Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.
Beta: Isa
~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~
Por: Lissa Bryan
Edward corrió por el pasillo golpeando puertas. Ante su llamado cabezas comenzaron a asomarse por el pasillo.
—¡Evacúen! ¡Cinco minutos! Vayan al techo —gritó.
—¿Qué? —Escuchó que varias voces repetían lo mismo.
—¡Saben que estamos aquí! ¡Tenemos que evacuar! ¡Ahora!
Collin salió saltando al pasillo, poniéndose los pantalones.
—¿Está la policía afuera? —le preguntó a Edward.
—Sí. Lleva a Alice al techo lo más rápido posible. —Se preguntó por qué Alice no habría visto nada de esto. ¿Amun seguía bloqueándola? ¿Era intencional, o sólo un efecto por estar cerca de él?
Edward entró en su suite y cargó a Bella. Ella seguía profundamente dormida. Él se detuvo sólo lo suficiente para agarrar su bolsa de lona llena de dinero y luego regresó a la habitación de Jane y Esme. Se encontraron en el pasillo. Jane estaba pálida, pero caminaba, todavía vestía su traje rosa lleno de sangre. Esme estaba casi igual de pálida. Se aferraba a su costado y cojeaba ligeramente al correr. Dave iba corriendo detrás de ellos y Edward se dio cuenta de que Esme también lo había curado a él.
—Gracias —le dijo y Esme sonrió en respuesta, aunque sus ojos se veían llenos de dolor.
Jasper llegó junto a ellos y frunció el ceño preocupado cuando vio a su debilitada y aparentemente inconsciente hermana en brazos de Edward.
—¿Bella está bien?
—Sí, está bien —le aseguró Edward—, le di algo para hacerla dormir. Lo necesitaba.
Lauren los adelantó con una bolsa negra en cada mano para alcanzar a Jenks. Ella tocó su brazo y él le sonrió, sus ojos se veían cálidos y tiernos. Corrieron hacia la escalera y subieron por los escalones de concreto. Jenks se quedó sin aliento y jadeó luego de unos cuantos tramos.
—Jódeme, debo dejar de fumar —habló sin aliento.
—No tienes condición —lo reprendió Collin. Él llevaba a Alice aferrada a su espalda, las piernas de ella estaban envueltas en su cintura, en una mano él cargaba la caja de herramientas que contenía su kit de medicina y en la otra su bolsa de dinero. Su rifle colgaba de la espalda de Alice, y él llevaba las pistolas acomodadas en la cintura de su pantalón—. Y, la verdad, también estás jodidamente viejo.
—No es cierto —bufó Jenks.
—Bebes, fumas, no comes tus verduras… Eso te hace ser más viejo que alguien de tu edad. Te ves como de sesenta años, si sólo miramos la condición de tu cuerpo.
—¿De qué jodidos… estás… hablando? ¿Es en… años de perros… o qué? —jadeó Jenks.
Amun, que lideraba la línea de evacuación, les hizo un gesto para que se detuvieran cuando llegaron a la puerta de metal que estaba al final. Tenía una barra cruzada por la mitad que poseía el alegre mensaje SONARÁ LA ALARMA. Jenks se apoyó en la pared, agradecido por la oportunidad para descansar. Sonaba como una aspiradora con asma. Amun se encargó rápidamente de la alarma y abrió la puerta. Todos salieron hacia el techo que estaba liso y cubierto con grava que crujía bajo sus pies.
Jenks miró a su alrededor.
—¿Ahora qué?
Amun se asomó por la orilla y maldijo, luego miró su reloj y maldijo de nuevo. Se dio la vuelta escaneando el cielo.
—Debería estar aquí —murmuró.
—¿Están todos? —Jenks contó las cabezas—. ¿Dónde está el jodido cachorro?
—Lo tengo —dijo Jane.
Jenks la miró de cerca.
—¿Estás bien, niña?
—Sí. Esme me sanó. —Puede que estuviera físicamente sana, pero él podía ver que el trauma mental no sería fácil de superar. Edward la envolvió con una de sus alas y ella escondió el rostro en las plumas. Había sido tan conmovedor verla en el armario, lastimada, llorando, recordando la ocasión en que fue secuestrada por el Proyecto Theta…, su única reacción fue esconderse, como un niño metiéndose bajo la cama para intentar esconderse de un incendio. Él deseaba poder mentirle y decirle que estaba a salvo, que esto jamás volvería a pasarle. Le preocupaba saber que no podría ofrecerle la vida con la seguridad y estabilidad que un niño necesita. Él podría decir, "Después de que destruyamos el Proyecto Theta", pero ahora ya no estaba seguro de que fuera a terminar.
Forks se asomó al frente del hotel. Soltó un silbido largo; le había impresionado la cantidad de patrullas estacionadas frente al hotel.
—¿Cuántos policías? —preguntó Jenks.
Forks se rascó la cabeza.
—Creo que todos, Jefe.
Jenks revisó sus pistolas para asegurarse de que estuvieran cargadas y no dijo nada.
—¿Puedes despertarla? —preguntó Forks señalando a Bella.
Edward sacudió la cabeza.
—Collin le dio una inyección. Ella necesita descansar.
Jenks se giró hacia Quil y señaló la puerta.
—¿Puedes soldar esa cosa?
—¡Buena idea! —dijo Quil. Trotó hasta la puerta y pasó sus manos lentamente por la orilla. Parecía que estuviera moldeando el metal con su palma.
Abajo los policías gritaron cuando el equipo SWAT entró del golpe al vestíbulo.
—Les dije que tenía rehenes en mi suite —dijo Amun—, eso debería detenerlos.
Todos veían con ansiedad el cielo. Edward decidió que tendría que volar a Bella y a Jane lejos de ahí si su salvación no llegaba pronto. Sólo esperaba que sus alas hubieran sanado lo suficiente para cargarlas a ambas. Odiaba dejar atrás a sus amigos, pero tenía que pensar en Bella, tenía que pensar primero en su familia.
Amun miró su reloj de nuevo y maldijo en tres idiomas distintos. Sacó el celular de su bolsillo, pero fue entonces cuando lo escucharon: el thwum-thwum-thwum de las aspas de un helicóptero que se acercaba.
—Espero que ése sea nuestro transporte —dijo Jenks.
—Si no es, lo será —declaró Amun.
Edward se preguntó cómo pretendía hacer eso Amun, pero no tuvo la oportunidad de preguntar. El helicóptero se precipitó entre dos edificios y bajó hacia ellos, golpeándolos con el aire creado por sus aspas. Era grande y se veía bastante ancho, pintado de un color gris como el del ejército. A pesar de la situación Edward estaba emocionado; nunca antes había viajado en helicóptero. Sólo deseaba que Bella estuviera despierta para compartir esta experiencia con él.
El helicóptero aterrizó y todos se abalanzaron hacia él, agachándose por instinto aunque las aspas estaban demasiado altas. Los costados del helicóptero estaban abiertos y se subieron rápidamente, todos buscaron algo a que aferrarse.
—¡Carajo, ya era hora! —le gritó Amun al piloto y se dejó caer en el asiento del copiloto.
Jane se fue hasta la parte trasera de la cabina y Edward la siguió. No había asientos, así que se tuvieron que sentar en el piso. Él hubiera preferido sentarse junto a uno de los costados abiertos desde donde podría ver todo, pero Jane lo necesitaba ahora. Él pasó un brazo por su hombro y ella se recargó contra él.
El helicóptero se levantó y se dirigió hacia la izquierda. Por el costado abierto Edward alcanzó a ver a la policía y, como Forks, se impresionó con la cantidad. Docenas de patrullas estaban estacionadas horizontalmente a la entrada del hotel y los policías se habían cubierto detrás de ellas. Camionetas nuevas se alineaban en la calle, y una multitud de espectadores se amontonaban en el otro lado. Todos miraron hacia arriba, cientos de pequeñas caras señalando el helicóptero. Edward estiró las alas para proteger a Jane detrás de él, en caso de que la policía disparara al helicóptero, pero lograron irse sin ser atacados. Pensándolo bien, Edward decidió que probablemente no dispararon por el dañó que pudo haber causado el helicóptero si se estrellaba con un edificio o una calle llena de gente. Esos eran la policía; la primordial preocupación del jefe de policía era el público, no el Proyecto Theta, que primero se preocupaba por neutralizar el objetivo y después se encargaba de limpiar el desastre.
Dave gimoteó sobre Bella, que estaba acostada en el regazo de Edward, callada e inmóvil. Él aprovechó la oportunidad para acercarse y lamer su mejilla, algo que ella no permitía cuando estaba despierta.
¿Duerme herida? Le preguntó a Edward.
No, sólo está muy cansada, le aseguró Edward. Por favor, acurrúcate con nuestra cachorra. Está muy triste y necesita amor.
Dave se tomó seriamente esa responsabilidad. Acarició el cuello de Jane y luego se removió y golpeó su mano hasta que ella empezó a hacerle cariños. Él la lamió y se retorció hasta que ella se rió y luego vio a Edward orgulloso.
Eres un chico muy bueno, le dijo Edward, y más animado por el cumplido, Dave volvió a su trabajo.
El vuelo no fue largo, aunque los llevó a una remota área rural sin edificios a la vista. Aterrizaron en una cancha de basquetbol afuera de una hermosa mansión. Edward pensó que se parecía mucho a la Casa Blanca, aunque su exterior estaba construido con ladrillos que se desgastaron con el tiempo. Se bajaron del helicóptero y a todos les zumbaban los oídos y sentían que les vibraban los huesos.
—¿Por qué carajo tardaste tanto? —le exigió Amun al piloto. El piloto se quitó el casco de vuelo y cayó una larga melena de cabello rizado y negro. Detrás de los grandes lentes, había estado escondido un delicado rostro oval con rasgados ojos negros. Ella era encantadora. No tan bonita como su Bella, pero aun así bastante hermosa.
—Lo siendo —dijo ella con suavidad—. Vine lo más pronto que pude.
—¿Cuál es tu nombre? —demandó saber Amun.
—Kebi… Don Amun, señor. —Ella bajó los ojos y sus hombros se hundieron con desaliento—. Lo siento mucho. —Parecía un cachorro que había sido pateado e incluso una criatura insensible como Amun no pudo evitar sentir lástima.
Amun suspiró.
—No debí gritarte. Soy yo quien debería disculparse.
—Pues si tú no lo vas a decir, lo diré yo —intervino Jenks—. Gracias, niña. Salvaste nuestros traseros. También salvaste de la muerte a un montón de policías.
—De nada —dijo Kebi, y Edward se preguntó si su voz era siempre igual de suave o si sólo se sentía intimidada por la tosca apariencia de su grupo—. Por favor, entren todos para que se refresquen. —Se giró para llevarlos adentro, pero vio a Jane y la gran mancha de sangre en su ropa. Su mano voló para taparse la boca.
—No es mía —dijo Jane, lo cual Edward pensó que sería más fácil que tener que explicar, "Me dispararon en la mañana, pero ya estoy perfectamente bien".
Kebi tragó un par de veces.
—Yo-yo tengo ropa que podría quedarte si quieres… asearte.
—Gracias.
Los ojos de Kebi viajaron hacia el cuerpo inconsciente de Bella en brazos de Edward.
—Sólo está durmiendo —le dijo Edward.
Kebi asintió con ojos abiertos como platos. Al parecer sabía que era mejor no hacer preguntas. Los guió por la puerta principal hacia el interior de la casa. A Bella le encantaría ver esto, pensó Edward. Era como atravesar un túnel del tiempo hacia los años 1830. A excepción de las luces eléctricas y otros sutiles toques de modernidad, toda la casa era de estilo Federal, hasta el tapiz pintado a mano. Edward sentía que estaba en un museo, un sentimiento que parecía compartir con la tripulación de Jenks porque ninguno de ellos "se puso cómodo" como sugirió Kebi. Todos se quedaron de pie incómodos, temiendo que las delgadas sillas colapsaran bajo su peso.
Kebi regresó poco después con refrescos y sándwiches en una bandeja de plata ornamental. O tenía un ayudante en la cocina, o sabía de antemano que iban a venir. No se trataba sólo de salchicha entre el pan. Estaban partidos a la mitad con capas de queso, carne, aceitunas, cebollas y cosas parecías entre el pan tostado. Pero él supuso que una casa como ésta tendría sirvientes, quizá incluso un cocinero.
Luego de que dejó la bandeja en la mesa, (que de inmediato fue atacada por los hombres como si no hubieran almorzado hace una hora) invitó a Jane al piso de arriba para cambiarse. Jane la miró a ella y a Edward, y eligió a Edward, sacudiendo la cabeza y escondiéndose detrás de él.
—Iré contigo —le ofreció Edward—. Jenks, ¿podrías cuidar a Bella, por favor? —Edward acostó a Bella en uno de los pequeños sofás y acomodó una almohada bajo su cabeza. Había una manta tejida ocupando el respaldo de una mecedora. Edward la sacudió y cubrió a Bella con ella. La arropó con cuidado y luego besó su frente.
—Sí —dijo Jenks con un bocado de sándwich en la boca—, incluso te guardaré uno de estos. ¡Están delicioso!
El segundo piso era tan hermoso como el primero, decorado con el mismo estilo antiguo. La habitación de Kebi tenía una cama de cuatro postes con un mosquitero de tejido y una cómoda alta de madera de cerezo puesta diagonalmente en una esquina. Ella abrió unos cajones y sacó un conjunto similar al que usaba Jane, sólo que en color azul oscuro.
—Te quedará un poco grande —dijo Kebi con voz de disculpa.
Edward sacó a Dave de los brazos de Jane.
—Estaré en el pasillo —le dijo. Él la vio luchar contra el golpe de pánico, pero ella lo dominó y él se sintió orgulloso de ella. Le sonrió y se salió al pasillo. Se recargó contra la pared y acarició las suaves orejas de Dave. ¿Qué piensas de ella? le preguntó con la imagen de Kebi en su mente para que Dave entendiera a quién se refería.
Ella es una Omega, dijo Dave olfateando de manera desdeñosa, y Edward entendió a qué se refería; el menos dominante de la camada, el que estaba hasta abajo en la escala, por lo general el pequeño de la camada… El que Dave había sido una vez. Edward pensó en recordárselo pero no lo hizo.
Jane abrió la puerta de la habitación y salió hacia el pasillo. Edward le sonrió.
—Te ves bonita, Jane. Te queda el azul.
Ella no sonrió como él esperaba. Se puso una mano en el costado.
—Tengo una cicatriz aquí —dijo—. Es aun peor en mi espalda.
—Las cicatrices se desvanecen —le dijo él—, pero si de verdad te molesta, podemos buscar un cirujano plástico cuando termines de crecer.
Jane asintió. Intentó mantener la cabeza en alto, intentó ser fuerte, y falló: se derrumbó entre lágrimas. Edward la jaló a sus brazos y encontró los ojos de Kebi sobre la cabeza de Jane. Su mirada le pedía privacidad y Kebi se la concedió. yéndose para bajar las escaleras.
Jane sollozaba y se sacudía. Edward se arrodilló frente a ella y la abrazó.
—Y-yo pe-pensé que i-iban a lle-llevarme —jadeó—. Estaba t-tan asustada, Edward. N-nunca antes ha-había est-estado tan asustada. In-intenté correr, pe-pero dejé a Dave, y luego ese horrible ho-hombre lo pateó…
—Claro que estabas asustada —dijo Edward—, es normal.
—B-Bella nunca se asusta.
—Sí se asusta —protestó Edward—. Jane, puedo leer su mente y sus emociones. Sé que ella también se asusta.
—Aunque es muy valiente.
—La valentía no consiste en no tener miedo. Es tener miedo y aún así enfrentarlo. —Él sabía que había escuchado esa frase en algún lugar, pero no podía recordar dónde, y pudo haberla cambiado en el proceso, pero al parecer Jane la encontró sabia—. Yo también me asusto, especialmente cuando las personas a las que quiero están en peligro. No hay nada de malo en eso, Jane.
Ella besó la mejilla de Edward y dijo:
—Gracias, papá.
Les había dicho "mamá" y "papá" a Bella y Edward de vez en cuando a manera de broma, quizá intentándolo en broma para ver cómo lo recibían, pero ahora lo había dicho con una profunda sinceridad. Él besó su cabeza y se puso de pie.
—Regresemos con tu mamá. —Y, agarrados de la mano, bajaron las escaleras.
Kebi trajo más sándwiches para la tripulación, que parecían ser un barril sin fondo. Jane tomó uno; ella no había almorzado. Edward estaba sentado frente al sofá donde Bella estaba durmiendo. Ella finalmente había empezado a soñar y él los estaba vigilando de cerca para asegurarse de no tener que mantenerla lejos de las pesadillas. Justo ahora ella estaba soñando que estaba en un supermercado, en la sección de frutas y verduras. Agarró una manzana roja y la acunó en sus manos de porcelana. Pecado. Tentación.
Él intervino. Bella, ¿por qué no elijes mejor un rico jugo de naranja?
Bella dejó caer la manzana y se dirigió a las bolsas de naranjas. La tienda se desvaneció y ella estaba de pie junto a un puesto de frutas en una carretera de Florida.
Amun se paró junto al sofá, mirando a Bella en silencio.
—¿Estamos esperando algo más antes de seguir? —preguntó Edward.
—Sí. Un… asociado mío va a venir para reabastecernos con las herramientas que dejamos atrás. —La tripulación de Jenks sí había pensado en agarrar sus armas al evacuar, pero los Dotados no. (Y Jenks se lamentaba que Esme y Jane tampoco pensaran en agarrar sus bolsas de dinero.)
—Necesitamos decidir qué vamos a hacer con el resto de los dotados —dijo Amun—. Les dijimos que los llamaríamos en una semana si era seguro que salieran de sus escondites y nuestro tiempo antes de que se cumpla el límite se agota.
—Pero todavía no es seguro que lo hagan.
—Puede ser benéfico para nosotros si el Proyecto Theta está esparcido por el país intentando capturar a los Dotados que se escaparon —comentó Amun.
—Señuelos —dijo Edward—. Sabes que Bella nunca aprobaría que arriesgáramos a personas inocentes.
—Ella no tiene que saberlo —replicó Amun—. Si simplemente dejamos que el tiempo pase y no hacemos nada, la situación se desarrollará por sí misma. Jenks no creó un mecanismo para decirles que esperaran más. Todo lo que hizo fue crear una forma para decirles cuándo fuera seguro salir y qué hacer si no recibían la señal de que todo estaba bien.
—Si escuchan que Jenks o Bella les dicen que esperen, lo harán —le dijo Edward—, incluso si no estaba en el plan original.
Amun movió los ojos en dirección de Jenks. Jenks estaba sentado en la mesa, mirando a Kebi con expresión deslumbrada.
—Creo que, ultimadamente, Jenks es más práctico de lo que te das cuenta.
La puerta de enfrente se abrió y entraron tres hombres, todos vestidos en trajes negros hechos a la medida. Kebi se apresuró a llegar junto al hombre que venía primero y tomó sus llaves y su maletín.
—¡Sam, llegaste a casa! —el hombre ni siquiera miró en su dirección.
Dave, que estaba acurrucado junto a Bella, golpeó a Edward hasta que tuvo su atención y dijo, Hombre negro. Usó su hocico para levantar la orilla de la manta y se metió debajo de ésta, para luego asomarse por debajo de la seguridad de la manta. Su naricita negra era todo lo que se podía ver de él.
Amun se acercó a los recién llegados con la mano extendida.
—Sam —dijo—, es bueno verte de nuevo. —Ignoró a los hombres que estaban detrás de Sam, al igual que una vez Jenks había ignorado a los hombres que acompañaron a Amun a su casa en Chile. Guardaespaldas, supuso Edward.
—Lo mismo digo —respondió Sam, tomando brevemente la mano de Amun—. Kebi, ¿dónde está mi café? —exigió.
—Aquí, Sam —respondió Kebi. Le ofreció una taza de café balanceada en una pequeña bandeja. Él la tomó, le dio un trago e hizo una mueca—. Está frío —espetó, y le lanzó el contenido de la taza a ella.
Toda la habitación se congeló. Los hombres de la tripulación de Jenks habían hecho cosas horribles en sus días, pero el Jefe tenía una regla firme e irrompible: nunca, jamás lastimes a una mujer. Si él escuchaba que lo hiciste, Jenks te patearía el trasero y luego te mataría.
Kebi se quedó de pie, temblando y goteando con la cabeza agachada en señal de vergüenza. La piel visible sobre el cuello de su suéter en forma V se veía escaldada de un rosa brillante.
—Muévete, perra idiota. Hazme otra taza. ¡Jesús! —rodó los ojos y miró a los otros hombres, como para reunir su compasión, pero no vio más que rostros glaciales. Kebi se fue para hacer lo que se le ordenó.
Jenks se levantó de su asiento.
—¿Dónde están nuestras armas?
—Ya están cargadas en la camioneta para ustedes —dijo Sam. Se dio cuenta de que había cometido un error e intentó taparlo—. Escuchen, lamento que hayan tenido que ver eso, pero esa perra…
Jenks le disparó.
Kebi atravesó la puerta a tiempo para ver a Sam caer al piso, la parte de arriba de su cabeza salpicó a los dos hombres que estaban de pie tras de él. Ella soltó un suave grito y soltó la taza y bandeja que llevaba.
Los dos guardaespaldas, si es que eso eran, estaban estupefactos. Jenks seguía con la pistola alzada. El de la izquierda alzó las manos lentamente en señal de rendición. El de la derecha metió la mano en su saco.
—No es una buena idea —le advirtió Jenks.
—¡Afton, no lo hagas! —dijo el tipo que tenía las manos alzadas.
El hombre los ignoró y buscó su pistola. Jenks disparó de nuevo y cayó al piso.
—Intenté advertirte.
Kebi gritó de nuevo y se tapó los ojos con las palmas de las manos.
—No, no, no —susurró.
—Salgamos de aquí —dijo Jenks, y agarró el brazo de Kebi—. Ven con nosotros, cariño.
Forks agarró la bandeja de plata que tenía el resto de los sándwiches y se la llevó con él.
Edward levantó a Bella del sofá. Jane se acercó al sofá y cargó a Dave, aferrándose con fuerza a él como si fuera un escudo. Se pegó al costado de Edward cuando atravesaron la cocina. Estaba desierta, pero alguien había estado cocinando ahí sólo momentos antes. Una olla burbujeaba en la estufa y en el mostrador de al lado alguien se había quedado a la mitad de picar cebolla. El cuchillo estaba en el piso donde había sido soltado. Edward apagó la estufa al pasar. Podía escuchar jadeos asustados provenir de la despensa.
Jenks abrió la puerta del garaje y encendió las luces.
—Válgame Dios —susurró asombrado. Una larga línea de brillantes carros deportivos destellaban bajo las luces. Forks soltó un gemido de placer y corrió hacia uno de los carros. Estiró una mano temblorosa para tocarlo.
—Fóllame de lado. Es un Bugatti. ¡Un jodido Bugatti! Oh por favor, oh por favor. ¿Podemos llevárnoslo, Jenks?
—Lo siento, hombre. Todos en la camioneta. —Jenks señaló la gran camioneta cuadrada, el tipo que se usaba en las empresas de entrega a domicilio.
—Iré detrás de ustedes —prometió Forks.
—Llamarás la atención como un pulgar roto en esa cosa —dijo Jenks—. Regresa después a robarlo si significa tanto para ti.
Forks gimió de nuevo, y Edward pensó que estaba a punto de romper en llanto. Se subió vacilante a la camioneta, pero se sentó junto a la ventana, con las manos y la cara presionadas en el vidrio, como un niñito que se enamoró de un cachorro en la ventana de una tienda de mascotas.
Jenks abrió la puerta del pasajero y le hizo un gesto a Kebi.
—Entra, cariño.
Kebi obedeció, aunque se veía como una hoja en una brisa fría. Edward notó la expresión de Lauren cuando ésta se subió en la primera fila. Su rostro se veía lleno de enojo y sospecha, aunque afortunadamente no iba dirigida a la pobre de Kebi, sino más bien a Jenks que parecía no darse cuenta.
Edward ocupó el lugar de atrás y Jane se sentó junto a él. Él acomodó la cabeza de Bella en su hombro y dejó que sus piernas cayeran sobre el asiento. Jane agarró las piernas y las puso sobre su regazo para que Bella estuviera más cómoda. Dave se apretó entre ellos y se hizo bolita. Le gustaba ese lugar: encerrado entre sus tres miembros favoritos de la camada, sus aromas estaban en su nariz cuando comenzó a dormirse.
Estaban muy apretados dentro de la camioneta. Ben terminó sentándose en el piso junto a la orilla de la última fila, y Esme terminó sentada en el regazo de Phoenix, una situación que ella encontraba muy vergonzosa, pero que él aceptaba casualmente, como si todos los días las mujeres lo usaran de silla.
Jenks abrió la puerta del garaje, usando el control remoto en la visera. Salió del garaje y luego lanzó el control por la ventana. Luego de ejecutar un giro en forma de K, manejó por el largo camino de entrada. Miró a Kebi.
—¿Tienes familia? ¿Amigos? —preguntó.
Kebi sacudió la cabeza.
Lauren habló.
—¿Qué vas a hacer con ella, Jenks?
Jenks no le respondió y él le habló a Kebi.
—¿Sam era tu esposo? ¿Novio? Lamento si tú, ya sabes, uh…, lo apreciabas y esas mierdas, pero siempre pierdo el temperamento cuando veo que lastiman a las mujeres.
—Era más bien mi "dueño" —dijo Kebi, trazando una figura en la pierna de sus vaqueros—. Él mató a mi novio y después… me llevó con él.
—Yo no haré lo mismo —se apresuró a decir Jenks—. De todas formas no estoy buscando novia. Sólo quería sacarte de ahí. Te dejaré donde quieras.
—No tengo un lugar a donde ir —dijo Kebi.
—Pues, uh…, supongo que podrías…, um…, quedarte con nosotros hasta que decidas qué hacer —dijo Jenks.
Lauren bufó. Alice, junto a ella, sonrió y se inclinó para presentarse. Kebi tomó su mano con timidez. Cuando se tocaron, los ojos de Alice se agrandaron y se quedaron en blanco por un momento, y luego su sonrisa se agrandó de oreja a oreja.
—De verdad me alegra que estés con nosotros, Kebi —dijo.
—Muy bien, todos —dijo Jenks, y detuvo la camioneta al final del camino—. Siguiente parada: Colorado. ¿Alguna objeción?
Los ocupantes de la camioneta se quedaron en silencio. Edward miró a Amun, pero al parecer había cambiado de idea sobre irse por su cuenta.
—Así será entonces —dijo Jenks y entró a la carretera.
Bueno, ya tenemos una más en el grupo y de momento están a salvo...
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