ron, cuya voz pareció ensombrecerse más a pesar de la buena noticia que transmitía.

–El problema es el tercero.

–Ejem.

Los tres voltearon la cabeza para encontrarse con el semblante confundido y sonriente de Gregor, que sostenía hábilmente una bandeja con los tres pedidos.

–Perdón por la interrupción –dijo posicionando cuidadosamente platos y tazas en la mesa– Que disfruten. Si hay algo que necesiten, no duden en llamarme.

–Er… gra-gracias –murmuró Hermione, esperando hasta que estuviese lejos antes de volver a hablar, con voz suave– ¿Seguros que este lugar es el indicado para hablar?

–Fue Litboot quien lo dijo así que… –masculló Ron, encogiéndose de hombros.

–Y ya bastante costó convencerlo para contarte. Pero supongo que sabía que no podía evitarlo.

–Harry, no estoy entendiendo nada.

–Mira, dijimos que dos de los fugitivos ya están prácticamente en manos de la justicia, ¿verdad? Pero aun así queda uno libre. Lo peor de todo es que el sujeto ha realizado una serie de ataques aparentemente aleatorios durante los últimos meses, haciendo creer a todos que no se trataba más que de algún loco muy afortunado que conseguía escapar a tiempo.

–Sin embargo –prosiguió Ron, tensando la mandíbula visiblemente–, al reunir esta serie de ataques, fue posible descubrir un patrón que lo atribuye a una misma persona.

–A partir de eso se han sacado más conclusiones… Y es ahí donde entras tú.

Hermione intentó decir algo, pero se dio cuenta de que tenía la boca demasiado seca como para hablar.

–Se descubrió que no era un loco, sino un mortífago –continuó Harry–. También su objetivo es claro. Contra lo que se podría pensar, no es traer de vuelta a Voldemort o algo por el estilo, sino, venganza.

–Pero no cualquier venganza –murmuró Ron, conteniendo la respiración por unos segundos–. Venganza del traidor. Del que cometió el crimen más alto… para sus estándares.

De pronto las piezas comenzaron a calzar. Pero no podía ser cierto.

Antes de que Harry dijese las siguientes palabras. Se llevó ambas manos a la boca.

–El planea vengarse de Snape, Hermione.


–Toma algo de chocolate. Vamos.

–Hermione.

–Hey, me estás asustando.

Sacudiendo la cabeza, Hermione cerró los ojos con fuerza. No es un sueño.

Aun así, había muchas cosas sin sentido. No conseguía hacer que calzara en su mente el que… Que él…

Lentamente, llevó la taza hasta sus labios y tomo un sorbo de la bebida caliente. Estaba deliciosa. El sabor dulce del chocolate y el calor consiguieron calmar sus nervios de algún modo y, finalmente, fue capaz de formular una oración coherente.

–¿Cómo pueden estar tan seguros de que es él de quien se quiere vengar?

–Es el único mortífago cuya traición se hizo pública a la comunidad mágica causando tanto revuelo –respondió Harry.

–¿Qué hay de los Malfoy?

Ron chasqueó la lengua.

–Esas víboras se escaparon al final, pero durante el momento decisivo estuvieron del lado que les convenía. Además, las pistas no conducen hasta ellos.

Otro sorbo de chocolate.

–¿Y… cómo… cómo es que las pistas conducen a Severus?

Ron hizo una mueca.

–No tenemos la evidencia con nosotros ahora –respondió Harry tomando un trozo de lo parecía pie de manzana–, pero intentaré explicarlo. Como dijimos, en los últimos meses habían ocurrido ataques aparentemente aislados… para ser más específicos, fueron asesinatos.

–Todos a magos de origen muggle.

Hermione reprimió un escalofrío. Ni siquiera la guerra había conseguido insensibilizarla contra la náusea que le producía el que cosas así pudiesen ocurrir sin que nadie se enterara ni hiciera algo por evitarlo.

–Al principio, y hasta ahora, las víctimas no guardan relación en común, por eso no se veía ningún patrón claro –prosiguió Ron–. Lo único que permitía concluir que eran todos actos cometidos por la misma persona fue que cada cuerpo, en la espalda, tenía grabada una letra. Con magia, obviamente.

Harry cerró los ojos un momento, haciendo una mueca de disgusto.

–Ahora desearía no haber visto esas fotos.

–Oh por Merlín…

–Era una herida hecha con la intención de causar todo el dolor posible… y no estaba hecha en una parte de la espalda, sino ocupando todo el ancho y alto disponible.

Hermione intento borrar de su mente la imagen que comenzaba a formarse. Deseó entonces no haber llegado a conocer tantos detalles.

–El punto es que –dijo Harry–, el caso comenzó a tener sentido una vez que se Puzle hubo perpetrado seis ataques.

–¿Puzle?

–Oh, ese es el nombre que le pusieron en el departamento –comentó Ron.

Se están quedando cortos en creatividad.

–Como decía, cuando ya hubieron seis ataques, y cuando, además, muchos estaban comenzando a desesperarse por no lograr atrapar a nadie ni conseguir pistas útiles a pesar del tiempo transcurrido y las personas lastimadas, lo que parecía aislado calzó perfectamente. En orden, las letras grabadas en los cuerpos de las víctimas hasta ahora forman "T-R-A-I-D-O", y, también en orden, las iniciales de los nombres de las víctimas forman "S-E-V-E-R-U"…

Harry se detuvo mirando brevemente a Ron.

–Si hay otra víctima y el siguiente par de letras calza… Pero con lo que hay hasta ahora, es casi seguro.

Hace un rato que no los miraba. Tenía los ojos perdidos en el fondo, inalcanzable a sus pupilas, de la taza de chocolate caliente que sostenía con ambas manos.

La superficie del líquido se agitó solo una vez, y Hermione se preguntó si no tendría que pedir otro.

–Oye…

–Estoy bien –murmuró alzando el rostro, con la mirada segura–. Solo… aun necesito procesar todo esto.

Ron asintió.

–Lo sabemos –dijo Harry–. Eh… Hermione… todo esto, no lo puede saber nadie.

La chica lo miro ofendida.

–¿Por quién me tomas, Harry Potter? Por supuesto que…

–Ni siquiera Snape.

–…yo no…

¿Qué?

–Está todo calculado para atrapar a Puzle antes de que pueda realizar cualquier daño definitivo. Si él se llega a enterar…

–Harry. Harry escúchate un segundo, por favor –lo interrumpió–. ¿Antes de que pueda realizar daño definitivo, dices? ¿No te parece que seis muertes son daño definitivo? Porque a mí sí.

–No es eso lo que quise decir… Hermione, tienes que…

–¿Qué? ¿Me estás diciendo esto por tú en verdad lo crees o porque Litboot así te lo ha hecho entender? ¿De verdad podrán atraparlo a tiempo? No lo sabes –masculló, sintiendo una rabia tibia creciendo en su estómago–, no tienes cómo saberlo.

Era la opción más obvia. Si Snape sabía que alguien estaba tras sus pisadas, se volvería más precavido e incluso podría ser capaz de capturar el mismo al tal Puzle.

–La decisión de no decirle tuvo que ser tomada por algunos altos mandos que nunca confiaron, y probablemente nunca confiarán, en él, verdad. No puedo imaginarme otra explicación a algo tan absurdo.

Había visto como la expresión de ambos se desplomaba frente a sus ojos, así que sabía que, en realidad, le encontraban la razón. Pero no estaban en posición para admitirlo.

Harry carraspeó.

–Es una opinión válida –se detuvo un momento, intercambió una mirada con Ron y sonrió levemente, casi con pesar–. Sé que harás lo correcto, como siempre.

Oh.

–Claro que lo haré –. Finalmente decidiéndose a probar un poco del pie, se acomodó en la silla y suspiró–. Gracias por contármelo, de verdad.

–Por un momento pensamos en no hacerlo –comentó Ron, sonriendo–. Quizá te habrías enojado por desconcentrarte en período de exámenes o algo por el estilo.

–No seas ridículo.

–Por cierto –murmuró Harry–, hay algo más. No te contamos solo por… Es decir… Bueno, ocurre que, considerando tu relación con Snape, puede que también estés en peligro.

Hermione lo observó confundida unos instantes.

–Pero… ¿Cómo podría Puzle enterarse de eso para usarlo en su favor?

–Fi fefara fa ginfilfalze…

–Ron. Mastica.

–Quiere decir que si Puzle llega a infiltrarse al ministerio, se enteraría. Esperamos que eso no pase, por supuesto. Pero siempre hay métodos y hay que prevenir todo daño posible.

–Espera, ¿por qué se enteraría de algo así con infiltrarse al ministerio? ¿No me digas que…? Oh por todos los cielos. No.

Harry balbuceó un poco antes de poder hablar.

–Sabías que… a veces los aurores interceptan la correspondencia con motivo de sus investigaciones…


Justo cuando esperaba tener –al fin– un año tranquilo en Hogwarts, ocurría eso. Pero debió haberlo sabido, con la guerra todavía a sus espaldas, era mucho pedir.

–Adelante.

Hermione abrió la puerta y la cerró tras de sí antes de quitarse la capucha de la cabeza.

–Hola.

Sin soltar el pomo de la puerta, las manos tras la espalda, le sostuvo la mirada al mago que, con el ceño fruncido, la observaba tras su mesa de trabajo.

–Hermione –constató, algo sorprendido.

Las interferencias entre ambos crecían a gran escala. Era ridículo. Injusto.

–¿Hermione? ¿Qué ocurre?

Ella sacudió la cabeza.

–Necesitamos hablar.

–¿Ah, sí? –Snape alzó una ceja, inquisitivo. Ella asintió– Lo supuse. No esperaba verte hoy.

–No tuve tiempo de avisarte antes, yo…

–Tonta –la cortó en seco, volviendo su vista al pergamino que estaba revisando–. No me estaba quejando ¿Cómo es que te las arreglas para, a pesar del tiempo, interpretar mal mis palabras aun siendo una sabelotodo?

Aunque no conseguía verle el rostro ahora, pudo escuchar la más leve de las sonrisas en su voz. Un sentimiento cálido se asentó en su pecho y consiguió tranquilizarla un poco. Tenía que ordenar sus ideas y contárselo todo.

–¿Revisando exámenes? –preguntó mientras se acercaba a la silla frente al escritorio.

Él asintió.

–No quisiera interrumpirte –añadió tomando asiento–, pero esto es importante.

Snape alzó la mirada con las cejas arqueadas.

–Cualquier interrupción a este tedio es bienvenida, lo sabes –respondió dejando la pluma y reclinándose en su asiento–. Por poco y me dices profesor.

–¿Cómo dices?

–Está al límite de la formalidad, Granger –murmuró, casi esbozando una sonrisa antes de volver a su rictus serio–. Sea lo que sea que tengas que decirme, hazlo pronto, antes de que acabes con tus nervios. Y los míos, de paso.

Hermione suspiró. No sabía cómo empezar.

–Hoy Harry y Ron vinieron a verme. Salimos a Hogsmeade.

Pausa.

–¿Reunión del trío de oro?

–Sí. Sabrás que ambos están en su entrenamiento para auror, y… Se enteraron de algo.

–Y ahora tú compartirás esa información confidencial conmigo.

–¿Quién ha dicho que es confidencial?

El mago rodó los ojos.

–Es predecible. Continúa.

–Es sobre un mortífago. Ha logrado escapar constantemente del ministerio y en los últimos meses realizó ataques a magos de origen muggle –tomó aire, mirando dedos entrelazados sobre su regazo–. Al principio parecían ataques aleatorios, pero hace poco consiguieron hacer calzar las pistas que dejaba en sus víctimas.

Snape escuchó el resto de la historia atentamente, sin mover un músculo. Su practicada fachada, serena, la tranquilizaba y enervaba al mismo tiempo. Cuando terminó de hablar, Snape apenas frunció el entrecejo, dejando entrever un dejo de preocupación.

–Di algo.

–Era de esperar.

Hermione suspiró audiblemente, echando la cabeza hacia atrás y relajándose en la silla. Verlo tan tranquilo era un alivio. Él había estado al otro lado, con Voldemort; sabía aquello que valía la pena temer, y aquello que representaba un peligro fácil de desechar. Sin embargo, también podía estar aparentando. Por ella. Para no preocuparla.

–¿Tienes idea de quién puede ser? –preguntó, la vista clavada en el techo.

–No. Pero no tiene mucha importancia. Los mortífagos más peligrosos están muertos, o en Askaban. Este debió ser uno de bajo rango que consiguió escaparse gracias a su bajo perfil. Nada más.

–Pero ha podido escaparse de los Aurores por meses, Severus. Meses.

Esta vez, el guardo silencio.

Irritada, Hermione enderezó su postura dispuesta a arrinconarlo con preguntas y a exigirle más explicaciones, junto con algo de honestidad. Pero él se le adelantó y Hermione pegó un salto.

Inclinado hacia su rostro, le tomó el mentón con suavidad ¿Cuándo se había puesto de pie? ¿Cuándo se había acercado? La había pillado completamente desprevenida, como era usual.

Maldito ex–espía.

–No hay nada de qué preocuparse –susurró, desarmándola en un segundo– ¿Me creerías?

Estuvo a punto de asentir.

–No. No, Severus, porque si no fuese algo de qué preocuparse Harry y Ron no habrían tomado los riesgos que tomaron para venir y contarme, y no habrían insistido intentando convencer a Litboot de que yo necesitaba saber y que…

–Hermione, no estoy diciendo que no hay peligro –la interrumpió– Estoy diciendo que, ahora que ya me has advertido, no hay nada de qué preocuparse.

Procesando sus palabras lentamente, intentó convencerse de que así era.

–Pero…

–No. No hay peros.

Y aunque hubiese querido seguir protestando, fue imposible hacerlo cuando él acortó la distancia y la besó. Y, porque había sido una semana horrible, porque estaba cansada, porque lo necesitaba; le permitió borrar los rastros de dudas de su cabeza mientras reclamaba su cercanía.


Las dos últimas semanas habían pasado sin casualidades. Hermione había conseguido habituarse a una rutina cómoda, que se distribuía entre las clases, tiempo de estudio y visitas furtivas, demasiado escasas para su gusto, a la oficina de Snape. Cuando no estaba tensa como cuerda de arco por el miedo a que McGonagall apareciese de repente, se atrevía a ofrecerle ayuda con algunas pociones o con la odiada revisión de pruebas y trabajos. A veces se atrevía a dormir una siesta en sus brazos, pretendiendo que nunca les había contado a sus padres, que nunca se habían disgustado tanto con la noticia.

Pero una parte de ella se mantenía preocupada. A pesar de haberlo intentado, todo el asunto relacionado con Puzle era un eco latente que la acompañaba como su sombra. Había pensado, incluso, en enviarle a Harry una carta para saber si los aurores encargados habían conseguido algo en sus investigaciones, pero al recordar que 'a veces los aurores interceptan la correspondencia', no le quedó más que ser paciente y esperar a que él o Ron decidieran hacerle saber si ocurría algo importante.

Y ocurrió. Lo que no esperaba era estar tan cerca cuando el incidente tuvo lugar.

Era sábado y Ginny la había convencido de dejar los deberes para más tarde porque se te van salir los ojos si los mantienes un minuto más en ese libro, Herms; para acompañarla a Hogsmeade. Se había abierto una tienda nueva –de ropa– y los comentarios de la población femenina de Hogwarts contagiaban entusiasmo por la novedad.

–Me hacen falta zapatos nuevos –comentó Ginny, sonriente–. Siempre me hacen falta zapatos nuevos –bromeó, tomando a Hermione del brazo para apresurar la marcha–. A este ritmo se llenará y no podremos ver nada. El fin de semana pasado algunas chicas quedaron afuera.

–No estás consiguiendo entusiasmarme.

La verdad si le vendría bien renovar su guardarropa, pero comparando los dos escenarios –intentar entrar en una tienda repleta de estudiantes a veces excesivamente hormonales o pasar la mayor parte del día con Snape–, no conseguía poner todo su espíritu en secundar a Ginny.

–Por favor, ¿hace cuánto que no salimos a Hogsmeade juntas? Vamos, tienes que tener algo en mente por comprar.

Hermione sacudió la cabeza y sonrió. Después de todo, ya estaba allí. No sacaría nada bueno sintiéndose abatida ahora.

–Creo que una capa de invierno nueva me vendría bien –afirmó sonriendo.

Ginny le devolvió la sonrisa justo cuando llegaban a la calle de la renombrada tienda. Se llamaba "Madame Silkclay" en honor a su dueña, y el grupo no menor de chicas fuera del lugar la hacían fácil de identificar incluso a la distancia.

-–¡Que suerte!

Hermione miró a la pelirroja sin comprender. Ginny le sonrió ampliamente.

–Aún hay poca gente. Hoy saldremos de ahí cargando bolsas.

–Poca. Gente.

–Sip.

–Ginny, estás loca.

Por toda respuesta, ella río, esta vez soltando el brazo de Hermione para avanzar de espaldas, girando la cabeza de vez en cuando.

–¡Tu no viste como estaba el otro día! Era un caos. Créeme, tenemos suerte.

Hermione arqueó las cejas, incrédula.

–¡No me mires así! Si hubieses visto…

Así fue como terminaron, ambas, entrando a la tienda luego de tener que esperar algunos minutos afuera. Era tanta la popularidad del lugar que, para evitar los tumultos, la dueña había decido dejar entrar en grupos. Cuando uno salía, otro entraba. Hermione y Ginny estaban en el segundo grupo que entró ese día a 'Madame Silkclay'.

Una vez que consiguieron entrar, Hermione se preparó para encontrarse en un reino de maravillas de vestidos, túnicas y telas, pero sus expectativas fueron solo medianamente satisfechas. Era una tienda como cualquier otra. Su éxito se debía, razonó Hermione, a que era la única de su clase en Hogsmeade, y debía reconocer que los precios que había visto hasta el momento eran los deseados por cualquier estudiante aun dependiente de sus padres. Las chicas paseaban por el lugar con deleite, tomando todo cuanto pudieran llevar a los vestidores.

Al poco rato terminó sucumbiendo ante la visión de una selección de capas de invierno. Eran preciosas.

Estaba esquivando a una entusiasta hufflepuff, camino hacia su objetivo, cuando escuchó el grito.

Un escalofrío la atravesó de pies a cabeza y, antes de poder pensar coherentemente, estaba avanzando hacia la fuente del creciente pánico. Cerca de los vestidores un grupo de aterradas chicas estaba reunido, impidiéndole ver qué pintaba el horror en sus rostros. Pudo ver como el rictus de una estudiante más alta se desmoronaba al otear sobre las cabezas del resto lo que había, al parecer, tirado en el suelo.

De un modo u otro, ya lo sabía. Lo que quería negarse con más fuerza la lógica intentaba echárselo en cara. Pero quería negarlo, quería negarlo hasta conseguir verlo con sus ojos.

Escuchó sollozos Se abrió paso como pudo y al poco tiempo estuvo en primera línea. Lo que había en el suelo era un cuerpo semidesnudo, boca abajo, con una corta melena castaña apenas tocando el suelo. En su espalda, una 'R' destilaba sangre.

A sus pies, una ravenclaw tomaba su mano sollozando su nombre. Hermione consiguió oírla balbucear repetidamente: "Susan".


N/A: Al fin, el tan prometido segundo capítulo. Sé que me tardé un mundo. Sé que les dije -en algunas respuestas a sus reviews- que esto estaría publicado mucho antes, y tenía la intención de hacerlo. De verdad lo siento. No daré excusas, pero deben saber que, más que un problema de tiempo, fue de inspiración. Cuando comencé esta segunda parte no tenía muy claro a dónde quería llegar y ese vacío me jugó en contra. Ahora tuve que lidiar con un bloqueo, falta de inspiración, y la construcción de una línea de acontecimientos lo suficientemente íntegra para mantenerlas a ustedes, y a mí de paso, interesadas. Espero haberlo conseguido, y espero les guste como se desarrollarán las cosas de ahora en adelante. No planeo que esta historia sea muy larga; se irá desarrollando, como ya pueden notar, más rápido que AD 1, con más dialogo y menos párrafos en exceso descriptivos. Todo para cooperar con la agilidad y avance de la historia.

Bueno, no las aburro más. Como siempre, cualquier crítica, comentario, cruciatus, es bien recibido {no, lo retiro, el cruciatus no}
Por cierto, muchas gracias a todas las que comentaron en los capítulos anteriores. También gracias por los favoritos y los follows; me ayudaron mucho cuando pensé que no conseguiría pensar en nada para continuar.

Y, por supuesto, gracias por leer.

Un abrazo, Eyp.