12. Protector (410 palabras)


Afrodita miró a Shura y MM con el ceño fruncido. Ese gesto en él (tan poco favorecedor) se estaba volviendo demasiado frecuente, pero al menos esa vez estaba justificado.

-Ustedes dos tienen una actitud sospechosa últimamente –declaró.

-Ideas tuyas –respondió MM, demasiado rápido.

-¿Qué es lo que están tramando?

-Nada, si ya nos vamos.

Eso sorprendió Afrodita. ¿Irse? ¿A dónde? Tenían mes y medio viviendo en la Casa de Piscis. Los cuatro habían dormido en la misma habitación las primeras trece noches, recién a partir de la décimo cuarta fue que Afrodita pudo obligar a Saga a dormir en una de las habitaciones de invitados (amenazándolo con reconsiderar su permiso para cortejarlo) y eso fue lo que permitió que los otros dos también pudieran dormir en sus propias recámaras, pero en ningún momento habían expresado deseo o intención de abandonar del todo la Doceava Casa.

-¿No se quedan hoy? –preguntó, entrecerrando los ojos con sospecha.

-Cáncer y yo llegamos a la conclusión de que ya estamos lo bastante grandes como para que cada quien duerma en su propia Casa –dijo Shura, mortalmente serio.

-Además, creemos que Saga y tú se han ganado algo de privacidad.

-¿De qué estás hablando? –Afrodita frunció el ceño.

-Es bastante obvio, ¿no?

-Escuchen ustedes dos…

-Nada, nada. Nos vamos, volveremos mañana con el pan para el desayuno y ya nos dirás si sobreviviste a una noche a solas con Saga.

-¡Shura!

MM, que ya estaba en la puerta, vaciló.

-Dita, si realmente prefieres que nos quedemos, nos quedamos.

-Oye, pero… -empezó a protestar Shura.

-Y, si quieres que nos deshagamos de Saga, lo echamos a patadas en el momento en que des la orden.

-¡¿Qué?! –exclamó Shura, alarmado.

-¿Harías eso por mí? –Afrodita sonrió con tristeza.

-Sé que serías muy capaz de sacrificarte por él otra vez con tal de que recupere la cordura, que parece haber enterrado junto con su hermano. Pero no voy a tolerar que le permitas ponerte un dedo encima en contra tu voluntad. Si vas a estar con él será porque quieres y no por lástima ni por protegerlo ni porque es lo mejor para la Orden y, por encima de todas las cosas, no lo harás por complacer a Atenea. ¿Está claro?

-Clarísimo.

-Dicho esto, ¿prefieres que nos quedemos?

Afrodita lo meditó muy seriamente, mucho rato.

-Vayan con mi bendición –respondió por fin-. Pasen una buena noche de buen sueño… y no se olviden de traer mañana el pan.