Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.


Capítulo Beteado por: Isa Mella Romo

www . facebook groups / betasffaddiction /


~*~The Better Angels of Our Nature~*~

Por: Lissa Bryan

Bella tocó en la puerta de Carlisle. Tardó un rato en responder y, cuando la abrió, Bella tuvo que tragarse un jadeo. Se veía insubstancial, solo la silueta fantasmagórica de lo que había sido.

—¿Si?. —La voz se escuchaba vacía, sin tono.

—Necesito hablar contigo —replicó Bella—. ¿Por favor?

Hubo un suave suspiro, como el del viento pasando por altas hierbas. —De acuerdo.

Bella se sentó en la orilla de la cama y Carlisle se sentó en una silla que estaba en la esquina.

—Necesito tu ayuda —dijo ella—. No puedo recordar a Esme y necesito ser capaz de identificarla en caso de que nos separemos.

Él no dijo nada.

—Sabes, es divertido —continuo Bella—. Tengo un pariente… Bueno, en realidad no es mi pariente. Es una amiga de la familia, pero siempre le dije tía. Como sea, también se llama Esme. Creerías que eso haría que tu Esme quedara grabada en mi memoria, porque es un nombre inusual, pero tu Esme es como un borrón en mis recuerdos. No puedo identificarla con claridad. Quiero asegurarme de que la tenemos, Carlisle. Sabemos que habrá quienes se nieguen a ir, pero nos aseguraremos de tener a toda nuestra gente, a toda costa. ¿Puedes, por favor, contarme sobre ella?

Pasó un largo momento antes de que él hablara. —Tiene el cabello del color de la luz del sol sobre miel, un rico y suave caramelo, y sus ojos son tan azules como el cielo en mayo. Es tan hermosa, Bella. Muy, muy hermosa.

—Es tímida, ¿no? Puede que sea difícil sacarla de ahí.

—No, no es tímida. Solo está triste. No quiere hablar con nadie; prefiere que la dejen sola.

Bella persistió. —¿Qué debo hacer, Carlisle? Debe haber una manera de llegar a ella.

—Si tan solo pudiera hablarle… —La voz de Carlisle era como el solemne peaje de las campanas de una iglesia después de un funeral—. Si tan solo pudiera sentir el amor que le tengo. Dejó de escucharme hace casi un año. Grité, Bella. Le grité a ella, pero no pudo escucharlo. Su corazón se había vuelto sordo y vacío. Perdió la esperanza y ahora no queda nada, para ninguno de los dos.

—No creo eso, Carlisle. Te sacrificaste por ella. Esto no puede ser el final.

Carlisle sonrió. —Has visto demasiadas películas, Bella. No siempre hay un final feliz.

—Me niego a aceptar eso —dijo Bella.

Carlisle se encogió de hombros. Comenzó a parpadear, desapareciendo como el primer día que ella lo había visto, cuando tenía tan poca energía que no podía soportar mantener una imagen firme de sí mismo. Bella habló rápidamente.

—Si hubiera una cosa que pudieras decirle a Esme, un mensaje que yo pudiera darle, ¿qué le dirías?

—Todavía piensas que puedes hablar con ella, ¿no?. —Carlisle era una débil aparición, una nube de humo—. Le diría lo mucho que la amo, incluso aunque no haya palabras que puedan expresarlo de verdad, y le diría que ella merece ese amor. Eso es lo que más me duele, Bella: ella piensa que no puede ser amada. He estado en su mente desde el día que fue concebida, y todavía no puedo entender por qué piensa eso.

Edward una vez le había dicho que si un ángel empezaba a hablar sobre su humano, no se detendría. Carlisle no fue la excepción. Bella lo dejó continuar enumerando sus virtudes, todo lo que amaba de ella (y esa lista sí que fue larga) y la razón del por qué debería ser alabada como una de las criaturas más especiales de Dios.

Se le estaba acabando el tiempo. Se puso de pie. —Gracias, Carlisle.

Ahora se veía un poco más sustancial, así que quizás hablar de Esme le había dado un poco más de fuerza. —Siento haberte fallado, Bella. Le fallé a mi Esme.

—No lo hiciste. Siempre y cuando sigas aquí, todavía estarás peleando por ella, Carlisle. Aguanta solo unas horas más y estarás con ella de nuevo.

—Volaría a ella ahora si pudiera —dijo Carlisle—. Caminaría, me arrastraría. Pero sé que no llegaría. La única oportunidad que tengo es que tú puedas llevarme con ella.

—La verás de nuevo, Carlisle. Lo juro.

—Gracias —dijo, y desapareció completamente. Bella se preguntó si habría ido a la Niebla para regenerarse o si simplemente no pudo mantenerse visible por mucho tiempo más. De cualquier forma, ella consiguió lo que estaba buscando.


—Quédate conmigo. No te alejes de mí por ninguna razón.

—Está bien, Edward.

Por favor, Bella.

—Lo haré, lo prometo.

Estaban parados en la proa del barco mientras éste se iba acercando a la isla, con las manos agarradas bajo la luz de las estrellas. Edward la jaló a sus brazos, envolviendo sus alas a su alrededor, más para consuelo suyo que de ella.

Él no quería que ella fuera. Intentó disuadirla en la cena, y nada es más difícil que resistirse a un suplicante ángel, pero Bella se mantuvo firme. Esto era algo que ella tenía que hacer, incluso si no estaba en su mejor momento. Bueno, está bien, eso era una forma suave de decirlo. Estaba enferma y probablemente con muchos problemas, pero no podía dejar que eso la detuviera.

¿Hola, Dios? Soy yo, Bella. De verdad me vendría bien un pequeño milagro en este momento.

Ella no había podido comer mucho en la cena y se le dificultaba seguir el ritmo de la conversación que se tenía en la mesa, aunque la tripulación de Jenks tenía más experiencia en combate y tenían más que ofrecer en cuestión de estrategias. Solo esperaba que Edward estuviera poniendo atención, pero no creía que lo estuviera haciendo, viendo que él nunca apartó su mirada de ella, esos adoloridos y tristes ojos esmeralda que casi rompían su corazón cada vez que los veía.

—Quédate conmigo —repitió él.

Ella bajó la vista a los bloques de hielo que flotaban más allá del metal. —Si tú saltas, yo salto, ¿de acuerdo?

Jenks gimió detrás de ellos. —No malditas bromas relacionadas con Titanic, ¿sí? Te lo ruego.

—Quedan dos millas —dijo Forks—. Es hora de que se lance el equipo A.

Bella sintió el golpe de aire frío cuando Edward movió sus alas. Jenks jadeó al verlas. Era luna nueva; la única luz venía de las estrellas, las alas parecían atraparla y reflejarla en un suave resplandor blanco.

—Debimos poner algo de camuflaje en esas mugres cosas —dijo Ben—. Sobresalen como un maldito pulgar adolorido.

Jenks bufó. —Pulgar adolorido.

—En realidad es mi dedo índice. —Bella agarró la bolsa de lona que estaba tirada en la cubierta y se pasó la correa en diagonal por su cuerpo, sosteniéndola en sus brazos. Estaba tan pesada que se tambaleó por un momento, y estaba agradecida por no tener que cargarla.

Edward cargó a Bella y la lanzó un poco para asegurarse de que la tenía agarrada firmemente, luego empezó a correr. Saltó de la proa del barco y llegó esa sensación de que tu corazón se para al empezar a caer, antes de que sus alas atraparan el aire y se elevaran en el cielo nocturno. Siguió Rose, con un debilitado Carlisle en sus brazos. Por favor aguanta, le rogó Bella mentalmente. Solo un poco más.

—No estoy seguro de que pueda —susurró Edward—. Se desvanece rápido, Bella.

Oh, Dios, por favor ayúdalo. Él puede desvanecerse, pero sigue siendo una de tus criaturas, y necesita ayuda.

—Amén —dijo Edward.

Ben les había dicho que volaran bajo, solo en caso de que algo fallara y el radar fuera restablecido. —Esa marca en particular es ultra sensitiva. Registra bandadas de aves y esas mierdas. Intenta volar debajo de ellas. Tenemos la esperanza de que, si te registra, tu velocidad es más lenta que la de un avión, así que asumirán que es otra falsa alarma.

—Bien, no creo que haya muchas bandadas de aves volando por ahí —dijo Bella.

—¿Pingüinos? Tienen pingüinos, ¿no?

Jenks lo golpeó en la nuca. —Los pingüinos no vuelan, idiota.

—¿Qué? ¿Me parezco al maldito Cazador de Cocodrilos o qué? ¿Cómo jodidos voy a saber eso? No importa, entonces. ¡Jesús!

Estaban cerca del centro. Bella podía ver la silueta del pequeño edificio que sobresalía de la nieve, la chimenea en la parte trasera donde Jacob la había tirado en la nieve. La hizo temblar. Su corazón dio un vuelco dentro de su pecho y su estómago tenía una horrible acidez fría. Quería decirle a Edward que regresaran, pero sabía que no podía perder el valor ahora. No con Carlisle tan cerca del final.

Edward le dijo algo. Se quedó mirándolo a la cara. —¿Qué?

Él lo repitió, pero las palabras no tenían sentido. —¿Huh?

La expresión de él cambió a una de preocupación. —¿Estás bien?

—Sí… bien —dijo ella. Sacudió la cabeza para aclararse.

Dobló su ala izquierda y se ladeó para aterrizar detrás de un montículo de nieve, en la parte trasera del edificio. Ella escuchó como los pies de él aplastaban la nieve cuando aterrizó, trotando unos cuantos pasos a causa de su velocidad. Rose cayó junto a ellos, con Carlisle todavía aferrado a su pecho. Emmett apareció y le hizo una seña silenciosa a Rose para que se lo entregara. Bella se quitó la bolsa de lona y la abrió, pasándole un rifle y dos pistolas a Rose, y dándole a Edward su catana enfundada. Se armó a sí misma con pistolas; no podía usar un rifle con una sola mano. Puso un cargador extra en sus bolsillos traseros, por si acaso.

Le dio a Rose la cajita de plástico que Jenks le había dado antes de irse. Contenía doce jeringas con sedantes que Collin había mezclado para ellos cuando se enteró de la reticencia a matar que tenían los ángeles. Les advirtió que no había podido calibrar las dosis con respecto al peso, como hubiera hecho si estuviera anestesiando a un paciente, y que no podía garantizar que no hubiera reacciones negativas, pero era más seguro que intentar noquear a las personas con un golpe en la cabeza.

Miraron el edificio en silencio, esperando. Bella tembló, pero no por el frío. Un soldado salió por el frente y escuchó a Rose aspirar una bocanada de aire. Él se recargó contra la pared y encendió un cigarro. Rose abrió la cajita y sacó una jeringa. Recostó a Carlisle y desapareció.

Un momento después, el soldado dijo "¡Ow!" y se golpeó el hombro, como si hubiera sido picado por un insecto. Segundos después, se cayó como una piedra de frente contra la nieve. Rose reapareció y lo rodó gentilmente para que no se fuera ahogar, y buscó en sus bolsillos. Sostuvo su tarjeta de acceso con una sonrisa triunfante. Regresó con Edward y Bella, y volvió a tomar a Carlisle en sus brazos.

—No podemos dejarlo ahí —dijo Edward—. Se congelará.

—Tenemos que irnos, por el tiempo —dijo Rose—. Regresaremos por él después.

—No, Rose. Necesitamos llevarlo adentro con nosotros.

Rose gimió. Se deslizaron por detrás del montículo de nieve alrededor de la puerta, en lo que Bella llamaba 'área de muerte', donde Jacob la había tirado en la nieve. Tembló de nuevo cuando lo vio, pero se negó a dejar que su mente rememorara esos momentos.

Rose revisó su reloj. —Diez, nueve, ocho…

¡Boom!

Emmett hizo estallar la carga en la puerta del cuartel. Él llevaba cargando una bolsa de explosivos plásticos y fusibles, los cuales llevaba Jenks por "casualidad" a bordo. Emmett fue la ejemplificación de ese hecho:

Para un hombre con un martillo, todo luce como un clavo.

Bella tenía la sensación de que, de ahora en adelante, iba a querer ponerle explosivos a todo.

Emmett se tropezó por la nieve hacia ellos, su ropa estaba rasgada y su rostro ennegrecido.

—Olvidé hacerme a un lado —musitó cuando Bella analizaba los daños. Ella sacudió la cabeza y le agradeció a Dios porque la carga de la puerta hubiera sido una pequeña, o sino en estos momentos estarían juntando los pedazos de él para meterlos en la bolsa y ensamblarlo más tarde.

Rose sacudió la cabeza exasperada. Edward agarró al soldado de los pies y lo arrastró adentro. Bella agarró la tarjeta de acceso que le ofrecía Rose y la pasó por el lector que estaba junto a la puerta. Se encendió una luz verde y escuchó un zumbido, y luego el sonido del cerrojo abriéndose. Giró el pomo y la puerta se abrió. Ella comenzó a entrar y Edward pasó su brazo por la entrada para detenerla. Le indicó con un dedo que esperara y entonces entró primero. Él regreso unos momentos después y les indicó que entraran, agarrando otra vez los pies del soldado y arrastrándolo dentro del cuarto. Bella lo siguió de cerca, Rose y Emmett detrás de ella.

La habitación estaba oscura y en silencio. Se agacharon, siguieron caminando casi arrastrándose. Bella se giró hacia Emmett e hizo la seña como si estuviera tomando una fotografía, Emmett asintió. Las cámaras estaban desactivadas.

Llegaron al elevador y Emmett presionó el botón. Bella recordó la alegría de Edward cuando presionaban botones de elevador y sonrió, su mente se desvió hacia ese recuerdo. Una versión de The Girl from Ipanema por Musak se escuchaba a través del altavoz sobre ellos, golpeando una nota extrañamente incongruente. Emmett golpeó el altavoz, rompiéndolo para callarlo. Bella le sonrió con agradecimiento.

Pero quizás el silencio era peor. Parecía chillar en sus oídos, haciéndose cada vez más ruidoso, un zumbido agudo que hizo que le doliera la cabeza. Ella parpadeó. Edward le estaba diciendo algo otra vez pero no podía entender las palabras. Sacudió la cabeza y se frotó los ojos.

Edward le quitó gentilmente la tarjeta de la mano y la deslizó por el lector del elevador. Solo entonces se cerró la puerta y la cabina comenzó a descender.

Escuchó la voz de Edward de nuevo, extrañamente venía de la izquierda mientras que él estaba de pie a su derecha.

—¿Qué?

Edward sacudió la cabeza. —No dije nada.

—Contra las paredes —ordenó Emmett cuando se detuvo la cabina. Todos se pegaron a las paredes y él se quedó de pie en el centro, con la pistola lista, sus alas extendidas completamente para proteger a aquellos detrás de él. ¿Era lo suficientemente sólido para detener una bala? Se preguntó Bella.

Las puertas se abrieron. Nadie. Emmett soltó el suspiro que había estado sosteniendo y salió del elevador, mirando de izquierda a derecha antes de señalarle a los otros que lo siguieran.

Bella miró su reloj. Pronto llegaría la tripulación de Jenks. El plan se había modificado; una vez la tripulación hubo considerado sus opciones, era crear una distracción. Ellos atacarían abiertamente el centro, teniendo la esperanza de atraer a la mayoría de los soldados.

Lauren había salido de la cocina esa misma tarde con el cabello color café oscuro, la pintura fue cortesía de uno de los miembros de la tripulación (que permanecería anónimo) que tenía canas prematuras.

—Si ven a una chica con largo cabello café, asumirán que eres tú —había dicho Lauren. ¿O lo estaba diciendo ahora?

No, era Rose, y su ceño estaba fruncido con preocupación. —¿Bella?

Concéntrate, Bella. Se sentía muy caliente bajo todas esas capas. Se quitó su gorro de lana y lo metió en su bolsillo mientras se desabrochaba el abrigo. Se tambaleó, sus pies se enredaban entre sí y Edward la atrapó antes de que pudiera caer.

—Te tengo —dijo él. Su voz era tan cálida y dulce que ella solo quería hundirse en sus brazos, como se hunde en una suave y cómoda cama.

Llegaron a la puerta amarilla y tomaron sus posiciones a lo largo de la pared, agachados. Edward se estiró y deslizó la tarjeta por el lector, pero en lugar de una luz verde, hubo un pequeño zumbido y la luz roja parpadeó.

—Oh, mierda —dijo Emmett.

Edward pasó la tarjeta de nuevo y tuvo el mismo resultado.

—¿Crees que el soldado no tenía acceso, o lo encontraron y cancelaron la tarjeta? —susurró Rose. Nadie podría saberlo.

Emmett dejó su bolsa de explosivos plásticos en el suelo y sacó un bloque de una masilla gris parecida a una sustancia.

—Supongo que tendremos que tocar con fuerza, ¿huh?

Pero, de repente, la puerta comenzó a abrirse sola. Edward giró a Bella y la presionó contra la pared, cubriendo el cuerpo de ella con el suyo. Sacó su espada, teniéndola lista.

Una pequeña figura salió de la puerta. —¡Bella! ¡Tienes que salir de aquí!

—¿Alice? —dijo Bella. Alice se veía como si hubiera sido golpeada hasta casi morir. En una mano ensangrentada e hinchada tenía una tarjeta de acceso y Bella vio el pie de un guardia inconsciente sobresaliendo por detrás del marco de la puerta.

—Bella, tienes que salir de aquí —repitió Alice, la desesperación cubría su voz—. Saben que estás aquí. Sabían que ibas a venir. Yo-yo te traicioné, Bella.

Bella no sintió enojo, solo compasión por esta pobre niña atormentada. —Yo tampoco hubiera soportado la tortura, Alice.

¡Boom! Hubo una distante explosión sobre ellos. Jenks y sus hombres habían llegado.

Alice habló rápidamente. —Quil y Jane te están esperando en sus habitaciones. Pude decirles antes… de que les dijera a los otros, pero no supe si pudieron hacer correr la palabra o no.

Bella vio a Emmett. Estaba mirando a Alice con adoración, lágrimas caían por sus mejillas.

—Alice… mi Alice.

—¡Emmett! ¡Pon atención! —ladró Bella.

—Mi Alice.

Bella lo empujó para llamar su atención. Apartó sus ojos para mirar a Bella, pero regresaron inmediatamente a su humana.

—Emmett, tienes que concentrarte, o no podremos sacar a Alice de aquí —dijo Bella.

—¿A quién le hablas? —preguntó Alice, desconcertada al ver a Bella empujar el aire.

—Es una larga historia. Vamos, necesitamos empezar a liberar a los otros. —Bella se apresuró por el pasillo donde estaban las habitaciones residenciales. Emmett se cernió sobre Alice, incapaz de apartar la mirada.

—Es mejor no contar con él, al menos por un rato —le dijo Edward.

Bella deslizó la tarjeta por el lector de la primera habitación. Prendió la luz verde y Bella abrió la puerta.

—¡Agáchate! —gritó Alice, apenas alcanzó a evitar ser golpeada en la cabeza.

—¿Bella? —dijo Quil. Tenía una pata rota de su mesita de noche en las manos—. ¡Mierda! ¡Perdón! Pensé que eras uno de ellos.

—La próxima vez, déjame entrar primero —dijo Edward con una mirada de reproche.

—Está bien, Quil. —Metió la mano en la bolsa que Edward cargaba y sacó un rifle—. Con cuidado. Está cargada.

Quil asintió. —¿Cuál es el plan?

—Básicamente, reunir a todos y correr al barco.

Él parpadeó. —¿Eso es todo lo qué pudiste pensar? Jesús, Bella. Apestas en esto.

—Sí, lo sé. Vámonos.

Empezaron a cruzar el pasillo. —La habitación de Amanda —dijo Quil—. Tú sigue. Jane está en la siguiente.

Bella deslizó la tarjeta por él y siguió hasta la habitación que estaba junto a la de Quil, deslizando también la tarjeta. Fue Jane quién abrió sola la puerta.

—¡Bella! —abrazó a Bella—. ¡No puedo creerlo! ¡De verdad estás aquí! Alice dijo que ibas a venir, pero no le creí.

—Me alegra verte, Jane.

Rose hizo un suave sonido. Bella la miró y su corazón se rompió un poco al ver el dolor en las facciones de Rose. Estiró una mano e intentó acariciar la mejilla de Jane, pero la atravesó.

—Más tarde, Rose, por favor —le pidió Bella. Rose tembló, cerró los ojos y asintió.

—¿Con quién hablas? —preguntó Jane, al igual que lo había hecho Alice.

—Les explicaré más tarde. —Bella le lanzó una sonrisa a la niña de apariencia confundida que había salido de su habitación y estaba de pie en el pasillo, mirando de un recién llegado a otro. Bella se apuró a la siguiente habitación, abriéndola para Quil antes de moverse a la siguiente.

Entró detrás de Edward, pero al principio no vio a nadie, y luego visualizó la figura de una persona intentando esconderse debajo de un escritorio en una esquina. Bella avanzó hacía ahí.

—Hola. Soy Bella. No tengas miedo. Estamos aquí para ayudarte.

—¡Vete! —gritó la mujer.

—Vamos a escapar de la isla. Podemos regresarte con tu familia.

—¡No! ¡No! ¡Vete!

—Tiene miedo, Bella —dijo Edward innecesariamente.

Bella suspiró. ¿Deberían sacarla a la fuerza, gritando y pateando, o dejarla quedarse?

—Regresaremos por ella —decidió Bella—. Vamos.

Ella y Edward salieron al pasillo y se escuchó un disparo. Edward agarró a Bella, girándose y agachándose, escudando a Bella con su cuerpo, sus alas estaban envueltas con fuerza alrededor de ella, antes siquiera de que Bella pudiera reaccionar. Ella apartó las plumas de Edward, intentando ver que estaba pasando, a dónde debería lanzar su escudo.

—Lo tengo —dijo Jane, y bajó el rifle que Quil estaba levantando. Miró en la dirección de la que provenían los disparos y Bella escuchó a un hombre gritar. Era un sonido horrible e interminable, tosco y primitivo, el sonido de un humano en completa agonía. Jane sonrió.

Rose se adelantó y le quitó la pistola al soldado. Lo arrastro de los pies por el pasillo hasta su pequeño grupo, abriendo la puerta de la habitación de Amanda y dejándolo dentro.

—Jane, cariño, puedes detenerte ahora —dijo, pero, por supuesto, Jane no la escuchó.

—¿Hay gente invisible contigo? —preguntó Jane con un poco de miedo mientras miraba al soldado ser arrastrado por el piso con sus pies elevados.

—Sí, pero no te preocupes, no tienes que tenerles miedo. Te lo prometo, lo explicaré luego.

El hombre seguía gritando detrás de la puerta de Amanda.

—Está bien, Jane, suéltalo —dijo Bella—. Guarda tu energía.

—Nunca me canso de hacer esto —dijo Jane, su voz era suave y soñadora.

—Necesitas parar. —Bella lo podía oír gritar y eso le causaba escalofríos—. Vamos, Jane, vas a asustar a los otros residentes si lo escuchan.

—Oh, de acuerdo —dijo Jane, hizo un pequeño puchero empujando su labio inferior.

Bella miró a Rose y vio que Carlisle estaba casi ido.

—¿Cuál puerta es la de Esme? —le preguntó a Quil.

—¿Quién? —Quil se veía confundido.

—La señora invisible —dijo Jane—. Yo sé. Te mostraré.

¿Señora invisible? ¿A qué se refería Jane con eso? Bella la siguió por el pasillo y pasó la tarjeta por el lector de la puerta que Jane había señalado. Le dio la tarjeta a Jane.

—Abre el resto. Junta a todos lo más rápido posible.

Abrió la puerta de Esme. Rose la siguió en silencio dentro de la oscura habitación. Bella tanteó la pared hasta que encontró el interruptor de la luz. Cuando las luces se encendieron, vieron a una mujer con cabello color caramelo acostada en la cama, quieta y en silencio.

—¿Esme? —dijo Bella—. ¿Esme?

El más fino de los sonidos vino de esa mujer. Carlisle se removió en los brazos de Rose y gimió suavemente. Intentó acercarse a ella, pero su mano cayó debilitada. Rose lo acostó junto a Esme, y él se giró para mirarla con avidez. Su mano pasó a través de ella, pero aún así intentó tocarla, intentó acariciar su rostro y peinar su cabello.

—No sé si me recuerdas, Esme, soy Bella. Vine para rescatarte. Nos iremos del centro.

La mujer habló finalmente y su voz fue tan suave como un soplo de nieve. —Déjame. Solo vete.

—No podemos dejarte, tienes que venir con nosotros —Bella le quitó las cobijas—. Vamos, Esme. Tenemos que irnos.

Y entonces, pasó la cosa más extraña. Esme pareció desvanecerse, incluso aunque Bella la estaba mirando directamente. No era invisible. Simplemente parecía que se fundió con la cama que había debajo de ella. Los ojos de Bella se deslizaron sobre ella. Parpadeó, intentando concentrarse, pero de todas formas estaba teniendo problemas con eso. Ese era su poder, se dio cuenta Bella, la habilidad de desaparecer de la visión de aquellos que la veían, de mezclarse como un camaleón, de convertirse en un borroso recuerdo que nadie podía recordar con claridad. Ella sería la asesina perfecta, pensó sombríamente Bella. Podría hacerlo enfrente de una habitación llena de gente y nadie sería capaz de describirla.

—Edward, ¿puedes verla?

—Sí.

—¿Puedes cargarla al pasillo y pedirle a Quil, o alguno de los chicos, que la carguen?

—¡No! —gruñó Carlisle—. ¡Déjenla en paz! —puso su ala sobre Esme y miró torvamente a Bella.

Edward se inclinó para levantar a Esme de la cama y Carlisle lo golpeó, sus puños pasaban a través de Edward sin causarle daño alguno. Gimió de manera horrible y gateó detrás de ella, pero cayó de la cama.

—¡No! ¡No la alejes de mí, por favor!

—No lo haremos, Carlisle. Lo prometo. La vamos a llevar al barco y tú también vienes, ¿de acuerdo?. —Ella le hizo una seña a Rose, quién lo cargó en sus brazos, ignorando sus débiles forcejeos.

Hubo otra explosión distante y las luces parpadearon. Bella escuchó los gritos alarmados de las personas en el pasillo. —Tenemos que irnos.

Se unieron de nuevo a los otros en el pasillo. —Hay algunos que no vendrán —dijo Alice, angustiada.

—No podemos salvarlos si no nos dejan —replicó Bella—. No podemos cargar a todos.

Otra explosión, esta vez dentro del centro, sonaba como si proviniera del otro lado de la puerta gris. Un panel de luces cayeron del techo como una lluvia de chispas.

—¡Vámonos! —gritó Alice.

Bella y Edward guiaron al grupo, corriendo por donde habían venido. Algunas personas se detuvieron de golpe cuando vieron la puerta amarilla, la puerta por la cual nadie regresaba. Bella escuchó gritos de alarma. ¿Qué era lo que le habían dicho de la puerta amarilla? Bella se detuvo y la miró. Parecía más una cortina que una puerta, moviéndose y sobresaliendo de esa forma. Edward se puso enfrente de ella, sus labios se movían… sonidos. Ella no podía soportarlo más. Su cabeza estaba girando. Él escuchó botas golpeando contra el piso, gritos, chillidos de miedo. Edward la cubrió con sus alas y todo estaba bien de nuevo, segura dentro de ese suave mundo de blancura.