Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Capítulo Beteado por: Isa Mella Romo
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~*~The Better Angels of Our Nature~*~
Por: Lissa Bryan
Jasper se sentó con Bella en la mesa vacía de la cafetería. Era conocida como la "mesa de los perdedores". Conforme iban creciendo, los nombres se tornaban cada vez más coloridos, pero su estatus seguía igual: la mesa donde se sentaban los chicos sin amigos, la mesa donde lanzaban pedazos de comida acompañados de burlas, la mesa que simbolizaba el ostracismo social. Pero eso había sido antes de lo de Tyler, antes cuando todavía pensaban que Bella era solo rara, una conveniente persona para ser asignada al fondo del tótem. Toda escuela debía de tener su rechazado.
—Ve a sentarte con tus amigos —urgió Bella a su hermano. Sacó un libro de su mochila y lo abrió en la mesa para leer. Leía durante el almuerzo, leía en los descansos. Su meta era escapar de sus compañeros a un mundo donde los buenos siempre ganaban y los crueles villanos siempre recibían su merecido.
Jasper no era un perdedor. Él era atlético y guapo, lo cual le aseguraba un enorme grupo de amigos. Él podría estar en una de las mesas más ruidosas y llenas con los populares.
—Quiero sentarme contigo —insistió. Su mandíbula se apretaba con terquedad.
Bella se sentía conmovida de que se uniera a ella en su exilio, pero eso no era lo que quería para él.
—Ve Jazzy —dijo—. De todas formas, quiero leer y tú solo me distraerás. —Bella abrió su bolsa de papel café y sacó su sándwich de mantequilla de maní.
Jasper abrió su propia bolsa. —No te voy a dejar aquí.
—¿Bella? ¿Bella?
La voz de Edward sonaba urgente. Bella parpadeó para aclarar su vista y vio el rostro de él justo encima del suyo. Él la estaba sosteniendo por la cintura y hombros para que no se cayera. Algo estaba pasando, ¿no? Recordaba…
Hubo una explosión rápida de fuego y alguien gritó:
—¡Toma eso, cabrón! —Quil.
—¿Qué…? —dijo Bella. Miró a su alrededor, pero estaba encerrada en las alas de Edward y todo lo que podía ver era blanco—. Edward, déjame ir.
—No —dijo, enterrando la cara en mi cabello.
—¡Vamos Edward! —Bella forcejeó, pero bien pudo haber estado empujando contra vigas de acero—. Los otros nos necesita. ¡Suéltame!
Él levantó la cabeza para mirarla; sus ojos se veían tan tristes, tan dolorosamente tristes. Pero él obedeció, alejando sus alas y dejando caer los brazos. Por un momento, Bella deseó que no lo hubiera hecho. Vio cuerpos tirados por el pasillo que llevaba a los cuartos de los residentes, cuerpos, sangre y carne desmenuzada. Apartó la vista con rapidez y vio a su grupo escudándose detrás de unas paletas en una habitación que estaba pasando la puerta amarilla. Jane estaba arrodillada detrás de Quil, tapándose los oídos con las manos. Se veía aterrada y cuando Quil incendió unos cuantos tiros más, lloriqueó suavemente, cerrando con aun más fuerza sus ojos. Rose le cantaba suavemente y acariciaba el cabello de Jane con su fantasmagórica mano.
Bella levantó su escudo a través del marco de la puerta.
—¡Emmett! —gritó. La cabeza de Emmett apareció atrás del grupo donde había estado sentado junto a Alice, tan absorto como un narciso mirando un estanque—. Están cubiertos. Lleva a todos a la superficie y vayan al barco.
—¡No pueden verme! —gritó Emmett.
Maldición, lo había olvidado. De acuerdo, justo ahí había una enorme debilidad en su plan. Miró a Edward.
—No —dijo.
—Edward, eres el único…
—¡No!
—Por favor, Edward. ¿Por favor? Vinimos aquí para salvarlos, y eres el único que puede guiarlos fuera de aquí.
—No puedo dejarte, no puedo… —Sacudió la cabeza.
—Edward, escúchame. Estas personas son la razón de que hayamos venido aquí. Eres el único que puede llevarlos al barco. No tienes que ir hasta allá; solo muéstrales las marcas en la nieve y regresas enseguida.
—No… —Los ojos de Edward se veían tan agonizados que tuvo que apartar la mirada—. Ven con nosotros.
—Todavía no puedo irme, no hasta que encuentre a Jasper. Estaré bien. Me escudaré y me esconderé. No tardarás mucho. Por favor, Edward. Te lo ruego.
Él dejó un beso fiero en sus labios y sus ojos viajaron por el rostro de ella, como si lo estuviera memorizando, luego se irguió.
—¡Todos, síganme! Vamos, Bella nos tiene escudados. ¡Vámonos!
La gente salió cuidadosamente de detrás del panel. Hubo un tiroteo rápido y gritaron, agachándose instintivamente, pero las balas rebotaron en el escudo de Bella. Todos se metieron al elevador, apretados tan fuertemente como un pescado en una lata de atún. Bella metió la mano y deslizó la tarjeta por el lector, presionando el botón que llevaba a la superficie.
—Todos cuídense. —Retrocedió y la puerta se cerró, cortando la imagen del rostro preocupado de Edward.
Respiró temblorosamente. Se giró y regresó a los paneles donde Quil había olvidado su arma. Alguien le disparó y Bella se dio la vuelta enojada. Se colgó el arma sobre el hombro y caminó hacia la puerta.
—¡Detengan esto! —espetó. Había tres o cuatro soldados en el pasillo, usando los cuerpos de sus camaradas caídos como cubierta.
—¡No quiero lastimarlos, pero lo haré! —gritó—. Suelten las armas y salgan de aquí.
La ignoraron y siguieron disparando. Bella sintió las picaduras calientes contra su escudo.
De repente, la televisión se encendió y Bella saltó. Uno de los soldados le disparó por instinto, pero falló. La cara de Jacob llenaba la pantalla. Bueno, la mitad parecía ser su cara, al menos. La otra mitad tenía cicatrices y se veía deshuesado, y llevaba un parche en el ojo.
—Hola Bella —soltó—. ¿Qué jodidos le hiciste a tu cabello? Te ves como Anita la Huerfanita.
—Y tú te ves como el Capitán Garfio —le regresó de igual manera Bella.
Jacob entrecerró el ojo.
—Creo que tengo algo tuyo.
Se movió detrás de la cámara, la cual se sacudió un poco al darle la vuelta. Bella sintió que salía el aire de sus pulmones como si la hubieran golpeado. Jasper estaba acostado en lo que parecía ser una cama de hospital. Su rostro estaba impecable, pero su cuerpo era un lío de verdugones, cortes y moretones. Ella miró la imagen buscando pistas para saber dónde podría ser y lo vio; la esquina de una cortina azul oscuro. Estaban en el gimnasio más pequeño, el que tenía un escenario donde dijo Jacob que a veces los residentes representaban obras de teatro, aunque nunca hubo una mientras Bella estuvo en el centro.
—Se ve un poco peor por la ropa, pero sigue vivo —dijo Jacob—. Por ahora.
—Lo prometiste —le susurró Jasper al oído. Estaba de pie junto a ella, sin camisa, lo cual era raro porque Jasper se sentía muy inseguro de su pecho y nunca andaba sin camisa. Era un desastre de heridas sangrientas—. Prometiste que no te arriesgarías por mí.
—No te voy a dejar aquí —dijo Bella.
—¿Con quién jodidos hablas? —demandó Jacob. Jasper se desvaneció.
—Déjalo ir, Jacob —dijo Bella—. Suéltalo y te dejaré vivir.
Jacob se rió.
—No creo que estén en condición de estar haciendo amenazas, Bella. Tu amigo el jorobado no está contigo y por lo que puedo ver en infrarrojo, estás ardiendo con temperatura.
¿Jorobado? Oh, debió haber visto la forma de las alas de Edward. Bella se rió.
—No creo que te tomes esto con la seriedad necesaria —espetó Jacob. Golpeó a Jasper en las costillas con algo parecido a un control remoto y Jasper se arqueó, levantándose de la camilla. Los pies de Jasper se agitaron en un macabro, pero extrañamente alegre, baile y un chillido agudo salió de su garganta.
Furia. Caliente y roja. Uno de los soldados en el pasillo aprovechó la oportunidad estando ella distraída y le disparó. Bella lo aplastó como a un insecto. El otro soldado gritó horriblemente cuando vio lo que había pasado y soltó su rifle con un estruendo, corriendo a la puerta amarilla. Bella lo dejó escapar.
Bajó la cabeza y miró la cámara que estaba en el techo.
—Voy a ir por ti, Jacob, y es mejor que ruegues porque no te encuentre.
Jacob sonrió y estiró la mano para apagar la cámara. La pantalla de la televisión se quedó en negro.
Bella comenzó a bajar por el pasillo, pasando por encima de un charco que sangre que estaba alrededor de un cadáver aplastado (¿Yo hice eso?) y siguió derecho a las salas de investigación. El gimnasio era la última puerta a la izquierda. Bella no se detuvo, la tumbó con su talento y caminó dentro, su cuerpo zumbaba con furia. Su poder vibraba a lo largo de cada terminación nerviosa.
Jacob no estaba a la vista. Jasper estaba acostado en la camilla en el centro del escenario, inmóvil. Bella no se detuvo a pensar, lo cual siempre había sido uno de sus problemas. Echó a correr, sus pies golpeaban los cortos escalones que subían al escenario.
—¡Jazzy! —gritó. Llegó a su lado y, de repente, el mundo se cedió.
Debajo del escenario había un pozo para utilería y escenografía que podía ser elevado a base de trampillas que aparecían casi por arte de magia. Bella cayó por la trampilla que Jacob había amañado, cayendo en un piso de cemento diez pies abajo con el ruido sordo de un hueso roto. Dolor. Por un momento, Bella ni siquiera pudo respirar, dolía demasiado. Su rifle patinó hacia las sombras debajo de una escenografía. Dolor. Bella intentó sentarse y cayó de nuevo en el piso con un gemido.
Jacob se rió.
—Creí que no pensarías en atraparte con tu poder, y tuve razón. Debiste haberte esforzado más en tu entrenamiento, Bella. —Él levantó una inyección y sacó un poco de líquido de la punta—. Eres tan jodidamente predecible.
Encajó la aguja en su muslo y Bella lo lanzó contra la pared con su poder. La inyección cayó de su mano y rodó por el piso.
—Mátalo —le dijo Jasper—. Creyó que estarías demasiado lastimada por la caída para luchar, pero se equivocaba.
Bella intentó ponerse de pie y soltó un gritito de dolor. Su pierna estaba rota. Bajó la vista para mirarla y vio un parche de color rojo que se expandía. El dolor alimentó su furia y sintió su poder aumentar, crepitando a lo largo de sus miembros como un rayo. La asustó un poco porque sentía que sino liberaba la carga pronto, podría explotar con ella. Se irguió con su talento y flotó hacia Jacob, quien ya había recuperado la consciencia y gemía mientras luchaba por sentarse. Bella lo golpeó de nuevo, levantándolo contra la pared como una mariposa pegada a una pizarra. Bella lo sintió sondeando su mente, buscando un punto débil.
—Mátalo —urgió Jasper, el Jasper que se había sentado con ella en la mesa de los perdedores hace tantos años—. Como lo hiciste con Tyler.
Una puerta se abrió de golpe a su derecha y Bella vio a uno de los hombres que la habían secuestrado. Su nombre era… algo con 'M', ¿no? Bella lo atacó, pero como si él hubiera visto su poder venir, se agachó y remetió contra ella, tacleándola como a un jugador de fútbol y llevándola contra la pared. Bella atacó de nuevo y, esta vez, él voló atrás, chocando contra una pila de accesorios. Ella sintió un pinchazo en su mente cuando Jacob usó su distracción para encontrar un punto débil y ella gritó, perdiendo la concentración por un momento. Cayó en el suelo y gritó en agonía cuando aterrizó en su pierna rota. Jacob se dio la vuelta, agarrando la inyección, y se la intentó poner a Bella. Ella levantó un escudo que rompió la aguja cuando Jacob la empujó.
Él gruñó frustrado y agarró una viga de madera, apuntándole a la cabeza. Bella apenas tuvo tiempo de bloquearlo antes de que el tipo M la agarrara por detrás.
Concéntrate, se gritó a sí misma, pero a pesar del enorme poder que zumbaba a través de ella, estaba teniendo problemas para dirigirlo correctamente. Lanzó al tipo M (¿Mike, tal vez?) lejos con una fuerza brutal y escuchó el ruido de huesos rompiéndose incluso antes de que llegara a la pared. Jacob se puso de pie e intentó huir, pero Bella lo lanzó contra la pared junto a Mike, cuyo cuello estaba girado en un ángulo extraño. Los sostuvo a ambos, y se levantó del suelo, flotando casi a un pie del piso. Su cabello flotaba a su alrededor en suaves ondas, como si estuviera debajo del agua.
—No ha terminado —tosió Jacob.
—Para ti, sí —replicó ella. Se imaginó el corazón latiente de su pecho.
—¡No! —Jacob apuñaló su mente, pero no pudo encontrar una abertura. Ella sabía que él estaba viendo lo que se imaginaba y eso le provocó un pequeño placer salvaje. Ella apretó. El corazón intentó latir más allá de la presión, luchando valientemente para hacer su trabajo. Ella apretó con más fuerza, más fuerte. Jacob gritó frenético por escapar. Bella lo miró a los ojos y aplastó su corazón haciéndolo pulpa. Lo soltó y lo dejó caer al piso de cemento.
Ella escuchó un llanto, un terrible y desgarrador gemido, y vio la imagen fantasmagórica de un ángel mujer arrodillada sobre la figura sin vida. Era una alucinación. Tenía que serlo. El ángel de Jacob debió haberse desvanecido o Caído hace décadas, pero el suave y agonizante lamento le desgarraba el corazón.
Se giró hacia Mike, que estaba mirando el cuerpo de Jacob con horror. Su cuello ya había sanado y tenía la cabeza de nuevo en su ángulo correcto.
—¿También tengo que matarte? —preguntó Bella.
—No —dijo rápidamente—. Déjame ir y los dejaré en paz.
Ella lo soltó. Se puso de pie y corrió a la puerta, huyó como si temiera que ella fuera a cambiar de parecer. Esperó hasta que se fue para flotar a través de la trampilla hasta donde seguía Jasper acostado en la camilla, respiraba pesadamente. Estaba pálido. Muy pálido.
—Te tengo, Jazzy —dijo ella—. Vamos a salir de aquí.
Jaló la camilla detrás de ella, y la levantó para bajarla al suelo del gimnasio. Rodaba detrás de ella mientras salía flotando del gimnasio al pasillo. Otro lote de soldados se había apostado al final del pasillo, apuntando con sus pistolas al espacio que estaba más allá de la puerta amarilla. Bella sintió un sonido crecer en su garganta, algo parecido a un gruñido. No tenía tiempo para lidiar con esos cabrones.
¡Bella aplasta! Pensó, y rió con locura. Uno comenzó a girarse hacia el sonido, pero no lo consiguió. Bella ni siquiera tuvo que levantar la camilla cuando llegaron a donde habían estado los soldados. No quedaba nada.
¡Oh, espera! Todavía había gente en las habitaciones. Bella tiró las puertas, demasiado cansada e irritada para molestarse con la tarjeta de acceso. La mujer que se escondía debajo de la cama gritó sangrientamente cuando vio a Bella, así que Bella simplemente la elevó y la sacó flotando de la habitación. Para cuando llegaron al final del pasillo, tenía tres residentes revoltosos flotando en el aire detrás de ella, arrastrando la camilla de Jasper.
Presionó el botón del elevador y nada pasó. El botón ni siquiera se encendió, ni el lector cuando deslizó la tarjeta por él. Tendría que llevarlos por la puerta gris y subir las escaleras. Bella se giró para regresar por donde había venido y se hundió en otro recuerdo.
—De todas formas, ¿quién quiere ir al estúpido y jodido baile de graduación? —preguntó Jasper.
—¡Jasper! ¡Lenguaje! —lo regañó Renée.
—Lo siento, mamá. En serio, Belly-Bean, no nos perdemos de nada. Un montón de chicas en ridículos vestidos de poliéster con lentejuelas y chicos en esmóquines rentados que no les quedan, comiendo comida de mala calidad y bailando en un gimnasio cubierto con decoraciones de papel. Es una pérdida de tiempo.
Bella se secó las lágrimas e intentó sonreírle a su hermano. Él podría haber ido. Debió haber ido. Bella había escuchado rumores en la escuela que tres chicas diferentes habían esperado hasta el último minuto para aceptar a sus citas, con la esperanza de que él las invitara. Pero en lugar de asistir al principal rito de transición de la preparatoria, él estaba sentado en la cama de su hermana con su madre, ambos intentando hacer sentir mejor a Bella. Ella quería ir. Ella quería estar en una de esas limosinas que pasaban con risueños adolescentes que sobresalían por el quemacocos. Ella quería ser una de esas chicas en vestido con volantes, bailando con un chico bajo las dispersas luces parpadeantes de una bola de discoteca, bailando como en ese sueño que había tenido la otra noche donde estaba patinando sobre hielo y un hombre atractivo la había hecho girar en un vals bajo las estrellas.
Renée le dijo a Bella que debería ir sola. Con la frente en alto, entrar caminando como si fuera la dueña del lugar y disfrutar a lo grande. Pero Bella se imaginó a sí misma sentada en una mesa en la esquina, con una falsa sonrisa en el rostro mientras esperaba en vano que alguien la sacara a bailar. Tal vez Renée podría haber irrumpido en el gimnasio, sacar a un chico lindo de la pista y jalarlo a bailar con ella. Tal vez Renée podría ser una chica como esas de película, quien sorprendería a todos con su osadía y belleza, y sería elegida como la Reina del Baile al final de la noche mientras la chica más popular la miraba con rabia impotente o era el objetivo de una humillación cómica, pero Bella nunca había sido la estrella de la película y ella lo sabía.
—Ya sé —dijo Jasper de repente—. ¡Vamos a Funland!
—¿Funland? —Bella se rió—. ¿Dejan entrar a personas de nuestra edad ahí?
—Claro que sí. Y podemos ir a saltar en el castillo inflable y sumergirnos en la alberca de pelotas. ¿Qué dices? Vamos, ganaré un oso de peluche en skeeball para ti, lo prometo.
Y fue eso lo que estuvieron haciendo. Bella había pasado la noche de su graduación saltando en un castillo inflable con su hermano y había sido uno de esos preciosos momentos que desearías poder encapsular y regresar a él cuando hubiera momentos difíciles. Por unas cortas y preciosas horas, ella había sido feliz.
—¡Bella!
Abrió los ojos.
—Jasper —dijo.
—Oh, gracias a Dios —dijo él, echándose atrás. Sus hombros se hundieron con alivio—. Te desmayaste.
Bella miró sobre su hombro y vio a los tres residentes que había sacado flotando de sus habitaciones, mirarla con rostros solemnes. No habían regresado a sus habitaciones, así que supuso que eso era algo positivo.
—¿Estás bien? —le preguntó. Él le dedicó una pequeña sonrisa.
—Sí, me desperté cuando mi camilla se volcó.
Bella jadeó. —¡Oh, lo siento!
—No hay problema, en serio. Estoy bien. Las drogas que me dio ese cabrón Black debieron haber perdido su efecto.
Ella se sentó, su cabeza daba vueltas. Las nauseas subieron por su garganta y se dio la vuelta, arrastrándose para alejarse unos pocos pasos y regresar la poca cena que había comido.
Jasper le dio una tela para que se limpiara la boca y puso su palma sobre su frente.
—¡Jesús, Bella, estás ardiendo!
—Lo sé — dijo—. ¿Has visto a Edward?
—¿El chico que estaba contigo en el hotel? No, no lo he visto.
¿Dónde estaba? Bella se sentó y sintió que la tarjeta de acceso se encajaba en su cadera a través de bolsillo. Aw, no puede ser… no había pensado en eso, él no podría bajar de nuevo por el elevador sin la tarjeta. Conociendo a Edward, ahora debería estar desgarrando su camino a través del permafrost para intentar llegar aquí. Usó su poder para levantarse, sus pies colgaban sobre el piso.
Jasper la miró boquiabierto. —Te has hecho mucho más fuerte —comentó.
—Sí, gracias al cabrón de Black por eso, al menos. No puedo caminar, mi pierna está rota.
—Déjame cargarte —dijo Jasper—. Guarda tu poder para cuando lo necesites.
—Gracias, Jazzy. —Flotó hasta Jasper y él deslizó un brazo bajo sus rodillas y otro detrás de sus hombros. Hizo una mueca cuando el costado de ella se frotó contra su pecho herido y ella hizo una mueca también.
—Has perdido peso —notó él.
—Últimamente he estado un poco enferma —admitió—, pero podemos hablar sobre eso más tarde. Tenemos que bajar por este pasillo hasta la puerta gris de acero.
Los tres residentes los siguieron con los rostros llenos de asombro, como nuevos creyentes religiosos. Caminaron por el silencioso pasillo vacío, pasando puertas abiertas.
—¿Qué hay por ahí? —preguntó Jasper, señalando al pasillo bloqueado por barras de metal. Bella sacudió la cabeza.
—No sé. Nunca fui para allá mientras estuve aquí.
Ella sintió malestar. ¿Y si era otra unidad residencial y estaban dejando gente atrapada en sus habitaciones?
—¿Ahora qué? —Jasper se quedó de pie frente a la puerta de acero. Bella sacó la tarjeta y la deslizó, pero apareció un punto rojo.
—Mierda —murmuró ella—. Retrocede.
Él la bajó y ella saltó en una pierna, encontrando balance al agarrar el marco de una puerta. El poder que había sentido antes no había desaparecido en su totalidad y cuando lo llamó de nuevo para llegar al frente, hizo que todo su cuerpo temblara. Se concentró y empujó con fuerza. La puerta se despegó de su marco con un ruidoso chirrido de protesta.
Empujó con más fuerza y la puerta se arrancó de sus ataduras, rebotando por el piso de cemento. Antes de que se pudiera girar de regreso a Jasper, un par de brazos la alzaron y su rostro fue cubierto de besos.
—¡Gracias a Dios, gracias a Dios, gracias a Dios!
—Edward, lo siento. Olvidé la llave.
—No podía pasar por la puerta —dijo él—. Lo intenté y lo intenté, pero no cedía.
—Lo sé. Lo siento muchísimo.
La apretó con tanta fuerza que ella gritó.
—Tú debes ser Edward —dijo Jasper arrastrando las palabras.
Edward no contestó. Agitó sus poderosas alas y se elevó hasta el eje de bloques que salían a la superficie. Bella jadeó ante lo que vio a su alrededor. Era una zona de guerra. Cuerpos con uniformes estaban tirados en el suelo, la sangre chocantemente roja contra la nieve blanca. Cerca de las bahías de vehículos abiertos, un camión volcado estaba ardiendo, lanzando un resplandor anaranjado sobre la infernal escena.
—Dios mío —dijo Jasper detrás de ella. Él estaba en la parte alta de las escaleras y sus ojos se agrandaron al contemplar la carnicería—. ¿Qué pasó aquí?
—Llevé a los residentes de camino a barco —le dijo Edward a Bella—. Rose y Emmett habían hecho una pila de abrigos y botas para que se los usaran, pero no pudieron conseguir muchos prisioneros. Emm…
Una enorme explosión vino detrás de ellos, la escalera por la que habían subido estaba envuelta por una columna de fuego. Los tres residentes que estaban con ella gritaron y retrocedieron asustados. Bella los escudó casi instantáneamente, pero seguían sintiendo el enorme calor que desprendía. Otra explosión agitó el suelo debajo de ellos y de repente un tiroteo estalló alrededor de ellos.
Edward cubrió el cuerpo de Bella con el suyo, aunque ella intentaba empujarlo para ver lo que estaba pasando. Escuchó un gritito y se pudo liberar el tiempo suficiente para ver a Jane caer sobre sus rodillas, aferrándose a su pierna que sangraba. Rose rugió con rabia y salió de detrás de la barricada, apurándose hacia la línea de soldados, que parecían estar demasiado sorprendidos al ver a una estructural mujer rubia atacar contra ellos, que ni siquiera dispararon. Rose usó su rifle como un garrote, golpeando y martillando a los soldados. Se congeló cuando alguien disparó, pasando a través de su pecho. Cayó hacia adelante en un rocío de sangre.
—¡Rose! —gritó Bella.
—¡Está bien! —gritó Edward—. No es mortal, Bella.
En ese punto, Bella ya no consideraba esas distinciones. Se alzó en una esfera de su propio poder. La energía crepitaba sobre su superficie. Los soldados la miraron, señalándola, gritando. Algunos tiraron sus armas y corrieron, huyendo hacia la oscura llanura cubierta de nieve. Uno de los hombres le disparó y la ira de Bella atacó contra él como una espada, cortándolo a la mitad antes de que pudiera tirar del gatillo una segunda vez. Por un momento infinito, él la miró y entonces sus dos mitades se desprendieron, cayendo en la nieve.
Ella vio a un grupo de soldados debajo, cubriéndose detrás del camión en llamas y la cantidad de fuerza que les mandó era tan poderosa que destruyó el camión y explotó a través de la nieve debajo de ellos, dejando un cráter negro en la tierra. Bella flotó a través del campo de batalla, rodeada de su energía, un fantasma aterrador en el cielo nocturno que hacía llover muerte y destrucción sobre lo que quedaba de la fuerzas del centro de investigación. Salió sangre de su nariz, pero no lo sintió y no hubo dolor de cabeza por esta enorme expansión de poder. Si hubiera estado pensando con claridad, se habría cuestionado la razón.
Finalmente aterrizó detrás del montículo donde estaban establecidos Jenks y sus hombres, intentando balancearse en su pierna buena. Jenks la miró boquiabierto.
—¿Bella? —preguntó, como si no estuviera seguro.
Ella no estaba segura de a quién debería responderle. Él se había dividido en muchos Jenks y su visión estaba borrosa. Caliente. Estaba caliente. Se quitó el abrigo, dejándolo caer en la nieve.
—Bella, espera, no hagas eso —dijo Emmett rápidamente.
—Caliente —dijo, y mareada, se tiró en la nieve sobre su abrigo. Lentamente, se dio la vuelta y suspiró de placer ante la frialdad de la nieve en su mejilla. Había muchos rostros rodeándola y todos estaban parloteando, pero los sonidos no parecían formar palabras, o al menos no palabras que ella pudiera entender.
Jenks se arrodillo frente a ella, palmeando sus mejillas. Ella comenzó a decirle que se detuviera porque era malditamente molesto, pero luego vio el ángel sobre el hombro de él. Era un hombre mayor con un rostro delicadamente arrugado y cabello gris. Consideró si parecía ser el padre de Jenks.
—Gracias, Bella —dijo el ángel con la sonrisa más dulce que había visto en toda su vida—. Gracias.
Bella giró la cabeza para mirar a Edward, quién, por alguna extraña razón, parecía casi frenético.
—Edward —dijo con un suave asombro—. Siempre fue Jenks. Ésa era mi misión.
Edward tenía lágrimas cayendo por su rostro.
—Lo sé, Bella. Quédate conmigo, nena, por favor. Quédate conmigo.
—Llévala al barco —dijo Jenks—. ¡Vamos, Edward, ya!
Bella sintió que Edward la cargaba en sus brazos y se elevaba en el aire, sus alas se agitaban rápido para levantarlos.
—Lo hice —dijo soñadoramente.
—Sí, Bella, lo hiciste. —Se preguntó por qué la voz de Edward sonaba tan tensa. Tal vez era porque estaba volando con fuerza, sus alas se agitaban tan rápido en el aire que parecía ser un borrón.
—No importa —dijo ella, un repentino momento de claridad la hizo comprender su pánico—. Todavía estaremos juntos.
—Bella, aguanta nena, por favor.
Ella estiró la mano para acariciar su mejilla. El aire del ártico había congelado sus lágrimas al caer. Ella quitó una y cayó en su mano, un brillante diamante.
—Por favor no estés triste.
—Éste no es el final —dijo él con fiereza—. Vas a tener bebés, vas a envejecer y te arrugarás, y vas a morir con tus nietos rodeando tu cama.
—Hice lo que tenía que hacer —susurró Bella—, eso es todo lo que importa.
—Y vas a hacer más —dijo él. Se ladeó bruscamente y aterrizó en la cubierta del barco de Jenks—. ¡Collin! —habló, y luego gritó—: ¡Collin!
—Oh maldición —dijo Collin. Corrió hasta ellos y revisó el pulso de Bella—. Llévala adentro.
Edward tumbó la puerta, demasiado impaciente para los pomos, y acostó a Bella en la camilla que Collin había instalado en caso de haber heridos. Ella gritó cuando su pierna golpeó contra algo y después el mundo se oscureció.
Para Edward era el peor momento de su existencia, peor de lo que pudo haber imaginado.
—Por favor, por favor ayúdala —le rogó a Collin, quien insertó una intravenosa en el dorso de la mano de Bella y le inyectó una aguja hipodérmica.
—Lo intento —dijo Collin y miró los ojos de Edward—, pero creo que necesitas prepararte.
—No. —Edward se negaba a esa posibilidad. No. El Altísimo no podría ser tan cruel. Quería rezar, pero todo lo que atravesaba su mente era una letanía de Por favor, no. Por favor, no. Por favor, no.
Collin puso una máscara de plástico sobre la boca y nariz de Bella.
—Su pulso decae —dijo sombríamente.
—No —susurró Edward. Parecía ser la única cosa que podía forzar a salir de su apretada garganta.
—La ayudaré.
Edward giró la cabeza y vio a Esme de pie en el marco de la puerta. En una mano tenía la mini grabadora que Bella había usado para grabar a Carlisle cuando le había hablado de lo mucho que la amaba. Detrás de ella estaba Carlisle, mirándola con ternura en los ojos. Los dos se veían mucho mejor desde que Bella había sacado a Esme del centro. ¿Había sido apenas hace unas horas? Se sentía como toda una vida.
Esme se acercó al lado de Bella y puso las manos sobre el pecho de Bella.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Edward.
—Ayudando — replicó Esme, su expresión era de profunda concentración. Sus manos comenzaron a emitir un resplandor blanco que se iba haciendo cada vez más y más brillante hasta que incluso Edward tuvo que apartar la vista. Era intenso, cegador, incluso más brillante que el sol mismo. Esme gimió y se estremeció. Carlisle, detrás de ella, gritó también. Abrió sus alas al máximo, su sombra protegía a aquellos detrás de él.
La luz se desvaneció como si se hubiera terminado su poder y Esme se desplomó sobre Bella, jadeando como si hubiera corrido millas. Carlisle se cernió sobre ella, murmurando palabras de consuelo que ella no podía escuchar, acariciando su cabello con manos que ella no podía sentir.
Bella abrió los ojos.
—¿Esme? —dijo.
Edward la acogió en sus brazos.
—¿Bella? —Dejó un beso en su frente. La piel de ella estaba fría y el corazón de él cantó con alegría.
—¿Edward? —Bella se veía muy confundida.
Él levantó su mano y le quitó la venda. Debajo de ella su dedo estaba rosa y saludable, y cuando él removió la parte de sus vaqueros que la cubría, encontró su pierna perfectamente sanada a excepción de una pequeña cicatriz.
—Gracias… oh, gracias —susurró Edward—. Dios te bendiga, Esme.
Esme se veía casi tan enferma como había estado Bella, pero le sonrió temblorosa.
—De nada.
—¡Esme, mira! —dijo Bella, apuntando.
Todos giraron las cabezas y jadearon. En la pared, la brillante luz había dejado quemada una sombra. La sombra de un ángel con sus alas extendidas.
Esta es la última actualización hasta después de las festividades. Voy a viajar para pasar Navidad en otro lugar así que no podré actualizar hasta después de esas fechas. Más o menos para el 30 de diciembre volveré a actualizar, igual intentaré mantenerlas informadas mediante Facebook.
Espero que todas disfruten de estas fechas y pasen una muy feliz navidad :)
Fungys
