Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Beta: Isa
~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~
Por: Lissa Bryan
—Déjame subir primero —dijo Amun—. No sabemos si esos cabrones pudieron llamar a la caballería.
—¿Policía? —preguntó Jenks.
—No, no querrán involucrar a los civiles por miedo a lo que puedan ver. Si pidieron ayuda, serían las tropas del Proyecto Theta, no personas de afuera. A menos de que ya tengan cerca a la seguridad, estamos a salvo. Sólo hemos estado aquí por una hora, y según lo que he recolectado del servidor, no hay otro sitio del Proyecto Theta en varios cientos de kilómetros.
¿Una hora? Bella, todavía envuelta en los brazos de Edward, estaba sorprendida. Sentía que llevaban una eternidad ahí abajo. Él se movió e hizo un pequeño sonido, un jadeo reprimido de dolor.
—Amun, dame una de tus píldoras —dijo Bella.
—¿Qué? —Amun se le quedó viendo.
—Una de tus píldoras. Me he dado cuenta de que no sales a ningún lugar sin ellas.
—¿Tanto te duele la cabeza?
Sí, pero esa no era la razón por la que se las pidió.
—Para Edward —dijo.
Amun buscó en su bolsillo y le lanzó el botecito. Ella abrió la tapa y agarró una de las píldoras.
—Abre —le ordenó a Edward.
—No, Bella, mejor después. No quiero ser incapaz de pelear.
Bella vio cierto respeto a regañadientes en los ojos de Amun. Le lanzó de regreso el botecito y le dijo a Edward:
—Ya se acabo, cielo. Vamos, por favor, tómala. No puedo soportar que estés herido.
Él abrió la boca y ella le metió la píldora.
—Mastica —le ordenó—. Va a saber horrible, pero hará efecto más rápido. —Al menos no necesitaba preocuparse de causarle una sobredosis por absorberla toda a la vez.
Edward hizo lo que le pidió. Ella escuchó la píldora romperse entre sus dientes y él hizo una mueca que ella encontró absolutamente adorable.
—¡Asco!
Ella dejó un beso en sus labios y él sonrió.
—Eso lo mejoró —dijo.
Amun soltó un bufido de disgusto cuando se echó el rifle al hombro y subió por la escalera. Su grupo se reunió abajo, esperando. Después de un momento Amun encendió y apagó dos veces su linterna.
Jenks subió después, seguido por Jane. Bella le sonrió a Edward.
—Agárrate fuerte —le dijo—. Un cambio de roles para nosotros, ¿huh? —Ella los elevó a ambos por el angosto pozo y los depositó en el piso ya fuera del agujero.
—La casa —dijo Amun, asintiendo hacia la oscurecida granja.
—No me importa —dijo Bella con cansancio—. Sólo quiero ir a casa, donde quiera que sea eso.
Ella pudo ver que Amun no estaba contento con su respuesta, pero en realidad le importaba un carajo.
—Bien, lo haré yo —espetó él. Caminó entre la oscuridad hacia la casa. Bella se flotó a sí misma y a Edward en dirección contraria, hacia la camioneta que estaba oculta.
—Puedo caminar —dijo Edward.
—Lo sé, cariño, pero déjame cuidarte un rato, ¿sí?
Él apoyó la mejilla en el hombro de ella y enterró el rostro en su cuello.
—Tenía tanto miedo de no poder volver a abrazarte.
—¿No podías escucharme? Siempre estuve pensando en que íbamos a ir por ti.
Él sacudió la cabeza.
—No sé si fue por las drogas que me dieron o mi propio miedo y desesperación, pero estaba bloqueado de ti.
—Oh, Dios —susurró ella. Había sido mucho peor de lo que había pensado. Era un milagro que no se hubiera vuelto loco. Ella estuvo malditamente cerca de hacerlo.
—Estaba tan preocupado por ti, Bella.
Ella estaba bastante segura de que no era su seguridad física la que le preocupaba. No podía verlo a los ojos y se alegró por la distracción que se creó al llegar a la camioneta. Ella los bajó gentilmente al piso y abrió la puerta.
Jane abrió la puerta del copiloto y Jenks se lanzó por ella.
—¡Yo primero! —gritó, y sonó tan incongruentemente alegre que Bella no pudo hacer más que verlo.
—Jódete —replicó Jane y lo empujó para llegar a su lugar. Ella miró a Edward para ver si objetaría algo por su lenguaje, pero al parecer no la había escuchado.
Bella se subió y Edward la siguió. Él miró los asientos y optó por arrodillarse en el piso frente al asiento de Bella para prevenir que sus alas se aplastaran. El corazón de Bella se rompió un poco más. Él suspiró suavemente y recostó la cabeza en la rodilla de ella.
Jane se dio la vuelta y apoyó la barbilla en el respaldo del asiento.
—Edward, te extrañé muchísimo —dijo.
—Yo también te extrañé —dijo él, pero no apartó la vista de Bella. Sus pupilas se veían enormes; la píldora debía estar haciendo efecto. Bella no podía mantener las manos alejadas de él; le apartaba el cabello de la cara y acariciaba su rostro memorizándolo de nuevo con la punta de sus dedos.
Jane frunció el ceño y se acomodó de nuevo en su asiento con una pequeña rabieta. Bella podía ver que estaba celosa pero, por amor a Dios, ¡éste era su ángel y lo acababa de recuperar! Quizá no estaba hecha para ser mamá, pensó. Era demasiado egoísta. Quería encerrarse en algún lugar sólo con Edward durante un mes y dejar que todo el mundo se fuera al infierno.
Jenks se dejó caer en el asiento detrás del suyo.
—Estoy malditamente feliz por tenerte de regreso —le dijo a Edward.
Hubo una explosión de disparos y Jane soltó un grito, asustada. Bella podía ver la casa a través de los árboles y el destello de los disparos por la ventana. Sentía pura impaciencia por ponerse en camino. Los ojos de Edward estaban llenos de tristeza. Ella miró su propia alma en el espejo de los ojos de él y presionó una mano contra su boca. La nausea le llegó de golpe y salió a trompicones de la camioneta hacia un lado de la carretera.
Eran más de esas nauseas vacías que había tenido luego de escuchar al doctor Michaels. Edward estaba junto a ella, con el brazo sobre sus hombros para sostenerla, consolarla, incluso aunque había sido él el que había pasado un infierno. Ella soltó una respiración temblorosa que se convirtió en un sollozo, y él la jaló contra sí. Se arrancó la camiseta y las vendas con manos impotentes e intentó envolver sus alas alrededor de ella. Eso lo hizo gemir de dolor.
—¡No, no lo hagas! —sollozó ella—. ¡No!
—Tengo que hacerlo —susurró él.
Eso rompió la presa que contenía las emociones de ella: su aflicción, su culpa, su miedo, su ira, su horror y su dolor. No sabía si estaba gritando o sollozando. Quizá ambos.
—Bella —dijo Amun desde algún lugar junto a ella.
—Ahora no —gruñó Edward.
Ella escuchó el crujido de las hojas cuando Amun se arrodilló junto a ella.
—Bella.—su voz sonaba agonizante.
—Amun, con un carajo, déjalos en paz —dijo Jenks—. Vamos. ¡Ahora!
—Pero...
Se escuchó un pequeño forcejeo, como si Jenks hubiera jalado a Amun para levantarlo. Ella escuchó que la voz de Amun se hacía cada vez más débil y luego el golpe de la puerta de la camioneta al cerrarse.
Edward le acomodó un mechón de cabello a Bella detrás de la oreja y dejó un prolongado beso en su frente.
—Edward, hice cosas horribles —se ahogó Bella—. Yo-yo hice…
—Shh —dijo él—. Detente, Bella.
—N-n-no puedo. ¡No entiendes! No lo sabes.
—Sí lo sé, Bella. Estoy en tu corazón y en tu mente. Puedo verlo.
—¿Cómo puedes soportarlo? Tú eres tan bueno y yo… Está pasando, Edward. Puedo sentirlo. Poco a poco estoy cruzando al lado Oscuro.
—No —dijo él—. No, Bella, no te dejaré.
—Prométemelo —jadeó—. Júramelo. La misma promesa que hiciste si el Proyecto Theta me volvía a capturar.
Él gimió.
—Bella, por favor…
—¡Prométemelo! —demandó—. Si me convierto, júrame que tú...
—No lo harás.
Ella se aferró a sus brazos.
—¡Edward, por favor! Dios, no puedo soportarlo. Ya no puedo confiar en mí misma. No puedo ver la línea. Necesito que seas mi puerto seguro. Tú eres el único que podría hacerlo, el único al que nunca me resistiría.
Él cerró los ojos y hundió los hombros derrotado.
—Lo juro.
Ella lo besó y susurró "Te amo" sobre sus labios. Y se sintió más vil que antes.
En el avión Amun estaba pegado a CNN.
—... Cobertura continúa del terremoto en Nebraska. Las autoridades dicen que es el primer terremoto con esa magnitud en ocho años, pero hasta ahora no hay un anuncio oficial de la relación entre el terremoto y la muerte de docenas de científicos en el centro de monitoreo sísmico cerca del epicentro, o en las acusaciones de que las minas de gas natural en el área pudieron haber tenido algo que ver. Ahora vamos con Johnathan...
—Apágala —murmuró Bella. Su cabeza dolía con fuerza y el cambio de presión en la cabina había hecho que le saliera sangre del oído otra vez. Estaba acostada en dos asientos y Edward estaba agachado frente a ella con el ceño fruncido a causa de la ansiedad. Él estaba usando una de las camisetas de Collin que Jenks le había dado en silencio cuando regresaron a la camioneta luego de la crisis de Bella, y le quedaba colgando como una tienda de campaña.
—¿Cuánto tiempo falta? —preguntó Edward.
—No mucho —dijo Jenks—. Deberíamos aterrizar en media hora.—Jenks miraba a Bella casi con tanta preocupación como Edward—. Escucha, niña, creo que de verdad te jodiste esta vez. Cada vez que salimos de una de esas cosas, te ves peor. Esme puede seguir parchándote, pero va a haber… No sé… Cicatrices en el tejido y esas mierdas. El tipo de mierda que no quieres en tu cerebro.
—No tengo otra opción —dijo Bella de forma sombría.
—Siempre hay una opción.
—¿Y si esto es lo que Dios quiere que haga, Jenks?
—Si tiene que ser hecho con tanta jodida insistencia, creo que él puede encontrar a alguien más que lo haga.
—Soy la única que puede —dijo Bella.
Jenks alzó una ceja.
—¿No estás actuando un poco egocéntrica en ese asunto, pequeña? ¿Crees que eres la única que puede entrar al castillo?
—Jenks, de verdad no tengo ganas de entrar en un debate sobre teología porque, en caso de que no lo hayas notado, mi maldito cerebro está sangrando. Es suficiente con decir que si sientes que Dios te ha dado una tarea, entonces hazlo.
—Quizá Dios debería hacer su jodido trabajo sucio por una vez. Al carajo, no lo vi retractándose para ayudar a su jodido ángel cuando le estaban arrancando sus malditas alas.
—No puedo discutirte eso —dijo ella.
—Quizá Dios sí me ayudó —dijo Edward—. No me volví loco, de alguna manera encontré la fuerza para negarme a decirles algo, tengo mis alas y estoy de regreso con mi Bella. Obtuve todo por lo que recé
Al fin solos.
El viaje en avión y el de regreso al hospital en carro habían sido misericordiosamente cortos. Dave se removía complacido sobre el regazo de Edward mientras Esme atendía a Bella.
—Sólo lo que está roto —le dijo Bella—. No te preocupes por el dolor. Tomaré una de las píldoras mágicas de Amun.
—No, no estaba cazando —le dijo Edward a Dave—. Sí, sé que huelo a herido. Estaba herido, pero ahora estoy bien. Sí, mi hembra mejorará pronto… No, no perdiste a la mujer con alas. Ella tuvo que ir a casa. Gracias por cuidar a mi hembra y mi cachorrita. Eres un perro muy bueno.
Dave se retorció complacido y se paró sobre sus patas traseras para lamer la barbilla de Edward.
Cuando el brillo se desvaneció de las manos de Esme, ésta se vio debilitada, pálida y temblorosa, apretaba la boca a causa del dolor.
—Bella, estás dañando tu cerebro. Ya no es tan simple como uno o dos vasos sanguíneos rotos. Hay daño en el tejido. Lamento no poder ser más precisa con mis descripciones, todo lo que sé es que estás dañando cosas que puedo reparar, pero no restaurar. ¿Me entiendes?
—Entiendo. Gracias, Esme. —Ni siquiera se esperó para pedirle una píldora a Amun, estaba ansiosa por seguir a Edward hasta su suite.
Y al último, finalmente, estuvieron solos. Bella pasó un brazo por el cuello de Edward y otro alrededor de su cintura, intentando evitar sus alas lastimadas, pero aun así con la necesidad de sentir sus cuerpos presionados. Las manos de él acunaron su rostro y él trazó la boca de ella con sus labios, sus mejillas, sus ojos, y luego regresó a sus labios por un beso que le provocó a ella lágrimas de felicidad.
Él intentó quitarse la camisa e hizo uno de esos soniditos de dolor.
—Detente, la cortaremos —dijo ella, e indagó en el botiquín de primeros auxilios bien equipado que Esme había puesto en los cuartos de todos. Encontró unas tijeras y las dejó caer tres veces al intentar sacarlas de botiquín. Al final logró agarrarlas, pero acomodarlas en su mano para usarlas demostró ser una tarea extremadamente difícil. Sus manos se comportaban como si estuviera borracha. Ella era una persona torpe por naturaleza, pero esto era extraño incluso para ella.
El ceño de Edward se frunció al verla. Finalmente él tomó las tijeras de sus manos y luego se las puso apropiadamente en la mano. Los dedos de ella se removían y terminó tirándolas al piso. Él las levantó y lo intentó de nuevo, sólo para obtener el mismo resultado. Simplemente Bella no podía hacer que sus manos funcionaran correctamente. Su mano derecha estaba peor que la izquierda; al menos la izquierda podía agarrar cosas, incluso si el control para moverse era torpe.
—Bella… —susurró Edward.
—Probablemente es temporal, hasta que la hinchazón baje —dijo Bella. Ella debió saber que no podía mentirle a un hombre que podía leer su mente y corazón.
Las lágrimas llenaron los ojos de él.
—Esto te está matando.
Ella no tenía respuesta a eso. Él la cargó en brazos y la sostuvo con fuerza. Dejó besos sobre todo su rostro y luego atrapó sus labios en un beso con filo de desesperación. Sus manos le quitaron la ropa a ella como si las resintiera por alejar su piel de la de ella. Él arrancó su camisa a la mitad, a la de ella le fue un poco mejor. Ella intentó ayudarlo, pero sus manos temblorosas, más que ayudar, estorbaban.
Y al final, sin nada entre ellos, se tocaron, lamieron y besaron cada pedazo de piel que iban descubriendo, volviendo a familiarizarse con los contornos, texturas y sabores del cuerpo del otro. Edward la cargó, pero en lugar de llevársela a la cama como ella esperaba, él la recargó en la pared que estaba detrás de ellos. Su primera embestida fue un glorioso shock. La cabeza de ella cayó hacia atrás y jadeó. Envolvió las piernas con fuerza en la cintura de él y apoyó los brazos en sus hombros.
Tenía un borde áspero que satisfacía el hambre que ella no sabía que sentía. Ella respondió a su salvajismo con el suyo propio, y sin importar qué tan fuerte la abrazaran sus brazos, ella quería que la sostuviera con más fuerza, para fundir su piel con la suya.
—Apúrate —dijo él con voz ronca, su caliente aliento en la oreja de ella—. No puedo contenerme.
La llevó hasta la orilla y ella presionó los labios contra el cuello de él para sofocar su grito. Él gimió al venirse y estiró sus pobres alas heridas al embestir en ella, esforzándose por acercarse más. Por un largo momento se quedaron juntos, saboreando las últimas punzadas de placer, luego Edward la llevó para recostarla en la cama. Él se acostó junto a ella sobre su estómago y le lanzó una dulce sonrisa con largos y lentos parpadeos llenos de sueño.
Ella se acurrucó junto a él, cuidando de no aplastar sus alas.
—Te amo —le dijo—. Cuando estabas… fuera…, pensé que haría lo que fuera, cualquier cosa, sólo para poder decírtelo una vez más. —Ella miró el techo, suave y blanco y sin imperfecciones—. E hice cosas que nunca pensé en hacer.
Él no contestó. Bella giró su vista hacia él y vio que estaba profundamente dormido. Ella se bajó de la cama y fue a subir la temperatura en el termostato porque no quería ponerle una manta sobre sus alas heridas. Consideró regresar a la cama con él, pero sabía que no sería capaz de dormir. Su cabeza punzaba y su mente iba a mil por hora, reproduciendo imágenes feas que preferiría olvidar.
Salió a la sala y se sentó. Pensó el nombre de él y en menos de cinco minutos hubo un golpe en la puerta.
Amun le sonrió de manera amarga cuando abrió la puerta.
—¿Me llamaste?
—¿Me puedes dar una de tus píldoras? —preguntó ella.
Él sacó el frasco y lo abrió, echando un montón de píldoras en su mano.
—¿Tanto te duele?
Sí, dolía, pero lo que más ansiaba era el dulce entumecimiento que le provocaba. Quería vaciar su mente, no preocuparse de nada por un rato.
Amun abrió el frasco de nuevo y echó dentro las píldoras al frasco, todas menos una. Le dio la tableta.
—No necesitas la adicción encima de todas las otras mierdas —le dijo.
—¿Habla la voz de la experiencia? —preguntó ella. Se acercó a la barra y se sirvió un vaso con agua de la jarra que estaba en el mostrador.
Él se quedó en silencio un largo momento.
—Quizá.—Agarró el control remoto y encendió la televisión, poniendo el canal de las noticias. Bella tomó la píldora y se llevó su vaso de agua a la sala, donde se sentó en la silla.
—¿No puedes dormir? —preguntó Amun.
Sacudió la cabeza.
—Creí que en cuanto lo tuviera de regreso...
—Ah, el Chico Ave no es la cura después de todo. —Sonrió.
Bella no respondió. Miró la pantalla y bebió su agua mientras esperaba que la píldora surtiera efecto. Gracias a Dios nadie había muerto en el terremoto, pero hubo daños a la propiedad en edificios que no estaban construidos para soportar terremotos, y muchos de ellos no estaban asegurados. Los conductores de las noticias presentaron una serie de imágenes: una pared blanca con una grieta, un vídeo de seguridad de una tienda que mostraba las latas volando de las repisas, una casa ladeándose de manera irregular sobre los cimientos de los que había sido arrancada, una cañería de agua había inundado la calle de un vecindario, un perro olfateando una sección magullada del pavimento que se había roto como un cacahuate cuando una parte de este se levantó.
Bella se frotó la frente. ¿Cuántas de esas pobres personas quedarían en la quiebra por tener que reparar sus propiedades que no estaban aseguradas?
—Oh, Dios, Bella, si no hubieras sido tú, hubiera sido un jodido tornado —dijo Amun con voz exasperada—. Los seres humanos siempre están lidiando con estas mierdas. Estarán bien, al igual que siempre.
—Eres una de las personas más insensibles que he conocido —dijo Bella—. Y después de los últimos meses, ya es decir algo. No te preocupas por nadie más que por ti mismo.
—Me preocupo por ti.
Bella gimió.
—No con estas estupideces de nuevo. No sé cuál es tu jodida faceta, Amun, pero desearía que avanzaras hacia algo más. No estás enamorado de mí; no eres capaz de sentirlo. Así que retrocede con un carajo antes de que pierda mi paciencia contigo.
—¿Por qué crees que arriesgué mi trasero para traer de vuelta a tu amiguito el de la plumas? —demandó él—. Lo hice por ti, porque no podía soportar verte sufrir.
—Válgame Dios, el demonio es un altruista —dijo Bella.
Los ojos de él brillaron.
—Si es así, eso demuestra que no soy un demonio.
—Y si lo hiciste por esa razón, demuestra que no es altruismo.
Él se rió de repente y Bella saltó ante el sonido áspero y sin humor.
—Simplemente no puedo ganar contigo, ¿no?
—No digas que no intenté decírtelo. ¿Por qué es tan importante para ti, Amun? Y no me digas que es porque nunca antes has amado a alguien como me amas a mí o basuras de ese tipo. Por una vez dime la verdad.
Él se puso de pie y paseó de un lado a otro.
—No puedes, ¿cierto? Tampoco eres capaz de decir la verdad.
Amun murmuró:
—Sólo no estoy seguro de querer hacerlo. No quiero que me veas como un…
—¿Como un qué?
—Como el monstruo que soy —dijo.
—No sé qué eres. ¿Fuiste honesto conmigo cuando me dijiste que tú tampoco sabías, o sólo no querías decirme?
Él no respondió a eso, lo cual ella supuso era en sí una respuesta.
—Sí me preocupo por ti, Bella, y es la verdad cuando te digo que me preocupo por ti más que por cualquier otra persona que he conocido. Lo llamo "amor" porque no conozco su nombre.
—¿Qué eres? —exigió Bella.
—Algo único —dijo él—. Un guardián del Portal.
Ella sacudió la cabeza sin entender.
—¿Qué tan bien conoces la Biblia, Bella?
Se encogió de hombros.
—No sé. Poco.
—¿Recuerdas la historia de Adán y Eva? Fueron expulsados del Paraíso luego de que comieron del Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal.
—Edward dijo que eso era sólo una metáfora para lograr sensibilidad entre los humanos.
—Más o menos. Luego de que fueron expulsados, un querubín con una espada en llamas fue puesto a custodiar el Árbol de la Vida. En realidad lo que yo custodiaba era el Portal entre este mundo y el otro, para prevenir que los demonios intentaran entrar al paraíso.
—¿Eres un querubín? ¿Como Cupido?
Él se rió entre dientes, pero ella no creyó que lo encontrara divertido.
—No exactamente. Las historias se confundieron con los años. ¿Edward te dijo que los ángeles solían venir a la Tierra para vivir con sus humanos?
Ella asintió. Se preguntó si la píldora estaba funcionando mucho mejor que antes y si quizá estaba sedada más allá de todo sentido, durmiendo con Edward, inventando todo esto en uno de sus locos sueños.
—Pues muchos de ellos abandonaron el cielo para vivir con sus humanos y, subsecuentemente, tantos de ellos fallaron en sus obligaciones que Dios cerró el Portal. Y eso fue todo.
—Espera, ¿me estás diciendo que te abandonó?
—Yo no era un ser celestial —dijo Amun con amargura—. No soy parte del alma de alguien. Fui creado con un solo propósito. Y ese propósito ya no está, pero yo sigo permaneciendo.
—¿No hay otros de tu especie?
Él sacudió la cabeza.
—Me mencionan un par de ocasiones más en el texto e incluso hicieron pequeñas estatuas de mí sobre el Arco de la Alianza, pero soy el único.
—No tienes alas. —La única representación del Arco que Bella había visto era la de la película de Indiana Jones, pero estaba bastante segura de que se suponía que los querubines tenían alas.
—Te repito que las historias se confundieron. —Se encogió de hombros, pero ella podía ver la amargura bajo la superficie—. Incluso son peores ahora que combinaron los mitos del ángel y Cupido, y lo llamaron querubín. Se suponía que yo era fiero y terrorífico. Los Asirios me pintaban con cuerpo de león y alas. Me gustaba eso.
—Pero fuiste creado por Dios. Eso significa que eres bueno, ¿no?
Él se rió suavemente.
—Dulce Bella. ¡Tan adorablemente simple! ¿No entiendes que, a veces, Dios necesita que sucedan cosas malas para que el destino pueda desarrollarse apropiadamente? ¿Por qué crees que crearon a los demonios? Yo soy casi lo mismo, creado para hacer lo que las criaturas del bien no podían. —Él se inclinó, apoyándose en el respaldo del sofá con un brazo—. Y ahora que ya no tengo un propósito, he creado el mío.
Bueno, al menos ya se resolvió el misterio de Amun…
La siguiente actualización será el sábado en la mañana.
¡Gracias por sus comentarios! ^^
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