Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.


Capítulo Beteado por: Isa BetaTraductora Ffad

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~*~The Better Angels of Our Nature~*~

Por: Lissa Bryan

Después de la cena, Jenks llevó a Bella a un lugar que él llamaba "La bahía de los enfermos", bajando por dos tramos de escaleras y por muchos pasillos que giraban, que se parecían todos. Edward había insistido en acompañarlos, pero Bella lo había animado para que fuera a jugar videojuegos con Emmett. Forks se había ofrecido a mostrarles cómo funcionaban las consolas y ambos estaban emocionados. Probablemente solo le iban a inyectar algo, dijo, nada importante. Mantuvo sus pensamientos casuales y, después de un momento, él cedió.

Sus pisadas resonaban ruidosamente en las escaleras de metal. Entre más bajaban, más se podía escuchar el sordo rugido de los motores y sentir las vibraciones a través del suelo. Los pasillos daban esa extraña sensación subterránea y Bella supuso que era por la falta de ventanas. Le hizo apreciar las agradables habitaciones y la sala de estar que les habían dado. Bella tenía un poco de claustrofobia y se sentía incómoda en este ambiente.

—¿Cuál es la regla? —preguntó Jenks.

—Si me atrapas donde no debería estar, me lanzarás por la borda —replicó Bella. De todas formas, no era como si le apeteciera mucho bajar aquí.

—Buena chica. Después de tu vacuna te daré una paleta.

Él abrió la puerta de un pequeño cuarto que parecía ser una verdadera oficina de doctor, excepto por el hecho de que, en lugar de posters de anatomía y recordatorios de ponerse la vacuna contra la gripe, las paredes estaban decoradas con fotos pornográficas.

—Súbete a la mesa —dijo Jenks. Se recargó contra el mostrador y la miró atentamente.

—¿Qué? —preguntó Bella, removiéndose bajo su evaluadora mirada.

—Solo intento comprenderte. ¿Por qué regresas por esas personas? Escapaste. ¿Por qué arriesgas tu culo regresando ahí? ¿Qué hay ahí para ti?

Bella deseaba tener sus lentes. —Estamos en una misión de Dios.

—Sí, ja ja. Ahora, ¿cuál es la verdadera razón?

—En realidad, hablo en serio.

—Oh, Cristo, no eres una jodida fanática de la Biblia, ¿verdad?

—No.

—¿Entonces?

Bella se mordió el labio. —¿De verdad necesitas saberlo?

Él suspiró. —No, supongo que no.

La puerta se abrió y entró uno de los hombres que conoció durante la cena, un tipo que había calificado como 8 en la escala de matón. Su cabello estaba recortado tan corto que ella podía distinguir el cuero cabelludo, excepto por la moja que estaba en medio, pintada de un violento color morado. Él se había puesto una bata blanca sobre su camiseta y vaqueros, y tenía un estetoscopio colgando del cuello. Cerró la puerta, que tenía las esquinas redondeadas, y le dio un giro al volante.

—Collin —dijo, ofreciéndole su mano. Llevaba un anillo con forma de calavera.

Bella tomó su mano. —Hola Collin, soy Bella. Gusto en conocerte.

—Probablemente no pensarás lo mismo cuando comience a revisar tu dedo —dijo. Le tomó la temperatura y escuchó su corazón. Finalmente se apartó y volvió a colgarse el estetoscopio al cuello—. Tu pulso y respiración están elevados, y tu temperatura está sobre 100 —dijo—. Déjame ver ese dedo.

Bella se quitó la venda con mucho cuidado y levantó el dedo para que lo revisara. Él hizo una mueca en cuanto lo vio. —¿Cuánto tiempo lleva así?

Bella le dio una breve descripción de cómo se había hecho la herida.

—No tengo el equipo para hacer cultivos o recuento de células, pero estoy bastante seguro de que tienes septicemia. Voy a darte los mejores antibióticos que tengo y limpiaré bien esa herida, pero si fueras parte de mi tripulación, llamaría a un helicóptero para que te llevaran al hospital inmediatamente.

Bella sacudió la cabeza.

—Sí, lo sé. Ya me lo había dicho Jenks; no hospitales. Pero escucha Bella, estás jodida. Esto no es algo que debas ignorar, podrías morir.

—Lo sé —dijo Bella—. Por favor, solo haz lo que puedas y después de esta misión, iré al hospital.

—Si es que logras sobrevivir tanto —dijo Collin con honestidad. Trajo rodando una pequeña mesa y la puso junto a ella.

—Lo haré, tengo que hacerlo.

—Jodidos fanáticos.

—Sostenla —dijo Collin, y de repente Bella entendió por qué Jenks se había quedado durante su examen. Él se aferró a su brazo y lo sostuvo sobre la pequeña mesa. Collin le dio un antibiótico local antes de empezar, pero Bella no pudo evitar el pequeño grito que salió de su garganta cuando él abrió la herida. El mundo pareció oscurecerse por un momento, y cuando regresó a la claridad, se dio cuenta de que se estaba moviendo contra Jenks para intentar escapar, pero él era mucho más fuerte que ella y la sostuvo con facilidad. Lágrimas caían de sus ojos. Dolía. Sabía que tenían que hacerlo, pero, joder, cómo dolía.

¡Wham! Algo chocó contra la puerta de metal por el pasillo.

—¿Qué fregados? —Jenks estaba tan sorprendido que soltó su agarre en Bella y ella alejó su mano de Collin.

¡Wham!

—¡Bella! —gritó Edward. ¡Wham!—. ¡Bella!

¡Wham!

—Oh, mierda —dijo Jenks.

¡Wham!

—Es mejor que lo dejes entrar —dijo Collin.

—No estoy seguro de querer —dijo Jenks, mirando con sorpresa las abolladuras que empezaban a aparecer en la puerta de metal.

—Creo que de todas formas va a entrar, y probablemente sea mejor que tú lo dejes entrar a que él entre a la fuerza.

—¿Por qué tengo que hacerlo yo? ¿Por qué no ?

—Tú eres el maldito capitán —dijo Collin.

—¡Eso significa que puedo dar órdenes!

—Jenks, abre la puerta —dijo Bella.

—Es mejor hacerle caso —agregó Collin.

Jenks gimió pero se acercó a la puerta. —¡Edward! ¡Voy a abrir la puerta! —gritó y los wham se detuvieron. Jenks giró el volante y retrocedió justo a tiempo para evitar ser aplastado como un bicho cuando la puerta se estrelló contra la pared en el momento en que Edward embistió adentro, con su flameante espada en una mano. Agarró a Bella y la sostuvo fuertemente contra él, apuntando a la garganta de Collin con su espada. Tanto Jenks como Collin retrocedieron hasta la pared, con las manos alzadas en señal de rendición. Collin se veía aterrado, pero su voz estaba tranquila.

—Todo está bien. Por favor cálmate, Edward. Tienes a Bella, está a salvo.

La expresión de Jenks fue cambiando lentamente a una de asombro.

—Ángel —susurró, y lentamente fue cayendo de rodillas. Bella no sabía si era por reverencia o si simplemente sus rodillas se sentían como gelatina al tener que enfrentar la ira de Edward.

—No intentábamos herirla —dijo Collin. Su voz era suave y tranquilizadora—. Por favor…

—Estoy sangrando sobre tu ala —le dijo Bella a Edward y se desmayó.


Se despertó y lo primero que vio fueron los ojos de Edward. Estaba acostado en la cama a su lado, inclinando sobre ella, apartándole gentilmente el cabello de la cara.

—Bella.

Miró a su alrededor. Estaban de regreso en su camarote. Un soporte de IV estaba junto a la cama, sosteniendo una bolsa de un líquido clarito. El tubo estaba conectado a la aguja que tenía insertada en el dorso de la mano.

—Estás bien, Bella —dijo Edward—. Estás a salvo.

Ella estiró su mano libre y acunó su mejilla. —Cuando te veo, sé que estoy a salvo —dijo. Él acurrucó su rostro en la mano de ella.

—¿Qué pasó?

—Collin terminó de limpiar tu herida mientras estabas inconsciente y luego te traje aquí de regreso. Se supone que tengo que darte una píldora cada cuatro horas —hizo una pausa—. Estás muy enferma, Bella. Entiendo por qué no me lo dijiste, pero me lastima saber que me mentiste.

—Lo siento.

—¿Sientes haberme mentido o haberme lastimado por eso?

—Siento haberte lastimado —confesó—, solo que no quería preocuparte.

—Fui hecho para eso. Soy la otra mitad de tu alma, Bella. El propósito de mi existencia es cuidarte, consolarte y protegerte. No puedo hacerlo si me escondes cosas, y me duele que no me dejes cumplir por completo mi misión.

Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas. El dolor que sintió cuando Collin le limpió la herida no era nada comparado al ver el dolor puro que había en el rostro de Edward.

—Lo siento… lo siento muchísimo. Perdóname.

Él se acostó, recargando su mejilla contra la de ella y cubriéndola con su ala. —Te perdono, Bella. No estoy enojado. Entiendo por qué lo hiciste, y lo hiciste por amor —levantó su cabeza y le dio una pequeña sonrisa, junto con un besito en los labios—, en tu propia retorcida manera de hacerlo.

Recostó de nuevo su cabeza con un suave suspiro. —Solo… por favor… no me vuelvas a mentir. Me duele que me dejes de lado.

—¿Collin te dijo todo?

—Sí, creo. Puso un antibiótico en tu bolsa IV que es comúnmente usado para tratar la marsha.

—Es M.R.S.A, pero muchas personas lo pronuncian como 'mersa' o 'marsa'.

—¿Qué significa M.R.S.A.?

—"M" algo, resistente a algo. Significa bacteria que resiste la mayoría de los antibióticos. Supongo que por eso no funcionó la Penicilina que tomé.

Él la abrazó con más fuerza, pero no dijo nada.

—Jenks sabe lo que eres —dijo Bella, medio declarándolo, medio preguntando.

—Sí.

—Imaginaba que la espada flameante fue un gran delator. ¿Cómo reaccionó?

—No estoy seguro. Se quedó callado mientras Collin trabajaba en ti.

—¿Y Collin?

Edward se rió entre dientes. —Por la forma en que actuó, creerías que se topa con ángeles a diario —se acurrucó más cerca de ella y dijo—: Duerme ahora, Bella. Necesitas descansar.


—Bella.

Gimió.

—Bella.

Abrió los ojos. Edward estaba sentado en un lado de la cama con un vaso de agua y píldoras en su mano. Collin estaba de pie al final de la cama y antes de que ella pudiera parpadear, ya había sacado la intravenosa de su mano. Se había despertado muchas veces durante la noche cuando él venía a cambiar la bolsa, y también para tomar las píldoras que Edward le daba.

Se sentó, desorientada, y agarró las tabletas de la mano de Edward, pasándolas con un trago de agua.

—Toda —la animó Edward.

Tomó más agua y su estómago se revolvió con nauseas. —No creo poder —le dijo, dándole el vaso medio lleno.

—Bébelo Bella —le ordenó Collin—. Tienes que estar bien hidratada para evitar el daño a algún órgano. Para eso era la intravenosa.

Le costó unos quince minutos tomársela toda, pero se las arregló para beberla sin marearse.

—Vamos a tomar una ducha —sugirió Edward.

—No creo que quepamos —dijo ella. El cubículo de la ducha era pequeño.

—Cabremos —le prometió él.

Sí cupieron, pero tuvieron que mantener sus cuerpos presionados, lo cual parecía haber sido el objetivo de él todo el tiempo. La cargó para que sus rostros quedaran al mismo nivel y ella envolvió sus piernas alrededor de su cintura mientras él la besaba, y oh Dios, ese hombre amaba besarla. La excitaba tanto como sus talentosas manos en su cuerpo. Ella estaba temblando para cuando él bajó la boca por su cuello. Ella chupó su lóbulo, una zona erógena que siempre lo calentaba y esta vez no fue la excepción. Él gimió contra su cuello, chupando un pedazo de piel para morder y embistió profundamente dentro de ella, oh Jesús, tan profundo…

Ella se echó atrás y recargó los hombros contra la pared, con sus brazos envueltos alrededor del cuello de él.

—Más fuerte —susurró.

Él obedeció, su respiración salía en calientes jadeos contra su garganta. Sus dedos acariciaban su resbalosa piel y un orgasmo la tomó por sorpresa, provocando el de él.

—Supongo que por eso lo llaman 'rapidito', ¿huh? —dijo él, un sonrojo apareció en sus mejillas.

—Rápido, pero muy efectivo —respondió ella. Desenvolvió sus piernas que todavía temblaban de su cintura y él la puso sobre sus pies—. Por muy divertido que sea, creo que necesitas moverte para poder bañarme —dijo Bella—. Tus alas bloquean el agua y ni siquiera me he mojado.

—Oh, tú te mojaste muy bien —sonrió.

—Edward, ¿acabas de hacer un albur?

—Otra primera vez —dijo animadamente saliendo del cubículo, pero quedándose a su lado mientras se bañaba rápidamente. Cuando terminó, él entró de nuevo mientras Bella se envolvía en una toalla. Él se puso detrás de ella mientras se lavaba los dientes, mordiendo el mismo lugar en su cuello.

—¿Intentas dejar un chupetón? —preguntó, sonriéndole a su reflejo.

—Me gustaría. Así cada vez que lo vea, pensaría en esta mañana.

—Cada vez que camine, pensaré en eso —dijo ella, saboreando el delicioso dolor.

El rostro de él decayó. —¿Fui muy brusco?

—No —su rostro se puso rosa—, me gusta.

Los ojos de él se calentaron y probablemente hubieran empezado de nuevo si no hubieran tocado la puerta.

—¡Joder! —murmuró Edward (otra primera vez). Caminó a la puerta.

—¡Edward! ¡Pantalones! —dijo Bella.

—Oh, cierto.

Recogió sus vaqueros que había lanzado la noche anterior y se los puso sin ropa interior. —Ya voy —dijo.

Era Jenks, y se veía más inofensivo de lo que Bella jamás lo había visto. Círculos oscuros ensombrecían la piel debajo de sus ojos y tenía la palidez de un hombre que no había dormido, pero necesitaba hacerlo.

—Almuerzo —dijo—. Lauren te hizo panqueques, como pediste.

El rostro de Edward se iluminó como el de un niño en la mañana de Navidad al que le acaban de decir que el regalo más grande que está debajo del árbol, es para él.

—¡Panqueques! —repitió—. Vamos, Bella. ¡Vamos!

—Zapatos y camisa, Edward —le gritó Bella. Estaba aliviada de haber metido su ropa con ella al baño, así no tendría que caminar frente a Jenks usando solo una toalla.

Él gruñó con impaciencia, pero sacó un suéter y calcetines de la bolsa.

Bella salió del baño y le quitó los calcetines rosas de la mano.

—Estos son míos. —Ella buscó en la bolsa y sacó un par que eran de él, los cuales él le arrebató en un segundo, metiendo los pies en sus botas. Las botas se veían muy desgastadas y Bella hizo una nota mental de comprarle otros zapatos cuando todo esto terminara.

Él le ayudó a ponerse los zapatos, algo que ella pensó era muy dulce, aunque sabía que era motivado por su deseo de panqueques. Edward salió corriendo por la puerta, arrastrando a Bella detrás de él, con un silencioso Jenks siguiéndolos. Llegaron al comedor justo a tiempo para ver entrar a Lauren, cargando una enorme bandeja de humeantes panqueques. Edward se sentó de golpe en la mesa, agarrando su cuchillo y tenedor. Fue lo suficientemente amable para decirle buenos días a la tripulación de Jenks y a Emmett y Rose —Carlisle no había aparecido—, quien tenía la bolsa entre ellos para recibir la comida que pretendían comer; pero sus ojos estaban en el plato.

Edward esperó a que llegara su turno de agarrar la bandeja y agarró la mitad de lo que quedaba.

—¡Oye! —se quejó Forks.

—Oh, detente —dijo Lauren—. Hay mucho más.

—Es mejor que agarren jarabe en este momento —advirtió Bella—, los ahoga en él.

—Iré por otra jarra. —Lauren fue a la cocina y regresó unos minutos después con otra bandeja llena de panqueques y una jarra más grande de jarabe.

Bella solo picoteó su comida y se dio cuenta de que tampoco Jenks estaba comiendo. Después de que la tripulación se levantó para irse, él le pidió a Bella, Rose y Emmett que se quedaran.

En cuanto estuvieron solos, le preguntó a los Caídos:

—¿Son como él?

Emmett y Rose miraron a Bella para que les dijera qué hacer.

—Sí, son como él —dijo Bella.

Jenks lanzó la servilleta en la mesa. —No me sorprende que estuvieras preparada para ir solo con ellos tres.

—¿Significa que ya no tenemos que fingir que comemos? —preguntó Emmett.

Jenks le lanzó una mirada confusa, pero Bella pensó que la pregunta de Emmett merecía ser respondida primero. —Sí, eso creo. La tripulación se verá obligada a ver lo que son cuando estemos en acción, y probablemente es mejor que no les tome por sorpresa. Jenks, ¿quieres decirles tú, o deberíamos decirles a la hora de la comida, cuando estén todos juntos de nuevo?

—Yo les diré —dijo Jenks—. Probablemente apreciarán tener la privacidad de reaccionar con honestidad.

—¿Qué quieres decir?

Jenks cerró los ojos. —Bella, es una bomba bastante grande la que estás lanzando. 'Oigan chicos, Dios es real, y éstos son cuatro de sus ángeles'. Si Dios es real, entonces el infierno también es real y eso va a causar un poco de… consternación entre los chicos.

Bella comprendió lo que estaba diciendo, y por qué Jenks parecía tan inofensivo. Un barco lleno de pecadores que de repente se dan cuenta que el código moral que habían estado ignorando es terriblemente válido.

—Necesito saber algo —dijo Jenks. Sus ojos estaban atentos, penetrantes y dolorosamente tristes—. ¿Estoy más allá de la redención? Tú sabrías, ¿verdad? Si fuera uno de los malditos.

—El hecho de que preguntes algo como eso, demuestra que no estás más allá de la redención —le dijo Edward con voz gentil.

Jenks se levantó abruptamente de su silla y salió rápidamente de la habitación.

La mesa se quedó en silencio por unos minutos hasta que Bella habló:

—¿Dónde está Carlisle?

Emmett pareció encogerse un poco en su silla. —Está… no está bien, Bella. Me temo que lo estamos perdiendo.

—¿Antes de que vea a Esme? Creía que la fe lo mantendría estable.

—Por la forma en que se siente ahora, para él parece ser un gran tormento —dijo Rose, y bajó la vista a su plato—. Como un hambriento en un banquete.

—¿Qué podemos hacer? —rogó Bella—. Tiene que haber algo.

Rose sacudió la cabeza. —Si va a sobrevivir, tiene que ser por su fuerza propia. No hay nada que puedas hacer por él, Bella.

Pero de repente a Bella se le ocurrió algo, algo que podría funcionar, una pequeña salida en la que no había pensado y esperaba que el Cielo tampoco hubiera pensado en eso. Edward la estaba mirando, y una sonrisa se extendía lentamente por su rostro.

—Podría funcionar —susurró.


La comida estuvo dedicada a estrategias.

Sorprendentemente, los hombres habían tomado bien las noticias de Jenks, o tal vez todavía no comprendían las implicaciones. Todos querían ver la espada de fuego de Edward, así que la trajo de su camarote y la desenvainó.

Los 'ohh' que se escucharon en la habitación le recordaron a Bella a las personas viendo fuegos pirotécnicos.

Emmett se iba a ir en unas horas para explorar más el centro de investigaciones.

—¿Por qué, Emmett? —preguntó Bella—. ¿Por qué no mandar a Carlisle? Él podría decirnos si ha habido algún cambio.

—Si Carlisle va y ve a Esme, puede que no regrese —dijo Rose—. No podría evitarlo en el estado en que se encuentra. Solo se sentaría, mirándola, hasta que finalmente se desvaneciera. Lo último que vería sería su rostro. Es la forma en que es para nuestro tipo.

Bella sintió la garganta obstruida por las lágrimas.

—Bien —graznó—, Emmett entonces.

Jenks le dijo a Emmett que debía buscar en el radar para identificar marca y modelo. Uno de la tripulación era un técnico y probablemente sería capaz de decirles la capacidad de alcance del radar, lo cual les ayudaría a precisar mejor la ventana de tiempo que tenían. Edward dibujó un mapa del centro, al menos de las partes que conocía. La aportación de Carlisle hubiera sido muy útil, pero todavía estaba en su camarote, callado, translúcido, alejándose más y más cada hora.

El barco comenzaba a chocar con hielo. Bella había salido a la cubierta para mirar, asombrada. El barco no chocaba contra el hielo como se había imaginado. En lugar de eso, aceleraban el motor hasta que la proba se deslizaba sobre el hielo debido a su figura circular, y entonces el peso masivo del barco lo aplastaba.

—Tanques de lastre.

Bella escuchó la voz de Jenks detrás de ella y se giró para sonreírle. —¿Qué es un tanque de lastre?

—Enormes tanques que están dentro del barco que llenamos con docenas de miles de galones de agua abriendo una válvula. Hace que el barco sea más pesado. Los mantenemos medio llenos cuando estamos en el mar para que la maldita cosa no se balancee tanto. Estos barcos difícilmente están diseñados para aguas abiertas.

—¿Por qué compraste este tipo de barco? No haces muchos… negocios en la Antártida, ¿verdad?

Se rió entre dientes. —No. Lo compré por la dureza, construido para soportar la enorme presión del hielo. Algunas de las aguas que navegamos tienen piratas y esta cosa es como un tanque flotante. —Se recargó en la barandilla, mirando al agua—. No voy a ir a Asia — dijo.

—¿Por Edward?

Jenks asintió. —Por Edward. Siempre pensé que el cielo, Dios y el infierno eran cuentos para mantener a la gente en línea. Edward cambió mi perspectiva, por decir lo menos. Tengo miedo, Bella. Estoy jodidamente asustado. No sabes toda la mierda que he hecho. Edward me dijo que Dios tiene una regla: no lastimes a las personas. Y he roto esa regla tantas veces que ni siquiera puedo contarlas. No puedo retroceder y cambiarlo, pero puedo evitarlo de ahora en adelante.

—¿Qué vas a hacer? Después de esto, me refiero.

—No lo sé.

Edward salió a cubierta con la bufanda de Bella en sus manos. Él la miró reprobatoriamente y envolvió la bufanda alrededor de su cuello, y luego la jaló a sus brazos, envolviendo sus alas alrededor de ella, pero dejando un hueco por arriba para que pudiera seguir viendo el hielo romperse. Estaba caliente y cómodo debajo de las alas. Bella las acarició con su rostro, inhalando su dulce esencia.

—Son tan blancas —dijo Jenks suavemente.

Bella estaba sorprendida. —¿Puedes ver sus alas?

—Cualquiera que sepa lo que soy, puede verlas —replicó Edward.

—Como el vagabundo —descubrió Bella—. Creí que las había visto porque estiró la mano como si quisiera tocarlas.

Edward se veía triste por un momento. —Su problema era que veía demasiado.

—¿Existen los demonios? —preguntó Jenks abruptamente.

Edward sacudió la cabeza. —No como piensas. Supongo que las personas querían culpar a una fuerza externa de la crueldad humana, pero los seres humanos ya tienen suficiente maldad en ellos mismos.

Jenks se recargó en la barandilla y enterró la cara en sus manos. Se talló la cara rápidamente, como intentando quitarse sus problemáticos pensamientos.

—Está bien. ¿Qué tengo que hacer?

—Escuchar a tu ángel —respondió Edward.

Jenks se sobresaltó. Su rostro se giro para ver a Edward con ojos agrandados.

—¿Tengo uno?

—Todavía hay bondad en ti, así que sí, lo tienes. Susurramos en los corazones de nuestros humanos, llevándolos por el camino del bien. Ofrecemos consuelo cuando están en duelo y esperanza cuando todo está perdido. Las dificultades que parecen enfrentar los de tu tipo, es estar dispuestos a escuchar.

—Necesito saber qué tengo que hacer —insistió Jenks—. ¿No puedes decirme?

Edward sacudió la cabeza. —Cada camino es diferente. Solo conozco a mi Bella, lo que ella necesita escuchar.

—¿Alguna vez vendrá mi ángel aquí? ¿A la Tierra?

—No podría decirlo, es raro que nos envíen. Si tu ángel Cae, no podrías verlo a él o ella.

Jenks miró a Bella, envuelta cómodamente en las alas de su ángel y un parpadeo de celos pasó por su rostro. —¿Es su tele-lo que sea, lo que la hizo merecer a su propio ángel en la Tierra?

Fue Bella quién respondió. —Tengo una tarea que hacer, Jenks. La tarea es lo que importa, no yo. No sé lo que es, pero es lo suficientemente importante para que le permitieran a Edward venir y salvar mi vida para que yo pueda cumplirla. Creo que tiene algo que ver con liberar a los demás del centro.

—Entonces, en realidad no decías mierda acerca de la misión de Dios.

—No, no lo hice. Solo desearía saber bien de qué se trata.

—¿Es por eso que no te curaste el dedo? ¿Sabes que Dios te mantendrá con vida?

Bella sacudió la cabeza. —No, es como te dije. No creo poder ir al doctor sin ser reconocida y sé que solo tenemos una pequeña ventana de tiempo para hacer esta misión.

—Vamos a regresar —dijo Jenks—. Te lo dije, ya no voy a Asia, así que tenemos tiempo suficiente para curarte y planear esto perfectamente antes de hacerlo.

—Creo que se supone que debo ir ahora —replicó Bella. Edward deslizó sus manos sobre las de ella y las agarró—. Tal vez estoy mal, no lo sé. Supongo que es aquí donde interviene la fe, y tal vez me dieron estos retos por alguna razón. De nuevo, no lo sé. Incluso al estar de pie aquí en los brazos de mi ángel, batallo un poco con la idea de fe.

—Fe no es creer ciegamente, al igual que valor no es la ausencia de miedo —dijo Edward y besó la cabeza de Bella—. Vamos adentro, amor. Te congelarás aquí afuera.

Ellos entraron, pero Jenks se quedó donde estaba, recargado contra la barandilla, intentando escuchar.


Emmett regresó de su misión de espionaje con malas noticias: la base había sido fortificada con más soldados de los que había visto Carlisle. Al menos el doble, dijo, probablemente más ya que no había entrado al cuartel porque nadie había abierto la puerta en todo el tiempo que estuvo ahí. Bella esperaba que fuera solo una reacción por su escapada, y no porque esperaban que ella regresara a pelear.

Él había escrito el modelo y diseño del sistema de radar y Ben, el miembro de la tripulación que sabía de tecnología, inmediatamente supo cuál era.

—Rango de veinte millas, a lo mucho —dijo. Eso significaba que el radar tendría que estar apagado mínimo una hora antes de que llegaran a la isla, posiblemente más, dependiendo de lo grueso que fuera el hielo.

Planearon su entrada. Mañana en la noche, Emmett regresaría al centro y desconectaría el radar cuando fuera el cambio de turno. Acercarían lo más posible el barco bajo la cubierta de la oscuridad y esperaban que nadie escuchara el hielo romperse. Entonces, Emmett desactivaría las puertas del cuartel con una pequeña explosión. Esperaban que con eso encerraran al menos a la mitad de los soldados durante la redada. No había localizado una segunda salida, y rezaban porque la enorme puerta fuera la única.

La tripulación sería el segundo equipo de ataque, entrando después de Bella, Edward y los Caídos, quienes esperaban atacar a un soldado o miembro del equipo para robarle su llave. Esa era la parte más nebulosa del plan porque confiaban en el destino para que les proporcionara una desdichada victima rondando por los alrededores en la noche. Si no podían atrapar a alguien, tendrían que encontrar otra manera de entrar y eso podría encender una alarma. Tenían que estar preparados para esa posibilidad en cualquier momento.

Bella podía lanzar un escudo lo suficientemente grande para proteger a su equipo, pero tenía que bajarlo para que ellos usaran sus armas o las balas rebotarían en ellos. (Gracias a Dios que Jenks había sugerido probar la permeabilidad). Tal vez había una forma de hacer un escudo de un solo lado, pero Bella no había llegado a esas lecciones antes de que Jacob decidiera matarla. Ni podía hacer pequeños hoyos para disparar.

Mientras avanzaran, Jenks haría 'X' con pintura en aerosol sobre la nieve, para darles a los residentes que escaparan un camino visual hasta el barco si no había alguien del equipo que los escoltara. Por sugerencia de Bella, les quitarían las botas y abrigos a los soldados y los encerrarían en la habitación que estaba junto a la puerta amarilla, después de desactivar el elevador.

Había tantas cosas que podían salir mal. Estaban atacando, mayormente a ciegas, conociendo poco acerca de las medidas de seguridad del centro, que tan bien estaba protegido e incluso si los residentes estaría dispuestos a irse.

Pero tenían que intentarlo.


En el siguiente capítulo empieza la aventura ;)