Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa


~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~

Por: Lissa Bryan

Ira.

Su mente estaba consumida por ella. No había pensamiento racional, nada más que una ardiente furia.

Ella escuchó un ruido pero su sonido no pudo penetrar la gruesa neblina roja que cubría su mente. Fue Jane quien finalmente la rompió. Estaba gritando con terror.

—¡Bella, detente! ¡Por favor! ¡Dios mío, tienes que detenerte!

Los ruidos eran provocados por ella, se dio cuenta Bella. Su ira había hecho temblar la tierra y la habitación estaba derrumbándose alrededor de ellos, el piso se levantaba y agrietaba. Un pedazo enorme de concreto cayó del techo y Jane chilló, apartándose hacia una pared con los brazos protegiendo su cabeza.

De alguna forma Bella retrocedió. Tembló por el esfuerzo y, gradualmente, su mente se aclaró. Estaba en los brazos de Edward y él también estaba temblando. ¡Oh, su pobre Edward! Tan roto y lastimado. Ella besó gentilmente sus labios amoratados, deseando tener el poder de Esme para quitarle todo su dolor.

—Tus alas —se lamentó—. Oh, Dios, ¿por qué?

—Creyeron que quizá así lo harían mortal —dijo Amun.

Bella parpadeó.

—¿Qué? ¿Por qué rayos pensarían algo así?

Amun se encogió de hombros.

—Por películas quizá. Leyendas. Lo he visto antes.

—¿Has visto que le cortan las alas a un ángel antes? —preguntó Jenks.

Amun no contestó. Él la miró por un largo momento, sus ojos ardían en los de Bella.

—Hay cierta pureza en ello, ¿no?

Ella entendió lo que él decía. La ira era roja pura, tan grande que Bella le temía a su inmensidad, como nada de lo que hubiera conocido antes. Era el tipo de ira que partiría a la mitad un mundo entero. Eso ahogaba la alegría que sentía al tener a Edward de regreso en sus brazos, algo que resentía profundamente.

Lo besó y se puso de pie.

—Jane, quédate con Edward —logró decir.

Jane abrió la boca para protestar pero Bella la calló con una sola mirada. Amun la siguió. Él era el compañero perfecto para esto. El terremoto había hecho que los residentes y empleados aterrorizados salieran al pasillo. Tropezaban por el pasillo lleno de escombros, corriendo hacia la escalera. Uno a uno Bella los bajó de ahí. Nadie llegó a la cima, murieron antes de llegar al piso. Ella se giró y vio a un grupo de guardias que arremetieron contra ella con las armas listas. Se refugiaron en los marcos de las puertas. Eso no los protegió. Ella soltó su ira en ellos uno a uno, destrozándolos en pedazos con una mirada como si su ira fuera un remolino de navajas. Al instante explotaron en jirones de sangre y hueso.

Amun se puso sobre una rodilla y disparó a aquellos que intentaban usar la distracción de ella para huir. Bella escuchó un sonido suave y se giró a tiempo para levantar un escudo que bloqueara una bola de fuego que fue lanzada por una esbelta mujer afroamericana. Su belleza era chocante, y cuando se preparó para lanzar otra explosión, se vio como toda una magnifica diosa de fuego. Una obra de arte que Bella destruyó, y lo hizo sin vacilar.

Sus recuerdos del centro de investigación que estaba en el ártico siempre serían confusos y borrosos. Los eventos ocurridos en este lugar no le concederían tal misericordia. Las expresiones en los rostros de esos que mataba, el olor a sangre que parecía recubrir el interior de sus fosas nasales se quedarían con ella por mucho tiempo después. El sonido de la carne despedazada cayendo al piso…, todo eso se quedaría con ella. Y como en el centro que pertenecía a Jacob, no sentía culpa, remordimiento, nada de compasión mientras sucedía. Todo lo que sentía era ira.

Amun abrió para ella la siguiente puerta del pasillo y Bella encontró un laboratorio. Tres personas con batas de laboratorio estaban hechas bola frente a una pared. En la pared estaban… las alas de Edward sobre una mesa grande que estaba inclinada en una posición casi vertical. Un pequeño montón de plumas sueltas estaban en el piso.

Ella se giró hacia el grupo que temblaba.

—¿Ustedes hicieron esto?

—¡Fue el doctor Michaels! —gritó una de ellos. Se veía de edad media y era regordeta. Sus ojos nadaban con lágrimas detrás de los gruesos lentes—. Él lo ordenó.

—¿Pero ustedes obedecieron? —preguntó Bella. Su voz era casi simpática.

—¡Si no lo hacíamos perderíamos nuestros trabajos!

—¿Tu excusa por haber hecho esta barbaridad es porque tenían miedo de enfrentar la lista de desempleados? —escupió Bella.

—Ya se puso todo en la balanza y ustedes terminaron perdiendo —dijo Amun. Le puso un cartucho nuevo a su pistola—. Los mantendré quietos para ti si quieres regresar para hacer esto de manera lenta.

Bella sacudió la cabeza.

—Me parece que ahora se dirigen a un tormento mayor de lo que yo podría causarles.

De repente sintió que la derribaba un peso aplastante. Ni siquiera podía respirar a causa de la presión. Intentó empujarlo pero no había nada que empujar e intentó escudarse, pero también fue un intento fallido. Su visión se había oscurecido y ni siquiera podía ver a su atacante para defenderse.

Podía sentir que su corazón luchaba valientemente pero, sabía que ya todo había terminado. Y la verdad, no estaba triste por irse. A pesar del zumbido en sus oídos escuchó un forcejeo y luego el peso aplastante ya no estaba. Respiró profundamente y los puntos negros fueron desapareciendo de su visión.

Amun estaba atrapado en una pelea con un hombre de complexión delgada, aunque ninguno de los dos se movía. Amun tenía las manos alzadas, y Bella reconoció el gesto como algo que ella misma hacía inconscientemente cuando intentaba levantar algo pesado o bloquearlo con su mente. Su rostro estaba rojo y Bella atacó al joven para obligarlo a soltar lo que sea que estuviera conteniendo a Amun. Ella lo golpeó con demasiado poder; el joven terminó con los huesos rotos contra la pared.

—Yo lo estaba manejando —dijo Amun agriamente.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Bella—. Nunca antes había sentido algo como eso.

—Ni yo. Fue algo único. Era como si pudiera aplastarte como una anaconda de adentro hacia afuera.

Ella supuso que ya no importaba. Ahora estaba muerto. Sintió un remordimiento momentáneo de que el Dotado...

—¡Thomas! —gritó una mujer. No podía tener muchos años más que Jane. Corrió hacia el cuerpo desmadejado y se arrodilló junto a éste. Lo sacudió un poco y palmeó sus mejillas, luego se giro para lanzarle dagas con la mirada a Bella—. Tú maldita perra —siseó.

Bella hizo una mueca.

—No soy una maldita. No... —El impacto la tomó por sorpresa. Todavía estaba cubierta por un poco del escudo que había alzado para protegerse del don del joven y probablemente fue eso lo que le salvó la vida. Voló a través de la habitación y Amun gritó su nombre. Golpeó la pared junto a los científicos que estaban hechos bola y cayó al piso. Algo picaba en su cuello y tocó el costado de su cabeza con una torpe mano. Sangre. Salía sangre de su oído. Le regresó el golpe a la chica y escuchó que Amun disparaba. La chica se dio la vuelta por la fuerza de la bala y golpeó contra la pared donde había caído Bella. Amun no esperó para ver si la chica se levantaba de nuevo. Se acercó a Bella corriendo y la levantó en brazos.

—Carajo —dijo y tocó la sangre que salía de su oído—. De verdad espero que sólo sea tu tímpano.

—Sí escucho bien —dijo Bella, y se sorprendió de lo confusas que sonaban sus palabras.

—Necesitamos llevarte con Esme —dijo él.

Bella sacudió la cabeza.

—Termina con esto.

—Bella…

Ella se puso de pie. Su cabeza dio vueltas por un momento y tuvo que agarrarse a Amun para encontrar su balance. Él asintió hacia los tres científicos, que seguían agachados bajo la mesa que tenía amarradas las alas de Edward como si se tratara de una mariposa. Otra pluma se desprendió y se balanceó hacia el suelo bajo la mirada de ella.

—¿Quieres hacerlo tú? —le preguntó él.

A ella no le importaba. Él leyó su mente y le ahorró el esfuerzo de tener que responder en voz alta. Él disparo su arma, tres tiros directos.

—Si se las llevamos de regreso antes de que las heridas sanen podemos volver a pegárselas —dijo él.

—¿De verdad? —su corazón saltó.

Asintió.

—Te lo dije, he visto esto antes.

Bella tuvo un horrible y repentino pensamiento.

—¿Amun? ¿Qué hiciste?

Él no respondió. Recogió con gentileza las alas de la mesa y se las dio a Bella. Ella acarició las plumas por un momento antes de doblarlas y ponérselas bajo el brazo.

—Vayamos a regresárselas —dijo ella—. Y luego nos encargamos del resto. —Sus ojos color chocolate ya no se veían dulces. Eran negros y ardían como carbón, llenos de odio e ira.

—Tienen que pasar por la habitación donde está Edward —le recordó Amun—. Ésta es la única salida. No te preocupes, Bella. Ninguno de esos cabrones escapará. Te lo prometo. —Él paso un brazo por su espalda para ayudarla a sostenerse y salieron juntos al pasillo. Bella podía escuchar el silbido del vapor que se escapaba de una tubería rota que corría a lo largo del techo y las luces parpadearon. Un hombre salió corriendo de una de las habitaciones, Amun alzó su arma y le disparó antes de que el destrozado cerebro de Bella pudiera siquiera pensar en que deberían estar protegidos. Alzó un escudo, pero temblaba y se caía cada vez que ella perdía la concentración. Era difícil concentrar sus pensamientos en una sola cosa.

Cuando vio a Edward su corazón se aligeró y una parte del odio se desvaneció de ella, derretido por la luz proveniente de él. Una parte de ella quería luchar por aferrarse a ello, pero la otra, una parte más grande, sólo quería hundirse en sus brazos y disfrutar de su sanador amor.

Él vio las alas metidas bajo el brazo de ella y un suave sonido de dolor escapó de él. Amun se acercó a un gabinete que colgaba de la pared y buscó dentro, lanzando descuidadamente al piso lo que no necesitaba. Encontró unos rollos de gasa y cinta médica blanca, y los agarró.

—Recuéstate sobre el estómago —le instruyó a Edward, que lo miraba confundido.

Edward obedeció. Su espalda era un sangriento desastre de carne viva y Bella no pudo ahogar el llanto de dolor que creció dentro de ella al ver este horror. Los cabrones ni siquiera lo habían vendado. La habitación tembló de nuevo cuando esa ira insonora hirvió dentro de ella.

Amun miró a Bella.

—Acomódalas —dijo simplemente y Bella puso una de las alas en su lugar sobre la espalda de Edward. Amun arrancó un largo pedazo de cinta y la puso sobre los bordes irregulares de piel, como si estuviera pegando una fotografía rota.

—Estás jodiendo —espetó Jenks—. ¿Cinta?

—¿Preferirías que las cociera en su lugar? —argumentó Amun—. Sanará tan rápido que las puntadas quedarán enterradas, su cuerpo las verá como una herida e intentará sacarlas, y luego tendremos que cortarlas.

Jenks hizo una mueca.

—Bien, mala idea.

Amun pegó cuidadosamente con cinta alrededor de toda la orilla de la herida y luego usó la cinta para amarrar con fuerza las alas a la espalda de Edward. Se cruzaba en el pecho de Edward, formaba una "X" blanca entre sus pectorales. Amun se acercó a otro gabinete y sacó una sudadera verde. Él y Bella ayudaron a Edward a ponérsela, así mantenía las alas pegadas a su espalda, ayudando a mantenerlas seguras en su lugar para que la carne y el hueso pudieran volver a unirse.

Edward agarró el brazo de Amun y éste lo miró a los ojos directamente.

—Gracias —dijo Edward.

Sin apartar su vista de la de Edward, Amun sacó la pistola de su cinturón y disparó hacia el pasillo. Se escuchó el golpe de un cuerpo al caer al piso.

—No fue por ti —dijo Amun con brusquedad—, fue por ella.

Edward asintió.

—Aun así, gracias.

Amun se apartó.

—Hubiera tomado mucho tiempo el que te volvieran a crecer, tiempo que no tenemos. Te necesitamos. —Luego se dirigió a toda la habitación—. Ustedes quédense aquí. Cuiden a Edward. Bella y yo nos vamos a encargar del resto.

—¿Sólo ustedes dos? —protestó Jenks.

Amun miró a Bella, que prácticamente brillaba por el poder de su furia.

—Es todo lo que necesitamos.

—No, Bella, quédate conmigo —pidió Edward. Comenzó a levantarse y tres pares de mano lo detuvieron gentilmente en su lugar. Un agudo aguijonazo de dolor golpeó el corazón de ella. Por supuesto que él no quería perderla de vista. Era natural luego del trauma por el que había pasado, pero ella pretendía asegurarse de que nunca jamás nadie más tuviera que sufrir ese trauma.

—No tardaré —le prometió y besó su mejilla—. Descansa para que sanes.

Siguió a Amun por la puerta y bajaron por el pasillo lleno de humo. Ya que no podían ver bien, él caminó delante de ella con la pistola lista. Bella intentó escudarlos a ambos y Amun dijo:

—Sólo cúbrete a ti. No desperdicies tu poder en mí.

—No necesito que tú también resultes herido —dijo.

Él se rió.

—Confía en mí. Estaré bien.

Entraron a una cafetería que estaba vacía a excepción de una mujer que se escondía debajo de una mesa. Bella se agachó junto a ella.

—¿Dónde está el doctor Michaels? Dime y te dejaré vivir.

—L- lo v-vi ir a l-la sala de almacenamiento.

Bella asintió.

—Está bien. Puedes irte. No lo mereces, pero mantendré mi palabra.

La mujer se revolvió para ponerse de pie y corrió hacia la puerta. Amun le disparó en la nuca y ella cayó como una piedra.

—Yo no prometí nada —dijo, y se encontró con los ojos de Bella—. Como dijiste, no merece tu misericordia. Ninguno la merece.

Bella no dijo nada. Pasó sobre el cuerpo boca abajo de la mujer y regresó al pasillo con Amun a su lado. Su cabeza punzaba al mismo tiempo que su corazón, y cada sonido era como una espina clavada en su cabeza. Sus rasposas pisadas se escuchaban tan altas como gritos, pero cuando Amun habló tuvo que esforzarse para entender las palabras:

—Las habitaciones deben estar a la derecha.

Él estiró un brazo para detenerla y entró primero por una de las puertas, moviendo su pistola en un amplio arco por la habitación. Bella vio filas de camas al estilo dormitorio, cada una con una manta o almohada de color diferente. Eran esfuerzos pequeños y en cierto modo patéticos de dar la ilusión de individualismo. Cada una tenía una cajonera a los pies de la cama.

Amun se agachó, miró debajo de la primera fila y luego debajo de la segunda. Alzó cuatro dedos para Bella y ella lanzó la cuarta cama por la habitación, y alzó a la persona que se había estado escondiendo debajo. Bella la hubiera matado si no hubiera visto la gentil curva bajo la camiseta de la mujer. Bella alzó la camisa y vio un vientre de embarazada. Soltó a la mujer en la cama que estaba junto a su escondite.

—¿Es un bebé de verdad o uno que prepararon en el laboratorio? —preguntó.

Todos son reales —dijo la mujer alzando la barbilla—. Vida siempre es vida, sin importar si el embrión fue formado en un laboratorio.

—Están haciendo experimentos científicos, ¿no? —preguntó Bella—. ¿Qué pasa con esos que no resultan ser como esperaban?

La mujer bajó los ojos.

—Mátala —dijo Amun—. Y a su monstruoso engendro también.

—No puedo —dijo Bella.

—Yo sí. —Amun le apuntó a la cabeza con la pistola y la mujer gritó con horro, retrocediendo con las manos sobre la cara.

—No lo hagas. —Bella hizo a un lado el cañón de la pistola—. Tengo una tarea para ti —le dijo Bella a la mujer—. Tienes que darle un mensaje al general Aro Volturi. ¿Lo conoces?

La mujer vaciló.

—He escuchado de él, pero nunca lo he conocido personalmente.

—Pues ahora lo harás. Dile que voy por él. Lo encontraré y lo mataré. Y cuando termine, el Proyecto Theta ya no existirá más, ni siquiera en los recuerdos. ¿Entendido?

La mujer asintió rápidamente.

—¿C-cuál es tu nombre?

Ahora, me he convertido en la muerte, destructora de mundos —citó Bella—. Él sabrá quién soy. Soy la ira de Dios, no puede escapar de mí.

El rostro de la mujer estaba de un gris enfermizo.

—Entiendo.

—Bien. Vete. Y puede que quieras reconsiderar la elección de tu profesión.

La mujer se apuró a irse y corrió por el pasillo hacia la escalera. Bella la vio irse por un momento y luego siguió a Amun en dirección opuesta. Él se detuvo y se giró hacia ella. Bella estaba sorprendida por la emoción pura que reflejaba su rostro.

—Tengo que agradecerte, Bella. Me has dado un maravilloso regalo. Por ti sé que puedo sentir amor. —Bella empezó a argumentar y él sacudió la cabeza—. No tienes que decirlo. Lo sé.

Ella exhaló temblorosamente.

—Terminemos con esto.

Luego encontraron un baño y una regadera. El agua chorreaba por el piso desde las tuberías rotas a causa del terremoto que causó Bella. Después encontraron la sala de almacenamiento. Estaba llena de cajas y Bella gruñó impaciente. Movió la mano y las cajas que habían en su camino fueron barridas hasta la pared gracias a su poder. Atravesó la habitación, lanzándolas de derecha a izquierda hasta que un hombre en bata de laboratorio quedó al descubierto; estaba hecho ovillo en posición fetal sobre el piso. Él giró la cabeza, se sorprendió al ver que la caja donde se había estado escondiendo lo había abandonado.

—Supongo que tú eres el doctor Michaels —dijo ella.

Él también tenía un don. Bella sintió que intentaba empujar sus barreras y sonrió.

—Apenas un nivel cuatro, supongo.

—¿Qué quieres? —demandó él.

—Primero quiero que me digas todo sobre tu cautivo.

—¿Qué sobre él?

—Todo. Comienza en el principio.

Y lo hizo, primero con timidez, pero luego se envolvió al relatar el cuento de sus experimentos y en su voz aumentó la emoción.

Había traído a Edward antenoche y los "chicos de seguridad" pasaron horas intentando hacerlo revelar el paradero de los Dotados que habían escapado. Gracias a doctor Jacob Black sabían que este hombre, que podía hacerse invisible y mostraba una figura extraña en sus lentes infrarrojos, estaba aliado con Bella Swan, la némesis del Proyecto Theta. Doctor Michaels no había sido parte del interrogatorio, pero sabía que los "chicos de seguridad" se habían ido decepcionados. Cuando él entró el hombre estaba en muy mal estado, pero sanaba con tanta rapidez que literalmente podían ver la carne unirse ante sus ojos. Lo lastimaron una y otra vez para registrar los resultados, para documentar qué tipo de heridas sanaban más rápidamente; cortadas o quemadas, moretones o perforaciones. Y luego miraron las imágenes en infrarrojo, pensando que podrían sacar la base de su temperatura corporal de ahí. Fue entonces cuando comenzaron a sentir curiosidad por la extraña forma de su perfil. Tocaron su espalda (que había estado contra la mesa todo el tiempo) y sintieron la extraña forma suave que sus ojos no podían ver. Shelley había jadeado, "¡Un ángel!" y luego todos pudieron ver las alas. (Y después de eso esa tonta mujer se había negado a involucrarse con el experimento, para el disgusto del doctor Michales.)

Inmediatamente enviaron su ADN para hacerle análisis y en el laboratorio los repitieron tres veces, incapaces de creer lo que estaban viendo. No era humano, y de acuerdo a lo que estaban leyendo, no debería estar en la Tierra. Cada una de las criaturas en la Tierra compartían al menos un poco del código genético, algunos más relacionados que otros. El hombre (o lo que fuera, ya que el doctor Michaels no era lo suficientemente "supersticioso" para admitir la posibilidad de que realmente fuera un ángel) era algo nunca antes visto. Lo sedaron para tomar las muestras que necesitaban y se decepcionaron al descubrir que era estéril.

El hombre no podía decirles nada. Sin importar lo que hicieran, él seguía en silencio. Bueno, no en silencio. Gritaba, pero no hablaba. Y tampoco moría. Cuando se hizo claro que ningún estímulo lograría que revelara la posición de los otros, el general mandó la orden para que terminaran con él, órdenes que pretendían seguir pero cada vez que lo hacían, él jadeaba un suspiro y abría los ojos. Disparos, veneno, dejarlo desangrarse, apuñalarlo, nada funcionaba. Los rumores se expandieron por el centro y casi todos se reunían para ver por la ventana de observación.

Y entonces alguien vocalizó una idea. El doctor Michaels no supo quién; él era el tipo de persona que nunca reconocía la contribución de otros. Se suponía que si le cortabas las alas a un ángel, éste se haría mortal. Las heridas de las alas no sanaban como las otras, lo cual fue muy interesante, y pretendían investigarlo más a fondo, pero no se convirtió en mortal. Las mismas alas retuvieron las increíbles habilidades para sanar, a excepción del área donde se unían con su espalda que se mantuvo a carne viva. Él había notado la pérdida de algunas plumas que no podían ser atribuidas a las heridas.

Bella se sintió más enferma con cada palabra que decía. Agitó la mano para callarlo.

—Respira profundo —le dijo Amun—. Vamos, Bella, respira.

Vomitó; unas nauseas vacías que no sacaron nada e hizo que le doliera la cabeza con más fuerza.

—Tú detestable… bastardo… —No podía pensar en palabras con la fuerza suficiente.

—Es que tú eres incapaz de entender la importancia de nuestro trabajo —dijo el doctor Michaels. Su voz tenía un toque de burla, como si estuviera acostumbrado a los civiles ignorantes que se oponían al progreso científico.

—No eres un científico —escupió Bella—. Eres un niñito que le quita las alas a una mariposa para ver qué pasa.

—¿Por qué no descubrimos qué pasará cuando le quitemos las suyas? —sugirió Amun.

El odio de Bella era tan intenso que, cuando se concentró en el doctor, éste explotó en una fina neblina. Amun estaba decepcionado.

—Debiste haberlo hecho durar más —dijo—. Merecía sufrir.

—No quería pasar tanto tiempo con él —dijo Bella—. Quiero irme a casa.—Necesitaba sostener a Edward. Necesitaba saber si podría reconstruirlo luego de este trauma. Él sería diferente, pensó. Una experiencia como ésta deja cicatrices que quizá nunca sanen.

Él la estaba esperando en el pasillo. Bella echó a correr. Él la envolvió en sus brazos y ella no sabía cuál de los dos era el que temblaba tanto. Quizá ambos.

—¿Por qué no me abrazas? —preguntó él.

—Tu espalda… No quiero lastimarte.

—Nunca podrías lastimarme, Bella.

Ella envolvió los brazos en su cuello y lo abrazó con fuerza. Jamás lo dejaría ir.


Este fic tiene 42 capítulos en total, así que todavía nos faltan 15.

Siguiente actualización será el miércoles en la noche...

¡Gracias por sus comentarios! ^^

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