Hola de nuevo n.n ¡Les traigo el primer capítulo de esta sobrenatural historia, de ustedes depende que continue o no, así que, deja un bonito review, ¡son gratis!

Vale aclarar que este Fic no es Universo Alterno, porque honestamente no me gustan muchito, sigue dentro del universo iCarly, como todos mis Fics, espero que les guste. :)

PD: ¡Si sigues Sol y Luna no me odies, esta semana actualizo! :D

iCarly NO me pertenece y tampoco sus personajes, son de Dan Schneider, lo mío es solo esta historia y algunos personajes de mi retorcida mente, pero la idea principal no se me ocurrió a mi, en fin amo el chocolate. \o/


Alucinaciones


Toda historia tiene un comienzo y un final, como la vida misma; nacemos —aunque no sabemos bien por qué razón— y eventualmente morimos, ¿triste no es así? Pero es el curso natural de las cosas, unos se van primero, otros después, el punto es que en algún momento, —sin excepción— lo haremos. Hay quienes dicen que puede compararse a un viaje en tren, en el que no somos más que pasajeros, unos se bajaran al poco tiempo, otros más adelante, pero ciertamente para todos hay boletos rumbo al más allá, ¿o el más acá? Quien sabe, nadie ha regresado afirmándolo o refuntándolo. Lo curioso es, que en algún momento de la complicada travesía, comprendemos que lo único cierto es lo incierto, que cuando menos lo esperamos pasa lo inesperado y que cuando creemos con firmeza en algo, probablemente —tarde o temprano— ocurrirá alguna cosa que nos hará cambiar de perspectiva; Fredward Benson es una de las mejores pruebas de esto, el vivo ejemplo del escepticismo y el pragmatismo tuvo que replantearse la cuadrada idea de lo que pensaba era la vida.

Freddie —como normalmente le llamaban las personas más allegadas a él— contaba ya con veinticuatro años, una exitosa y brillante carrera en ascenso y un reciente divorcio a cuestas. ¿Quién era la afortunada o desafortunada mujer? Una ex- compañera de la facultad, igual de nerd, igual de apasionada por la tecnología y sí, igual de metódica y aburrida; con una forma de ver las cosas tan abrumadoramente parecida a él, que realmente había pensado que ella, Elizabeth McGregor, era su alma gemela, pero no se había cruzado por sus intrincadas y prodigiosas conexiones nerviosas, que no puede ser tan sano como parece, estar con alguien tan semejante a ti, evidentemente no lo contempló en un principio y como era de esperarse en menos de un año su matrimonio se hundió como el Titanic, es decir, sin posibilidad alguna de salvarse. 'Diferencias irreconciliables' rezaba el acta en la que con la estampa de Freddie y de Elizabeth finalmente quedaron separados legalmente, pero en honor a la verdad, la causa de la ruptura fue la irracional lucha de poder por parte de ella, quien desde un principio lo veía como inferior, por no decir como una 'cucaracha decapitada' como solía tildarlo para sí, por supuesto, porque en el fondo sentía una verde envidia.

Aquellos dos eran los mejores de la clase, bueno, Freddie era el mejor, ella la segunda mejor, cosa que le hacía doler el hígado de la rabia mientras una hipócrita sonrisa ocultaba su verdadero sentir. Iban juntos a Harvard, no solo una de las mejores universidades de Estados Unidos, sino una de las mejores del mundo. Marissa Benson lo visitaba con desagradable frecuencia a Cambridge, Massachusetts, y fue así como inesperadamente —y quien sabe cómo y mucho menos por qué— se decantó por la pelinegra de ojos color gris humo eligiéndola como la perfecta y digna novia para su hijo. Freddie no lo había considerado, ¿era en serio? Semejante sugerencia, o más bien exigencia de su madre, no podía ser de ninguna manera una buena idea, pero la brillante y ponzoñosa 'Ellie' era una mujer muy bella, 'agradable', de pulidos modales, la mejor en todo lo que había emprendido, ¿por qué ocultarlo? Más que sentirse intimidado, la admiraba y eventualmente se enamoró, tonta y perdidamente. Ella se sintió nefastamente triunfante, porque lo tenía rendido a sus pies, él se desvivía por cumplir sus deseos, incluso le concedió en una oportunidad ser ella la mejor de la clase, equivocándose intencionadamente en un experimento muy fácil —al menos para él— delante de un incrédulo profesor que juró aquello era un chiste de mal gusto.

Freddie la amaba y mucho, por lo que naturalmente, después de un año de noviazgo se comprometieron y así ella sació el placer siniestro de tenerlo completamente comiendo de su mano. Contrajeron matrimonio en una ceremonia modesta, por el bajo poder adquisitivo que ambos tenían, considerando el hecho de que eran estudiantes universitarios con lamentables empleos de medio tiempo.

La falsedad de Elizabeth finalmente quedó en evidencia, cuando su máscara de mujer dulce e intachable terminó por caerse un día previo a finalizar sus carreras, en el que el famoso Fredward Benson por su talento e insuperables habilidades,—además de por su tránsito como director técnico del webshow iCarly— fue reclutado por la transnacional compañía Pear Inc. Ese fue el día más feliz de su vida, podría tener la casa de sus sueños, formar una gran y hermosa familia junto a su esposa, todos sus planes la incluían a ella, todo sería felicidad o al menos eso pensó antes de descubrir que a Ellie, —su preciosa Ellie— no le agradaba para nada la idea, fue ese el principio del fin, el hecho de que ese éxito fuera de Freddie y no de ella, simplemente no pudo soportarlo y aunque increíblemente de verdad lo amaba, pudo más el enfermizo y sobrevalorado amor que se tenía a sí misma, que el que sentía por él, así que luego de una acalorada y teatral discusión, —en la que lloraba exageradamente como si él de verdad le hubiera causado un gran daño— le hizo elegir entre ella y la oportunidad de su vida. Después de solo un minuto, el castaño se había literalmente quedado sin palabras, mientras la pelinegra azotaba la puerta del pequeño apartamento que compartían, no sin antes haberle dirigido una buena cantidad de improperios, exigirle el divorcio y dejar la promesa en el aire de que él pagaría por eso y el precio sería muy alto. Él quedó desecho, se sintió engañado, decepcionado, y por qué no decirlo, traicionado en todo el sentido de la palabra. En pocos días se repuso, después de todo había vivido cosas aún más dolorosas. Sin embargo algo había cambiado en él, no sabía muy bien qué, pero luego de lo ocurrido comenzó a aferrarse a la idea de que todas las personas guardaban terribles secretos, peor aún, un gran lado obscuro. Pensó que tal vez con las personas no se debía llegar tan lejos, así que cuando los sentimientos comenzaran a aflorar, lo indicado era huir, por lo que aparte de nerd, amante de la tecnología, metódico y aburrido; podía sumar a su lista algún par más de calificativos: desconfiado, picaflor y caradura.

La graduación fue realmente incómoda, no para Freddie, sino para la flamante ex- esposa de él, cuando no solo luego de haber sido la segundona académicamente —una vez más—, para variar su ex-amor y ¿enemigo? La había dejado completamente humillada al presentarse con Milena Rogers aferrada a uno de sus brazos, la cabezahueca pelirroja vecina de ambos, con la que se había involucrado sentimentalmente y no tenía reparos en restregarselo de todas las maneras posibles en la cara, ni siquiera por el hecho de que apenas habían transcurrido tres días desde su separación legal. Ellie estalló de furia, rasgó enloquecidamente su vestido lila con sus propias manos y salió corriendo del recinto como alguien seriamente desequilibrado. Una media sonrisa se dibujó en el rostro del castaño, no era bueno, ni gentil que se sintiera tan bien, aún así, no podía negarlo, lo disfrutó. Desde ese día no supo más de Elizabeth Benson, corrección, Elizabeth McGregor, de nuevo. Ella probablemente nunca supo que Milena Rogers, no era nada serio para Freddie, dejaron de compartir saliva a los cinco días de iniciada su aventura. Él debía marcharse pronto a California, donde comenzaría su nueva vida, así que era inevitable—y cobarde— que expusiera sus aceptables motivos a la pobre e ingenua Milena sobre el por qué una relación entre ellos no sería posible.


Freddie arribó a la ciudad de San Francisco la soleada mañana del veinticinco de septiembre; luego de al menos una hora de trayecto desde el aeropuerto, finalmente llegó a su prometedor destino, el Pear Campus, sede principal de la compañía Pear Inc. Lo había soñado desde pequeño y por fin uno de sus mayores sueños se materializaba frente a sus ojos, quería llorar de la emoción —literalmente—, afortunadamente las cosas comenzaban a marchar bien. Poco tiempo le llevó ascender con asombrosa rapidez. Debido a su talento, esfuerzo y largas horas de trabajo extra diseñando prototipos y demás maravillas electrónicas, logró captar la atención de la mismísima Stacy Jones, la dueña de una prodigiosa mente, presidenta y fundadora de la compañía Pear, quien observando cautelosamente el desempeño del castaño sopesó la idea de convertir a quien definía como 'la joven promesa que representaría la consolidación definitiva de su compañía, como empresa líder en el mercado nacional e internacional, aportándole el toque de juventud y rebeldía (con causa) que pedía a gritos el fruto de su genialidad', Jones y sus enunciados largos, en fin, para ser breves, convirtió a Freddie en su mano derecha. Stacy, una mujer endurecida por los años, contaba ya con unos sesenta y cuatro a cuestas, era una persona hasta cierto punto extraña, ¿una loca simpática? ó ¿una simpática loca? Que comenzaba a augürar su propia muerte. Su único descendiente había fallecido en un trágico accidente, así que llevada por su instinto maternal acogió a Freddie como a su hijo, —quien casualmente tendría la misma edad que el de sus entrañas— con la esperanza de que él mantendría su legado como ningún otro. Jones estaba más que conforme con su trabajo, pero el castaño no lo sabía, su segunda y casualmente maniática madre, —al igual que la que le dió la vida— comenzó a labrar en él a su futuro y digno sucesor con un disparatado entrenamiento del cual él no tenía conocimiento.

Durante la víspera de Navidad, Jones viajó con el hijo que su corazón adoptó hasta Seattle, congeniando casi en el mismo instante en el que se miraron por primera vez con la neurótica Marissa Benson. Freddie no podía sentirse más agobiado, no recordaba haberse sentido tan asediado jamás. Aquellas dos atosigaban al castaño de una manera nada normal, planeando bodas de ensueño, para variar, nietos de ensueño; prefería llamar a lo que hacían luego, como 'relatar' cuentos de brujas y desequilibradas mujeres que incluían a una Elizabeth McGregor degradada al nivel de una cucaracha y a las quince mujeres con las que se había involucrado en menos de cuatro meses como aprovechadas, cazafortunas y genios del mal. Huyó del apartamento incrédulo por lo que sus ojos veían, deteniéndose justo al frente de la puerta de los Shay, cerró fuerte los ojos y una gran cantidad de recuerdos se agolparon en su mente uno tras otro, iCarly, Carly, Spencer, Gibby... y Sam. Su corazón se estrujó cuando la imagen de la salvaje rubia inspirada comiendo un par de piernas de pollo en sus manos llegó a su cabeza, y un punzante dolor invadió su pecho cuando recordó el día en el que por última vez la había visto cuando vivía...

Esa era una fresca noche de abril en Los Ángeles, Freddie había hecho hasta lo imposible para poder llegar hasta la gran fiesta que ofrecería Sam por sus veintiún años. El último vuelo de ese día y en tercera clase fue su única opción. Carly lo había logrado, había hecho un lugar en su apretada agenda para ella, de hecho había planificado atravesar el atlántico desde Italia con un mes de anticipación; al menos eso era lo que le recordaba a su amigo cada cinco minutos, porque no lo veía apersonarse a la fiesta. Pasaron las horas, los invitados se marcharon, solo quedó desorden por todo el pequeño apartamento que la rubia compartía con una pelirroja amiga de nombre Cat. Carly se lamentó terriblemente por la ausencia de Freddie. Sam, naturalmente no dijo nada, pero sin duda aquello le había dolido.

Pronto sería la una de la madrugada, —ya no era el cumpleaños de Sam— Carly y Cat se fueron a dormir, la rubia se excusó diciendo que no tenía sueño, pero se acostó a lo largo del sofá azul viendo fijamente la puerta, guardando dentro de sí la esperanza de que él no le fallaría. Un suave toque desvaneció el ligero sueño en el que había caído, sacudió su cabeza pensando que era producto de su imaginación, pero otro ligero toque igual al primero inundó sus oídos, ¿y si era él? Pensó. Su corazón dió un vuelco ante la sola idea. Se paró torpemente algo adormecida, un tercer toque se escuchó, quitó el seguro de la puerta y cautelosamente la abrió.

Freddie vió aparecer la cabeza de una Sam con el cabello muy desordenado por la puerta entreabierta, aspiró una gran bocanada de aire, para armarse de valor.

—¡Feliz cumpleaños Sam!— Exclamó con una media sonrisa, extendiendo un paquete cuadrado con lunares rojos por todos lados, un moño azul marino reposaba sobre la superficie.

—¡Eres un completo idiota, pensé que no vendrías!— Gritó entre enfurecida y alegre empujándolo hasta la mitad del pasillo descubierto. —¡Dame eso de una vez!— Espetó arrancando el paquete de las manos del castaño, inmediatamente despedazó el papel y lanzó la caja al suelo quedando con su regalo entre sus manos.

—No podía fallarte este día, o técnicamente ayer. Fue díficil y lamento no haber llegado a tu gran fiesta de veintiún años, pero...— Freddie se interrumpió a si mismo cuando vió a Sam tensar los labios y escrutar por todos lados lo que había traído para ella. —¿Te gusta?— Preguntó temeroso.

—¿Una camiseta? ¿Cómo pensaste que una estúpida camiseta podría gustarme? ¡Tengo miles tarado!— Gritó de nuevo, importándole muy poco que casi eran las dos de la madrugada.

—¿Recuerdas la vez que Carly te hizo una? Yo hice esta para ti Sam, como símbolo de nuestra amistad, que será eterna, y hoy frente a esta redonda luna llena te lo juro, estaré ahí para ti, siempre, no importa en qué circunstancias, por más extraña que sea, incluso si tú no me quieres allí, siempre.— Dijo el castaño con suavidad, señalando la llena luna y colocando sus manos sobre los hombros de la rubia, ella sonrió débilmente. Claro que recordaba la camiseta de Carly, y claro que era especial el regalo que él le había hecho, aunque un tocino boliviano, o un jamón con miel para ella sola, no habrían sido nada despreciables.

—¿Uh? Es lo más ñoño que he oído nunca, y creéme, he escuchado cosas muy cursis, pero sí, está bien como sea.— Sonrió ahora abiertamente y con la mano le invitó a pasar, Freddie se sentó sobre el banquillo de la cocina, mientras Sam sacaba un par de cervezas en lata que en algún momento logró apartar para él. ¿Así que cómo te va con 'Ellie'?— Preguntó lanzando al aire una de las latas, que por poco el castaño no logró atrapar.

—Maravillosamente bien, sabes...— Freddie sonrió tontamente, su pulso se aceleró.

—¿Qué?— Preguntó la rubia sin mirarle a la cara mientras destapaba su lata.

—Creo que he encontrado a la mujer con la que voy a compartir el resto de mis días.— Soltó Freddie sonriendo abiertamente. Sam quien sorbia del líquido amarillo, se vió envuelta en un ataque de tos, él la ayudó con palmadas en la espalda.

—Soy muy feliz por ti Benson.— Respondió Sam cuando por fin logró reponerse.

—¿De verdad? ¿Lo dices en serio?— Inquirió Freddie suspicazmente, totalmente incrédulo, no porque no creyera que lo sintiera, estaba seguro de eso, sino por el hecho de que se lo había dicho.

—Claro que sí, somos, ya sabes, amigos ¿amigos eternamente dijiste?— Respondió frunciendo el ceño. —Acaso dijiste ¿'siempre'?¿Siempre Benson? —Prosiguió ahora sonriendo.

—Siempre.— Respondió el castaño deslizando gentilmente una de sus manos por la cara de la rubia. Aclaró su garganta. —Sam, lo lamento debo devolverme a Massachusetts dentro de cinco horas.— Dijo nerviosamente, no tenía muy claro por qué razón se había puesto así, desvió su mirada hacia su reloj de pulsera.

—¿Puedes quedarte conmigo esta noche?—Preguntó la rubia casi sin pensarlo.

—¿Qué? No Sam, ya sabes, tengo novia y no estaría bi...— Freddie vaciló, su lengua se enrredó.

—No me malentiendas, solo para ponernos al día, teníamos ya mucho tiempo sin vernos Freddie—Suspiró Sam—... por... fa-vor.— Pidió. Lo que ambos no sabían era que esa era la última vez que se verían.

—¿Carly?— Preguntó Freddie entre temeroso y ansioso, temeroso de que en cualquier momento apareciera con una sartén estrellándosela en la cabeza y ansioso porque hacía mucho no la veía.

—Duerme en mi cama, está haciendo un reportaje para su universidad aquí en L.A, así que aprovecha muy bien su estadía.— Respondió con simpleza, aún aturdida por la manera en la que Freddie había rechazado la propuesta de quedarse junto a ella, no le pedía nada indecente, solo que compartiera con ella algo de platica, alguna anécdota aburrida o incluso las cursis ideas que tenía para proponerle matrimonio a su novia.

—Quisiera saludarla, la he extrañado mucho también.— Dijo suavemente, temiendo despertarla. Sonrió, porque lo que Sam no sabía era que el reportaje de Carly era una mentira con un mes de planificación, sintió un vuelco en el estómago, porque él no fue capaz de hacer lo mismo por ella.

—¡Vamos tonto!— Le animó halándole suavemente del brazo.

—No, no es necesario, ya habrá otra oportunidad.— Respondió con la esperanza de que Sam se olvidara del tema.

—¿Seguro?— Replicó. Él asintió suavemente, lanzándose sobre el sofá de una manera en la que Sam lo haría, sí, se quedaría con ella después de todo, el palmeó un lugar a su lado en el sillón y ella entre dudosa e incrédula lo tomó.

—¿Y qué tal el negocio de niñeras Sam?—Preguntó el castaño con una media sonrisa, ¿qué eran cuatro horas a su lado si probablemente no la vería en un buen tiempo?

—No tienes idea de lo bien que nos ha ido. He logrado ahorrar una cantidad considerable de dinero, creo que ya tengo la cantidad suficiente para iniciar el negocio de mis sueños, 'Puckett's' — Dijo Sam con ojos soñadores mientras deslizaba las manos en el aire.— Frunció el ceño ante la expresión divertida que apareció en la cara de él, ella sabía que no le creía. —¡Vamos Freddie no me mires así! ¿A quién no le gustaría las gallinas despescuezadas y cocinadas en...

Sam al poco tiempo se quedó dormida, en una posición bastante incómoda. Sus piernas las había colocado sobre el respaldo del sofá y su cabeza rozaba el suelo. Freddie no pudo evitar sonreír, miró la hora, el tiempo de irse había llegado, se arrodilló frente a ella y besó su frente, la rubia se movió un poco, pero no despertó.

Esos momentos se desvanecían en la mente de Freddie, la última vez... A veces olvidaba el tono de su voz, pero no lo que le hizo sentir al escucharla, olvidaba los matices de su rostro, pero no la alegría que le causaba el solo verlo. ¿Qué habría pasado si se hubiera dado por vencido ese día? ¿Si no hubiera luchado para poder llegar aunque no fuera a tiempo? Sus ojos se humedecieron de solo pensarlo, no, no se hubiera podido despedir de ella.

La voz de su madre en el recuerdo retumbó oprimiendo su pecho una vez más, pero ésta vez era más fuerte la sensación de abatimiento...

Esa era una mañana particularmente lluviosa y, esa era una clase de física particularmente complicada de entender, incluso para él. Tres llamadas perdidas miró en la pantalla de su teléfono y aún vibraba amenazando con convertirse en la cuarta. La imagen de Marissa Benson sonriente lucía en el identificador de llamadas de su Pearphone, ¿cuántas veces iban al año que le advertía que no debía llamarlo a esa hora de la mañana? Y menos por un estúpido recordatorio, pero algo había en la insistencia de su madre, que incluso para ella se salía de lo normal. Le contestaría, comprobaría que no era nada importante y seguiría con toda su atención en clase.

—¿Qué demonios mamá? Sabes que estoy en clases no es hora de tus recordatorios sobre el doble champú.— Dijo Freddie entre dientes temiendo ser escuchado.

—Lo siento hijo.—Musitó su madre en tono lastimoso.

—¿Qué? ¿Qué es lo que sientes?— Preguntó Freddie, mientras el vago presentimiento de que algo terrible había pasado le invadió por completo.

—Es... es... se trata de esa niña Puckett.— Su corazón dió un vuelco, ¿de verdad su madre le llamaba para hablar de Sam? No, no había nada bueno en eso.

—¿Sam?— Preguntó, con el inútil, pero poderoso deseo de que no se tratara de ella.

—Si hijo, Samantha.— Respondió su madre dulcemente, como si suavizara las palabras para que el dolor fuera menos intenso.

—¡Permiso!—Exclamó el castaño ante la clase, acto seguido salió atropelladamente.

—¿Qué pasó con Sam mamá?— Preguntó, su pulso subió súbitamente.

—Cielos...uhmm... Esto— Vaciló. —Samantha falleció la madrugada de hace tres días, lo siento hijo.— Dijo rápidamente soltando luego un largo suspiro.

—¿Cómo pasó?— Pudo preguntar Freddie a duras penas.

—Fue... fue... La arrollaron en su propia motocicleta.—Respondió su madre. En el tono de su voz se podía apreciar lo consternada que estaba.

—¿Cómo lo supiste?—Prosiguió el castaño. Una sensación horrible de abatimiento se había adueñado de él.

—Carly, la carita de muñeca estaba inconsolable junto a su hermano, no...—Calló algunos segundos. —No tenían valor para decírtelo.— Musito dulcemente.

—¿Por qué no me lo dijeron antes mamá? Maldición no pude darle... darle un último adiós.— Espetó el castaño mientras lágrimas de amargo sabor surcaban su cara.

—No hijo, ellos no lo sabían acaban de enterarse, la familia de Samantha no dió a conocer esa... ya sabes esa noticia hasta hoy.— Dijo su madre manteniendo la suavidad en su voz, el colgó la llamada, ya había escuchado suficiente. Nada de lo que hiciera o dijera, aliviaría la presión en su pecho. Ese día se sentó largo tiempo bajo un frondoso árbol, si, llovía, parecía que el mismísimo cielo lloraba, no prestaba el mínimo de atención al hecho de que el pasto bajo de él se tornaba pantanoso, deseó vehementemente que aquello fuera un mal chiste, lloró, lloró por Sam y sintió su pérdida por mucho tiempo, se reservó su dolor para sí mismo como si se lo hubiera robado y aún pasados meses, años...Si su imagen aparecía en su mente o en sus sueños, el dolor punzante reaparecía en el mismo lugar, al lado izquierdo de su pecho.

Justo en ese momento se lamentó del tiempo perdido, nunca imaginó lo importante que con los años Sam se habría convertido para él, primero su infernal tormento, su amiga a regañadientes, eventual e inesperadamente su amor y mucho después en su mejor amiga. Y ya no estaba, se había ido y aún no lograba aceptarlo; no entendía por qué demonios, la vida, un ser supremo o lo que sea, la había arrebatado de su camino, desde ese instante y para siempre. Un olor particular proveniente del apartamento de los Shay lo trajo de nuevo al presente, casi incoscientemente giró la perilla albergando en su interior una absurda esperanza.

—¿Freddie? ¡Freddie!— Gritó Spencer entornando los ojos en dirección al castaño, el sonido estrepitoso de un montón de latas de leche para bebés chocando contra el piso lo sobresaltó.

—¿Qué tal Spence? ¿Qué es todo esto?— Respondió señalando la cantidad exagerada de osos de felpa de todos los colores que abarrotaban el apartamento, además de las latas de leche. La pared del fondo de la sala estaba abarrotada de una pila enorme de pañales y, muchas cosas más que no logró distinguir.

—Yo...—Spencer simuló una cara de tristeza, agachó la cabeza. —¡Voy a ser papá!— Gritó agarrando a Freddie por los brazos y saltando alegremente, el castañó se sintió muy feliz por él, sería un papá magnífico, despreocupado probablemente, pero magnífico.

—¡Oh vaya felicidades hombre!— Dijo dándole un cálido y fraternal abrazo.

—¡Gracias adulto joven, ya es hora de que encargues uno pronto shingüengüenchón!— Expresó Spencer divertido al mismo tiempo que trataba de hacerle cosquillas, eso al parecer sin recordar que Freddie se había separado de su neurótica esposa, a pesar de las muchas veces que le expresó lo mucho que lo sentía.

—¿Qué tal tu madre Freddie?—Interrumpió la esposa de Spencer mientras lo miraba acusatoriamente. Ella era Alice, una muy mujer bonita, de treinta años de edad, su cabello ondulado era castaño rojizo y caía hasta sus hombros, sus ojos eran asombrosamente azules. La conoció en una tienda de mascotas, inexplicablemente al parecer había encontrado a la indicada, bien dicen que 'siempre hay un roto para un descosido', y aunque Alice y Spencer eran la pareja perfecta, ella bien sabía traer a la realidad a aquél niño atrapado en el cuerpo de un hombre.

—Igual que siempre Alice.— Respondió Freddie con desgano.

—Uhh no sabes cuanto lo siento.— Dijo Spencer torciendo la boca.

—Yo también.— Musitó Freddie sonriendo débilmente, mientras sus dedos golpeaban nerviosamente contra la barra del desayunador de los Shay.

—¿Te quedas a cenar?— Inquirió la castaña mostrando una gran cesta con pollo frito.

—¿Pollo frito? Oh sí por favor.— Respondió con agrado Freddie, aspirando el olor tan gratamente familiar que le llevaba a evocar mejores tiempos.


Corría ya el mes de Marzo. Freddie había llegado a su nuevo destino, estaba malhumorado e irritable por el atraso de más de cuatro horas de vuelo al salir de San Francisco, se lamentó no haber viajado por carretera teniendo muy claro que permanecía en el mismo estado. Stacy finalmente le había convencido de manejar la sede principal de Pear Inc., en Los Ángeles, valiéndose de rebuscadas razones, como 'creo que moriré el año que viene' 'no estoy bien de salud' 'ayer me desmayé y ví la luz al final del túnel' 'te confiaría hasta mi vida hijo de mi corazón' 'solo en ti confío Freddie, solo en ti y en nadie más' él no lo sabía, pero era parte de su 'entrenamiento' como futuro sucesor de la compañía de la maniática, pero simpática Stacy, empezaría por algo pequeño comparado con lo que representaba el manejo del enorme imperio de Stacy Jones, quien no desaprovechó la oportunidad de jubilar al viejo y experimentado Anderson Parker y reemplazarlo rápidamente por su joven promesa. Según lo que su alocada mentora le había notificado, alguien le esperaría en el aeropuerto, le entregaría las llaves del apartamento que exigió le fuera rentado—algo lejos de ser del penthouse lujoso ubicado en el centro de L.A propiedad de Stacy Jones— y le serviría de guía ese día, y solo ese día, pero una vez más fue contradecido por la brillante, pero nada normal genio corporativo.

Dejando tras de sí la puerta de llegadas del aeropuerto, levantó la vista en busca de la persona que estaría esperándolo, no sabía quien sería, ni cómo sería, pero la lógica le decía que llevaría un cartel al menos. Finalmente encontró su nombre escrito en letras grandes y doradas, sí, doradas, en un exagerado letrero en manos de una mujer bajita de algunos veinticinco años de edad, su cabello era rubio cobrizo, liso, corto y llegaba hasta sus orejas, sus ojos color avellana estaban enmarcados en unos anteojos cuadrados y pequeños, lucía un conjunto ejecutivo color gris plomo y pegaba pequeños saltos de un lado a otro sobre sus tacones negros de aguja. Su cartera amenazaba con resbalar de su brazo, y para su desfortuna, así fue, cayendo a su vez aparatosamente todas las cosas que contenía en su interior. El castaño ahogó una risa y le ayudó a levantar sus cosas. La neurótica mujer comenzó a lamentarse de su terrible suerte y del destino que le depararía si 'el seguramente malencarado e implacable Señor Benson', quien según lo que decía una y otra vez sería su jefe, 'la haría carne picada si la viera en esa situación'.

Creo que hablas de mí.—Dijo Freddie sonriendo, aquello le resultaba realmente divertido, '¿mal encarado e inflexible', ¿'carne picada'? Definitivamente aquella pobre mujer no había tenido mucha suerte anteriormente.

—¿Señor Benson?— La bajita rubia llevó una mano a su frente chocándola fuertemente contra ella. —Oh Dios, torpe, torpe Alexis, estás despedida vivirás debajo de un puente.— Murmuró— Soy... Soy Alexis Taylor, su asistente personal.— Dijo rápidamente, por lo que Freddie con dificultad entendió sus palabras.

—¿Qué es eso de asistente personal? ¿De qué hablas? Y no me digas señor.— ¿Por qué aquello no le sorprendía? Stacy Jones una vez más le había contradecido, pero sentía pena por la peculiar chica que sería su 'asistente personal' así que decidió obviar el hecho de que para nada le agradaba la idea.

—Me asignó la presidenta de Pear Inc., personalmente como la asistente personal de la joven promesa que representa la consolidación definitiva...— Mientras Alexis hacía lo que parecía un solemne discurso que a Freddie le parecía tan familiar, se lamentó por el hecho de que seguramente Jones le había obligado a aprendérselo, así que ignorándola comenzó a rodar el par de pesadas maletas que traía consigo, de pronto se interrumpió a si misma, sacudió la cabeza y sus ojos se abrieron como platos. —¡Espere! ¡No! ¡No, yo lo hago!— Gritó, entornó sus manos sobre las asaderas de las mismas apartando las de Freddie, y logrando arrastrarlas unos escasos veinte centímetros.

—¿De verdad puedes con eso?— Preguntó Freddie conteniendo a duras penas las ganas de reír.

—¡Oh si señor Benson, claro que puedo!— Exclamó Alexis prácticamente sin aliento, logrando avanzar apenas unos diez centímetros más. La torpe mujer reunió valor y trató de halarlas con más fuerza, pero solo consiguió caer al piso de espaldas, Freddie le tendió su mano gentilmente, la chica rápidamente se incorporó y tomó las maletas de nuevo.

—Dame eso Alexia.— Dijo Freddie suavemente tratando de no ser grosero, pero pudiendo disimular apenas su impaciencia.

—Alexis señor, diculpe mi insolencia.— Corrigió la curiosa rubia, aclaró la garganta.—Disculpe también si no soy lo suficientemente eficiente en cuanto a cargar maletas, le prometo que compensaré de alguna manera mi terrible falla, bien, le decía que...

—De verdad estás siendo insolente.— Interrumpió Freddie divertido y, no le quedó más remedio que soltar una gran carcajada ante la mueca de genuino terror que se dibujó en la cara de Alexis, jamás pensó que pudiera causar tal miedo en alguien, para ser honestos, jamás lo pensó. Permaneció callada un rato, lucía avergonzada y el sutil carmín de sus mejillas lo ratificaba. Ya en las afueras del aeropuerto, pidió un taxi, intentó acercarse a las maletas de Freddie una vez más. Freddie la miró con un gesto de impaciencia por lo que retrocedió. El taxista y él colocaron las maletas en la parte trasera del auto, y finalmente se adentraron en el mismo, la rubia le dió las indicaciones al chofer, ya que obviamente Freddie no tenía ni la menor idea de a donde iba a parar.

—Señor le juro que no es mi intención ser insolente, de verdad perdóneme.— Dijo Alexis tímidamente. Freddie de verdad no pensaba que ella era insolente, solo le había jugado una broma, pero claramente la chica no lo había entendido como tal.

—Oye ¿Alexis?— Preguntó Freddie tratanto de no equivocarse una vez más en el nombre de la torpe chica. —No tengo nada que perdonarte, no me digas señor, y solo haz silencio, a menos que te pregunte algo.— Alexis asintió suavemente. —¿Bien? Ya que eres mi 'asistente personal'— Dijo haciendo comillas con sus dedos. —Supongo que te encargaste del apartamento que exigí, no muy sofisticado algo cerca de algún medio de transporte, ya que evidentemente no tengo auto, no guardaespaldas, nada de pérdida de mi autonomía.— Freddie calló esperando obtener respuesta, pero Alexis solo asentía con su cabeza enérgicamente, Freddie la tomó por los hombros obligándola a detenerse.— Y bien, dime.— Musitó impaciente.

—Si señor Benson, dígame.— La torpe, y por qué no, graciosa chica no parecía entender. Freddie frunció el ceño, entre tanto una mueca de incredulidad se formaba en su cara. —Oh sí, todas sus exigencias fueron contempladas y supervisadas por mi persona.— Respondió Alexis cayendo en cuenta de lo que se le preguntaba.

Después de una hora, quizás un poco más, habían llegado al norte del Valle de San Fernando, en la zona metropolitana de Los Ángeles. El auto se había detenido por indicación de Alexis frente a un edificio de ladrillos de piedra de algunos 9 ó 10 pisos, la fachada del edificio era muy bonita, pero nada sofisticada. La rubia bajó accidentadamente del automóvil y, si no cayó estrepitosamente al piso, fue por pura suerte. El taxista y Freddie sacaron las maletas de la cajuela, el castaño le canceló al chofer, afortunadamente fuera de la vista de la distraída Alexis, de lo contrario se hubiera escandalizado, muy seguramente. El castaño se colocó el morral que traía consigo, y tomó las maletas errumbándose directo a la entrada del edificio.

—¡Señor Benson!— Exclamó la rubia a espaldas de Freddie.

—¿Uh?— Preguntó confundido.

—Éstas son las llaves de su apartamento.— Dijo Alexis colocando un juego de llaves en la mano izquierda de Freddie, quien después de recibirlas siguió la marcha.

—¿A dónde crees que vas?— Inquirió el castaño con el ceño fruncido, solo ponía a prueba la paciencia de plomo de la pobre chica, él sabía de antemano, que ella inevitablemente vendría tras de él.

—A ningún lado señor, solo quería decirle que su apartamento es el 7-B.— Respondió suavemente la rubia mientras veía sus pies.

—Muy bien Alexa, que pases una bonita tarde, adiós.— Dijo el castaño en tono divertido, rió dentro de sí reprendiéndose mentalmente por lo mal que estaba comportándose con ella.

—No señor, de ninguna manera, tiene cita programada a las seis de la tarde con el diseñador exclusivo Liam Sweet, para la confección de la gama de trajes de alta costura que lucirá este mes.— Y sí, una vez más Stacy Jones tenía que ver en esa disparatada idea, pero no cedería, al menos no ese día en el que estaba realmente cansado y su cuerpo le pedía a gritos unas buenas horas de sueño, —a pesar de que apenas eran las cuatro de la tarde— el agotador viaje había hecho estragos en él.

—Tengo un par de trajes, no es necesario.— Respondió suavemente, tratando de evadir el tema.

—Pero señor, por favor.— Suplicó la chica nerviosamente.

—No me digas señor.— Respondió suavemente, se sentía bastante incómodo de que alguien cercano o de su misma edad le llamara así.

—Bien, de verdad no quiero incomodarlo pero de esto depende mi empleo.— La mirada de Alexis rogaba por un sí, lucía temerosa. Freddie resopló, se compadeció de ella teniendo en cuenta de que era solo una pobre chica que como él seguía las órdenes de Jones.

—Está bien.— Concedió el castaño muy en contra de su voluntad.

—¡Entonces nos vemos en una hora, yo paso por usted!— Exclamó alegremente la rubia.

—Alexis ven, así me muestras el apartamento que 'personalmente' escogiste, y descansas algo, seguro que con lo terca que eres ni te moviste del aeropuerto a pesar de las cuatro horas de atraso.— Dijo el castaño gentilmente tratando de compensar un poco la falta de tacto que había tenido para con ella. Alexis asintió suavemente, atravesaron el lobby, subieron al ascensor, caminaron por el ancho pasillo hasta llegar al 7-B ubicado en una esquina. Freddie abrió la puerta alternando primero las cuatro llaves en la cerradura, finalmente lograron entrar, era un bonito lugar, el piso pulido era de madera, la cocina que daba de frente a la entrada estaba perfectamente distribuida, la sala estaba frente a un enorme ventanal con una mágnifica vista, era tan grande así que la luz del sol se colaba por medio de el y no era necesario el uso de luz artificial al menos no durante el día. Por alguna extraña razón él se sentía como si toda su vida hubiera estado predestinado a estar en ese lugar.

—¿Y le gusta?— Preguntó la chica vacilante, haciendo a Freddie despertar del ensueño.

—Bonito, funcional...— Respondió dubitativamente. —Y curiosamente familiar.— Prosiguió aspirando hondamente el aroma del apartamento.

—Bien, entonces podemos comenzar el recorrido. Allí evidentemente está la cocina.— Señaló la chica bajita algo que como dijo, era evidente—Hice un estudio personalmente de sus gustos gastrónomicos, tiene toda la despensa y el refrigerador lleno de todo lo que usted prefiere y a pesar de que no quería un chef a su servicio, debería saber que a media cuadra de este edificio hay una famoso restaurante que se llama...

—Solo dime por favor, dónde está la habitación para dejar las maletas.— Interrumpió Freddie dando por terminado el monólogo de Alexis.

—Está al fondo a la izquierda, tiene una habitación de invitados justo al frente, el baño está a mitad del pasillo, tiene bañera y ducha. En la terraza techada tiene un jacuzzi y en el jardín justo al lado tiene un solar con unas plantas muy bo... —La voz de Alexis se hacía cada vez más lejana, Freddie se había aventurado en la búsqueda de su habitación, encontrándola justo al lado izquierdo al final del pasillo. Era amplia, y también tenía un gran ventanal. El piso al igual que el resto de la casa era de madera pulida, tenía un clóset enorme y una cama bastante grande también. Depositó las maletas en el suelo y, el morral en un pequeño sillón color purpúra. Se abalanzó sobre la cama infantilmente, su cara chocó contra una de las almohadas de plumas y no estaba seguro de si era producto de su imaginación—o del detergente,— pero el olor dulzón que provenía de la misma le resultaba exquisitamente agradable. Cerró los ojos por un momento, comenzaba a quedarse dormido cuando recordó el compromiso con Alexis y su cita con el 'famoso' Sweet, así que muy en contra de su voluntad se reincorporó y fue de nuevo al salón; lo atravesó hasta llegar a la cocina. La rubia veía por el ventanal y de repente se sobresaltó cuando Freddie colocó algo de jamón, queso, tomates, lechuga y un frasco de mayonesa sobre la barra del desayunador, todo al mismo tiempo.

¿Y el pan?— Preguntó el castaño escrutando la despensa.

—Oh no señor de ninguna manera, yo lo hago.— Se interpuso Alexis entre él y la despensa como si lo estuviera protegiendo de algo venenoso.

—Alexis por favor siéntate.— Freddie la apartó gentilmente luego de alcanzar un paquete de pan para sandwich sobre la cabeza de la chica. Señaló un banquillo y recelosamente la rubia accedió a tomar asiento.Un golpe seco proveniente del fondo del pasillo se oyó, era lo suficientemente fuerte como para que se escuchara a esa distancia. —¿Qué fue eso?— Masculló el castaño exaltado.

—No lo sé señor.—Respondió la rubia haciendo ademanes, Freddie decidió pasar por alto el hecho, suponiendo que había dejado mal puestas las maletas y probablemente, —y sin lugar a dudas— ese sonido provenía de la caída de alguna de ellas.

—Bien come.— El castaño señaló el sandwich que había preparado para Alexis y virtió jugo de manzana en los vasos que había dispuesto sobre la barra.

—Oh gracias señor.— Masculló la rubia que dando una gran mordida al pan relleno dejaba ver lo hambrienta que se encontraba. Freddie sonrió comprensivamente, después de todo la chica no le caía mal.

Alexis siguió mareando a Freddie por largo rato, sobre sitios turísticos, bancos, plazas y demás elementos que el consideraba normales de una ciudad y no necesitaría demasiadas explicaciones, solo asentía mientras su mente viajaba a algún lugar muy lejos de allí. Cumplió el compromiso que había adquirido con su peculiar asistente personal, pero fueron eternas para el castaño las poco más de dos horas que permaneció en la exclusiva boutique de Liam Sweet. Cinta métrica por aquí, cinta métrica por allá. Telas de todo tipo deslizándose por sus manos, —que por poco le hacían perder la paciencia.— Apenas recordaba el nombre del tipo de tela que eligió, en honor a la verdad, solo para salir del paso. Llegó muerto del cansancio a un cuarto para las nueve a su apartamento, apenas y tuvo la suficiente fuerza para despojarse de sus zapatos, segundos después caía pesadamente sobre la cama, sus párpados pesaban como plomo, rápidamente se quedó dormido, sin percatarse de la escurridiza y curiosa sombra que proveniente del pasillo atravesó la entreabierta puerta de su dormitorio.


La luz del sol que se colaba por el enorme ventanal daba de lleno en la cara de Freddie, lo que le hizo despertar. Se desperezó un poco, miró maravillado a través del cristal y se preguntó como pudo haber vivido tanto tiempo sin ver un amanecer así. Sonrió tontamente, se levantó de la cama aún adormecido y con la ropa del día anterior. Pensando que seguramente Alexis se había asegurado de dejar toallas en el baño, no se preocupó por abrir sus maletas. Se dirigió al baño y en efecto no se había equivocado, tomó una ducha de agua helada, enrrolló la toalla en su cintura, hacía frío, así que descalzo se dirigió prácticamente corriendo a su habitación, abrió su equipaje y sacó lo primero que tuvo a la mano, se vistió rápidamente. Se dirigió a la cocina y preparó un café extracargado, tostó un par de rebanadas de pan y las llevó consigo a su habitación, colocó su nada nutritivo desayuno sobre la mesa de noche, sacó una botella de whisky irlandés extrafino, vaciando un cuarto del contenido en el brebaje obscuro, —ese era un hábito malsano que había adquirido hacía algún tiempo.— Se sentó sobre la cama apoyando la espalda contra el respaldo, soltó un suspiro y cayó en cuenta de la fecha que era, 26 de marzo, Sam estaba cumpliendo dos años de haber muerto. El dolor punzante que solía invadir su pecho cuando la recordaba, apareció una vez más. Así que por alguna masoquista razón buscó en su mochila su laptop, se devolvió a la cama, tomó una tostada y le dió una gran mordida, la lanzó en el plato de vuelta, alcanzó la taza de porcelana blanca y bebió de la misma absorbiendo un gran sorbo del fuerte y amargo líquido. Encendió el ordenador, buscó los ya viejos vídeos de iCarly que almacenaba en el mismo, reproduciéndolos uno, tras otro, tras otro, pero solo hasta una parte muy puntual.

—¡Yo soy Carly y yo soy Sam y esto es iCarly!—Detuvo el primer vídeo dando paso al siguiente.

—¡Yo soy Carly y yo soy Sam y esto es iCarly!— Reprodujo otro de los vídeos deteniéndose justo sobre esa frase.

—¡Yo soy Carly y yo soy Sam!— Una vez más, ese era uno de sus primeros programas, la castaña y la rubia de la pantalla tenían apenas unos trece años.

—¡Y yo soy Sam!—Exclamaba la chica en otro vídeo.

—¡Y yo soy Sam!— Gritaba alegremente la rubia abrazando a Carly.

—¡Y yo soy Sam!— Sonreía abiertamente, Sam ya tenía unos dieciséis años ahí.

—¡Yo soy Sam!— Sí, ya Sam tenía diecisiete años y salía con Freddie, el castaño no pudo evitar reír al recordar como tuvieron que interrumpir el programa por una de sus tontas peleas.

—¡Soy Sam!— Sam ya tenía diesciocho años, la pubertad había hecho un muy buen trabajo en ella, se trataba ahora de una hermosa mujer.

—¡Sam!— La rubia lucía hermosa, feliz. Un nudo se formó en la garganta de Freddie, luego de haberla visto crecer frente a sus ojos en cuestión de minutos.

—¡Sam!— Y ese había sido su último programa, pensaron que no lo sería, que eventualmente volverían a hacer algún iCarly algún día, —algún día, somo el día en el que 'volverían' a ser novios— pero no fue así.

—Sabes bien quien soy Benson, ¿o pretendes repetirlo unas cien veces más?— Dijo con un dejo de irritabilidad en su voz, una rubia que de apariencia rondaba unos veinte años de edad, tal vez un poco más; su cabello ondulado caía hasta su cintura, vestía un ceñido pantalón de tubo de cuero negro con una chaqueta a juego del mismo color. Una camiseta blanca con las palabras 'Everybody Loves Sam' en medio de un gran corazón rojo complementaba su atuendo. Se encontraba parada frente al pie de la cama, los ojos de Freddie se abrieron como platos, su corazón latía de una manera tan salvaje que tenía la sensación de que en cualquier momento saldría por su boca. Su laptop resbaló de sus temblorosas manos, el café también cayó bañando toda su entrepierna, en pocas palabras se encontraba en shock. El tiempo parecía haberse detenido en ese instante, apretó fuerte los párpados diciendo dentro de sí que solo estaba alucinando, consideró eliminar el toque de whisky de su café diario, le estaba comenzando a hacer daño pensó, aquello era la explicación más lógica que podía llegar a su mente. Decidió abrir los ojos lentamente creyendo que lo que había visto era una mala pasada de su cerebro, pero la que sin duda parecía ser Sam, se encontraba en el mismo sitio con una expresión endurecida en su cara, ambas manos las había colocado sobre su cintura, y una arruga apareció en su entrecejo mientras lo escrutaba con sus orbes verdeazulados. El castaño sacudió la cabeza enérgicamente, deslizó sus manos por su cara hasta colocarlas sobre su nuca. —¿Qué haces aquí?— Gritó la rubia enfurecida, él empezó a notar como súbitamente su respiración se aceleraba y una gota de sudor frío resbalaba por su sien derecha. Ignoró la presencia perturbadora de la que suponía era su fallecida amiga, corrió atropelladamente en dirección al cuarto de baño. El estrepitoso sonido del choque de sus pies contra el piso de madera se mezcló con el de la taza de porcelana rompiéndose. Tropezó y cayó cuando atravesaba el pasillo. Torpemente se levantó, sus piernas temblaban, afirmaba una vez más en su cabeza que alucinaba, que aquello no podía ser cierto, no lo era, ninguna ley de física podía explicarlo, insultaba a Newton con la sola idea de que aquello podía tener una explicación creíble dentro del campo de alguna ciencia que consideraba respetable. Nunca había oído, ni vivido algo parecido, temió estar comenzando a volverse loco. —Te hice una pregunta— Inquirió Sam amenazadoramente respirando sobre la nuca de Freddie, un estremecedor escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, giró la perilla de la puerta del baño y se adentró cerrándola con un fuerte golpe. Se encontró con su palidecida cara en el espejo. Abrió el grifo y hundió su cabeza en el lavamanos, permaneció así al menos tres minutos con la esperanza de que la fría agua borrara de su mente la disparatada situación que había vivido hacia apenas unos minutos. —Respóndeme imbécil.— Masculló la rubia sentada en la barra de piedra negra adjunta al lavabo, una mueca de genuino terror se dibujó en la cara del castaño, quien de nuevo tropezó cayendo de nalgas en el helado piso de mármol blanco. —¿Acaso te comieron la lengua los ratones?— Preguntó Sam acuclillándose frente a él, Freddie retrocedió arrastrándose hasta que su espalda se topó con la pared —¿o finalmente resultaste ser el retrasado que siempre creí que eras?— Acotó la rubia impaciente. De la boca de Freddie no salió palabra alguna, el nudo que se había formado en su garganta desde hacia ya mucho rato le impedía hablar. Una sonrisa entre burlona y comprensiva apareció en los labios de Sam. Era la peor broma de mal gusto que alguien le había jugado jamás a Freddie y eso claro está, si de verdad se trataba de una broma, ¿O no lo era?


¿Y bien? ¿Qué les pareció? ¿Se tratará esto de una broma? ¿Qué tal si no? ¿Quieren saber más? Ya saben que hacer :D