Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Capítulo Beteado por: Isa BetaTraductora Ffad
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~*~The Better Angels of Our Nature~*~
Por: Lissa Bryan
Bella debió quedarse dormida mientras Edward volaba, porque se despertó en otra cama de hotel, escuchando el sonido del agua corriendo en el baño.
Edward salió, bastante alegre. — ¿Adivina qué hice?
Bella se soltó riendo. —No creo que quiera saber. En serio, no quiero.
Él se sentó en la orilla de la cama. —Lo siento, es que todas estas son experiencias nuevas para mí y quiero compartirlas con la mujer que amo.
—Eso es dulce, Edward, pero tal vez hay ciertas cosas que no deberían ser compartidas.
Edward sonrió. —Está bien, entiendo; no cosas sobre el baño. Quiero tomar una ducha, ¿vienes conmigo?
—No, no creo que sea una buena idea —dijo Bella. Espontáneamente, una imagen de Edward con su piel cubierta con gotas de agua —agua resbalando por su pecho y abdominales— llegó a su mente. La sonrisa de él se agrandó. A veces, ella en verdad odiaba que él supiera lo que estaba pensando. Su rostro se enrojeció y clavó los ojos en las figuras de la colcha de nylon.
—Sé que quieres —. Saltó en la orilla de la cama con una infecciosa sonrisa juguetona en el rostro. —Vamos… vamos…
Él la había visto desnuda antes después de todo, pero aún así… Bella vaciló.
— ¿Por favor? —rogó. Ella lo miró y él la miró con ojos de cachorrito.
Su corazón se aceleró y su estómago hormigueó con emoción. Él tenía razón: ella sí quería. Entonces, ¿qué la estaba deteniendo?
—Me comportaré, lo juro —dijo Edward.
—De acuerdo —dijo. Él tomó su mano con entusiasmo y la levantó de la cama.
— ¿Dónde estamos? —. Miró alrededor en la habitación de hotel y no vio ni una ventana. Eso le recordó la incomodidad del centro de investigación.
—Todavía en Argentina —respondió él. —Siento no haber podido llevarnos más lejos, pero tengo miedo de usar toda mi energía en caso de que algo pase después de que aterricemos. Después de que me acostumbre a la gravedad…—
—Edward, está bien. No tienes que disculparte.
—Al menos nuestro dolor de cabeza se fue —dijo brillantemente.
—Por cierto, ¿cómo es que tú puedes sentir mis dolores de cabeza?
—Lo comparto contigo para hacerlo menos doloroso para ti —dijo. —No puedo quitártelo todo, pero puedo quitar la mitad.
Los ojos de ella picaron con repentinas lágrimas. —Edward, no tienes que hacer eso.
—Sí tengo que hacerlo —dijo, con sus hermosos ojos verdes brillando. —Para eso fui hecho y no sabes lo feliz que soy porque finalmente puedo hacerlo después de todos estos años.
El baño era pequeño. En cuanto ella cerró la puerta, apenas quedaba espacio para estar de pie ahí con Edward. Él se hizo hacia atrás hasta que sus piernas toparon con el inodoro y ella todavía estaba presionada contra él. Su ala izquierda golpeó contra la pequeña cafetera de plástico e hizo una mueca ante el ruido que hizo al caer en el lavabo. —Lo siento.
—Yo me hago cargo del agua —dijo ella. Tuvo una terrible visión de él entrando al agua ardiente y quemándose. Hicieron un pequeño bailecito para dejarla pasar y la otra ala de Edward tiró todas las toallas del estante.
— ¡Lo siento! —dijo de nuevo. Bella se agachó para recogerlas y se golpeó la cabeza contra el mostrador. Fue Edward quien giró y se inclinó para ayudarla a enderezarse en el mismo momento en que ella se levantaba. Ella se golpeó la cabeza contra la barbilla de él, perdiendo el balance y cayéndose hacia atrás en la bañera, jalándolo sobre ella.
Edward la ayudó a levantarse y Bella lo quiso un poquito más por no reírse de ella. Chilló cuando vio un par de plumas tiradas en el piso.
—¡Oh no! —. Las agarró y las sostuvo en sus manos, preguntándose si habría alguna forma de volverlas a pegar.
—Está bien, Bella —le dijo él. —En serio, las aves pierden alas todo el tiempo, ¿cierto?
—Pero tú no eres un ave. ¿A los ángeles se les desprenden las plumas?
Él vaciló. —Bueno, no, pero si las perdemos vuelven a crecer. En serio, no es para tanto.
Aún así, ella se sentía como si lo hubiera lastimado. — ¿Qué debería hacer con éstas?
Él se encogió de hombros. —Tíralas en la basura.
Eso le parecía algo muy malo por alguna razón. —Se desintegraran en las siguientes veinticuatro horas —le dijo Edward. Se las quitó de las manos y él mismo las tiró.
Ella no tuvo necesidad de preocuparse por el agua. Incluso con el agua más caliente, la temperatura apenas era tibia.
Edward se quitó la ropa y repentinamente Bella perdió el valor.
—Creo que solo me sentaré aquí y platicaré contigo —dijo bajando la tapa del inodoro y sentándose allí. (Aparentemente, como todo hombre, tenía que enseñar a Edward a bajar la tapa.)
Él se arrodilló para que sus rostros quedaran al mismo nivel. — ¿Crees que me atrevería a hacer algo que tú no quisieras? Estoy en tu mente, Bella. Sé lo que te incómoda y lo que te pone nerviosa y no soy lo suficientemente egoísta para hacerte sentir así, presionándote.
Con eso, se levantó y se metió a la ducha. El agua se había calentado lo suficiente para llenar el baño de vapor. Él gimió de placer cuando el agua golpeó su espalda entre sus alas. Las plegó fuertemente para caber en el reducido espacio, pero de vez en cuando se asomaba una parte de las alas por la cortina de baño.
Bella se levantó y se quitó la ropa. Con una profunda respiración entró a la ducha junto con él. Él le dio la sonrisa más dulce del mundo y una esponja con jabón. Bella se lavó rápidamente. Edward se apretó contra una de las paredes para que ella pudiera enjuagarse bajo el chorro de agua. Se sentía bien, incluso aunque no estuviera tan caliente como a ella le gustaría. Inclinó la cabeza hacia el chorro de agua, mojando su cabello.
— ¿Puedo lavar tu cabello? —le preguntó él. —Siempre disfrutaste eso cuando ibas a la estética.
Ella asintió y le pasó la botella de champú. Él vació un poco en sus manos y las frotó contra su cabello. Sus fuertes dedos le masajeaban el cuero cabelludo y Bella pensó que era asombroso que no se derritiera y se fuera por el drenaje.
Ella sintió el golpe de algo duro y se congeló. —Lo siento, no puedo evitarlo.
—Um, será mejor si me enjuago de una vez —dijo Bella. Retrocedió y ladeó la cabeza bajo el agua, la cual se enfriaba rápidamente. Cuando terminó, se secó el agua de la cara con la mano y vio que él se había vuelto a lavar, aparentemente solo por diversión. Ella se hizo a un lado para que él pudiera enjuagarse.
— ¿Te lavas las alas? —preguntó.
Él parpadeó. —No lo había planeado. ¿Por qué? ¿Se ven sucias?
—No, solo me estaba preguntando cómo las cuidas.
—Me dijeron que no las lavara con jabón porque reduciría el aceite de mis plumas y las dejaría quebradizas. Las limpio, te mostraré —. Se enjuago rápidamente y ambos salieron de la ducha.
— ¿Bella? —dijo suavemente, mientras ella se enredaba una toalla en el cabello. —Gracias por compartir eso conmigo.
—Gracias por lavar mi cabello, se sintió muy bien.
Él se sentó en la cama vistiendo solo una toalla. Bella se puso su uniforme, la única ropa que tenía. Lavó su ropa interior en el lavado y la enredó en una toalla que puso en radiador para que se secara.
Cuando regresó a la habitación, él estaba limpiando sus alas. Ella miró como tomaba cada pluma entre sus dedos y masajeaba el folículo, frotando hacia abajo por la pluma y estirando la punta, enderezando todos los lugares donde la punta se había dividido. Bella se sentó detrás de él en la cama y tomó una de las plumas en sus manos. Era tan grande como su palma, de un blanco cegador con un brillo nacarado. Ella tocó las plumas más cortas, suaves como un patito, donde sus alas se unían con su espalda y soltó un suspiro casi de placer.
—No puedo alcanzar esas —dijo. —Siempre tenemos que pedirle a alguien más que las limpie por nosotros. Creo que es la forma en que el Altísimo se asegura de que tenemos interacción social entre nosotros y no pasamos todo el tiempo viendo a nuestros humanos.
— ¿Tienes muchos amigos? —preguntó.
Él sonrió y asintió como si hubiera sentido cuál era su siguiente pregunta.
— ¿Amantes? —ella intentó sonar indiferente.
Su sonrisa se hizo aún más amplia. —Nuestro tiempo se mueve mucho más lento que el tuyo. Puede llegar a ser muy aburrido mientras nuestros humanos están durmiendo.
— ¿Tal vez puedes pasar ese tiempo asegurándote de que tu humano no tiene una pesadilla? —dijo Bella remilgadamente.
—En realidad sí lo hacemos, o al menos intentamos dirigir los sueños en una dirección más agradable. Cuando un humano está dormido es cuando hay más oportunidades de que nos escuchen. Podemos aparecer como personajes en los sueños de nuestro humano. ¿Recuerdas ese sueño que tuviste en el que estabas patinando sobre hielo y se convirtió en un vals en el hielo con un hombre al que no le podías ver la cara?
— ¿Ese eras tú?
Él sonrió.
Hubo un golpe en la puerta y la sonrisa de él desapareció. —Escóndete bajo la cama — susurró él. Se puso la ropa rápidamente.
Bella se tiró al piso y se deslizó bajo la cama, recostándose en medio de pedazos de basura y motas de polvo que se habían acumulado ahí abajo. La puerta se abrió y Bella vio un par de piernas de mujer. La mujer habló de modo rápido en español. La voz de Edward sonó a súplica cuando respondió. La mujer dijo algo y Edward suspiró. Él la siguió fuera de la habitación. En cuanto la puerta se cerró, Bella salió de debajo de la cama y se puso los zapatos. Miró a su alrededor para ver si no dejaban nada, pero la ventaja de tener pocas posesiones es que hay menos cosas que puedes olvidar. Su ropa interior todavía se estaba secando. Bella la metió en su bolsillo y fue a la puerta, asomándose al pasillo vacío. Lo siguió hasta llegar a un balcón con vistas hacia el vestíbulo. Podía escuchar a Edward, su voz todavía suplicaba en español a las agudas réplicas de la mujer. Bella se asomó por un lado y se mordió la mano para evitar reír en voz alta cuando la mujer sacó a Edward por la puerta, golpeándolo en la cabeza y hombros con una escoba.
Esperó hasta que la mujer se metió a una oficina que estaba detrás del escritorio, luego bajó rápidamente las escaleras y salió por la puerta principal, justo hacia los bazos de Edward que la esperaban.
— ¡Me golpeó! —dijo él con indignación.
—Lo sé, lo vi. ¿Nos metimos sin pagar de nuevo?
Él se veía culpable. —Quería una suma escandalosa por la habitación. Le dije que no valía la pena y se puso un poco… irascible.
Bella suspiró. —Bueno, es miércoles. Después de que llame a Jasper nuestros problemas de dinero estarán resueltos. No podrías saber en qué zona horaria estamos, ¿o sí?
Él sonrió. —Son cinco horas más tarde que en la Costa Este —. Se veía orgulloso de haber podido proporcionarle esa información.
Ella miró su muñeca desnuda, un hábito que no podía dejar incluso aunque no había usado reloj desde que había sido secuestrada por el Proyecto Theta. Eso le hizo pensar en su problema inmediato.
—Edward, estamos en la calle —. No veía a nadie que se pareciera a "ellos", pero no sabía qué tan lejos habían diseminado su imagen de se busca. Cada persona que los veía repentinamente adoptaba un aspecto siniestro.
—Lo sé —dijo él, ceñudo. Tomó la mano de ella en la suya. —Vamos a encontrar otro motel, uno que tenga teléfono en la habitación para poder llamar a tu hermano.
Las calles estaban sucias y atestadas, y los numerosos conductores de los coches y motocicletas parecían compartir la opinión que las leyes de tráfico eran meras sugerencias y que hacer sonar la bocina repetidamente ayudaría a aclarar el tráfico. Edward agarró a Bella por la cintura y la cargó moviéndola de su camino para evitar que una motocicleta, que iba por la banqueta para evadir un carro estacionado, le pisara los pies.
Junto a la banqueta, en medio de dos edificios, un hombre había instalado una mesa vendiendo películas americanas y un pensamiento llegó a ella.
—Edward, ¿y si alguien te reconoce como el actor?
—No pasa nada —le aseguró él. —Solo me veo así para ti, de la misma forma en que solo tú puedes ver mis alas.
— ¿Cómo te ves para los demás?
Él sonrió. —Menos atractivo.
Ella caminaba detrás de él, aferrándose a su mano con fuerza y la otra mano sobre el bolsillo que guardaba todo su dinero. Ella odiaba las multitudes y había tantas personas llenando esta estrecha franja de cemento, que era casi como ser un salmón intentando nadar contra corriente. Alguien chocó contra ella y Edward le gruñó algo en español.
— ¡Edward, mira! —dijo Bella, interrumpiendo lo que pudo haber sido una pelea. Señaló a la familiar firma de una cadena de hoteles. Dios bendiga al neocolonialismo económico Americano, pensó ella.
— ¡Bien hecho! —alabó Edward como si Bella hubiera hecho algo extraordinario y como si no lo hubiesen visto cuando caminaban junto a él. Bella se sonrojó bajo la mirada cariñosa y orgullosa que le dio él.
Pasó a través de la multitud y se detuvieron en la intersección. No había señas de PASE/NO PASE que pudieran ayudarles. La gente cruzaba al azar, pavoneándose audazmente entre el tráfico como si no estuvieran en un peligro mortal por los carros que serpenteaban como en una competencia por cada pedacito de espacio.
—De ninguna manera —dijo Edward sacudiendo la cabeza. —Vamos.
Él la llevó hacia atrás, a un callejón lejos de la enloquecedora multitud, agachándose detrás de una pila de basura aparentemente olvidada por los servicios de limpieza. Edward cargó a Bella en sus brazos y saltó con sus grandes alas, atrapando el aire para levantarlos y llevarlos sobre el callejón —sobre la mortal calle— hacia la seguridad del otro lado, aterrizando en otro callejón donde no serían vistos saliendo repentinamente de la nada.
Caminaron hacia la salida del callejón y un hombre se puso en su camino, joven y de ojos fríos, apuntándolos con una pistola. Hizo una demanda en español, pero Bella no necesitó que le tradujeran para entender de qué trataba. Buscó su bolsillo para sacar el dinero.
—No —dijo Edward suavemente. —Bella, ponte detrás de mí.
Ella lo hizo y él extendió sus alas al máximo. Ella no podía ver qué estaba pasando, pero hubo una riña, luego una ruidosa explosión y un traqueteo cuando la pistola cayó al pavimento. Bella usó su habilidad para cogerla. Edward se movió tan rápido que Bella apenas pudo seguir sus movimientos, pero el resultado final fue el ladrón yaciendo sobre el pavimento, fuera de combate. Edward se inclinó y sacó la cartera del hombre antes de revisar los otros bolsillos. Encontró una navaja y la puso en una de las bolsas de su sudadera.
— ¡Edward! ¿Le estás robando a un ladrón?
—Tal vez eso le enseñe una lección —dijo Edward. —Y ahora tengo una identificación que puedo usar. Un poco más de dinero… Oye, mira, ¡una tarjeta de teléfono! —. Edward la sacó de la cartera y la sostuvo en alto para que ella la viera. —El Señor proveerá. Oh, ¡y una cajetilla de cigarros!
— ¡Ugh! ¿Por qué querrías eso?
—Podría probarlos —dijo.
Bella se rió entre dientes y sacudió la cabeza, pero su risa murió abruptamente cuando vio la mancha que había en un costado de su sudadera. La levantó y jadeó.
— ¡Te dispararon! —se golpeó la frente. — ¿Por qué no pensé en levantar el escudo?
La voz de él era gentil. —Porque eso lo aprendiste hace poco, todavía no es una reacción instintiva en ti. Yo tampoco pensé en eso o te lo habría sugerido.
— ¡Pero dejé que te lastimaran! ¡Estás sangrando! —chilló.
—Estaré bien, en serio —dijo. —No soy mortal, Bella.
—Lo sé, pero tiene que ser doloroso.
—Sí —dijo con honestidad. —Pero sanará pronto, no te preocupes. Vamos al hotel donde estaremos a salvo. Bueno, más seguros al menos.
Él utilizó la identificación del ladrón para registrarse en el hotel y el recepcionista no se dio cuenta de la mancha en el costado de Edward, o tal vez estaba acostumbrado a ver personas con heridas de balas rentando una habitación. Tomaron el elevador hasta el tercer piso, una experiencia que parecía emocionar a Edward, quien presionó cada botón y veía cómo cambiaban las luces y se abrían y cerraban las puertas en cada piso con una gran fascinación. La tarjeta de su habitación también lo maravilló y abrió la puerta casi cinco veces antes de que Bella insistiera que debían entrar.
—Siéntate —ella le ordenó y fue al baño para mojar un trapo y agarrar una toalla. Le levantó la sudadera y Edward hizo una mueca de dolor ante la herida de su costado. —Ángel estúpido —lo regañó. —No debiste intentar detenerlo —. Limpió la herida con el trapo mojado. Gracias a Dios, el sangrado ya se había detenido.
—No podía dejarlo llevarse el poco dinero que tenemos —dijo Edward. — ¿Y si Jasper no va al bar hoy? Además, mira las cosas tan geniales que conseguimos —. Sacó la pistola y la giró en sus manos, examinándola con curiosidad.
Bella se agachó. — ¡Con cuidado! A ver, dámela —. Él se la dio y Bella le puso el seguro. Sacó el cargador y contó las balas que tenía dentro. Solo cinco. Si él quería quedársela, tendrían que comprar más municiones. Volvió a poner el cargador en su lugar y se la regresó a Edward.
—Quítate la sudadera —le ordenó. Se la llevó al baño y llenó la bañera de agua, agregando un poco de champú. Puso la sudadera a remojar. Gracias a Dios era de un color oscuro así que la mancha no se notaría. Edward se recargó en el marco de la puerta, mirándola.
—Necesitamos más ropa —dijo él.
Ella suspiró. —Necesitamos muchas cosas.
— ¿Tienes hambre?
En cuanto él terminó de hacer la pregunta, ella se dio cuenta de que en realidad sí tenía. No habían podido comer mucho en el desayuno y ya pasaba de medio día.
—Iré a conseguirnos algo —se ofreció Edward.
—No puedes, no sin sudadera.
—Usaré tu abrigo —. Lo cogió y se lo puso. Bella tuvo que morderse la parte interior de su mejilla para evitar la carcajada que quería salir. El abrigo se arrugaba en la parte superior de sus alas y tuvo que forcejear para cerrar la cremallera. Sus largos brazos se extendían más allá de los puños de las mangas. Se veía como el Jorobado de Notre Dame usando ropa de niño. —Vi un supermercado bajando la calle, ¿hay algo que quieras en particular?
Ella sacudió la cabeza. —Lo que sea, no soy exigente, de todas formas tú probablemente ya sepas lo que me gusta. Solo asegúrate de que sea algo que no tengamos que calentar. Ten cuidado, ¿sí?
—Claro —. Agarró la pistola de la mesita de noche y la puso en sus manos. —Mantén esto contigo.
Ella miró el letal destello negro. Su padre, Charlie, había sido el Jefe de policía de un pequeño pueblo. Él se aseguró de que sus dos hijos supieran manejar apropiadamente las armas de fuego e incluso ocasionalmente los llevó a prácticas de tiro. La idea de defenderse a sí misma con un arma siempre había sido un concepto muy abstracto, pero ahora era una posibilidad muy real.
Edward dejó un rápido beso en sus labios. —No mientras yo esté cerca, ese es mi trabajo. Regresaré pronto. Mantén la puerta cerrada y no abras si alguien toca. Te amo.
—Cuídate —susurró ella. Lo siguió hasta la puerta y la cerró detrás de él, mirándolo por la mirilla hasta que desapareció al girar una esquina, yendo hacia los elevadores en lugar de tomar las escaleras.
Se sorprendió ante lo sola que se sintió minutos después de que él se había ido. Ella siempre había sido solitaria, incluso de niña. Había vivido sola desde que se graduó de la preparatoria y en pocas ocasiones se sentía sola. Usualmente, una llamada a su hermano era suficiente para disminuirlo. Pero ahora la habitación se veía fría y vacía sin Edward para compartirla.
Encendió la televisión y mentalmente premió al hotel con el título de Peor Cable del Mundo, porque solo había tres canales para elegir. Un canal tenía una novela en español con actuaciones bastante malas, el segundo parecía ser algún tipo de infomercial para un procesador de comida y el tercero estaba mostrando un drama carcelario que, incómodamente, trajo a su mente el centro de investigación del cual había escapado.
Se preguntó cómo les estaría yendo a los amigos que había hecho ahí; Quil, Alice e incluso la quisquillosa Jane. ¿Sabría Alice que Bella estaba a salvo? Un terrible pensamiento se le ocurrió: ¿y si forzaban a Alice para buscar a Bella? Ella nunca habría pensado que Jacob podría recurrir a las tácticas de mano dura, al igual como tampoco habría pensado que él era capaz de arrojarla sobre la nieve para dispararle.
Los ojos le picaron con lágrimas. Si no fuera por Edward, estaría muerta justo ahora. Y Edward no estaría aquí si no fuera por la misteriosa misión que se suponía tenía que cumplir. ¿Y si la misión era rescatar a los otros del centro? Pensó en las miradas muertas y sin esperanzas de los otros residentes y entonces recordó lo que Alice le había susurrado el día que se conocieron; —Va a funcionar, pero no de la manera que piensas —. Malditos psíquicos. ¿Por qué siempre tienen que ser tan crípticos?
Pero, ¿cómo podrían ellos entrar a un centro de investigación gubernamental bien resguardado y con alta seguridad, solo ellos dos? Todavía estaba meditando este imposible cuando Edward abrió la puerta. Llevaba dos bolsas de papel, las cuales dejó en la cama y rápidamente se quitó el abrigo, suspirando de alivio cuando sus pobres alas arrugadas se liberaron. Unas cuantas plumas caídas flotaban hacia el piso.
Bella revisó las bolsas. Una contenía mantequilla de maní y una barra de pan. La otra tenía dulces. Montones y motones de dulces. Dulces de todos los tipos, desde goma de mascar hasta caramelos. Debió de haber comprado uno de cada tipo.
— ¡Lo hice! —replicó lleno de júbilo.
—Esta es la última vez que vas al supermercado solo —dijo Bella.
— ¿Edward?
Estaba acostado al pie de la cama, comiendo Twizzler y mirando caricaturas en español. Se dio la vuelta para verla.
—Creo que debemos regresar al centro de investigación y ayudar a los otros a escapar.
Él asintió. —Te escuché pensando sobre eso hoy, pero no sé cómo podríamos hacerlo. Todos esos soldados con armas… no quiero matar a nadie, Bella, pero si vamos allí puede que no tenga otra opción.
—Yo podría protegernos —dijo Bella. —Y los otros tienen talentos que podrían ayudarnos.
—No podría sacar a todos de ahí volando —señaló Edward. —Lo primero sería conseguir transporte.
Bella se masajeó las sienes. —Lo primero es conseguir más dinero. ¿Qué hora es?
—Tres y media —respondió, mirando el reloj del ladrón.
—Oh, qué bien. Usualmente Jasper llega al bar alrededor de las ocho en noches de dardos —. Agarró la tarjeta de teléfono la cual, gracias a Dios, tenía las instrucciones impresas en ingles. Ella recordaba el número del bar porque era uno de esos números que formaban un nombre: BENNYS P. Lo marcó con su corazón agitado.
—Benny's —respondió una voz de hombre.
— ¿Me podrías comunicar con Jasper? —preguntó Bella.
— ¿Bella? ¿Eres tú? ¡Santo Dios! ¡Soy yo, Riley!
—Hola Riley —respondió ella. Conocía a Riley desde hace años, su padre solía llevarlos a ella y a Jasper al Bar de Benny's para almorzar cada sábado durante su vida.
—Estás en todas las noticias. ¿Dónde carajos has estado?
—No puedo decirte, Riley. Lo siento. Por favor, ¿está Jasper ahí?
—Sí, aquí está, espera.
Bella escuchó el ruido que hizo el teléfono al ser dejado sobre la barra y débilmente oyó la voz de Riley llamando a Jasper. Hubo un murmullo de voces y entonces el teléfono se arrastró por la barra al ser recogido.
— ¿Quién es? —demandó Jasper, su voz sonaba hostil y forzada.
—Jasper, soy yo, Bella.
—Oh Dios mío —susurró Jasper. —Lo siento, he estado recibiendo esas llamadas de broma. Bella, santa mierda, ¿en realidad eres tú?
—Soy yo, Jazzy —. Usó el nombre con el que solía llamarlo cuando eran pequeños, algo que solo ella podría saber.
Escuchó las lágrimas en la voz de Jasper. —Oh, gracias a Dios. Gracias a Dios. ¿Estás bien? ¿Dónde estás? ¿Qué pasó?
Le dio una pequeña descripción del Proyecto Theta y lo que sucedió. En el otro lado de la habitación, Edward había terminado con sus dulces y estaba intentando encender un cigarro. Lo puso entre sus labios y encendió el mechero. —Necesito tu ayuda.
— ¡Lo que sea! ¿Quieres que vaya por ti?
—No —dijo rápidamente. —Probablemente te tienen vigilado, esa es la razón de que haya llamado al bar en lugar de a tu casa o tu celular. No puedes hacer nada fuera de lo normal o comenzarán a sospechar.
Edward seguía tocando la cola del cigarro para encenderlo, pero nada pasaba. Tienes que inhalar, pensó Bella para él. Lo hizo y la cola del cigarro brilló de anaranjado por el fuego. Edward tosió una nube de humo, sacando el cigarro de su boca y siguió tosiendo hasta que se le puso la cara roja.
— ¿Quién está contigo? —preguntó Jasper.
—Es Edward —dijo Bella mientras que el ángel en cuestión, quién no había aprendido su lección la primera vez, intentó inhalar una vez más del cigarro y volvió a toser como si fuera a expulsar un pulmón. —Él… uh… me ayudó a escapar.
— ¿Él está bien?
—Sí, está bien —dijo Bella cuando Edward se fue como un rayo hacia el baño con una mano sobre la boca. No debió comerse todos esos dulces, pensó. —Es un hombre maravilloso, Jasper, me mantiene a salvo, pero no tenemos mucho dinero. Esperaba que me pudieras mandar algo.
—Claro que sí.
—Pero no lo hagas tú, en caso de que te estén vigilando. Que lo haga alguien en quien confíes.
—Charlotte —dijo Jasper inmediatamente, refiriéndose a su secretaria. —Ella no hace preguntas. ¿A dónde debo mandarlo?
Bella agarró la nueva cartera de Edward de la mesita de noche y sacó la licencia del ladrón. Leyó el nombre y la ciudad. —Si no hay una oficina de Western Union aquí, elige la más cercana. Te llamaré mañana a esta hora para asegurarnos de que no ha habido problemas.
—Bella, creo que debes saber algo —dijo Jasper. —Están diciendo que eres una terrorista. Las noticias han estado pasando fotos de ti con un pañuelo en la cabeza reuniéndote con Mohammed Atta.
Bella cerró los ojos.
—Están ofreciendo grandes sumas de dinero por tu captura. Estás en la lista de Los Más Buscados del FBI.
—Tenían que tener alguna excusa para que también las fuerzas de la ley me buscaran —dijo Bella. Edward salió del baño, se veía pálido y sudoroso. Se dejó caer en la cama con un suave gemido. —Escucha Jasper, me tengo que ir, pero te llamaré mañana en la noche, ¿de acuerdo? Ve a Barnny's alrededor de las ocho.
—Está bien, hermanita. Te amo. Por favor, ten cuidado.
—Lo haré. También te amo, Jasper —. Bella colgó el teléfono y se acostó junto a Edward. — ¿Te sientes mejor?
—Tuve otra nueva experiencia —dijo con pesadez. —Una que espero no volver a repetir.
— ¿Aprendiste la lección? —le preguntó Bella dulcemente.
— ¿Cuál? ¿La de comer una bolsa de dulces del supermercado, fumar o combinar las dos? No eres muy simpática, sabes.
—Lo siento —Bella sonrió. —Lo hiciste tú solito, sabes. Intenté advertirte. Vamos —. Se levantó de la cama y quitó las cobijas. Edward se arrastró hacia la cabecera de la cama y se metió debajo de las cobijas, con vaqueros y todo. Bella se acostó junto a él y apagó la luz, acurrucándose contra él y acariciándole el cabello de manera suave. Pensó en abrazar a Edward mientras él tomaba una siesta para recuperarse, pero incluso aunque todavía era temprano, también se quedó profundamente dormida.
Y los dos durmieron profundamente, hasta que la explosión de una granada rompió la ventana.
Oh, oh, ¿ahora qué pasará?
Para todas las que tengan dudas, si, Alice y los demás volverán a salir en la historia. ¿Cuándo y cómo? Tendrán que esperar ;D ¿La misión de Bella es rescatar a los demás? Mmm… Eso lo dejaré a su juicio, es más simple de lo que parece.
Entonces, ¿qué les pareció el capítulo?
Gracias a andrea y Clau por sus comentarios nenas, ¡besotes enormes!
Amy: Primero que nada, espero que ya te encuentres mucho mejor, usualmente los resfriados no son muy peligrosos, pero ah como son engorrosos, cuídate y descansa mucho. Ohh si, sé a cual fic te refieres… me ha pasado con más lo mismo, parece que es sólo un POV por las similitudes entre los pensamientos de los, supuestos, distintos personajes. Gracias, es bueno saber que hago lo mejor que puedo, aunque también debo agradecerle muchísimo a mi Beta, ella me ayuda bastante, siempre es buena una segunda opinión. Me despido una vez más insistiendo en que te cuides – aunque espero que ahora ya te encuentres mejor – y no importa si no puedes comentar, lo primero es tu salud. Besos y abrazos.
Gracias a todas por sus reviews, alertas y favoritos.
Espero que les haya gustado el capítulo.
Besos,
Moni
