Esta historia no me pertenece, los personajes son de S. Meyer y la autora es Lissa Bryan, yo sólo traduzco.

Beta: Isa


~*~Los Mejores Ángeles de Nuestra Naturaleza~*~

Por: Lissa Bryan

Bella estaba sentada en la orilla de la tina mientras intentaba quitarle la tapa a la pasta dental. Se concentró en su mano izquierda, la que respondía un poco más, e intentaba que su dedo índice y el pulgar agarraran la pequeña tapa. Casicasi… La pasta cayó de sus manos y rebotó en el piso del baño. Era la tercera vez que la soltaba. Suspiró y la levantó. Esta vez la detuvo sobre su muslo, y la posicionó en su lugar con la mano derecha mientras intentaba agarrar la tapa.

Edward abrió la puerta del baño, le quitó la pasta sin decir una palabra y removió la tapa. Le ofreció el tubo de pasta abierto.

—Casi lo conseguía —protestó Bella.

Él no respondió. Bella se puso de pie y se acercó al lavabo. Su cepillo de dientes estaba sobre el mostrador. Tres intentos después ella todavía no lograba agarrarlo sin volver a soltarlo. Lágrimas de frustración picaron en sus ojos.

Edward lo agarró por ella y untó pasta en las cerdas. Desde la mitad del tubo. Ella suspiró.

—Yo lo hubiera conseguido —le dijo Bella. Él se lo ofreció y Bella agarró el mango del cepillo torpemente con el puño. No me vas a lavar los dientes tú —dijo.

Ella lo miró por el espejo sentarse en la orilla de la tina. Usó la palma de su mano para abrir el grifo de estilo palanca y mojó el cepillo. Se le cayó de la mano en cuanto empezó a cepillarse los dientes. Maldijo. Había caído en el lavado, apoyado sobre el agujero del drenaje por el mango, así que ella pudo meter los dedos bajo el cepillo y volver a agarrarlo.

Puedo hacerlo. ¡Puedo! Comenzó a cepillarse de nuevo sólo para volver a soltar el mango. Esta vez cayó en el piso y ella lo miró con tristeza. La regla de los cinco segundos no aplicaba para cepillos de dientes y pisos de baños.

Edward salió del baño y regresó con un cepillo nuevo todavía en su empaque.

—Jane trajo extras —dijo y rompió el celofán.

Bella parpadeó rápidamente para intentar detener las lágrimas. Edward abandonó la caja del cepillo y la jaló a sus brazos.

—Puedo hacerlo yo —sollozó ella.

—Déjame ayudarte —susurró Edward en su cabello.

—No quiero que te veas obligado a cuidarme —gruñó Bella.

—Bella, alto —dijo él suavemente. Él arrancó un pedazo de papel y limpió sus lágrimas. Quiero cuidarte. Fui hecho para eso. Entre más me dejes hacer por ti, más feliz voy a ser. Es un privilegio y el propósito de mi existencia.

Ella tuvo una horrible visión de él teniendo que cuidarla como si fuera una inválida y un sollozo se escapó de ella antes de que pudiera detenerlo.

—No —dijo Edward—. Déjame mostrarte cómo lo veo yo. —Él puso las manos en los costados de la cabeza de ella y cerró los ojos. Una imagen flotó por la mente de ella, tan brillante y clara que parecía estar viendo una película. Él le transmitió la misma visión que ella había visto, pero ella sintió la felicidad que le producía a él el poder cuidarla, su alegría al ser capaz de hacer cosas por ella, tanto pequeñas como grandes. No había resentimientos, no impaciencia, ya que ella era el centro de su mundo y él era feliz con poder demostrarle lo mucho que la amaba y la apreciaba. La imagen cambió a una en un futuro distante, cuando el rostro de ella estuviera suavemente arrugado y su cabello oscuro se hubiera vuelto blanco, y él seguía complacido con cada momento que pudiera pasar cuidando a su Bella.

—Tengo miedo —confesó ella—. Tengo miedo de que me veas como una carga. —Le causaba tanto alivio poder decir las palabras. ¿Por qué no se lo había dicho antes? Él ya lo sabía, claro, pero el ser capaz de decirle a él sus miedos hacía que estos fueran más pequeños, de alguna forma, más fáciles de enfrentar.

—No es una carga, es un honor. —Sus inocentes y dulces ojos verdes eran como un bálsamo para su corazón, como acostarse en el suave y fresco pasto de un claro.

Él la besó; la presión de sus labios suave y gentil. Él se alejó y le acomodó el cabello detrás de la oreja. Él lo consideró por un momento y luego sus labios se alzaron en una sonrisa maliciosa.

—Y ahora, mi parte favorita de cuidarte: hora del baño.

Terminaron llegando tarde a su almuerzo porque la "hora del baño" tardó más de lo que debería. Él había dicho que necesitaba más práctica en este aspecto de tener que cuidarla. Corrieron agarrados de la mano hacia el Denny's que estaba cruzando la calle donde todos habían acordado reunirse. El grupo estaba sentado en mesas que habían sido juntadas en la parte de atrás y todos les lanzaron dagas con las miradas sobre las tazas de café que habían ordenado mientras los esperaban. Bella se rio y se deslizó en la silla junto a Edward. Él tampoco podía mantener el rostro serio. La "hora del baño" había tratado sobre montones de divertido jabón resbaloso.

—Dios, ¿se quedaron dormidos? —demandó saber Alice—. Llevamos más de media hora esperándolos.

—Estábamos teniendo sexo —explicó Edward—. Bella estaba triste y necesitaba alegrarla.

—Eso la alegrará —Forks sonrió—. A mí siempre me alegra.

Bella se tapó la cara con las manos.

—Edward, ¿recuerdas la discusión que tuvimos sobre mantener en privado algunas cosas?

Él parpadeó.

—No sabía que te referías a ellos. Tú y Alice hablan de sexo todo el tiempo.

—¿En serio? —Ahora Collin estaba interesado. Alice lo ignoró a propósito.

—Eso es diferente —Bella suspiró. Era difícil que Edward entendiera este tipo de cosas porque él no había crecido con las mismas prohibiciones y tabúes. Él los había visto, por supuesto, al ver la vida de ella, pero no estaban grabados en su psique de la forma en que lo estarían si hubiera crecido con ellos. Aunque lo intentara, tenía problemas recordando las intrincadas y a veces contradictorias reglas de la sociedad humana, y su propia honestidad innata hacía más difícil el reto.

—Jane tiene sólo trece años, Edward. —La adolescente en cuestión se había puesto los audífonos y le subió tanto el volumen a su iPod que hasta Bella podía escucharlo desde el otro lado de la mesa.

Él se veía confundido.

—Ella sabe sobre sexo. Tuvimos una larga conversación sobre eso el otro día.

Bella se rindió. Decidió cambiar de tema, aunque su cara seguía ardiendo.

—Forks, ¿nos encontraste algún remplazo para el vehículo?

Forks asintió.

—En serio creo que les gustará.

—¡Fue genial! —dijo Phoenix con felicidad—. Incluso tuvimos que huir de la policía. Fue como en los viejos tiempos. Buenos tiempos, carnal. Buenos tiempos.

—Yo… uh… me alegra que se divirtieran —respondió ella porque, en realidad, ¿qué rayos respondes a algo como eso? El transporte ya era un problema menos del cual preocuparse, al menos. Ella miró a Jenks buscando su aporte, pero él no parecía estarle prestando atención a la conversación. Él y Lauren estaban profundamente envueltos en una discusión silenciosa con las cabezas agachadas juntas.

Alice, al parecer, volvía a no dirigirle la palabra a Collin. Ella lo ignoró cuando él le pidió el azúcar, así que él se estiró frente a ella y la agarró, dedicándole una mirada molesta que ella ignoró. Jasper parecía estar ofendido en nombre de ella y miró a Collin con dagas en la mirada desde su lugar en un extremo de la mesa. Cualquier que fuera el problema, él estaba del lado de Alice, o quizá era que él pertenecía al Team Alice por siempre y no le importaba cuál fuera el área de discordia.

Kebi estaba sentada junto a Amun, vistiendo una blusa de seda color azul clarito y un collar de perlas. Bella sabía que ésas no eran cosas que Jane hubiera comprado para ella en el centro comercial. Bueno, eso satisfacía su curiosidad sobre el contendido del paquete que Amun había traído consigo anoche de su misterioso encargo. Pero, ¿por qué le compraría ropa y perlas a Kebi después de conocerla por solo un día? Amun mismo estaba vestido con un hermoso traje gris oscuro, que parecía perfectamente hecho para él, pero eso no podía ser posible, ¿o sí? ¿Realmente pueden hacerte un traje en diez horas? Bella supuso que si eras lo suficientemente rico, sí podrían. Amun miró el restaurante con curiosidad. Toqueteó los cubiertos envueltos en una servilleta con la punta de su dedo y examinó la servilleta de papel. Bella habría apostado la granja a que ésta era la primera vez que Amun entraba a un Denny's. Pero al menos no tenía ese gesto desdeñoso de esnob suyo.

La mesera se acercó a la mesa con algo de miedo. Bella se dio cuenta del colorido grupo que conformaban: un montón de matones punk, un hombre en una llamativa camisa hawaiana, una pareja con piel color caramelo del Medio Oriente que lucían como si fueran en camino a un almuerzo con el club campestre, una mamá futbolera sentada junto a una pequeña mujer con alocado cabello negro que parecía haber salido del festival Hombre ardiente y una adolescente vestida con una camisa que tenía la imagen de Justin Bieber.

—¿Tiene panqueques? —preguntó Edward ansioso antes incluso de que ella pudiera empezar su discurso de bienvenida. Él agitó las alas un poco emocionado.

—Claro. ¿Gusta ver el menú?

—No. Sólo quiero muchos panqueques, por favor.

—Y probablemente es mejor que traiga dos jarras de jarabe y un vasito de mantequilla —le aconsejó Bella.

La mesera sacó su libreta y su pluma.

—¿Ya todos saben lo que quieren?

Todos recitaron sus órdenes siguiendo el sentido de las manecillas del reloj. Amun pidió por Kebi, aunque él insistió que sólo quería café. (Murmuró "De una jarra limpia" cuando la mesera se giró hacia Jenks y Bella lo pateó bajo la mesa.) Jasper tampoco ordenó comida, lo cual preocupó a Bella. Tenía el mismo estómago sensible que su hermana; cualquier problema emocional le quitaba el apetito. Hizo una nota mental de hablar con él después del almuerzo, aunque no sabía cómo podría resolver su situación.

Jenks esperó hasta que se fue la mesera y luego dijo:

—Bueno, mientras ustedes dos estaban… ocupados esta mañana, algunos de nosotros estuvimos trabajando. —Lanzó un montón de papeles a la mesa.

—¿Qué es eso? —preguntó Bella.

—Gracias a Dios por Google Earth —dijo Jenks—, conseguimos vistas aéreas de la propiedad de Aro. No están muy claras, pero son un comienzo.

Bella agarró el papel que estaba encima, era una imagen borrosa en blanco y negro de… forma irregular. Giró el papel para ver si le encontraba más sentido, pero no pudo descubrir qué se suponía que estaba viendo.

—Es el techo de la casa de Aro… o el conjunto residencial, supongo que así lo llamarías.

—Parece que sólo metieron habitaciones donde cupieran —remarcó Bella.

Bella se dio cuenta de que los pequeños rectángulos en los costados eran carros y finalmente entendió la escala.

—¿Por qué necesita tanto espacio? ¿Cuántas personas viven ahí?

—Ni idea —dijo Jenks—. Toda la información que conseguimos está justo aquí en la mesa.

—Aro no deja que nadie viva con él —dijo Kebi.

Jenks dejó caer su taza de café sobre el platillo con un estrépito.

—¿Conoces a Aro? —demandó.

Los ojos de Kebi se abrieron como platos y rápidamente apartó la vista.

—¿Lo conoces? ¿Conoces a Aro Volturi? —repitió Jenks—. ¡Vamos! ¡Dinos!

—Detente —dijo Amun, su voz suave pero letal. Se giró hacia Kebi y su voz se suavizó. Habló con ella en un lenguaje que Bella no reconoció, pero ella respondió animadamente, como si sus oídos bebieran el sonido.

—Árabe —le susurró Edward.

—¿Les entiendes? —preguntó Bella.

Él asintió pero no dijo nada más. Sus ojos estaban atentos a lo que escuchaba.

Algo que Kebi dijo hizo que Amun saltara sorprendido. Él se inclinó hacia adelante y le hizo varias preguntas empáticas antes de acomodarse en su asiento; se veía un poco deslumbrado. Le repitió una pregunta y giró las manos sobre su cabeza. Ella asintió.

—Al parecer Aro tenía negocios con Sam. Kebi escuchó muchas de sus conversaciones. Él… —Amun pausó—. Fue él quien secuestró a Victoria. —Giró su mirada hacia Jenks—. Parece que te debo un favor, Jenks.

Jenks asintió con gravedad.

La mesera regresó con dos bandejas, llevando una en una mesita portable mientras distribuía los platillos de la primera. Puso los panqueques de Edward frente a él y suspiró con placer. Los untó con una gruesa capa de mantequilla batida como si fuera el betún de un pastel, y luego vació ambas jarras de jarabe al mismo tiempo sobre el montón, llenando el plato hasta el borde.

Alice lo miraba sorprendida sacudiendo la cabeza.

—No sé qué lo matará primero: diabetes o una obstrucción en las arterias.

Edward se señaló a sí mismo con el cuchillo para la mantequilla.

—Inmortal —dijo con la boca llena de panqueques.

Alice miró a la mesera que seguía repartiendo los platos.

—Oh, sí, ja ja. —Intentó pretender que era una broma, pero afortunadamente la mesera no pareció darse cuenta. Ella estaba haciendo tímidos intentos de coquetear con Collin y él le respondía bastante entusiasmado mientras Alice echaba humo por las orejas. Bella recargó la barbilla en sus manos. Ella no hubiera imaginado que esta mujer con apariencia bastante conservadora iría tras de un chico con una moja morada.

—Necesito ir al tocador —anunció Alice.

—Te acompaño. —Bella echó para atrás su silla y se puso de pie.

El ceño de Edward se frunció.

—Pero no necesitas usar el baño.

La mesera lo vio raro.

—Las mujeres siempre van al baño en conjunto —explicó Jenks. —Es como una estrategia evolutiva de protección, o una mierda parecida.

—Es cierto —dijo Alice—. La mujer que hace del baño sola termina siendo comida por un oso. Toda mujer sabe eso. Vamos, Bella.

Bella besó la mejilla de Edward y siguió a Alice a través del restaurante hasta un pequeño pasillo que estaba junto a la cocina.

—Voy a matar a ese hombre —juró Alice cuando abrió la puerta del baño—. ¡Es un cabrón! ¿Viste cómo hablaba con ella? Sabe que eso me molesta, por eso lo hace.

—Creí que ya estabas enojada cuando Edward y yo llegamos.

Alice se frotó la frente.

—Él… Bueno, no es muy considerado. Para ser honesta, no creo que me respete mucho. No le importan mis opiniones ni mis sentimientos. Quiero decir, apenas esta mañana él... —Alice se detuvo y miró a su alrededor como para asegurarse de que estuvieran solas—. Bella, ¿Edward te presiona para… ya sabes… hacer cosas que no quieres hacer?

Bella se sonrojó pero respondió con honestidad.

—No, pero él puede leer mi mente, Alice, así que sabe con qué cosas me siento cómoda. Quizá Collin no entiende cómo te sientes. Podría ser sólo un problema de comunicación.

—Es como si Collin no creyera que hablo en serio cuando digo que no… um… ya sabes, algunas cosas yo… bueno, quizá algún día, pero hasta hace apenas unos días era virgen. No soy tan… aventurera como él. Piensa que sólo estoy siendo mojigata.

—No soy precisamente una experta en esos temas, pero he visto consejos en columnas de revistas que dicen que te toma un tiempo descubrir lo que ambas personas quieren y necesitan en una relación.

Alice se echó un poco de jabón en las manos y comenzó a lavárselas en el lavabo.

—La cosa es que él se pone en plan de Las cosas se hacen como yo digo o no se hacen. Si me enojo o me incomodo por algo, se encoge de hombros como diciendo que si no me gusta, me puedo ir en cualquier momento, como si no le importara.

Bella se mordió el labio.

—Alice, ¿lo amas?

Alice se sacudió el exceso de agua de las manos y agarró toallitas del papel del dispensador. No miró a Bella a los ojos.

—Creí que lo amaba. O quizá lo amo. No sé. A veces, cuando sólo estamos nosotros, se abre a mí y veo un lado diferente de él que se esconde debajo de ese exterior de cabrón. Es con ese chico con el que quiero estar en una relación, no con el caparazón que muestra en el exterior.

—A veces ese caparazón se vuelve parte de ti —dijo Bella—. A veces te pegas tanto a él que ya no te lo puedes quitar, aunque quieras hacerlo.

—Parece que hablas por experiencia propia.

Bella asintió.

—Pero no puedo usar un caparazón con Edward. Él ve a través de mi corazón y mi mente.

Alice suspiró.

—Eso suena bien; tener un hombre que sepa lo que estás pensando y le importe eso.

Bella se lavó las manos.

—Sí, y no. Todos queremos tener un lugarcito escondido en nosotros donde podamos almacenar las partes de nuestro pasado que no nos orgullecen, o los aspectos menos agraciados de nuestra personalidad. Yo no tengo ese lugar para esconderme de Edward. Él ve todo, incluso las partes de mí que preferiría mantener en secreto.

—Pero de todas formas te ama, incluso conociendo todo sobre ti.

Bella se rió entre dientes y sacó toallitas de papel del dispensador.

—Creo que es un poco parcial.

—Desearía… —Alice suspiró de nuevo—. Collin nunca será tan dulce conmigo como Edward lo es contigo.

—No, no creo que la "dulzura" sea parte de la personalidad de Collin. —Bella la abrazó—. Desearía poder darte un mejor consejo, Alice, yo también soy bastante nueva en esto de las relaciones.

—¿Alguna vez tuviste… ya sabes… antes de Edward?

Bella sintió que su rostro se calentaba.

—No. Pero en realidad me alegra. Me alegra que él haya sido mi primero, mi único.

Los ojos de Alice se llenaron de lágrimas y se tapó la boca con la mano para intentar detener el sollozo que se abrió camino a través de ella.

—Alice, ¿qué pasa?

Pero Alice sólo sacudió la cabeza. Cerró los ojos y respiró profundamente hasta que recuperó la compostura.

—Vamos —dijo—, se nos va a enfriar el almuerzo.

Edward se puso de pie cuando vio que Alice y Bella caminaban de regreso a través del restaurante hacia su mesa. Sacó la silla de Bella para ella. Alice miró intencionadamente a Collin pero él sólo siguió masticando su tira de tocino con los ojos en la foto aérea. Alice suspiró y alejó su plato que no había sido tocado.

—¿No te vas a comer eso? —preguntó Forks mirando el tocino.

—No.

—¿Puedo…?

—Adelante —respondió Alice. Él arrebató las tiras de tocino de su plato.

Bella comió sus papas picadas. Estaban frías como las piedras y ya no le apetecían, pero sabía que tenía que comer o se sentiría mal para la hora de la comida. Tuvo que agarrar el tenedor con su puño, lo cual hacía que comer fuera difícil. Vio a Jenks mirarla y después apartar la vista con prisa.

Agarró un pedazo de su tostada y miró la pila de jalea amontonada entre las rebanadas de pan. Levantó la vista y vio a Edward sonriéndole.

—Te hice una tostada —dijo. Junto a su plato había un montón de paquetes vacíos de jalea.

—Gracias —respondió Bella. Le puso de nuevo la tapa y agarró su sándwich de jalea hecho con tostadas.

—Estábamos hablando sobre posibles planes de exploración —le dijo Jenks a Bella—. Pesamos que Edward...

—Absolutamente no —intervino Bella.

—Pero, Bella...

—No —dijo—. A donde vaya él, voy yo. No lo voy a arriesgar de nuevo.

—Bella… —Edward le habló con suavidad.

—¡NO! —Bella soltó el sándwich de jalea y salpicó todo el plato—. Es en serio. Si Edward va, yo también.

—¿Y desbaratar otro interruptor en tu cerebro? —cuestionó Jenks—. Bella, mírate. Ni siquiera puedes agarrar bien el tenedor.

—¡No me importa! Yo...

Las ventanas del restaurante explotaron. Alguien gritó, algunas personas se tiraron de las sillas y rodaron bajo la mesa.

—¿Nos están disparando?

—¡Agáchense! ¡Agáchense!

—¿Quién está disparando? ¿Alguien está disparando?

—¡Aléjense de las ventanas! ¡Retrocedan!

Gritos de pánico. La gente saltaba de sus asientos y corrían hacia la puerta, tumbando sillas y mesas en su partida. El sonido de las mesas cayendo y los platos rompiéndose sólo hizo que aumentara el pánico entre la gente y se cegaran por el miedo, pisoteaban, empujaban, gritaban, todos intentando salir por la puerta al mismo tiempo incluso aunque había una enorme ventana abierta del tamaño de la pared a sólo unos pies de distancia. Jasper saltó de su asiento y agarró a Alice. Él se giró para subirla a una silla, parándose frente a ella con los brazos extendidos para protegerla de la multitud.

Collin agarró el plato de alguien más y se comió el tocino, mirando la multitud como si fuera una buena película. Ben estiró la mano para agarrar un pedazo y Collin le dio un manotazo, sin quitar los ojos de la multitud. Una mujer de mediana edad se tropezó y cayó sobre la alfombra. Gritó cuando alguien le pisó la mano.

Esme gimió y cerró los ojos con fuerza. Podía sentir el dolor de los lastimados e intentó levantarse para ir a ayudarlos, pero Phoenix agarró sus brazos

—¡Aléjate! —siseó—. También te aplastarán.

—No, no, no —susurró Bella—. Oh Dios mío. —Giró sus angustiados ojos hacia Edward y él la jaló a sus brazos. La envolvió con sus alas y ella escondió el rostro en su pecho. Los sonidos se oían apagados pero seguían siendo terribles.

—No pretendías hacerlo —dijo Edward, y recostó su cabeza sobre la de ella.

—Todas esas personas están siendo lastimadas por mi culpa —gimió.

—Shh —susurró él. No había nada más que pudiera decir.

Después de unos momentos todo se quedó en silencio. Los únicos sonidos eran los gemidos de los heridos. Ella podía escuchar brevemente las sirenas.

—Tenemos que irnos —dijo Jenks.

—Déjame terminarme esto —replicó Collin.

—Llévatelo —le dijo Jenks.

Bella se alejó de Edward y dejó el suave y blanco abrazo de sus alas. El restaurante estaba en ruinas. Alice, todavía sobre la silla, miró la destrucción causada con una mirada de aturdimiento. Los ojos de Jasper buscaban más peligros o amenazas. Bajó a Alice de la silla cuando no encontró ninguna.

—Gracias —dijo ella suavemente. Miró a su novio, comiendo tocino como si nada, y luego a Jasper, cuyo rostro no escondía ninguna de sus emociones en ese momento, desnudo y vulnerable. Bella escuchó el aliento de Alice salir en un suave suspiro. Sorpresa, quizá.

—Vamos —Jenks los apuró. Se abrieron camino a través del desastre, moviendo mesas, platos rostros, sillas aplastadas (¿cómo había pasado eso?) y, cuando se acercaron a la puerta, vieron gente herida. La mujer con la mano aplastada la sostenía en alto y se mecía, su rostro se veía gris a causa del dolor. Esme se acercó a ella, pero Phoenix la detuvo.

—Guarda tu poder —le dijo—. Puede que lo necesitemos más tarde.

—Pero... —protestó Esme.

—Todo es mi culpa. Mi culpa. —Bella vio a una chica, no mucho más grande que Jane, tirada en el piso, su rostro era un desastre sangriento. La culpa la golpeó como un puño en el estómago—. Lo siento mucho.

—Recuérdenme nunca llevar a Bella al acuario —dijo Forks.

—Con un carajo, cállate, cabrón —espetó Phoenix y lo golpeó en la nuca.

Afuera, los comensales se agruparon en el estacionamiento, todos miraban el restaurante esperando algo. No parecían saber qué esperaban exactamente… Quizá que les dijeran qué hacer o que alguien de la autoridad les diera permiso para irse. Las sirenas se escuchaban más fuerte ahora.

—Por acá —dijo Forks. Siguieron la banqueta que llevaba a la parte trasera del edificio. Pocas personas se distanciaron de la multitud y los siguieron, parecía que no les importaba a dónde fueran siempre y cuando alguien los liderara. Forks abrió la puerta de la casa rodante más grande que Bella había visto en su vida. Parecía ser tan larga como un autobús y estaba pintada de color beige con rayas cafés en los costados.

—¿Eso fue lo que robaste? —preguntó Bella.

—¡Sí! —Forks se veía muy orgulloso de sí mismo.

—¿No crees que resaltaremos con esto?

Forks sacudió la cabeza.

—No, hay muchas casas rodantes en la carretera. Estaremos bien. Entren.

Dentro había una multitud de cómodas sillas y un sofá, todos señalaban a la pantalla plasma montada en la mampara que estaba detrás del asiento del conductor. Una pequeña mesa dividía el área de la sala de la cocina, y más allá había una habitación y un baño pequeño. Bella se preguntó si es que Edward podría caber adentro sin aplastar sus alas.

Forks inhaló profundamente.

—¿No aman el olor a carro nuevo? Esta vez vamos a viajar cómodos.

—No podemos irnos todavía —dijo Jane rápidamente—. Dave sigue en el motel.

—No te preocupes, pequeña. Iremos por él. —Phoenix se deslizó en el asiento del conductor y encendió el motor. Salió por la parte trasera del estacionamiento porque la entrada ya estaba llena de policías. Una ambulancia llegó a las puertas del restaurante. La multitud vio a la casa rodante con expresiones de perplejidad e indignación. Algunas personas vieron que se iban y se fueron a sus propios carros. La policía les hizo un gesto e intentaron detener la casa rodante. Forks pretendió no verlos. Cruzó la calle para llegar al motel, también ignorando el tráfico que tuvo que frenar de repente para evitar estrellarse en la casa rodante.

—Apúrense y agarren sus mierdas —les dijo—. No tardarán mucho en mandar un policía para decirnos que regresemos.

—Quédate aquí —dijo Edward y besó a Bella. Bella asintió. Lágrimas bajaban por sus mejillas. ¿Cuántas personas habían resultado heridas hoy por su culpa? ¿La chica que estaba tan inmóvil sobre la alfombra estaría muerta? ¿Por qué perdía el control de esta manera? ¿Tenía que ver con lo que estaba afectando sus manos? Bella recostó la cabeza en el respaldo del sofá y cerró los ojos. Bella Swan, una amenaza para la sociedad. Quizá era por eso que el Proyecto Theta quería encerrarla. Sabían que en algún momento perdería el control.

—No te culpes por esto —dijo Jenks—. Fue un accidente.

—Gente resultó herida por mi culpa.

—Todos saben que no era tu intención.

Bella sacudió la cabeza.

—Ya no puedo presentarme en público estando así, Jenks. Ahora soy muy peligrosa. No sé qué me está pasando.

—Yo sí —replicó Jenks—. Estás jodiendo tu cerebro, eso es lo qué está pasando. Escucha, Bella, hay una razón por la que terminaste con nosotros. Se supone que debemos ayudarte, ¿cierto? No tienes que hacerlo todo sola, especialmente ya que estás jodiendo fusibles cada vez que lo haces. Déjanos manejar un poco de estas mierdas. Iremos a revisar el lugar de Aro a la antigua. Si no quieres que Edward vaya, está bien.

Bella escuchó gritos y giró la cabeza. Alice y Collin estaban discutiendo en el estacionamiento. Alice tenía los brazos cruzados sobre el estómago y Collin le estaba gritando algo, golpeando una mano con la otra al hablar. Alice sacudió la cabeza y él alzó las manos. Él marchó hacia la casa rodante y abrió la puerta.

—Jódete —le espetó—. De todas formas estoy harto de tus mierdas.

Alice tenía lágrimas en los ojos, pero mantuvo la barbilla alzada.

—Quiero estar con alguien que me respete.

Collin rodó los ojos.

—Haz lo que te dé tu chingada gana —replicó.

Alice subió los escalones de la casa rodante y se sentó junto a Bella. Estaba temblando, pero no se dejó caer. Mantuvo la vista alzada como si las lágrimas no estuvieran cayendo por sus mejillas. Collin encendió la televisión y le lanzó dagas con la mirada a la pantalla. Cambió el canal y maldijo. Lanzó el control al sofá junto a Bella, se giró y señaló a Alice.

—Tú y yo, terminamos.

Alice no respondió. Ni siquiera lo miró.

Bella miró a Jasper y vio esperanza en sus ojos.


Les dejo este capítulo rapidito, ¡Gracias por sus comentarios! ^^

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