Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo solo traduzco.


Capítulo Beteado por: Isa BetaTraductora Ffad

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~*~The Better Angels of Our Nature~*~

Por: Lissa Bryan

Bella estaba lavando los trastes cuando Edward llegó a casa.

— ¡Luuucy! Estoy en caaasa —gritó.

Ella se rió entre dientes. Edward se había encariñado de la película I Love Lucy desde que compró los DVDs del programa el otro día a un vendedor ambulante. Todos los días, cuando venía de regreso a casa de los muelles, se detenía a comprar una película o los episodios de algún programa para que los vieran juntos acurrucados en el sofá después de la cena. Casi siempre elegía comedías; la única vez que miraron un drama, había estado triste por días, incluso aunque sabía que era ficción.

Ya llevaban casi un mes en el apartamento y se habían acostumbrado a una cómoda rutina. Todas las mañanas Edward iba a su nuevo trabajo en los muelles, un trabajo que había conseguido porque Bella todavía tenía la determinación de rescatar a los demás del centro de investigación y para eso necesitaban un capitán confiable con un barco que les proporcionara transporte. Edward había decidido que la única forma de estar seguros era trabajando con ellos. Ni siquiera las ampollas que le habían salido el primer día arruinaron su entusiasmo. Sus compañeros de trabajo se asombraban de su inagotable fuerza y su alegre disposición de ayudar en todo.

Ella dejó caer el plato que había estado lavando al agua y se secó las manos antes de ir a la sala para darle un beso. Él todavía llevaba puesto su abrigo, lo cual era raro, porque normalmente se lo quitaba en cuando pasaba la puerta, no le gustaba como oprimía sus alas. Ella escuchó un ruido y ladeó la cabeza. Entonces, lo escuchó de nuevo.

—Edward, ¿por qué tu abrigo está gimoteando?

—Bueno, eso es algo de lo que quería hablar contigo —. Se desabrochó el abrigo y en su mano cayó un cachorrito, era una cosita fea llena de barro con pelaje negro. Movió la cola con ilusión.

— ¿De dónde sacaste al cachorro? —preguntó Bella—. ¿Por qué tienes un cachorro?

—Lo encontré —explicó Edward—. Estaba debajo de un carro enfrente del edificio.

—Deberías regresarlo —dijo Bella—. ¿Y si solo se alejó un poco de su casa?

Edward sacudió la cabeza. —No puedo regresarlo, ya se fue el carro.

—No creo que tengamos permitido tener un perro en el apartamento —señaló Bella.

—De acuerdo a nuestro contrato de alquiler, no; pero le di al encargado mil dólares de depósito y dijo que sí podíamos.

— ¿Mil dólares? —Bella se dejó caer en el sofá—. ¡Santo Dios, Edward!

—Nos lo regresará cuando nos mudemos —dijo Edward.

—Más le vale —dijo Bella—. Apuesto a que ni siquiera le pediste un recibo.

—Bueno, no —admitió Edward—. Pero no tenemos razones para creer que el encargado es una persona deshonesta.

Bella enterró la cara en sus manos. Se recordó que tenía que ser paciente. Edward no entendía. Era como aquella vez en que le dio la mitad de su cheque a un vagabundo cuando iban por la calle.

—Edward, no podemos quedarnos con el cachorro. En cualquier momento tendríamos que irnos y él se quedaría solo.

Edward asintió. —Ya discutí eso con él.

— ¿Con el encargado?

—No, el perro.

Bella parpadeó. — ¿Hablaste con el perro de que en cualquier momento nos podríamos ir?

—Sí, y dijo que entendía. Está solo y quiere una familia por todo el tiempo posible. Cuando lo encontré le dije que tú estarías de acuerdo.

— ¿El perro habla?

—Pues, conmigo sí.

— ¿Habla español?

—No, Bella —dijo Edward como si fuera una pregunta tonta—. Él habla en perro.

—Oh.

—Prometió no orinarse en la alfombra si le hacemos una caja con periódico dentro, y nos avisará si hay intrusos.

— ¿Tiene nombre?

Edward sacudió la cabeza. —Dijo que el humano que lo abandonó solo le decía 'el enano'.

Bella suspiró. —Entonces, supongo, que tenemos un perro.

Edward estaba encantado. La besó y dijo:

—Gracias, no te arrepentirás.

Ella ya se estaba arrepintiendo, imaginándose los zapatos mordidos y el tener que sacar al perro en el frío.

Edward sacudió la cabeza. —Tú no tendrás que hacerlo, usará la caja durante el día y yo lo sacaré en la noche. Le compraremos algunos juguetes para morder. ¡Iré por las cosas ahora mismo! —Edward salió casi saltando por la emoción.

El cachorro miró a Bella expectante. —Lo siento, no soy un ángel y no hablo Perruano —dijo Bella. Cargó al cachorro, estaba alarmantemente liviano, no era más que piel y huesos. Lo llevó a la cocina y lo puso en el piso para que correteara alrededor en el linóleo hasta que terminó con los trastes, usando su poder para secarlos con un trapo.

Llenó el fregadero con agua limpia y metió al perrito ahí, bañándolo con jabón de trastes; dudaba que Edward fuera a pensar en un champú contra pulgas y garrapatas. Después de que el cachorro estuviera limpio, pasó un peine por su pelaje lo más suavemente posible, cortando los nudos más difíciles, y lo envolvió en una toalla. Él se quedó dormido en sus brazos y Bella le sonrió. Ahora que estaba limpio era una cosita muy bonita. Quizás tener un perro no sería tan malo. Se advirtió a sí misma el no encariñarse, incluso aunque sabía que era imposible evitarlo.

Edward regresó con la mitad de la tienda para mascotas. No solo recordó el champú, sino que compró de tres marcas diferentes. Ella gimió ante la cantidad de cosas, ya sabía que no debía dejarlo ir a comprar solo.

—Lo sé, me sobrepasé un poco —confesó—. Pero quería darle todo lo que necesitara. Puede que seamos la única familia que llegue a tener y quién sabe cuánto tiempo estaremos aquí. Quiero que tenga buenos recuerdos de su casa.

Bella suspiró. —Lo sé, Edward, pero tenemos que ser cuidadosos con el dinero —. Él solo ganaba el equivalente a $800 dólares por mes al trabajar en los muelles y tenían que pagar renta y servicios públicos, y ahora tendrían que llevar al perrito al veterinario para que lo revisara y le pusiera todas sus vacunas. Edward hizo una mueca cuando ese último pensamiento pasó por la cabeza de ella.

Edward alimentó y jugó con el perrito mientras Bella hacía la cena. Él estaba interesado en el proceso de cocinar pero se distraía fácilmente, así que cuando Edward estaba en la cocina las cosas se quemaban o se tiraban. Generalmente Bella lo mandaba a hacer otra cosa mientras ella cocinaba, incluso aunque nunca le gustó esa tarea. Solo podía hacer platillos simples como pastas que había hecho esa noche, pero Edward aclamaba que sus platillos eran deliciosos. Ciertamente, él comía lo suficiente para hacer creíble lo que decía y hacía que ella se preguntara si los ángeles podían engordar.

Apagó la última mecha y llevó la olla a la mesa. Edward puso al perrito en su canasta, donde se quedó dormido de inmediato, contento con estar calientito y tener la barriga llena por primera vez en su corta vida.

Edward rezó en voz alta, agradeciendo a Dios por la comida, algo que había adoptado de una de las películas que habían visto, y después se concentró en el montón de comida que había echado en su plato. Bella mordisqueaba la comida. No había tenido mucho apetito desde la semana anterior cuando Jasper se había "perdido". Había estado en las noticias, un destacado arquitecto con una hermana terrorista había desaparecido, probablemente ahora él también era terrorista. Bella había sacudido la cabeza perpleja ante la última parte, como si el terrorismo fuera algo contagioso. (También se había indignado cuando las noticias especularon acerca de que los edificios de Jasper podrían ser inseguros y deberían ser revisados por fallas ocultas que pudieran causar que colapsaran en cualquier momento). Eso había traído de regreso a Bella al ojo del huracán, así que no había salido del apartamento en una semana. Incluso con su corto cabello rojo y lentes de sol, alguien podría reconocerla.

Edward lavó los trastes después de la cena y sacó a pasear al perrito. Bella se sentó en el sofá mirando a la nada. Tenía una pila de libros de bolsillo en inglés en la silla que estaba junto a ella, Edward los había encontrado en una tienda de segunda mano, incluyendo algunos de los clásicos que ella amaba, pero no tenía ganas de leer. Miró a la silenciosa televisión y consideró brevemente el prenderla, así podría tener una excusa para estar sentada allí mirando nada más. Aunque eso no engañaría a Edward. Él conocía cada pensamiento que pasaba por su cabeza, aunque había aprendido a refrenar ese desconcertante hábito de responder a ellos como si ella hubiera hablado.

Pero si había escuchado los pensamientos que ella había tenido hoy, no había dado indicación alguna. Probablemente estaba esperando a que ella hiciera el primer movimiento.

Él había mantenido su palabra. Después de esa vez que la tocó sobre su ropa, no la había presionado para hacer nada sexual, a pesar de que habían tenido unas largas sesiones de besos en el sofá, aunque ella no había recordado quien había sido el iniciador. Él de verdad parecía ser feliz con tan solo su compañía, si eso era todo lo que ella tenía para ofrecer.

La hacía sentirse segura de una forma que nunca antes se había sentido con otro hombre. Las relaciones siempre habían sido difíciles para Bella. No podía compartir sus secretos con nadie por miedo a su reacción, así que era incapaz de conseguir verdadera intimidad emocional y, para ella, eso era lo principal para tener intimidad física. Edward sabía todo lo que había que saber de ella y aún así la amaba. Él dejó en claro que quería tener relaciones sexuales, pero estaba dispuesto a esperar hasta que ella estuviera lista para dar ese paso, a esperar para siempre si tenía que hacerlo.

¿Era él mejor que un humano con su paciencia natural y verdadero amor incondicional por ella? ¿Eso se debía a que era un ángel o era por ser Edward? Cuando ella intentaba examinar y definir lo que sentía por él, no podía evitar preguntarse si esos sentimientos eran por lo que él era o por quién era. Pero, ¿y si ambos eran uno solo?

Si Edward fuera humano, ¿sería diferente? Ciertamente no se sentiría entusiasmado por las experiencias más mundanas de vivir, lo cual ella encontraba adorable, y él no tendría ese conocimiento enciclopédico de su vida, sus miedos, esperanzas y las peculiaridades de su personalidad. ¿Sería igual de divertido y amoroso, invitándola de repente a subirse a la cama para saltar o construir un fuerte con las almohadas del sofá y lanzarse calcetines enrollados entre ellos? Claro, no sería tan confiable. Los humanos tenían que aprender del cinismo a temprana edad o se convertirían en víctimas.

De repente pensó en el vagabundo al que Edward le había dado tanto dinero. Ella había caminado junto al bulto en forma de humano en la calle sin mirarlo, pero Edward se había agachado para hablar con él. Él estaba intoxicado además de estar mentalmente enfermo, sucio y de aspecto peligroso, el tipo de persona que Bella evitaría cruzarse en la calle. Pero no Edward. Él le había dicho unas suaves palabras y el hombre lo miró maravillado. "Ángel", había susurrado el hombre, poniéndose de rodillas frente a Edward y tocando tentativamente una de sus alas. Edward le había dicho algo más y metió el dinero en su bolsillo. El hombre había asentido vehementemente y caminó a toda prisa por la calle para hacer lo que Edward le había indicado. Bella no había dicho nada del incidente, avergonzada como estaba por su propia insensibilidad y repulsión.

Más tarde se había preguntado, de la misma forma que ahora, si la compasión de Edward sería igual de fuerte siendo él humano, o si se hubiera insensibilizado lentamente hasta el punto en que sus ojos se deslizaran sobre la escoria de la humanidad sin notar su existencia. También se había preguntad cómo es que el hombre había sabido lo que Edward era. ¿Estaban en lo correcto los antiguos filósofos al decir que la locura te garantizaba cierta claridad espiritual?

La pregunta más importante de todo esto era: ¿Edward la amaría si no fuera su ángel? Bella sabía que no era fácil amarla. Era reservada y callada. Su imagen y personalidad no eran nada del otro mundo. Tenía una lista de inseguridades más larga que la de sus rasgos positivos, de eso estaba segura. Edward había dicho que él siempre la amó como los ángeles aman a sus humanos, pero enamorarse de ella había sido algo diferente, algo especial. Ella supuso que todo se resumía a creerle. Sabía que él no le mentiría sobre algo como eso, pero tal vez él no conocía algo más.

Y, ¿los sentimientos de ella se debían a ese lazo especial? Por supuesto que ella se sentiría atraída a él. Había diseñado su apariencia específicamente para gustarle, incluso cambiando los ojos del actor de azul a verde porque ella pensaba que el verde era más bonito. ¿Su corazón se aceleraría cuando él le diera esa sexy mirada si él no fuera tan guapo?

¿Y si ella solo estaba considerando acostarse con él porque era algo seguro? Un hombre que nunca la dejaría, nunca le rompería el corazón. Simplemente no estaba en la naturaleza de Edward usar a alguien y no tenía ni una pizca de crueldad en él. Tener sexo con él solo porque sabía que nunca podría lastimarla era usarlo en esa forma en que ella siempre temió ser usada.

Estaba tan confundida. Deseaba que su madre estuviera todavía con vida, o su padre. Los dos eran personas prácticas y sensibles que serían capaces de desenredar sus sentimientos con solo un par de preguntas correctas. Pero Renee había muero de cáncer hace casi cuatro años y su padre, Charlie, había muerto de un ataque al corazón (en realidad, de un corazón roto) hace menos de seis meses. Deseaba poder llamar a Jasper. Él era tan torpe como ella en lo referente al amor, pero sería lindo contar con la opinión de alguien más.

Edward debía saber lo que estaba pensando, pero aparentemente había decidido dejarla a ella resolver esto. Mas Bella no parecía estar llegando a ninguna respuesta. Sus pensamientos se revolvían en un trillado camino, repitiéndose una y otra vez sin acercarse a ninguna conclusión.

Edward regresó al apartamento y dejó al perrito en la canasta donde inmediatamente se acostó a dormir. Se acercó al sofá agachándose frente a Bella, sus ojos estaba suaves, una sonrisita dulce jugaba con las esquinas de su boca.

—Tienes razón, te dejé para que lo resolvieras sola. Esperaba que llegaras a alguna conclusión cuando examinaras tus sentimientos, pero al parecer estás un poco atascada. Lo simplificaré para ti: te amo y tú me amas. No importa dónde se originó o si nos sentiríamos igual en otras circunstancias. Solo tenemos esta vida, así que no agites las aguas intentando adivinar cómo serían tus sentimientos si todo fuera diferente. Lo que importa es que nos amamos ahora, aquí, en esta vida, en este momento.

—Edward —susurró, y él la besó de forma lenta, larga y dulce antes de ponerse de pie y ofrecerle su mano. Ella la miró por un momento y supo que si la tomaba estaba aceptando más que su ayuda para ponerse de pie. Sentía que estaba de pie en el borde de un acantilado, a punto de saltar con la confianza de que él la atraparía antes de caer.

Bella respiró profundamente y saltó.


Él la guió hasta la habitación, la cual solo estaba iluminada por el rayito de luz que se veía a través de la puerta proveniente de la sala y la fantástica lamparita con forma de estrella que Edward le había dado la semana pasada. (Él siempre le traída regalitos como ese, cosas que se encontraba durante el día y lo hacían pensar en ella.)

Ella estaba un poco nerviosa, pero supuso que era normal, como cuando intentas hacer algo nuevo, algo que conformaba una parte tan importante de su vida. El corazón de ella se aceleró cuando él se acercó más con las manos ligeramente puestas sobre sus hombros antes de bajar por sus brazos dejando caricias para levantar sus manos y besarlas.

—Podemos detenernos cuando quieras —le recordó.

Bella asintió con la respiración un poco entrecortada. No sabía qué se suponía que tenía que hacer ahora. ¿Quizás desnudarse? Alejó las manos de las de él y las llevó al primer botón de su blusa. Él las cubrió con las suyas, deteniéndola.

—Quiero hacer eso. Relájate Bella, lo único que tienes que hacer es disfrutar.

La llevó a la cama y la acomodó en las almohadas, otra de las cosas que compraba constantemente, era como si intentara mejorar su pequeña e incómoda cama asegurándose de que sus cabezas estuvieran a gusto. Y ahí, la besó, se dedicó a besarla por un rato hasta que Bella se relajó, olvidándose de todo excepto de la boca de él sobre la suya y las sensaciones que le producía. Sus labios dejaron los de ella y bajaron por su garganta, moviéndose hacia el pequeño hueco que había en la base de la misma, y entonces, bajó hasta el pequeño pedazo de piel desnuda que quedaba sobre los botones de su blusa. Ella ni siquiera se dio cuenta de que se la desabrochó. Lo hizo de manera lenta, besando cada pedazo de piel que iba descubriendo.

—Mmm, hueles tan bien —dijo, y ella se preguntó la razón de ello ya que no usaba perfume y ambos usaban la misma barra de jabón simple.

Él se rió entre dientes. —Estás pensando de más otra vez, Bella.

—Lo siento, no puedo evitarlo.

—Sé que no puedes. Esa es una de las cosas que te hacen ser quien eres, la persona que amo —. Él apartó su blusa y comenzó a besar la piel que quedaba sobre el borde de su sostén mientras le desabrochaba los vaqueros y se los quitaba tan suavemente que ella ni siquiera se dio cuenta de cuándo se los quitó hasta que sintió sus manos acariciando sus muslos desnudos. Ella tembló por la sensación y él sonrió, besando su estómago desnudo. Un poco de vergüenza la hizo hacer una mueca cuando pensó en su cuerpo expuesto. Él estaba acostumbrado a ver ángeles en toda su perfección.

—Tu cuerpo es perfecto porque es tuyo —susurró Edward—. Eso lo hace ser el cuerpo más hermoso que he visto jamás. He soñado con esto, ¿sabes?

— ¿De verdad? —jadeó cuando metió la lengua en su ombligo—. Yo, um, no sabía que los ángeles… tenían ese tipo de sueños.

—Nunca soñé hasta que llegué aquí —dijo—. Así que supongo que en parte tienes razón —. Movió las manos detrás de ella y desabrochó hábilmente su sostén. Ella lo miró con una ceja alzada—. He estado practicando —dijo.

— ¿Con quién?

Las mejillas de él se encendieron. —Con nadie. Yo, um, puse tu sostén en una almohada. En una de las películas que vimos vi lo difícil que podía ser y no quería estar batallando cuando finalmente llegara el momento de verdad.

Bella se rió y lo abrazó. Su adorable ángel.

Su ropa interior siguió al sostén hasta el piso y a él se le paró la respiración. Por supuesto que la había visto desnuda en muchas ocasiones, sobre todo porque todavía insistía en compartir la ducha, pero nunca en este contexto. Los ojos de él estaban lujuriosos cuando se encontró con los de ella después de viajar sobre su cuerpo y la besó con tanta pasión que la dejó sin respiración.

Se desvistió con una impaciencia que no había mostrado en ella, arrancándose el suéter cuando se lo sacó por la cabeza. Se le atoró en un ala y maldijo, jalándolo.

—Ven —dijo Bella, moviéndose para ayudarla. Él volvió a su comportamiento paciente mientras ella lo liberaba. Él comenzó en su cuello de nuevo, besando cada pedazo de piel que encontraba en su camino hacia sus pechos. De repente se aferró a un pezón y ella se arqueó bajo él con un jadeo. Lo chupó rítmicamente, apretando suavemente el otro pezón al rito de su boca. Bella se retorció preguntándose si una chica podría tener un orgasmo con solo chupar sus pezones. Ciertamente parecía posible, y luego él agregó suaves caricias a sus muslos antes de moverse hacia adentro. Bella no pudo detener el gemido que escapó de ella cuando la tocó.

Dejó sus pechos y bajó besando por su estómago hacia donde habían estado sus manos momentos antes. Levantó la mirada y ella tembló.

—Llevo mucho tiempo queriendo probarte —susurró.

Relámpagos. Dios, su lengua estaba hecha de relámpagos. Bella apretó el puño contra su boca para contener los gritos. Si no lo hacía los vecinos llamarían a la policía, seguros de que alguien que gritara de ese modo debía estar en un peligro mortal. Un orgasmo barrió a través de ella y se quedó en silencio, incapaz de respirar, pensar o hacer algún sonido, porque actualmente todos sus circuitos se habían fundido por tanto placer. Edward le sonrió y volvió a comenzar.

Perdió todo el sentido del tiempo, así que no tenía idea de cuánto tiempo llevaba él otorgándole placer hasta que se deslizó para cubrir el cuerpo de ella con el suyo.

— ¿Bella? —susurró y pasaron unos momentos de turbulencia antes de que ella se diera cuenta de que ese era su nombre. Parpadeó un par de veces para enfocar la vista—. Esto puede doler un poco, lo siento.

Ella asintió.

Sintió una insistente presión que se convirtió en un escozor. Siseó de dolor. Todas las novelas de romance que había leído aseguraban que solo era un pequeño momento de incomodidad y luego llegaba otro orgasmo, pero esto dolía y dolería aún más si Edward no estuviera absorbiendo la mitad del dolor.

Él se congeló. —No puedo, te estoy lastimando.

Las lágrimas se escaparon de los ojos de Bella. —Sigue, quiero terminar con esta parte.

Él apretó los dientes y presionó la frente contra la base del cuello de ella, empujando hacia enfrente hasta que estuvo completamente adentro. Bella esperó, se suponía que el dolor debía alejarse ahora.

No fue así. Él se movió cuidadosamente y ambos sisearon. Bella apretó los ojos. —Sigue.

—No puedo —dijo de nuevo y salió de ella. Bella hizo una mueca y después rompió a llorar, se sentía como una fracasada.

—Lo siento —susurró ella.

—Oh Bella, corazón, no lo sientas —dijo—. No hiciste nada malo, no es tu culpa.

¿Y si había algo malo con ella y no sería capaz de hacer esto jamás? ¿Y si…?

—Detente —ordenó Edward—. No hay nada malo contigo —limpió las lágrimas de sus mejillas—. Tienes que dejar de leer esas novelas de romance. Algunas mujeres tienes más dificultades que otras.

Era obvio que ella sería de las que batallaban más. — ¿Podemos intentarlo de nuevo? —preguntó.

Él le sonrió suavemente. —Tal vez mañana, ¿de acuerdo?

No estaba de acuerdo. Ella no podía hacer la cosa más simple del mundo. Se sentía culpable. Antes del… fracaso, él le había dado tanto placer y ella no le había dado nada. Quizás podría…

—No —dijo Edward—. No, Bella, no estoy… —se detuvo, buscando las palabras, y Bella cerró los ojos. Había arruinado su humor. Eso la hizo sentirse aún peor.

—No hay nada que pueda decir para hacerte sentir mejor, ¿verdad? —dijo él con tristeza.

Ella sacudió la cabeza.

La jaló a sus brazos y Bella lloró silenciosamente hasta que se quedó dormida.


Bella despertó cubierta en plumas. Literalmente, ll parecer, había jalado sobre ella una de sus alas durante la noche, usándola como una manta. Edward abrió los ojos y la miró somnolientamente. — ¿Es hora de levantarse?

Ella miró al reloj. —No, tienes otra hora. Vuelve a dormir.

Rodó saliendo de debajo del ala y se sentó, haciendo una mueca de dolor. Era totalmente injusto. ¿Por qué no podía ser una de esas chicas que tenían una buena, o al menos aceptable, primera vez? Edward no lo había hecho en dos décadas y tuvo que detenerse justo cuando comenzaba a llegar la parte buena para él.

Edward estiró la mano y trazó un corazón en la espalda de ella. —No puedo dormir cuando te estás atormentando —dijo.

—Iré a hacer el almuerzo —. Se puso de pie y recogió su ropa del suelo, dejándola en el canasto. El canasto estaba vacío porque Edward amaba ir a la lavandería, extrañamente se entretenía viendo la ropa girar en la lavadora y secadora. Sacó una camiseta larga de su cajón y se la puso, encaminándose a la cocina.

Casi se tropieza con el cachorro, que estaba esperando en la puerta, su colita se agitaba animadamente. Lo cargó y él se movió en sus manos, lamiéndole la cara. Probablemente necesitaba salir.

—Yo lo hago —dijo Edward, saliendo de la habitación vestido con su pijama: una camiseta y pantalonera.

—No te olvides de los zapatos —le dijo Bella cuando él se dirigía a la puerta. Él se giró regresando al armario y poniéndose unos tenis.

Ella echó unos huevos en el sartén y puso la llama bajita. Se estiró para alcanzar la harina para panqueques de la alacena cuando alguien tocó la puerta. Edward debió olvidarse de llevar sus llaves.

Abrió la puerta y jadeó. Del otro lado estaban de pie tres figuras fantasmales, dos hombres y una mujer. Podía verlos, al igual que el color de sus ropas y pieles, pero estaban difuminados, como una proyección de humo. Podía ver a través de ellos la puerta que estaba al otro lado del pasillo. El hombre de la derecha parpadeaba como una televisión con mala señal.

Bella se quedó viéndolos. Fantasmas, pensó. Un trío de fantasmas.

— ¿Dónde está Edward? —preguntó el hombre del centro.

—S-sacando al p-perro —tartamudeó Bella. Los vio fijamente, ni siquiera parpadeó.

—Tus huevos se están quemando —dijo la mujer.

Entraron en el apartamento, pasando a través de Bella, quien se quedó de pie congelada por la sorpresa. La mujer entró a la cocina y apagó la mecha, moviendo el sartén al fregadero que siseó ante el contacto con las gotas de agua que había abajo.

Edward apareció frente a ella. — ¿Bella?

—Fantasmas —susurró.

—No, cariño, no son fantasmas —dijo. La tomó gentilmente de los hombros y la guió hasta sentarla en el sofá. Puso al perrito en el piso, que corrió a través de las figuras fantasmales, intentando hacerlos jugar.

— ¿Qué están haciendo aquí? —le preguntó Edward a los tres… seres.

—Caímos —dijo simplemente la mujer.

—Oh, no, no… —susurró Edward con voz afligida—. ¿Por qué? ¿Por qué hicieron eso?

—Estamos aquí para ayudar con el rescate —dijo el hombre parpadeante, y luego desapareció de vista—. Lo siento, todavía no puedo mantener la imagen.

— ¿Son ángeles? —le preguntó Bella a Edward.

—Ángeles caídos —dijo Edward sombríamente.

—Creí que los ángeles solo caían si sus humanos eran…— miró a las dos figuras fantasmales—… Si sus humanos se hacían malos.

Edward sacudió la cabeza. —Nosotros podemos elegirlo, podemos elegir venir a la Tierra sin permiso, pero son pocos los que estarían dispuestos a sentenciarse a esta existencia.

—Necesitan nuestra ayuda —intervino la mujer—. No pueden hacerlo ustedes solos.

Bella se imaginó al ejército fantasma de El señor de los anillos. — ¿Quién eres?

—Soy el ángel de Jane —dijo la mujer.

— ¿Una mujer? —. Era alta, con buena figura y rubia, parecida a Marilyn Monroe, vistiendo un suéter y falda rosas.

Asintió. —Jane necesitaba una figura materna —dijo con voz triste y anhelante—. Nos convertimos en lo que sea que necesite nuestro humano, lo que sea que los haga sentirse atraídos a nosotros.

Bella pensó en la pobre Jane, en lo amargada y cruel que era a tan corta edad. Lo más probable es que su ángel hubiera terminado cayendo por desesperación, de todas formas.

— ¿Y tú? —le preguntó al hombre al que todavía podía ver. Era grande y musculoso como un defensa con el cabello corto y oscuro.

—Pertenezco a Alice —dijo, y ella tuvo que apartar la vista ante la terrible tristeza de su mirada.

—Y yo pertenezco a Esme —dijo el ángel invisible. Apareció de nuevo ante ellos, pero era tan débil que Bella apenas podía distinguir su imagen.

— ¿Quién es ella?

—Era una de las mujeres del centro —dijo Edward—. ¿Recuerdas, la mujer con cabello color caramelo, la que siempre se sentaba sola en las comidas?

Bella la recordaba vagamente. Nunca habían hablado, de hecho, nunca había visto a la mujer hablando con otra persona.

—Ahora tenemos nombres —dijo la mujer con un indicio de orgullo en su voz—. Son nombres que le gustan a nuestros humanos. El mío es Rose.

—Emmett —dijo en ángel grande.

—Carlisle —dijo el ángel que había perdido su forma visual de nuevo.

—Danos unos días para descansar y estaremos listos —le dijo Rose a Bella y Edward.

—Ya fui al centro y vigilé la rotación de soldados y medidas de seguridad —dijo la voz sin cuerpo de Carlisle—. Podemos crear un plan de ataque sabiendo a qué nos estamos enfrentando —. Eso explicaba el porqué no tenía la energía para mantener la imagen visual.

— ¿Cayeron para que sus humanos pudieran estar libres? —susurró Bella. Lágrimas se formaron en sus ojos. El sacrificio que hicieron iba más allá de perder los placeres y la comodidad del Cielo. Aquí tendrían hambre, pero no podrían comer; aquí tendrían sed, pero no serían capaces de tomar agua. Aquí seguirían a sus humanos, pero sin ser capaces de contactarlos, de darles consuelo o consejos, una enloquecedora tortura para un ángel que fue creado con ese motivo. Y se quedarían aquí hasta el día en que su humano muriera, pero ellos no regresarían al paraíso como Edward con Bella. Ellos simplemente se desaparecerían en la nada.

La determinación de Bella se solidificó. No tenía otra elección más que intentar recatarlos. Como con Jasper, Bella no permitiría que el sacrificio de estos tres ángeles fuera en vano.


Este capítulo va dedicado para mi beta Isa, que siempre está dispuesta a ayudarme y además es muy eficiente, ¡muchas gracias nena!