Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Beta: Isa
~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~
Por: Lissa Bryan
—¿Un programa de reproducción? —repitió Esme—. Pero yo nunca vi ningún bebé, y ninguna de las mujeres de nuestro centro se embarazó repentinamente.
—Nadie nunca me pidió una muestra de mi pulpa para bebé —agregó Quil.
Bella hizo una mueca.
—Primero que nada: qué asco, Quil. Segundo, quizá éramos nosotros a los que no querían reproducir, por cualquier razón. Y, por todo lo que sé, pudieron habernos desmayado o algo para recolectar todo lo que necesitaban de nosotros.
—¿Podría tener un bebé en algún lugar? —exhaló Esme. Sonaba casi…, esperanzada.
Bella estaba a punto de responder cuando de repente la habitación se quedó a oscuras. Alguien soltó un gritito y se escucharon un par de jadeos. Bella alzó un escudo sobre todo su grupo.
—¿Quién de ustedes cabrones gritó como niña? —preguntó Jenks. Encendió una linterna al igual que Amun, una pequeña linterna que tenía entre los dientes mientras seguía haciendo lo que fuera que estuviera haciendo con los cables y circuitos.
—Fue Collin —contestó Quil. Se escuchó un golpe y Quil gritó—. ¡Ow!
—Estamos a punto de recibir compañía —dijo Alice y una pequeña luz de emergencia parpadeó sobre sus cabezas.
—Bella, alza un escudo hasta la cintura —ordenó Amun.
Ella lo hizo y se agachó detrás de su protección. Sacó la pistola de su cintura.
—Amun, ¿te falta mucho? —preguntó Jenks.
Amun no tuvo oportunidad de responder antes de que el tiroteo comenzara. Las balas golpearon los archivos que estaban alineados en la pared y lanzó pedazos de papel al aire como si fuera confeti. Alice y Esme gatearon hasta Bella y se acurrucaron alrededor de ella, como buscando protección. Jenks se levantó detrás del escudo y disparó cuatro balas seguidas.
—¡Bien hecho! —alabó Collin, pero sus palabras casi fueron ahogadas por el tiroteo. Collin gateó hasta Bella—. ¿Puedes poner un agujero justo ahí? —preguntó, señalando un área que quedaba a la altura de su barbilla. Bella lo cumplió, él apuntó cuidadosamente y disparó.
Ella escuchó que un hombre en el pasillo gritaba de dolor.
—Te cedo la mitad del crédito —dijo Jenks—. Sigue vivo. —El hombre gimió y gritó por ayuda. Bella hizo una mueca interna ante el patético sonido. Odiaba esto.
—No por mucho tiempo más —dijo Amun. Desconectó todo su equipo y lo metió de nuevo en su mochila—. Vamos —dijo.
Todos se pusieron de pie y lo siguieron para salir por la puerta hacia el pasillo. Amun sacó una de sus pistolas y disparó sin siquiera ver. El hombre que había estado gimiendo se quedó abruptamente en silencio. Regresaron por la pendiente hacia el área de la oficina y cuando llegaron arriba, Amun agarró de repente a Bella de la cintura y la giró para que quedara con la espalda pegada a la pared.
—Quémalo, Quil —dijo.
Quil se concentró en la habitación que había abajo y explotó en un infierno que salió fuera del pasillo. Una pared de fuego explotó en el pasillo y Quil se paró en medio de todo, las llamas no lo tocaban. El calor abrazador hizo que Bella escondiera la cara contra Amun y él aprovechó la oportunidad para envolverla en sus brazos.
—¡Quil, detente, ya terminaste! —gritó Jenks.
Quil abrió los brazos y echó la cabeza atrás. Las llamas se curvaron y envolvieron alrededor de él, bailando por la superficie de su piel.
—¡Quil, maldición, detente! —rugió Collin, y le lanzó uno de los cartuchos vacíos.
Pareció sacar a Quil de su trance. Dejó caer los brazos y las llamas se desvanecieron. Estaba respirando con pesadez, su cara se veía suave y soñadora a causa del placer.
—Terminamos —dijo Jenks—. Salgamos de aquí.
—Al carajo con eso —replicó Collin—. Tenemos que limpiar el resto de este lugar para asegurarnos de que no haya cautivos.
—Eso no era parte de la misión —dijo Jenks—. ¿Qué carajo vamos a hacer con ellos si es que encontramos a alguien? No podemos meter más al Stryker, tampoco podemos dejarlos a mitad del desierto y decir, "Mucha suerte. Las Vegas está a noventa millas".
—Apoyo a Collin —dijo Quil—. Incluso si no encontramos más cautivos, necesitamos limpiar el lugar y luego destruirlo.
Jenks se giró hacia Bella.
—Tú decides.
Ella tragó con fuerza. Si bajaban más, sin duda alguna matarían más personas, pero ¿y si tenían más Dotados encarcelados aquí? Nunca se perdonaría si los abandonaba a su suerte. —Terminaremos con todo —dijo con una voz que no parecía ser la suya.
—Ésa es mi chica —alabó Amun y le puso un nuevo cartucho a su pistola.
La oficina parecía ser el eje central de todo el lugar. Todos los pasillos llegaban ahí. Bajaron por otra pendiente y entraron a otro pasillo largo con puertas igualmente espaciadas. Amun y Jenks se daban la vuelta gritando "¡Limpio!" cuando comprobaban que una habitación estaba vacía. Y era fácil determinar eso: cada una contenía sólo una cama con sábanas y una manta doblada impecablemente en la orilla, y más preocupante aún, una cuna. Ninguna de las habitaciones parecía estar ocupada. No había objetos personales, ni ropa colgando en el armario que estaba en un rincón, no fotos en las paredes, nada que pudiera indicar que estuvieran ocupadas. La pintura olía a reciente y la alfombra estaba tan nueva que todavía había pelusas en las orillas donde había sido cortada al instalarla.
Había un par de puertas batientes al final del pasillo y ambos, Jenks y Amun, recargaron la espalda contra la pared que estaba junto a éstas. Ambos asintieron y luego, en un baile sincronizado, se giraron y las abrieron de una patada, entrando de prisa con las armas alzadas. Las puertas se cerraron detrás de ellos, pero Bella escuchó a Jenks decir claramente:
—Jodido… ¡Jesucristo!
Ella entró corriendo detrás de ellos y se detuvo tan de repente que se resbaló sobre el linóleo. Amun la atrapó del brazo antes de que pudiera caerse. Ella se tapó la boca con ambas manos. Alice y Esme estaban justo detrás de ellos, Collin y Quil en la retaguardia. Quil dejó caer sus pistolas cuando vio lo que había en la habitación. Cayeron al piso con un estrépito.
—El programa de reproducción —dijo Bella innecesariamente.
La habitación estaba llena de camas de hospital. Había una línea a lo largo de cada pared y había camas puestas de orilla a orilla en el centro, formando dos filas más. Cada una estaba ocupada con una mujer, todas en diferentes etapas de embarazo, y todas estaban conectadas a respiradores, intravenosas, tubos para alimentarlas, catéteres… Tenían las cabezas afeitadas y vestían batas de papel blanco.
—Están muertas —se ahogó Esme.
—¿Qué? —Jenks se giró hacia ella.
—Todas —susurró Esme, su rostro estaba de una tonalidad grisácea fantasmagórica. Agarró una de las barras de una cama para apoyarse—. Todas están muertas.
—¿A qué te refieres?—Quil señaló uno de los monitores—. Ése es un lector de corazón, o como sea que se llame. Los he visto en programas de hospital. Su corazón está latiendo.
Esme sacudió la cabeza.
—Quizá su cuerpo está vivo, pero está muerta. Muerte cerebral, no tiene alma. Las máquinas mantienen vivo su cuerpo, pero ella ya no está allí.
Jenks se veía muy incómodo.
—¿Cómo puedes saberlo?
—No tiene aura —dijo Esme. Sus ojos se llenaron con lágrimas de compasión y agarró la mano pálida y flácida de la mujer que estaba acostada en la cama a la que se había aferrado en busca de apoyo. La apretó con gentileza y después la dejó sobre el estómago distendido de la mujer.
—¡Victoria! —gritó Amun. Corrió hacia una de las camas y agarró los hombros de la mujer. La cabeza de ella cayó hacia atrás cuando él la levantó para abrazarla e incluso desde el otro lado de la habitación, Bella pudo ver el brillante cabello rojo que comenzaba a crecer en su cabeza. Amun la sostuvo por un momento con los ojos cerrados.
—Creí que estaba muerta —espetó Bella.
—Está muerta —insistió Esme.
Amun se inclinó para besar la frente de Victoria. Susurró algo en su oído. Luego estiró la mano para apagar su respirador. Su pecho, que se había estado levantando firmemente con el empuje del respirador, se quedó quieto.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Collin. Él corrió e intentó alcanzar la maquina. Amun alejó sus manos y comenzó a remover con gentileza los tubos del cuerpo de Victoria.
—La estoy dejando ir —dijo Amun. Acunó la mejilla de ella en su mano y trazó su labio inferior con el pulgar—. Ella no hubiera querido seguir viva así.
—¿Pero qué hay del bebé?
—Dudo que sea de ella —dijo Amun con sequedad—. La están usando como incubadora para estos jodidos monstruos que están cocinando aquí. Eso que está ahí no es un bebé. Es un experimento científico.
—No —protestó Esme, pero lo que fuera a decir fue interrumpido con un disparo. La bala golpeo una de las máquinas y explotó con una lluvia de chispas. Bella alzó un escudo sobre su grupo justo cuando entraban tres guardias a la habitación con las armas listas. Varias de las mujeres embarazadas recibieron balazos y las alarmas se encendieron. Alice gritó con horror cuando vio que la sangre salía de un agujero en uno de los redondos vientres.
—Por aquí —gritó Collin. Cargó a Alice y corrió con ella hacia la parte trasera de la habitación hacia otra puerta. La abrió de una patada, con un arma sostenida en alto y una Alice retorciéndose bajo el otro brazo.
—¡No podemos dejarlas ahí! —chilló Alice.
—No podemos traerlas con nosotros. ¿Quieres llevar rodando cada cama con los ventiladores hasta el Stryker?
—¡Escudo! —gritó Jenks cuando dieron vuelta en una esquina. Bella lo bajó y Jenks comenzó a disparar. Collin dejó a Alice sobre sus pies y se giró al escuchar las pisadas de botas. Bella escuchó mal y creyó que venían de la habitación del hospital, no del pasillo, así que se concentró en mantener el escudo sobre la puerta, con una abertura lo suficientemente grande para que Jenks disparara.
—¡Collin, agáchate! —gritó Alice, y fue demasiado tarde para que Bella alzara el escudo. Collin fue derrumbado con un disparo en el costado, pero rodó y les disparó a los guardias que se acercaban a ellos por el pasillo. Alice se dejó caer de rodillas junto a él, repitiendo su nombre. Llegaron más guardias de la dirección contraria. Demasiados. Podía ver por la expresión de Jenks que estaban en serios problemas.
Cerró los ojos sólo por un momento. Dios, cómo anhelaba ver a Edward cargando por el pasillo con su flamante espada en las manos.
—¡Alto al fuego! —gritó y se puso de pie. Cubrió a su pequeño grupo con el escudo, se giró sobre sus talones y usó su Don como si fuera una cuchilla para rebanar al grupo de guardias; el rápido latigazo de una navaja. Por un momento pensó que no había funcionado, pero luego escuchó el húmedo deslizar y los golpes de carne de torsos partidos a la mitad golpear el piso.
—Huh —dijo Quil—. Pues, eso estuvo genial.
Una sirena comenzó a sonar y las luces de emergencia se pusieron rojas.
—Oh, mierda, esto no puede ser bueno —dijo Jenks—. ¡Tenemos que irnos, ahora!
Collin gimió cuando se puso de pie con mucho esfuerzo. Tenía una mano presionada en la herida que estaba a un costado del abdomen. Esme se apuró a acercarse, y ya tenía las manos brillando con su cálida luz de sanación. Collin la apartó.
—Guárdalo. Por ahora estoy bien. Puede que te necesitemos más tarde.
Corrieron por el pasillo de regreso a la oficina. Una puerta de acero pintada de negro y amarillo estaba descendiendo del techo, sellando la pendiente.
—¡Bella!—gritó Jenks—. ¡Detén la puerta! —Llegó a la puerta antes que cualquier otro y dejó caer su rifle con un traqueteo. Se aferró a la orilla de la puerta y se esforzó por levantarla, pero ésta seguía bajando inexorablemente. Alice y Collin se metieron por debajo, y Alice agarró la mano de Esme para jalarla. Quil se colocó junto a Jenks e intentó detenerla.
Bella intentó agarrar la orilla con su Don, pero no pudo. Entonces intentó imaginar una barrera debajo de la puerta, pero la puerta la traspaso. Luego intentó empujarla hacia arriba y la puerta se congeló en su lugar. Tan pesada. Dios mío, estaba pesada.
—¡Váyanse! —gritó. Jenks y Quil pasaron por debajo de la puerta y Bella tuvo que soltarla. Chocó sobre el piso.
—¡Carajo! —dijo Amun. Se dio la vuelta buscando otra salida. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo dio a Bella, y fue entonces cuando ella se dio cuenta de que su nariz estaba sangrando.
—Vamos por este camino —dijo y agarró la mano de Bella. Corrieron por el pasillo de regreso a las habitaciones de hospital. Bella se dio cuenta de que todos los respiradores se habían apagado y comenzó a preguntarle sobre eso, viendo que había sido él el último en salir de la habitación, pero luego se retractó. Corrieron por el pasillo donde estaban las habitaciones vacías, pero se detuvieron cuando vieron que ya había sido bloqueado con una puerta de acero.
—No está bien, no está bien —murmuró Amun—. Bella, escucha, tengo la sensación de que estamos a punto de ver la secuencia de autodestrucción desde el lado incorrecto de la puerta. Tienes que abrirla, o nos van a volar en pedacitos.
—No puedo —dijo Bella—. Está demasiado pesada para detenerla.
—Tienes que poder —replicó Amun—. Te ayudaré todo lo que pueda. Arranca la maldita cosa de la pared si no puedes levantarla, pero tenemos que salir de aquí ahora.
Bella respiró profundamente y se concentró. Se dio cuenta de que necesitaba su enojo, y dejó salir esos pensamientos que había estado conteniendo, sobre lo que esas horribles personas podrían estar haciéndole a Edward, y sobre lo que le habían hecho a esas pobres mujeres que estaban en las camas. La ira hirvió dentro de ella y la lanzó contra la puerta. Ésta se dobló en el centro. Amun tomó su mano.
—A la cuenta de tres —dijo—. Uno… dos… tres.
Bella azotó contra la puerta con todo lo que tenía y una fuente fresca de sangre salió de su nariz. Su visión disminuyó a causa del esfuerzo, pero aún así escuchó un fuerte estallido y un estruendo que parecía retumbar en sus huesos. Sintió que Amun la cargaba en brazos pero no tenía la fuerza para objetar. Todo; el sonido de su voz hablando urgentemente en su oído, la sensación de su cuerpo moviéndose contra el de ella al correr… Todo se estaba desvaneciendo.
Ella estaba sola en la oscuridad. Bella merodeó por ahí pero no estaba segura de estar moviéndose en realidad. No había puntos de referencia para comprobar la distancia. No sentía la tierra bajo sus pies, no sentía el viento contra su piel. ¿Estaba muerta? ¿Pasaría la eternidad sola en este lugar vacío?
—No estás sola —dijo la voz de Edward. Ella se giró pero no lo vio.
—¡Edward!
—Aquí estoy —dijo él, y su voz parecía provenir de todas las direcciones—. Siempre estoy contigo, Bella.
—Edward, ¿dónde estás? No puedo verte.
—Mira con tu corazón, no con los ojos.
Ella cerró los ojos y luego sintió sus brazos a su alrededor.
—Edward, oh Dios, te he extrañado tanto.
—¿Bella?—Era la voz de Amun. Intentó ignorarlo. Edward la envolvió con sus alas, pero no sofocaba el sonido como usualmente pasaba.
—¿Bella?
Ella gimió.
—Déjame en paz, Amun.—Edward se desvaneció y ella chilló, buscándolo a su alrededor en la oscuridad.
Vio a Amun aparecer entre la oscuridad. Él miró a su alrededor, como si este lugar vacío y sin rasgos fuera interesante.
—Nunca antes he estado dentro de un coma —dijo.
—¿Estoy en coma?
Asintió.
—Esme te sanó lo más que pudo, pero esta vez te reventaste algunos circuitos. Ella se quedó sin poder y dice que todavía tienes un poco de inflamación cerebral que no pudo reducir.
—Oh. Agradécele de mi parte —dijo Bella.
—Lamento no haber podido servirte más. Deberías sentirte impresionada de ti misma, Bella. Esas puertas estaban diseñadas para aguantar una explosión nuclear.
—¿Pero salimos a tiempo?
—Apenas, pero sí, lo logramos.
—¿Todos están bien?
—Sí, Esme va a curar a Collin en cuanto recargue pilas.
—¿Descubriste algo del servidor?
Amun sacudió la cabeza.
—Ni siquiera he mirado esa mierda todavía. Eres mi prioridad número uno. Necesitas despertar ahora, Bella.
—Necesito a Edward —dijo—. Estaba aquí hace unos momentos.
—Eso no fue real, Bella.
—Se sentía real —replicó ella.
—Si lo quieres de regreso tienes que despertar —insistió Amun—. No miraré el servidor hasta que lo hagas y si esperamos demasiado, puede que lo cambien de lugar. No dudes que ahora ya sepan que el servidor está de por medio.—Le ofreció la mano—. Sígueme, Bella. Te mostraré la salida.
Ella no estaba segura de querer salir. Al menos aquí, en este mundo, tenía a Edward, incluso aunque fuera sólo en su mente. Podría quedarse aquí, pensó, y deslizarse hacia la muerte en sus brazos.
—No, no puedes —dijo Amun—. Muchas personas cuentan contigo, Bella. Si amas a Edward, no puedes abandonarlo por una fantasía.
Tenía razón. Ella tomó su mano.
Se sentó de repente en la cama, jadeando. Lo primero de lo que fue consciente fue el dolor en su cabeza, la peor migraña del mundo. Le punzaba al ritmo del latido de su corazón y la luz se sentía como si tuviera dos navajas enterrados desde los ojos hasta el cerebro.
—¿Bella?
Se esforzó por concentrar los ojos y vio a Esme junto a ella. Se veía preocupada. Junto a ella estaba Amun que tenía círculos oscuros de cansancio bajo los ojos.
—Gracias a Dios. —Jenks estaba a los pies de la cama. Estaba usando una de sus camisas hawaianas y los colores eran lo suficientemente brillantes para lastimar sus ojos.
—¿Alguien tiene una aspirina? —preguntó.
Amun sacó un bote de pastillas de su bolsillo y agarró una. La dejó en su mano. Era una cápsula gorda y blanca, o lo que fuera, Bella estaba bastante segura de que no era aspirina. Se la metió a la boca y se la tragó en seco antes de que Esme llegara a la mesa más cercana para servirle un vaso de agua. Bella miró a su alrededor al tomar el agua. No reconocía la habitación.
—¿Estamos en las Vegas?
Amun sacudió la cabeza.
—Volamos de regreso a Minnesota anoche.
—Jane y Lauren...
—Están bien —dijo Amun—. Aunque Jane ha estado preocupada por ti. Estará aliviada al saber que estás despierta.
—Por favor —pidió Bella—. Ve a ver lo que descubrimos con el servidor. Descubre dónde tienen a Edward.
—Está bien —dijo él con gentileza—. Descansa un poco.
—He estado en coma. ¿Cuánto descanso más necesito?
Él sólo le dedicó una pequeña sonrisa y se fue. Esme se sentó a los pies de la cama.
—Lamento no poder hacer nada por tu dolor de cabeza ahora.
—Esme, estoy bastante segura de que salvaste mi vida. Otra vez. No me voy a quejar porque no curaste también mi dolor de cabeza. Gracias.
—De nada —respondió Esme—. ¿Crees estar en condiciones para ver a Jane?
—Sí, por supuesto. Tráiganla.
Jane entró de golpe cuando Esme abrió la puerta y la llamó por su nombre. Se dejó caer en la cama junto a Bella y rompió en llanto.
—¡Jane! Cariño, ¿qué pasa? —Nunca había visto a Jane llorar. Ella creyó que las experiencias en el centro de investigación le habían arrancado ese tipo de emociones.
—Creí que ibas a morir —sollozó Jane.
Dave se subió a la cama. Se alarmó por las lágrimas de Jane, pero se alegró al ver que Bella estaba despierta y claramente estaba dividido entre a quien debería lamer primero. Eligió a Jane y lamió de forma suave su mano. Levantó la vista para ver si estaba funcionando y agitó la cola de forma esperanzadora.
—Lo siento —dijo Bella. Abrió los brazos y Jane se acurrucó junto a ella. Recostó la cabeza en el hombro de Bella, las lágrimas seguían cayendo de sus ojos. Dave se metió entre ellas. Ahora que Jane estaba recostada él podía alcanzar su rostro, así que pasó la lengua por su mejilla. Jane hizo una mueca y lo apartó.
—Alto, Dave. ¡Asco!
Dave cambió su atención a Bella, y se removió de felicidad cuando ella le hizo cariños. Ella rascó ese lugar que siempre le picaba debajo de su collar y Dave lamió su mano con entusiasmo.
—Voy a ir contigo a la siguiente misión —declaró Jane—. Sentía que me volvía loca al estar esperándote.
—Jane...
—¿Cómo te sentirías tú, Bella, si todos se fueran sin ti?
Ella tenía razón.
—Es algo feo, Jane. Hay sangre y muerte y dolor. No quiero que experimentes eso. —La píldora comenzaba a surtir efecto, cubría todo con una capa de soñadora suavidad. Su dolor de cabeza retrocedió al fondo de su mente.
—No soy una niñita que necesite protección de las cosas malas —dijo Jane—. Aprecio que intentes hacer eso de ser mamá, Bella, pero no necesito que me protejas de los malos.
—No quiero esto para ti —le dijo Bella—. Quiero que seas una adolescente.
Jane sacudió la cabeza.
—Eso no es posible para mí, Bella. Y por mucho que quieras que sea una niña normal, no puedo serlo. Te quiero a ti y a Edward por intentarlo, pero es como si estuviéramos jugando a la casita, ¿sabes?
—Lo sé. —Bella miró a Dave. Estaba acostado entre ellas y usaba el estómago de Jane como almohada—. Sólo que no quiero que te sientas tentada. Y no quiero que veas lo que puede pasar si yo no soy capaz de resistir la tentación.
—Sea lo que sea que pase, sé que eres una buena persona, Bella.
Bella deseaba poder creer eso, porque estaba bastante segura de que le iba a hacer unas cosas muy malvadas a aquellos que le habían robado a su ángel.
Más tarde, ese mismo día, Amun tocó e la puerta de Bella y se sentó junto a ella en la cama.
—Creo que ya lo encontré.
—¿Dónde?
—Hay un centro de investigación en Nebraska. Según lo que he reunido de los documentos, es un depósito de misiles nucleares de la Guerra Fría.
—Parece que les gusta estar bajo tierra —dijo Bella. Pasó las piernas a un lado de la cama y se puso de pie—. Vamos. ¿Qué estamos esperando?
—Están recargándole el combustible al avión —dijo Amun—. El centro está fuertemente custodiado y no sólo por personas normales.
—¿Te refieres a que hay Dotados?
—Ahora ya son parte de la máquina, Bella. No puedes pensar diferente de ellos. Le son leales al Proyecto Theta.
—Les lavaron el cerebro.
Amun sonrió.
—No puedes creer que haya quienes elijan libremente el Lado Oscuro, ¿verdad? Algunas personas son malas, Bella. No porque fueran atormentados, o porque perdieron la esperanza, o porque de alguna manera los engañaron. Algunas personas lo eligen con los ojos bien abiertos.
—Tú sabrás —bufó Bella.
—Sí, yo sé —dijo él con una refrescante honestidad—. No me voy a disculpar por lo que soy. Y tú serías mucho más feliz si aceptaras quién eres también.
Bella sintió un helado golpe de miedo al darse cuenta de que él conocía más de su alma que ella misma.
Seguía pensando en ello la tarde siguiente cuando se dirigían al centro. Collin, que seguía recuperándose de su herida, se quedó atrás y Alice y Esme decidieron quedarse también. Jasper, con los ojos en Alice, dijo que también se quedaría y el corazón de Bella dolía por él al ver a Alice estar sobre Collin.
El depósito estaba en medio de un campo de maíz. Los administradores vivían en una casa de campo y el granero había sido transformado en un garaje grande para que cupieran los carros de todos los del equipo, así los escondían de vecinos que pasaran por ahí a diario y pudieran preguntarse por qué siempre había tantos vehículos ahí. Amun asintió hacia la casa y dijo:
—Después. —Tenía razón; la casa no era importante.
Avanzaron a través del campo de maíz hacia un pequeño claro que había en el centro. La única cosa visible en el piso era una tapa plana y redonda, como una alcantarilla en una calle de la ciudad. Jenks sacó una palanca de su mochila y levantó la tapa. Bella miró por el agujero con miedo. Había una escalera de metal que se extendía en la oscuridad. Le causó vértigo el tan sólo mirarlo y se retiró de prisa. Amun bajó tres peldaños y luego se resbaló el resto del camino, sosteniéndose de los costados de la escalera. Hubo una larga pausa y luego habló por el radio:
—Despejado.
Bella esperó a que todos los demás bajaran antes de respirar profundamente y dar el paso al primer peldaño dentro del agujero. Sus manos se resbalaban a causa del sudor y sus rodillas temblaban. Se dijo que tenía que hacer esto por Edward. Bajó lentamente y descubrió que le ayudaba mantener los ojos cerrados para no ver la oscuridad.
—Bella, cariño, sólo suéltate —le dijo Jenks—. Te atraparé.
Sacudió la cabeza aunque probablemente él no podría verla. Un peldaño a la vez. ¡Apúrate!, se exigió, pero no podía obligarse a avanzar más rápido. Su corazón latía con tanta fuerza que estaba segura de que los otros podrían oírlo.
Sus pies tocaron el piso y jadeó con alivio. Aun así fue difícil apartar sus manos de la escalera. Cometió el error de ver hacia arriba y tembló ante lo lejano que se veía el agujero.
—¿Por qué está tan oscuro? —preguntó Jane.
Amun encendió una linterna.
—Podría ser una manera para alejar a aquellos que encuentren el pozo al explorar. ¿Quién sabe? —Metió la mano a su bolsillo y sacó un mapa—. La mayoría de estos depósitos fueron construidos durante los años cincuenta y todos seguían un plano similar pero, como descubrimos en la Montaña Yucca, puede que el Proyecto Theta haya hecho alteraciones.
Caminaron por un corto pasillo y se detuvieron en una puerta de metal. Tenía un teclado en un lado y Amun introdujo un código. Se escuchó un chasquido metálico y la puerta se abrió.
—Me sorprende que haya funcionado —comentó Amun—. Pensé que habían cambiado los códigos cuando se dieron cuenta de que el servidor había sido violado.
—Quizá están tan ocupados con el virus que ni siquiera se han dado cuenta de que la información está de por medio —sugirió Jenks.
—Quizá —dijo Amun—. Y quizá es una trampa.
—No me importa si lo es —dijo Bella—. Si Edward es la carnada, yo...
—¡Shh!—siseó Amun. Todos se detuvieron a escuchar. Eran voces acercándose.
—… de todas formas no sería compatible con un humano. Intenté decirles eso. Son los cromosomas extras. Pero hasta que reparen las computadoras, no podré contestar a su correo.
—Ni siquiera pude entrar. ¿Todavía no arregla Jim las bombas de los aires? Sólo tenemos unas horas antes de tener que irnos si no los puede arreglar otra vez.
—Fue malditamente estúpido de su parte poner todo en un solo sist...
Amun golpeó con su rifle como si fuera un garrote. Le dio al hombre que estaba hablando en la mandíbula y se escuchó un enfermizo crujido. Se cayó y Amun golpeó la cabeza del otro hombre con el rifle. Cayó encima del primero, ambos se retorcían de manera extrañan. Amun pasó sobre un par de pies que temblaban y sacó un espejo de su bolsillo. Lo movió de tal modo que podía ver hacia la esquina.
—Cámara —dijo—. Esquina derecha. ¿Bella?
—En eso estoy —dijo ella. Mantuvo los ojos cuidadosamente alejados de los cuerpos en el piso. No podía usar un espejo para dirigir su talento. Practicaron en el avión pero simplemente no pudo, y tuvieron que dejar de hacerlo porque su dolor de cabeza empeoraba cada vez que usaba su don. Amun le había dado otra de sus píldoras y Bella se dio cuenta de cuán fácil podría ser convertirse en drogadicta. La cálida sensación soñadora que le provocaban era agradable y hacía que todas sus preocupaciones parecieran pequeñas y distantes, a excepción, claro, de su nostalgia por Edward.
En cuanto vio la posición de la cámara se metió detrás de una pared para esconderse y la aplastó. Más adelante salía luz de una puerta abierta. Se acercaron en silencio. Amun alzó la mano para indicarles que esperaran. Él se acercó en silencio a la puerta y se agachó junto a ésta. Vio con el espejo y luego alzó tres dedos. Se señaló a sí mismo y luego a Bella.
Ella se acercó. Tenían que ser silenciosos. Había demasiados guardias para derribarlos en una sola vez, había advertido Amun. Tendrían que actuar con cautela. Ella inhaló profundamente y contuvo el aliento al asomarse por la puerta.
Tres hombres estaban sentados en una pequeña mesa de acero inoxidable con asientos incluidos. Estaban comiendo en unas bandejas también de acero inoxidable. Todos llevaban overoles azules con el logotipo del Proyecto Theta en la espalda. Sus nombres estaban bordados en letras blancas sobre el bolsillo que tenían a la altura del pecho. Bella soltó el aliento que había estado conteniendo y lo hizo. Los mató.
Amun puso una mano en su brazo y ella se lo quitó de una sacudida. No quería su simpatía. Ella cerró la puerta y se puso de pie. Hizo un gesto a los otros para que avanzaran y siguieron caminando por el pasillo.
—Adelante debe haber una habitación de control —dijo Amun en voz baja. Y así fue; había puerta a la izquierda. Tenía una ventana de cristal con alambre incrustado en la parte de arriba y Bella se asomó. Dos hombres estaban sentados en la grande mesa de botones y encendedores. Uno estaba golpeando el costado de un monitor que sólo transmitía estática. Y entonces ella lo vio: uno de los monitores mostraba la imagen de Edward acostado en un catre.
—Bel... —comenzó Amun.
Ella abrió la puerta de golpe y mató a los guardias sin pausar. Presionó la mano en el monitor. ¡Edward! Oh, gracias a Dios…
—¿Dónde está eso? —demandó.
Amun consultó su mapa y sacudió la cabeza. Tocó la etiqueta pegada en la parte de arriba del monitor.
—En mi mapa no hay un Sector C.
—Vamos. —Ella se giró para correr pero Amun la agarró del brazo.
—¡Bella! ¡Detente! Tenemos que hacer esto en silencio.
—¡Al carajo con eso! —chilló Bella—. ¡No me importa!
Él le dio una pequeña sacudida.
—No seas estúpida. Vas a hacer que nos maten.
Ella se obligó a calmarse. Él tenía razón. Tenían que hacer esto con cuidado o alguno del grupo podría terminar herido. Ella no contaba con todas sus fuerzas ahora y Amun hubiera preferido esperar hasta que ella se recuperara por completo, pero Bella había estado preocupada de que fueran a cambiar a Edward de lugar y luego no podrían encontrarlo de nuevo.
Se escucharon voces otra vez, ¡y los otros seguían en el pasillo! Bella salió corriendo por la puerta y derribó a las personas que se acercaban a ellos sin pensarlo. Su aliento la abandonó en forma de un pequeño jadeo cuando se dio cuenta de lo fácil que le estaba resultando esto. Sin vacilar, sin culpa, los aplastaba como si fueran moscas. No podía mirar a Jane. La culpa la quemaba como ácido. ¿Por qué en nombre de Dios había permitido que Jane la convenciera de dejarla venir?
Amun rodó los ojos.
—Bella, puedes revolcarte en culpa más tarde. Justo ahora tenemos una misión que terminar.
Siguió a Amun con las emociones a flor de piel. Estaban acercándose, se consoló. Con cada habitación que checaban, tenían que estar acercándose más a la habitación donde estaba Edward. Su respiración fue saliendo entre entrecortados jadeos, casi sollozos. Amun los llevó por el pasillo hacia la izquierda, el que no estaba en su mapa. La primera habitación estaba vacía, una sala para ejercitarse llena de máquinas. La siguiente puerta…
—¡Edward! —lloró. Entró corriendo a la habitación, arrojando hacia la pared a los dos científicos que estaban junto a él para estrellarlos como si fueran huevos.
—¿Bella? —susurró él—. ¿Bella?
—Aquí estoy, Edward, aquí estoy. —Lágrimas caían de sus ojos. Ella se inclinó para besarlo.
—De verdad eres tú —dijo él, su tono era uno de asombro. Se sentó de manera lenta, dolorosa, y fue entonces cuando ella lo vio.
Le habían cortado las alas.
Oh, mi pobre ángel…
La siguiente actualización será mañana en la noche o el martes temprano…
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