Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

This story doesn't belong to me, the characters are property of S. Meyer and the author is Lissa Bryan, I just translate.


Capítulo Beteado por: Isa BetaTraductora Ffad

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~*~The Better Angels of Our Nature~*~

Por: Lissa Bryan

Bella no se sentía muy bien, pero logró subir al barco de Jenks, y eso era lo que importaba.

El sábado Jenks le mandó un mensaje a Edward con un hombre grande y asustador que tocó a su puerta y anunció que Jenks había regresado antes de lo previsto, y que podían irse el domingo en la mañana. Bella agradeció de corazón eso.

Edward, amistoso y amable como siempre, invitó a pasar al matón con aspecto maligno y le ofreció un refresco. La mirada de sorpresa del hombre no tuvo precio. Aparentemente, no estaba acostumbrado a que las personas lo invitaran a sus casas para refrescarse un rato. Se encontró pronto sentado en el sofá, con un vaso de refresco en la mano y un cachorrito en su regazo que insistía en ser acariciado.

—¿Te gustaría quedarte a cenar? Mi Bella va a hacer espagueti y le queda muy bueno.

Los glaciales ojos del hombre de apariencia maligna se suavizaron un poco y rechazó amablemente la invitación. Edward y él platicaron por unos minutos más mientras Bella se entretenía en la cocina, demasiado nerviosa para acercarse.

—Él es uno de los que integran la tripulación —dijo Edward después de que se fue—, así que probablemente lo veremos durante el viaje.

Bella alzó las cejas. —Se veía un poco… aterrador.

Edward ladeó ligeramente la cabeza. —Más triste que malvado, creo.

Ella se había golpeado la mano mientras hacía la cena y gritó sin poder evitarlo. Edward estuvo a su lado en un instante, sus ojos mirando alrededor para ver qué la había lastimado. Cuando se dio cuenta de que había sido accidental, se sentó en una de las sillas y la sentó en su regazo, meciéndola y murmurándole cosas suavemente. Instantáneamente el dolor disminuyó y ella se dio cuenta de que él le estaba quitando la mitad de éste.

—No lo hagas —le dijo.

—Para eso me hicieron —le recordó gentilmente—. ¿Por qué te duele tanto la mano? Eso no es normal, ¿verdad? ¿No debería estar ya sanado?

—No, no es normal — confesó Bella—. Está un poco infectado e iré al doctor cuando regresemos, ¿de acuerdo?

Él miró su rostro. —Estás escondiendo algo.

Bella suspiró. —Solo no quiero que te preocupes, ¿bueno?

Él la besó. —Confío en ti, Bella. Si me dices que no debo preocuparme, entonces no lo haré.

Estaba contenta por haber mejorado su capacidad de esconder su mente de él, sino él habría sentido su culpabilidad.

Esa tarde Edward estaba acostado en el piso con Dave explicándole que se irían por unos días, pero que si se ausentaban por más de cuatro días, uno por cada pata, entonces no debía esperar a que regresaran. Le costó un poco a Dave captar el concepto de contar, pero al final entendió que cada pata representaría un día con luz afuera.

Edward había movido las repisas que había construido para sus películas y las había cubierto con mantas. Ató una toalla en la manija de la ventana y le mostró a Dave que si saltaba sobre las repisas y jalaba la toalla, la ventana se abriría. Dándole una vuelta al edificio, justo debajo de la ventana, había un pequeño saliente, lo suficientemente ancho para que Dave caminara hacia la parte trasera, y de ahí saltar a las escaleras de metal que estaban en la entrada trasera del edificio. Después de unas escapadas de ensayo, Dave fue capaz de usar su ruta de escape esa misma tarde, e incluso fue capaz de recordar que debía cerrar la ventana cuando regresara.

La mañana del domingo Dave los despertó muy temprano saltando en la cama y presionando su frío hocico en el cuello de Edward. Se había salido solo y el frío de afuera se aferró a su pelaje.

—También te extrañaré —le dijo Edward—. Pero regresaremos pronto a casa. ¿Dónde están los otros?

Escuchó por un momento y una sonrisa floreció en su rostro, haciéndose cada vez más grande.

—¿Qué pasa? —preguntó Bella al final.

—Carlisle salió a comprar suministros y, aparentemente, Rosalie y Emmett tomaron ventaja de su ausencia en el sofá. Dave los vio. Dice que están ahí intentando hacer cachorritos, pero que al parecer todavía no saben cómo porque están intentando diferentes métodos, algunos que ciertamente no funcionan para hacer perritos. Quiere saber si debería darles algún consejo.

Bella se rió. Edward se levantó y llevó a Dave a la cocina, abriendo una lata de comida para perro, la favorita de Dave. Regresó a la habitación y cerró firmemente la puerta.

—¿Quieres 'hacer perritos', Bella? —preguntó, moviendo las cejas.

.

Unas de las cosas que Carlisle había "comprado" (aunque no había tomado dinero de la bolsa de Bella), fue una bolsa de cincuenta libras de comida para perro. Edward la puso en el piso y la abrió de una punta a otra. Luego llenó la tina con agua y puso el banquito que Bella usaba en la cocina junto a la tina para que Dave pudiera alcanzarla. Así, si no regresaban, Dave tendría comida por un tiempo y agua limpia para beber. La renta estaba pagada con un mes de adelanto, así que siempre y cuando Dave recordara cerrar la ventana y no atrajera la atención a un apartamento vacío, estaría a salvo por un tiempo.

Edward llevó a la puerta la pequeña bolsa que Bella había empacado y se arrodilló para acariciar a Dave una última vez antes de irse. Dave se acurrucó y lamió a cada uno de ellos antes de ir a buscar su pelota, dejándola en la mano de Carlisle.

—Dice que sabe que te gusta rodarla —tradujo Edward.

Carlisle parpadeó rápidamente y le agradeció a Dave rascándole ese lugar detrás de su collar que siempre le picaba y no podía alcanzar, poniendo la pelota en su bolsillo. Bella apenas podía soportar verlo mientras Edward cerraba la puerta del apartamento detrás de ellos. Se veía tan pequeño y solitario, aunque les agitó la cola con esperanzas.

Caminaron por el pasillo y Bella dejó salir las lágrimas. Edward puso un brazo alrededor de sus hombros.

—Regresaremos por él —dijo—. Lo prometo.

—Yo vigilaré que esté bien cuidado —le dijo Carlisle—. Siempre y cuando mi Esme no… —se detuvo y parpadeó rápidamente de nuevo. Bella apartó la vista. Sabía lo que él quería decir. Si Esme moría en el rescate, él se desvanecería de dolor.

—También puedes contar con nosotros, Bella —dijo Emmett, hablando por Rose y por él—. Me refiero a que las posibilidades dicen que al menos uno de nosotros lo logrará, ¿cierto?

Bella se rió entre dientes. —Emmett, tienes una manera maravillosa de explicar las cosas.

El barco de Jenks se encontraba en la parte de los muelles que menos era usada, lejos de los otros barcos. No se parecía en nada a lo que se había imaginado, para empezar era más grande. Ella creía que sería del tamaño de un yate, pero resultó ser del tamaño de un pequeño crucero. En lugar de una proa afilada que ella había previsto, la punta era redonda y chata, y el barco mucho más ancho de lo que había pensado que sería. Cerca de la proa, la palabra "Volvo" estaba pintada en letras negras.

Jenks los esperaba en la pasarela fumando un cigarrillo. Lo lanzó al agua cuando los vio llegar.

—Hola.

—Buenos días —respondió Edward, tomando la mano extendida de Jenks—. Bella, a quien ya conoces, me gustaría que también conocieras a Rose, Emmett y Carlisle. Son parte de mi equipo.

—Un equipo pequeño —comentó Jenks.

—Pequeño pero efectivo —dijo Edward.

—Claro. Vamos a bordo, chicos. Bienvenidos al Volvo.

—¿Tú le pusiste el nombre? —preguntó Bella.

—Sí.

—¿Puedo preguntar por qué?

Jenks sonrió. —Puedes preguntar, pero probablemente no responderé. Usualmente le digo a las personas que es porque mi primer carro fue un Volvo, pero la verdadera razón es más sucia.

—Oh —Bella no preguntó más.

La pasarela se extendía sobre un corto pedazo de agua hasta un costado del barco. Cuando estuvieron todos a bordo, Jenks jaló la pasarela hacia adentro cerrando la puerta, girando un volante para asegurarla. Caminaron por un estrecho pasillo que se veía extrañamente industrial, con el piso pintado de gris y tubos en el techo, además de pedazos de maquinas por aquí y por allá. Al final había unas simples escaleras de metal que subían a una cómoda habitación con sofás, y una pantalla plana en la pared rodeada por aparatos electrónicos y consolas de videojuegos. En la pared de enfrente había una larga sección de libros de bolsillo, algo que atrajo inmediatamente a Bella. Reticentemente siguió al resto del grupo, sus ojos saltaban hambrientamente de título en título.

La siguiente habitación a la que entraron era un pequeño comedor. La mesa larga tenía bordes en relieve y estaba pegada al piso, en caso de mareas duras, explicó Jenks. Las sillas eran de madera tallada con asientos cubiertos de damasco, mucho más elegante de lo que ella hubiera esperado en un barco como éste. Las paredes tenían pinturas al óleo, todas con temas marinos y aunque Bella no era una experta en arte, se veían bastante bien.

Desde el comedor entraron a otro pasillo que se parecía al de una industria. Jenks abrió las puertas de cuatro habitaciones.

—Sus cuartos —dijo. Cada habitación tenían los mismos muebles, con una cama tamaño queen size, con una cabecera rectangular en el centro y una pequeña cómoda con una televisión sobre ésta pegada a la pared, junto a un pequeño "aseo", que era como Jenks se refería a los baños. Había una mesita a cada lado de la cama con una lámpara pegada a ellas.

—Las habitaciones son lindas —aduló Bella—. Gracias Jenks.

—Solo, uh, necesitamos tres habitaciones —dijo Emmett—. Rose y yo compartiremos.

Jenks se encogió de hombros. —Bien. Ahora, esto es lo más importante que tienen que recordar: las áreas que les mostré son las únicas en las que tienen permitido estar mientras estén abordo. Si los atrapo en algún otro lugar, los lanzaré por la borda. ¿Entendido?

Todos asintieron. Bella habló: —¿Está permitida alguna parte de la cubierta?

—Hay una puerta en la sala que te lleva a una pequeña cubierta aquí arriba, para que puedas salir a ver el atardecer y las olas, o comunicarte con la naturaleza o cualquier jodida cosa que quieras hacer. Pero no te apartes de esta cubierta, o estarás nadando de regreso a la maldita Argentina.

—Entendido —Bella asintió.

—De acuerdo. A mover esta cosa. Los veré en la cena.

Bella eligió una habitación al azar y desempacó la pequeña maleta. Edward estaba ansioso por probar las videoconsolas y había saltado como un niño pequeño cuando le preguntó a ella si le molestaba que fuera a jugar. Ella sonrió y le dijo que fuera a divertirse. Cuando terminó de desempacar, lo cual solo le llevó unos minutos, regresó a la sala y encontró a Edward y Emmett sentado en el piso enfrente de la enorme televisión, con las espaldas recargadas contra uno de los sofás, intentando entender cómo funcionaban los juegos y controles. Bella fue incapaz de ofrecerles alguna ayuda, y al parecer Alice tampoco había jugado videojuegos en su vida porque Emmett no tenía algún recuerdo con el cual guiarse.

Pasó un tiempo mirando la librería y encontró una colección deliciosamente eléctrica. Stephen King compartía una repisa con Thomas Pinchon. Margaret Atwood estaba puesta junto a Jean Auel, e Isaac Asimov tenía toda una repisa dedicada a sus obras gastadas por el tiempo. Había una biografía de Winston Churchill junto a una novela de romance erótica. Y, al parecer, alguien en la tripulación tenía una obsesión con las biografías ficticias de Jean Plaidy, porque éstas ocupaban toda una repisa por sí solas.

—¡No funciona! —se quejó Emmett, apretando los botones en el control.

—Intentemos esto —sugirió Edward.

Bella fue a la puerta que llevaba a cubierta y se detuvo con la mano en la manija. —Edward, voy a salir a cubierta.

—Ponte un salvavidas —dijo Edward, poniéndose de pie para sacar uno del compartimiento que había debajo de la ventana.

—Edward, todavía ni siquiera dejamos el puerto.

Lo deslizó sobre su cabeza y le abrochó los botones. —Agárrate a la barandilla. Cuídate. Y si vas a explorar más allá de donde pueda verte por la ventana, por favor avísame.

Bella sonrió. Su dulce ángel sobreprotector. Podía ser exasperante a veces, pero lo amaba, no a pesar de eso, sino por eso. Era parte de quien él era y ella no le cambiaría ni una cosa.

Él escuchó sus pensamientos y sus ojos se suavizaron. Acunó su mejilla y la atrajo para un beso.

Emmett maldijo y ella escuchó el sonido de un control ser lanzado contra el piso.

—Edward, enróllate con tu humana más tarde. ¡Ayúdame con esto!

—Ve a jugar —le dijo ella—. Estaré aquí afuera.

Salió y se acercó a la barandilla de metal, bajando la mirada al agua. No mucho después ya estaba sintiendo la vibración de los engranes al ser encendidos y el del agua siendo agitada, anunciando su partida. El barco se alejó lentamente del muelle y se dirigió al océano abierto. Bella miró las olas y las aves que se abalanzaban sobre ellas, se encontró hipnotizada por la belleza del océano. Miró como se alejaban de tierra firme y al final ésta se desvanecía. El aire frío se sentía bien contra su afiebrada piel.

—La cena es en veinte minutos —Bella saltó. Jenks subió por las escaleras prohibidas que daban a la cubierta inferior y se unió a ella junto a la barandilla—. Déjame ver tu mano —le dijo. Bella se quitó el guante lo más gentilmente posible, quitándose también la venda. Jenks chifló—. Dios mío, chica. Ahí tienes acumulando un buen caso de envenenamiento sanguíneo.

—Lo sé —alejó su mano y se acomodó la venda antes de ponerse de nuevo el guante—. Pero era demasiado arriesgado ir al doctor, y no podíamos retrasar la misión.

—Estoy jodidamente seguro de que se retrasará si quedas en coma por shock séptico, cariño.

—No es tan malo —dijo Bella.

—Chica, ¿ves esas líneas rojas? Ésas son jodidas noticias. Como la penicilina no funcionó, podríamos tener aquí algún tiempo de mierda como la MRSA.

—¡Lo sé! —espetó Bella—. Pero no tenía opción. Mi rostro está en todas las televisoras, en carteles de se busca por todos lados. Cada vez que salía de la casa era un riesgo, incluso con este cabello e intentando esconder lo más que fuera posible mi rostro. No podía hacerlo en la oficina del doctor. Y si me internaban en el hospital, habríamos perdido la oportunidad y no teníamos dinero para contratar otro bote.

—Debiste decirme —le dijo Jenks—. Te habría regresado el dinero si hubiera sabido que no podías ir porque estabas enferma.

Bella lo miró boquiabierta. —Como dije antes, eres extrañamente generoso para ser un mercenario.

Jenks bufó. —No estoy haciendo esto por dinero. Por Dios, dulzura, los cinco mil ni siquiera cubren el costo del maldito diesel.

—Entonces, ¿por qué lo haces? —preguntó Bella, sacudiendo lentamente la cabeza con confusión.

—Por Edward —dijo Jenks, encogiéndose de hombros—. Eso, además de que estaba aburrido.

—¿Qué quieres decir con "Por Edward"? ¿Por qué harías algo así por él?

Jenks le dedicó una pequeña sonrisa, se metió un cigarro a la boca y lo encendió, ofreciéndole el paquete a ella antes de volver a meterlo al bolsillo de su camisa.

—Tal vez soy como Diógenes, buscando un maldito hombre que sea honesto. Y ese chico de ahí es el hombre más honesto que he conocido en mi vida —Bella solo se quedó mirándolo—. No sé qué jodidos estén planeando, pero sé que no puede ser algo malo. No con él de su lado. Entonces pensé, ¿qué demonios? Los ayudaré y tal vez así pueda conseguir a cambio algo de karma bueno.

—Eres un buen hombre, Jenks —le dijo Bella suavemente.

Jenks exhaló una voluta de humo. —Bueno, no corras el chisme, ¿bien? Tengo que proteger mi reputación de cabrón. Escucha, en la tripulación tengo a un hombre que fue médico durante la Tormenta del Desierto. No es doctor, pero sabe como limpiar una herida y puede inyectarte alguna mierda fuerte para matar gérmenes, si quieres.

—Eso estaría bien. Gracias.

—No hay problema —Jenks lanzó su cigarro por la borda—. ¿Tienes hambre? Lauren hizo chuletas de cerdo.

—¿Lauren? ¿Tienes a una chica en la tripulación?

—Sí, y antes de que te quejes de que soy un sexista y esas mierdas por tenerla en la cocina, a ella le gusta cocinar. Todos estamos dispuestos a turnarnos en la cocina, aunque la mayoría de nosotros no sabe cocinar.

Bella siguió a Jenks adentro y hasta el comedor. Edward ya estaba sentado en la mesa con una silla vacía junto a él. Se puso de pie cuando ella entró, sonrió y señaló la silla. Ella se sentó y él le arrimó la silla. Bella sonrió tímidamente mientras los otros se sentaban alrededor de la mesa. Junto a Jenks estaba la única persona a la que reconocía, era el enorme hombre feo que se había tomado un refresco en su sala. Había otros ocho hombres además de ellos dos, y Bella los calificó mentalmente en una escala de Chingones que iba desde el uno hasta el diez, y nadie calificaba menor a cinco. Todos se veían como el tipo de hombres que Bella había visto en un documental acerca de la prisión: con mirada dura y tatuados, hombres que habían visto el lado más feo de la naturaleza humana y quizás hasta ellos mismos estuvieron ahí.

Una mujer salió de la cocina, cargando un gran plato lleno de chuletas de cerdo. Tenía cabello rubio platinado y unos protuberantes ojos azules, pero su sonrisa era dulce y acogedora. Dejó el plato en la mesa y caminó alrededor de ésta hasta llegar junto a Bella, ofreciéndole su mano.

—Hola Bella, soy Lauren.

—Gusto en conocerte, Lauren.

Ella miró a Edward. —¿Éste es tu esposo?

—Sí —dijo Edward, tomándola de la mano. Y no era mentira, pensó Bella. Él era su esposo de todas las formas que importaban, solo faltaba un pedazo de papel para hacerlo legal.

Lauren le guiñó un ojo. —¡Suertuda!

Fue presentada a Carlisle, Emmett y Rose. Los hombres sentados en la mesa dijeron sus nombres, solo nombres o apodos, notó Bella, y sintió la impotente frustración de saber que sería incapaz de recordarlos. Esperaba que los ángeles fueran mejores en retener esos datos que ella, pero Rose y Emmett parecían tener toda su atención concentrada el uno en el otro.

Bella ahogó un jadeo cuando se dio cuenta de que Carlisle comenzaba a verse ligeramente traslucido. Le dio un codazo a Rose mientras la atención de todos estaba en Lauren que venía cruzando la puerta con otro platillo que olía delicioso, y apuntó a Carlisle con la barbilla. Rose lo miró y sus ojos se abrieron alarmados. Se inclinó y le susurró algo. Carlisle puso más esfuerzo y de nuevo volvió a verse sólido, pero el esfuerzo era evidente en sus ojos. Se levantó de su asiento.

—Pido disculpas a todos, pero no me siento bien y necesito regresar a mi cuarto.

—¿Mareos? —preguntó Jenks—. Tengo mierdas que puedes tomar para eso, si lo necesitas.

Carlisle sonrió, pero se vio tan falso como si hubiese sido pintado. —También tengo algo en mi habitación, pero gracias por tu amable oferta. Discúlpenme, por favor —empujó su silla vacía y se fue, cerrando la puerta con un silencioso snick.

Lauren miró nerviosamente las chuletas de cerdo. —No es Judío o algo así, ¿verdad?

—No, solo está sufriendo un poco de gripe —mintió Bella.

—Debí preguntarles si alguno de ustedes tenía alguna restricción alimenticia —se preocupó Lauren.

—No, ninguno tiene problemas. Comeremos lo que sea.

—¿Puedes hacer panqueques? —preguntó Edward emocionado.

Lauren sonrió. —Claro que sí.

—Espera hasta que pruebes sus Waffles Belgas —dijo un hombre que calificó como 7 en la Escala de Chingón.

—¿Waffles hinchados?* —preguntó Edward.

—No, Belgas —lo corrigió Bella.

Lauren se movió alrededor, trayendo más platos a la mesa antes de sentarse. —Todos, coman.

Bella se preguntó qué iban a hacer Rose y Emmett, y luego vio la solución: su bolsa estaba sobre la silla de Rose y la comida que pretendían comer era vaciada ahí. Bella suspiró internamente. Le gustaba esa bolsa.

La comida estaba deliciosa. Edward comía como un hombre hambriento. Después de su comida simple y sencilla, este festín debía parecer como traído del cielo. Sus propias papilas gustativas estaban cantando el Aleluya. El postre fue un pastel de mousse Francés y pensó que Edward lloraría cuando lo probara.

—Entonces —dijo Jenks de repente, interrumpiendo un debate entre la tripulación acerca de quién estaba más buena, si Angelina Jolie o Bar Rafaeli—. ¿Quién quiere participar en una loca redada a un centro de investigación gubernamental?

—Yo —dijo el hombre feo que se había sentado en su sofá.

Otro agregó su aceptación inmediatamente después de él—. Oh, sí. Yo me apunto.

—Suena divertido.

—¿Por qué no?

Bella se aclaró la garganta. —Um, podría ser peligroso. Hay por lo menos 20 soldados vigilándola.

El matón que estaba frente a ella parpadeó. —¿Y?

Bella exhaló lentamente. —¿Puedo confiar en ustedes?

—Si Jenks nos dice que no hablemos, no lo haremos.

—De acuerdo. Miren —Bella se concentró en el plato casi vacío donde estaban las chuletas de cerdo y lo levantó con su talento, dejándolo flotar en el aire sobre sus cabezas.

—¿Cómo haces eso? —el hombre que estaba frente a ella preguntó asombrado.

—Soy una telequinética —confesó Bella—. Fui secuestrada y llevada a ese centro de investigación gubernamental. Edward me ayudó a escapar y he estado huyendo desde entonces —dejó de nuevo el plato en la mesa y la tripulación se le quedó mirando.

Los ojos de Jenks se volvieron a Edward. —¿También eres un tele-esa jodida cosa?

Edward vaciló. Bella respondió por él. —En cierta forma. Esto que hacemos… Vamos a regresar para rescatar a otras personas que están atrapadas en ese centro.

—¿Solo ustedes cinco? —preguntó un tipo que estaba a la cabeza de la mesa.

—¿Cuál era tu nombre?

—Todos me dicen Forks.

—No preguntes —dijo Jenks rápidamente.

—Um… bien… Forks, todos en el equipo y puede que veas algunas cosas realmente extrañas. No sabemos cómo van a reaccionar los residentes a un intento de rescate y eso es una de las cosas que hacen que esto sea tan arriesgado. Rose, Emmett y Carlisle tienen… familia en el centro, así que tenemos mucho interés en esto. Ustedes podrían llegar a estar en verdadero riesgo y no puedo pagarles con nada.

Forks se encogió de hombros. —Podemos saquear el jodido lugar, ¿no? Estoy seguro de que habrá computadoras y mierdas que podemos vender.

Al parecer a todos en la mesa les agradó esa idea.

Ella les dio una última advertencia. —Estaremos peleando contra soldados Americanos, así que si a alguien le parece incómoda la situación…

—Somos Canadienses —dijo Jenks con un encogimiento de hombros.

—Oh, de acuerdo —Bella les sonrió—. Bienvenidos a bordo.


Dave soñó que el hombre de alas y su hembra habían regresado, trayendo con ellos muchas latas de comida húmeda para perro y que se sentaban en el piso y lo acariciaban mientras él comía y comía.

Saltó despertándose y miró a su alrededor en la guarida, inseguro de si había sido o no real. Oscuridad. Soledad. Olfateó el aire y olió solo a cosas viejas. Saltó del sofá y trotó hasta una de las guaridas más pequeñas que tenía una tapa que solo podía ser abierta por humanos, agarrando la bola que había de este lado con sus extrañas patas deformes. La tapa estaba abierta, así que metió la cabeza. No había señal de las dos personas con alas que habían pasado tanto tiempo en esta pequeña guarida gimiendo porque no podían descubrir cómo hacer perritos. No tenían aroma, así que Dave tuvo que confiar en su visión para saber que no estaban ahí.

Decidió revisar la guarida donde el hombre de alas dormía con su hembra. Todavía podía olerlos, y a ese extraño aroma que se había pegado a la hembra. Dave no sabía qué significaba ese aroma, pero sus instintos le decían que era malo y, si ese aroma hubiese estado en él, lo hubiera lamido hasta hacerlo desaparecer. Pero la hembra se había cubierto su pata herida incluso cuando Dave le había indicado muchas veces que él estaría dispuesto a lamerla por ella. (Los humanos tenían unas lenguas tan cortas e inútiles y, de todas formas, sus torpes cuerpos largos no eran lo suficientemente flexibles para usarlas. Una vez Dave vio a la hembra usar su lengua en el hombre con alas, pero ella parecía estar muy confundida sobre cómo se suponía que funcionaba el proceso de limpieza.)

Dave se subió a la cama del hombre de alas y eligió un lugar para seguir durmiendo, dándose la vuelta una y otra vez hasta que se aseguró de que no había nada filoso y entonces se acostó sobre la almohada de la hembra. Su aroma se levantó alrededor de él y Dave soltó un pequeño quejido. La extrañaba. Ella conocía el lugar donde le picaba su collar y siempre estaba dispuesta a rascarle. No podía recordar cuanto tiempo se suponía que tenía que pasar para que regresaran a casa. Intentó recordar lo que el hombre con alas le había dicho acerca de sus patas y la luz de afuera, pero había sido muy confuso y se le había olvidado que patas había utilizado ya.

El hombre con alas le dijo que se iba a ir a defender su territorio de otros humanos que Dave catalogaba como perros malos, un término terrible que lo hacía entristecerse cuando lo escuchaba dirigido a él, el peor término que se le ocurría para llamarlos. Los perros malos querían llevarse a la hembra del hombre con alas.

Dave escuchó un traqueteo y saltó sobre sus pies, su corazón se aceleraba y su cola se agitaba alocadamente. ¿Era el hombre con alas? ¿Había regresado por fin? La alegría lo embargó y Dave saltó de la cama, deseando que le dejaran ladrar. Corrió a la tapa que cubría la entrada de la guarida y asomó la nariz por la abertura que había debajo. Su cuerpo se puso rígido alarmado. Ese no era el aroma de sus humanos. ¡Ese aroma no lo reconocía en absoluto!

Dave se agazapó, gruñendo bajito en su garganta. Defendería la guarida de los perros malos que pensaban que podrían… Dave se congeló. Un recuerdo salió a la luz: el hombre con alas le había dicho que corriera si alguien entraba a la guarida. Soltó un quejido y saltó indeciso. Si los vencía exitosamente, quizás el hombre con alas le diría buen chico.

Hubo un sonido de arrastre que erizó los pelos de la parte trasera del cuello de Dave. Retrocedió unos pasos y se movió indeciso. El hombre con alas le había dado una orden, y solo era un buen chico cuando obedecía. Trotó para saltar sobre el objeto cubierto con una manta que el hombre con alas había puesto debajo del duro y claro —una sustancia muy rara ya que parecía que podías atravesarla pero estaba sólida— y jaló la toalla que el hombre con alas había atado, (le gustaba eso; pasó toda la tarde jalándola.) El duro y claro se abrió y Dave saltó al saliente que había debajo.

La tapa de la guarida se abrió y entraron tres perros malos, uno sosteniendo un tubo de luz en sus manos, y Dave captó el fuerte olor a quemado de algo prohibido. Esos eran objetos atemorizantes que emitían un ruidoso sonido y hacía que las cosas cayeran muertas en el instante. El lenguaje corporal de los humanos a veces era difícil de descifrar, pero Dave reconocía la cautela cuando la veía. Entraron silenciosamente en la guarida del hombre con alas. Cuando vieron que no había nadie adentro dejaron la cautela y comenzaron a vocalizar. Dave siempre se había sentido un poco confundido por los hábitos humanos. Hacían sonidos casi constantemente. Incluso cuando el hombre con alas estaba hablando en su cabeza, hacía simultáneamente esos sonidos. Pero no dejaban a Dave ladrar para vocalizar con ellos. Dave pensó que debía intimidarlos.

Comenzaron a abrir las guaridas más pequeñas y sacaron los pedazos de cuero que los humanos ponían sobre sus pieles lampiñas. Dave gruñó en el fondo de su garganta por la forma en que lanzaban alrededor las cosas de sus humanos; y ni siquiera corrían para recogerlas, así que ¿cuál era el punto? Uno de los perros malos debió escucharlo, incluso aunque los humanos fueran casi sordos. (También, apenas tenían sentido del olfato; Dave se preguntaba cómo se las arreglaban para navegar por el mundo.) El perro malo se acercó hasta donde estaba Dave escondido, así que Dave corrió, sus garras tintineando contra el duro camino. Su sentido del olfato lo llevó a salvo alrededor del saliente ahora que sus ojos pudieron haber perdido de vista la orilla en la oscuridad. Saltó desde la orilla hasta las escaleras y trotó hasta el suelo.

Deprimido por haber tenido que abandonar su guarida, Dave buscó en el suelo el aroma del hombre con alas en círculos sin fin hasta que lo encontró. Su cola se agitó alegremente. Lo siguió; el hombre con alas y su pareja habían caminado por aquí recientemente. Fue una larga caminata e incluso más atemorizante porque grandes bestias rugientes que olían a quemado y tenían ojos brillantes corrieron hacia él. Dave esquivó a muchas de ellas en su camino y no lo cazaron.

Distinguió el olor a agua, pero olía divertido para él, cuando llegó a la orilla y tomó un poco, descubrió que también sabía mal. Volvió a localizar el sendero del aroma y lo siguió por un camino que llevaba al agua, pero terminaba ahí. Olfateó a su alrededor cuidadosamente, pero no encontró el rastro por ningún otro lugar.

Dave se sentó, confundido. A los humanos les gustaba el agua y entraban a ella diariamente, llenándose a sí mismos con olor dulce para cubrir su aroma, aunque le decían perro malo cuando se llenaba de olores más efectivos afuera. ¿Podrían haber entrado en esta agua? Dave se inclinó sobre el final del rastro lo más que se atrevía, asomándose en el agua turbia, pero no vio señales de ellos.

Se sentó de nuevo y uso su pata trasera para rascarse la oreja mientras reflexionaba este problema. ¿Seguirían su propio rastro para regresar a casa? Se había dado cuenta de que ellos solían seguir los mismos caminos de ida y vuelta a ciertas locaciones. Tendría que esperar ahí hasta que ellos regresaran, así podría advertirles que su territorio había sido invadido.

Dave se recostó y puso la cabeza sobre sus patas, mirando el agua levantarse y curvearse mientras llegaba a tierra firme.


*La palabra 'hinchados' en inglés es Bulging, muy parecida a Belgian (Belgas), he ahí la confusión de Edward.


Espero que les haya gustado :D