Hola amigos, les traigo el segundo capítulo de esta sobrenatural historia Seddie, en lo particular me divierto mucho escribiéndola, ¡espero les guste!
iCarly NO es mío y tampoco sus personajes, le pertenecen a Dan Schneider, lo mío es solo esta historia y algunos personajes salidos de mi retorcida mente, pero la idea principal no se me ocurrió a mi, en fin, amo los gatos, también los reviews. \o/
Sam, El Fantasma Poco Amigable
Freddie no sabía muy bien de que se trataba todo lo que estaba pasando. Apretó fuertemente los ojos de nuevo, esperó al menos dos minutos más pensando que una vez que los abriera 'Sam' ya habría desaparecido, porque no era real, no lo era, ella estaba muerta y los fantasmas no existían, eran solo cuentos estúpidos inventados por gente ignorante. Pero sus ojos se abrieron nuevamente y allí permanecía la rubia, frente a él, impaciente, con la frente y los labios fruncidos, parecía real, muy real, espeluznantemente real. ¿Y si Sam había fingido su muerte? Sí, eso era, lo había fingido, ¿pero cómo atravesó la puerta de roble? Pudo haber entrado por la ventana del baño. ¿Pero cómo podía ser posible si momentos atrás lo perseguía por el pasillo? Su cabeza comenzaba a doler, era algo puramente descabellado, no encontraba una razón lógica que justificara lo que sucedía. Arqueó la cabeza y la recargó contra la pared dejando salir un suspiro. Sam irritada soltó un bufido y se sentó sobre el tope del lavabo escrutando a Freddie con una mirada furiosa. El castaño se levantó impetuosamente del piso, decidido a ignorar la espectral imagen de su amiga fallecida. Se dirigió a la ducha, abrió la llave para el agua fría y se metió dentro de ella con todo y ropa, la cual a los pocos minutos empezaba a tornarse pesada cuando el líquido la impregnaba. Con los ojos cerrados comenzó a relajarse, había sido una pesadilla, una loca pesadilla, extrañaba a Sam y mucho, aquello era solo una mala jugada de su mente, eso era.
—Bien, creo que he comprobado mi hipótesis, pobre, pobre Benson.— Dijo Sam entre dientes, frente a él dentro de la ducha. Los ojos de Freddie se abrieron como platos, el agua se escurría por su boca. No sabía como sentirse al respecto, era lo más raro que le había pasado en la vida. —Te juro que hasta podrías darme lástima— Masculló la rubia, hizo una pausa. —Pero no.—Completó mientras una maliciosa sonrisa se dibujaba en su boca. La verdad si se parecía mucho a Sam, mucho, por no decir que eran idénticas, ¿y si solo de trataba de su hermana gemela? ¿Pero cómo podía explicar el hecho sobrenatural de que por arte de magia había aparecido dentro del cuarto de baño? Simplemente no podía explicarlo. Tenía la misma cicatriz sobre su pómulo izquierdo, era casi imperceptible, pero la tenía, allí estaba, justo como Sam; se la había hecho por su culpa—o al menos ella se lo hizo creer— cuando un botón de su camisa salió disparado mientras le zarandeaba por el cuello, tenían diecinueve años en ese entonces; Freddie había hecho molestar a Sam por robarle un ala de pollo, increíble, Freddie había tocado la comida de Sam, pero eso no era lo que importaba, lo que importaba era que la maldita cicatriz en forma de línea ascendente —y más pequeña que la punta de un lápiz— estaba ahí. Y su sonrisa, su sonrisa era exacta a la de ella, su labio superior se elevaba un poco más del lado derecho que del izquierdo cuando sonreía, era difícil de notar, no para él. El diminuto lunar en forma de lucero debajo del lóbulo de su oreja izquierda estaba allí. Su ojo derecho, —al igual que el de Sam— era un poco más azul que el izquierdo, que en cambio reflejaba más la luz verde. Y el tic nervioso que hacía castañetear sus dientes cuando estaba realmente molesta, lo observaba justo en ese momento. Pero era imposible, no podía ser ella, pero se parecía mucho—más de la cuenta— a Samantha Puckett.
Sam, Sam, Sam era Sam. Una oleada de calor invadió su cuerpo—muy a pesar de que el agua de la regadera estaba helada— sentía euforia y a la vez miedo.
—¿De qué hipótesis hablas?— Se aventuró a preguntarle a la rubia, ella tensó los labios y luego rió lacónicamente.
—De que eres un retrasado, ¿de qué más?— Respondió con simpleza. Y si, Freddie estaba ¿conversando con Sam? Esa era Sam, lo era, o ¿no?
—Esto no está pasando, estoy soñando ¿no es cierto? Dime que es un sueño.— Musitó. Pero su sentido común le decía que estaba hablando solo, completamente solo. — ¡Demonios, estoy hablando solo!— Gritó amargamente, consciente de que los muertos, muertos estaban; el lado izquierdo de su pecho comenzó a doler, porque no volvería, solo lo estaba imaginando. Se negaba a aceptarlo y a la vez —por irracional que parecía— deseaba que fuera cierto, que fuera real, que era ella.
No era real, no lo era. Pensó, pero ahí seguía Sam inamovible, inmutable.
—Y sigues hablando solo.— Espetó la rubia en tono de burla. Freddie sacudió la cabeza. —¿Qué haces aquí?— Inquirió la mujer que alguna vez fue su tormento adolescente.
—¿A qué te refieres con que qué hago aquí? Este es mi apartamento, y aquí vivo—. Le afirmó, era lo más obvio, era la única verdad, ese era el apartamento de Freddie. Sam soltó un bufido y a pesar de estar metida bajo la ducha con él, el agua no salpicó. ¿Cómo no lo había notado? Su cuerpo parecía repeler el agua, no la atravesaba y no la mojaba, sin embargo se veía muy sólida —tanto como lo era él— no era tráslucida, ni se veía alrededor de ella un aura brillante como contaban las leyendas urbanas sobre fantasmas. —¿Te has dado cuenta de que el agua no te moja?—Le preguntó el castaño tímidamente. Sam negó con la cabeza, sin perturbarse por el hecho. —¿Segura de que no lo notaste Sam?— Le preguntó de nuevo. La rubia rodó los ojos mostrándose fastidiada. —Y eso es porque se supone, que...— Vaciló, el nudo en su garganta volvió a formarse. —Sam se supone que estás muerta.— Suspiró. Cerró la llave y salió de la ducha, una gran cantidad de agua se escurría por su ropa.
—Es lo más estúpido que he oído jamás.— Respondió Sam quien no le daba mayor importancia a las palabras de Freddie, parecía no creerle, peor aún, parecía no saberlo, no saber que había muerto.
—Pues te tengo noticias, oír, y peor aún, conversar con una persona que lleva más de dos años muerta es lo más absurdo que me ha pasado jamás.— Dijo entre dientes sin voltear a verla, se quitó la camisa y la retorció sobre el lavabo dejando escurrir el agua entre sus dedos.
—¡Qué estupideces dices, estoy en mi apartamento como siempre!— Gritó Sam cuya boca temblaba por la rabia al ver que Freddie la ignoraba. Él colocó la camisa sobre la barandilla de las toallas, tomó una y seguía ensimismado mientras secaba su torso desnudo. El castaño viró y la miró fugazmente —ahora más calmado— rió internamente. Sam lo miraba con las manos empuñadas, su nariz aleteaba. Y lucía hermosa. Molesta lucía hermosa. Quitó el seguro de la puerta, la dejó abierta y caminó por el pasillo atravesando el salón. Sam apareció de repente ante él obstaculizándole el paso, le mandaba miradas furiosas y resoplaba, algo realmente la había hecho enfurecer.— ¿Ves ese gran ventanal? ¡Fue idea mía!— Gritó señalando la amplísima ventana de la sala que iba desde el suelo al techo y medía unos cinco metros de ancho y tres de alto. —¿Ves está perfecta cocina? ¡Yo misma la diseñé!— Dijo con aire de autosuficiencia. —¿Ves este maldito piso de madera?— Saltó sobre el suelo haciéndolo crujir.— Yo lo elegí y pasé largas horas colocándolo junto a las personas que me ayudaron.— Completó empuñando las manos.—¿Qué te parecen los enormes sillones de cuero reclinables?— Inquirió de manera suspicaz. Freddie no sabía como responder a todo lo que decía. —¿A que son perfectos para comer y ver televisión al mismo tiempo?— Respondió por él, quien no le había hecho mayor caso a los muebles de cuero negro. —Adivina, ¡los compré yo!— Gritó notablemente alterada. —¿Viste la enorme colección de plantas en el jardín de la terraza? Fue idea mía, ¡son mías! ¿Acaso has visto mi huerto? ¡Yo misma lo cultivé!— No, Freddie no había visto nada de aquello, apenas había llegado a esa ciudad, pero Sam no lo sabía, parecía haberse quedado detenida en el tiempo, reclamando y defendiendo cosas que él no solo no sabía que le pertenecieron, sino que le dejaba ver que allí había vivido sus últimos días, se sintió sobrecogido y conmovido, pero la furia de Sam lo hizo salir de sus pensamientos. —¡Todo en estos trescientos cuarenta y dos metros cuadrados me pertenece, debes irte Freddie, estás invadiendo mi espacio y sabes que eso podría ser contraproducente, muy contraproducente!— Bramó enloquecidamente, como si Freddie fuera un completo intruso queriendo arrebatarle lo que era suyo, pero no, Sam había muerto, ese apartamento era ahora de él, él pagaría la renta y las cuentas, su firma quedó plasmada sobre el contrato de arrendamiento, pero no, Sam no lo sabía, ni siquiera era consciente de que ya no pertenecía al mundo de los vivos. Freddie consideró que si su teoría era cierta, —por más escéptico que fuera— Sam era un fantasma, un espíritu que no había cruzado el otro lado, solo debía comenzar a comprobarlo, todo estaría bien, todo saldría bien.
—¿Qué vas a hacerme Sam? ¿Golpearme? ¿Acaso vas a golpearme? Eso quiero verlo, creéme.— La retó.
—No me retes Freddie, sabes que siempre pierdes.—Respondió Sam riendo burlonamente, lo miró de manera furiosa y un brillo de maldad apareció en sus ojos.
—Algo me dice que ésta vez no perderé.— Dijo un Freddie no muy seguro y no muy convencido de lo que afirmaba. Acto seguido Sam se abalanzó sobre él dispuesta a hacerlo pagar por el mal rato que le había hecho pasar, pero inexplicablemente lo atravesó por completo cayendo aparatosamente por detrás del castaño. Un frío escalofrío recorrío a Freddie de pies a cabeza, no sabía como explicarlo, la sensación al ser atravesado por el espectral cuerpo de Sam podía compararse a una brisa sumamente helada en un día soleado y muy caluroso. Freddie tragó saliva, se dió la vuelta, intentó acercarse, ¿que debía hacer? ¿Tender su mano? Pero en cuestión de segundos Sam se había reincorporado, lucía seriamente aturdida. —¿Sam estás bien?— Le preguntó nerviosamente llevando sus manos a su nuca-
—Si— Masculló fulminándolo con la mirada. —Quiero decir... No, maldición ¿qué esto?— Gritó esta vez, parecía más bien hablar consigo misma. Lo miró fugazmente, se mostraba aún más molesta que al principio, se dirigió a la cocina rápidamente. Comenzó a sacar los platos y vasos de la alacena y los estrellaba contra las paredes, el piso, la estufa y el refrigerador. Dirigió unos cuantos en dirección a Freddie, quien por fortuna logró esquivarlos. No sabía como hacer para contenerla, no podía siquiera terminar de asimilar lo que le pasaba.
—¡Sam deja de hacer eso!— Le exigió cuando un vaso de cristal rozó peligrosamente su cara.
—¿Te gusta Freddie? ¿Te gusta esto? ¿Y esto? ¿Y esto?— Gritó riendo triunfante mientras terminaba de acabar con la vajilla.
—¡Te dije que pararas maldita sea!— Le gritó de nuevo atajando un plato en el aire, al fin Sam curiosamente se había detenido, frunció el ceño y miraba por encima de Freddie.
—¿Señor? ¿Está bien?—Dijo la dueña de una trémula voz. El castaño se sobresaltó al escuchar a Alexis por detrás de él. Era una situación además de irracional y carente de toda lógica, incómoda.
—Si yo solo...— Viró para ver a la bajita rubia caminando lentamente hacia él desde la puerta de entrada. —Hmmm, estoy bien Alexis— Le dijo. El apartamento era un caos, cubierto de cristal y porcelana rota, Sam había enloquecido, —más de lo normal.— Freddie sin saber muy bien como explicar todo lo que había pasado evadió el tema. —¿Puedes entrar así a mi casa sin decirme nada? ¿Sin siquiera hacer algo tan sencillo como tocar el timbre o la puerta?— Preguntó acusadoramente.
—Yo... esto... Llevaba tiempo tocando, se escuchaba mucho ruido dentro... Y gritos, pero usted no abría, preocupada giré la perilla y la puerta estaba abierta, y solo entré. Lo siento señor.— Musitó la chica cuyas manos temblaban. Veía horrorizada todo el desorden y el pantalón de Freddie que todavía goteaba. Se estremeció cuando Sam se paró justo a su lado soplando su oreja, Alexis al parecer no podía verla, porque al voltear la cabeza en dirección al sitio donde justo se encontraba Sam, no se sobresaltó, ni se inmutó, solo llevó el dedo índice de su mano derecha a su oído para rascarse.
—'Señor'— Remedó Sam a Alexis imitando una vocecita, particularmente aguda y particularmente ridícula.
—¡Cállate!— Bramó Freddie en dirección a Sam, temiendo que Alexis pudiera escucharla, pero era absurdo, él no lo notaba pero su asistente no solo no podía ver, ni escuchar a la rubia, sino que estaba genuinamente aterrorizada de él.
—Si... Lo...Lo siento señor.— Balbuceó dando pasos nada discretos en retroceso.
—Tú no Alexis.—Le dijo comprensivamente mirando furiosamente a Sam.
—¿Y entonces quién?— La rubia bajita no dejaba de temblar, Sam no dejaba de reírse, el eco de su risa era tan fuerte, que Freddie se cuestionaba seriamente el hecho de que Alexis parecía no escucharla.
—Solo no me hagas caso.— Respondió sacudiendo su cabeza. —Y bien, dime Alexis ¿qué quieres?
La chica tenía en sus manos tres bultos negros y escrutaba torpemente en su cartera, tomando un manojo de llaves finalmente, bajo uno de sus brazos estaba un portafolio que amenazaba seriamente con caer. Freddie sacudió la cabeza, Alexis era terrible y graciosamente torpe. Casi pierde el equilibrio extendiendo sus brazos y atajando en el aire el portafolio. —Aquí tiene tres de sus primeros trajes señor, las llaves de su nuevo auto y...
—¿Qué dijiste?— Preguntó Freddie incrédulo, no sabía usar el autobús, mucho menos podría manejar en una ciudad que no conocía muy bien, ni siquiera 'un poco' bien.
—Su auto señor, la Señora Jones—Respondió la rubia alzando la barbilla y adoptando una absurda actitud solemne. Carraspeó. —La excelentísima señora Jones dispuso que usted, su hijo, tuviera un auto digno de usted, yo solo sigo órdenes.— Afirmó tomando la mano de Freddie y depositando las llaves dentro de ella.
—¿Señora Jones? ¿Qué pasó con la loca de tu madre, la repugnante señora Benson?— Preguntó una Sam confundida atravesándose en medio de Alexis y Freddie. El castaño hizo un círculo con su palma abierta en el aire, Alexis lo imitó, definitivamente no podía ver a Sam.
—No le digas loca a mi madre.— Respondió con frustración, algunas cosas nunca cambiarían.
—No señor, en ningún momento yo le he dicho lo...
—No Alexis no es contigo.—Le interrumpió Freddie rápidamente, Sam, o más bien su fantasma le traería muchos problemas y ese era solo el comienzo. —Solo no me hagas caso ¿si?— Contrarestó el castaño esquivando a Sam y colocando una de sus manos gentilmente sobre el hombro de Alexis, con su mano libre tomó los bultos que contenían sus trajes. Una enfurecida Sam atravesó a Alexis haciéndola tambalearse, y si, caer al suelo aparatosamente. El portafolios se abrió, los papeles se regaron por el suelo, el contenido de la cartera de la bajita rubia también quedó esparcido. Freddie rodó los ojos y soltó un bufido molesto. Arrodillándose junto a ella ayudándole a recoger las cosas, los papeles que había logrado tomar su asistente, 'volaron' por los aires, Sam se los había arrebatado.
—¡No hagas eso!—Le exigió el castaño.
—Disculpe, fue solo la brisa, no fue mi intención.— Respondió temblando y con ojos vidriosos una aturdida Alexis.
—Alexis, puedes tutearme, en serio, no me llames 'señor' ni me hables de 'usted', por favor.— Le pidió mandando miradas furiosas a Sam que se había sentado sobre la barra de la cocina y una expresión de triunfo se había dibujado en su cara.
—Está bien se...
—¿Freddie?—Le corrigió el castaño.
—Está bien Fre... ¿Freddie?—Dijo Alexis no muy segura.
—Muy bien Alexis.— Le dijo el castaño a modo de cumplido.
—Bien, me retiro se... Freddie— Se corrigió. —Dentro de una hora tendrá su primera junta, será una especie de bienvenida por parte de los ejecutivos, mañana va a tener el recibimiento de los empleados de la planta, solo no lo olvide, quise decir no lo olvides, me retiro... se...Freddie.
Segundos después Alexis se había perdido por el mismo sitio donde había aparecido momentos atrás. Freddie reprendió con la mirada a Sam quien se encogió de hombros y sonrió maliciosamente.
—Voy a tomar una ducha, solo no me persigas.— Le pidió Freddie entre incrédulo y aturdido, por todo el desorden que había armado. Sam pareció ignorarlo.
El castaño se dirigió a su habitación, en busca de su toalla, Sam no se veía por ningún lado. Asomó la cabeza por el pasillo y no, no estaba. Soltó un suspiro de alivio, se había ido, por fin. Se internó en el sanitario tomando ahora un relajante baño de burbujas, estrenando su bañera, si, era suya, su bañera y solo de él.
—¡Te dije que es mi apartamento y es mejor que te vayas por las buenas!— Masculló Sam quien acababa de aparecer misteriosamente al lado de la bañera provocándole un tremendo susto a Freddie quien por poco resbaló al pararse por mero impulso.
—Sam—Suspiró. —No eres un fantasma muy amigable que digamos.— Le dijo ahora sonriendo maliciosamente. Sam frunció los labios, aquello no lo entendía.
—¿Fantasma?— Le preguntó, ahora si parecía aturdida.
—¿Así que qué tal?— Inquirió Freddie con aire de autosuficiencia.
—¿Qué?— Respondió la rubia parándose frente a él.
—¿Qué tal luzco desnudo?— Le dijo Freddie de manera arrogante. Rió internamente. El semblante de Sam revelaba lo molesta que estaba, sus mandíbulas estaban tensas, resoplaba y su nariz aleteaba.
—¡Te voy a matar!— Gritó bastante fuera de sí empuñando las manos.
—Sabes que eso no funciona, no puedes, solo no puedes hacerme daño.—Le advirtió el castaño sonriendo triunfante, no, no podría hacerle nada —aparte de quebrar cada cosa rompible de la casa— no podría romper sus costillas, ni podría patearlo. Sam jadeó, le mandó una mirada furiosa y el brillo de maldad apareció de nuevo en sus orbes verdeazulados. Freddie no lo sabía, pero ella encontraría la manera de hacerle pagar por eso.
¿En qué parará esto? Sam parece no saber que está muerta, ¿pero por qué? ¿Qué hará Freddie al respecto? ¿Quieres saberlo? ¡Ya sabes que hacer! Deja un bonito review. :3
